martes, 22 de febrero de 2011

El fabricante de bellezas

Sonríe: siempre sonríe. Está de pie sobre una pasarela blanca en una playa de José Ignacio –la zona más exclusiva de Punta del Este- y sonríe mientras repite una y mil veces el mismo chiste.
—Miren a Julita Rohden, no es linda pero es simpática.
— Ivana Saccani, recién llegada del exterior, muy fea, muy fea, pero muy simpática.
—Con ustedes Liz Solari, es fea pero les aseguro que es simpática.
Julia, Ivana y Liz también sonríen y caminan, y entre ellas van circulando las otras chicas: nínfulas de pelo largo, dientes níveos, traseros de fruta; criaturas con piernas como largas calles hacia el cielo. Pancho Dotto las mira satisfecho y sigue con sus chistes, que la mitad de las veces encierran un aviso comercial.
—Gracias Honda por tanta ayuda, viva Honda, gracias Honda por tu onda sin hache, ¡un aplauso para Honda!
Y el público aplaude.
Dotto parece en la gloria. El sol está menguando y todo lo demás es agua, arena y un kilómetro de autos aparcados a la vera del camino. Entre la gente hay amigos –dueños de empresas, directores de revistas- pero también hay turistas que han venido a ver de cerca una máquina que para muchos es perfecta. Desde hace veintiséis años, Pancho Dotto es el director de la mayor agencia de modelos de América del Sur. Es él quien lanzó al mercado internacional a figuras como Carolina Pampita Ardohain y Valeria Mazza. Y es él quien generó, por sobre todas las cosas, su propio mito: Dotto, a ojos de su público, vive rodeado de mujeres de inaudita belleza y encima hace dinero con eso y encima, cuando quiere, se pone de novio con alguna de ellas con la naturalidad con que un almacenero mete la mano en el frasco de dulces.
—Todos ven que tengo chicas, tuve novias, tengo autos. Pero eso una fantasía: vivo enajenado. Vivo a través de la vida de ellas. Y no sé si eso es bueno –dirá luego.
Pero ahora sonríe: otra vez sonríe. Han pasado dos horas, el desfile está acabando y Dotto dice una de sus frases recurrentes:
—Las adoro, las adoro a todas.
Luego se despide, baja de la pasarela y se mete en una carpa blanca. El sol ya bajó y el encuentro termina con fuegos artificiales: el cielo se llena de estrellas falsas y todo el mundo aplaude, grita, agradece.
Pero Pancho Dotto no. Pancho Dotto no ve nada. Pancho Dotto sólo se dedica a hablar por teléfono.
A preguntar, a través de la línea:
—¿Mamá?

*


Pancho estaba en la playa. Tenía cinco años y estaba con sus dos hermanos, Mario y Mónica, algo más grandes que él. La playa era un páramo seco y helado al que habían llegado tras haber pasado por tantos otros lados. Mario Ramón Dotto, el padre, trabajaba en prefectura y la familia siempre había tenido que vivir al lado del río y del mar. Primero se habían establecido en Paraná, provincia de Entre Ríos, mesopotamia argentina. Luego en Bahía Blanca, ciudad costera al sur de Buenos Aires. Y finalmente en Rawson, capital de Chubut: la Patagonia.
A Pancho, Mario y Mónica les gustaba jugar a armar casas. Habían hecho una de cartón en Paraná, otra sobre un árbol en Bahía Blanca, y en Rawson estaban haciendo una en la playa. Los padres dormían la siesta, el viento del Sur soplaba fuerte y los hermanos armaron un tinglado atrás de un médano. Adentro, de pie, cabían los tres: eso era suficiente para estar contentos, aunque hacía mucho frío.
Afuera de la casa llenaron un tacho con maderas secas y encendieron un fuego.
—Pancho –ordenó Mario, el mayor de todos, hoy general de brigada- andá al cuartito de herramientas a buscar kerosene.
Pancho siempre quería agradar a todo el mundo así que fue, sin quejarse, en el medio de los zamarreos del viento, y regresó con una lata, sí, llena de kerosene.
—Pero tropezó –recuerda Mónica Dotto, cincuenta años después-. Tropezó con tanta mala suerte que se cayó sobre el tacho con maderas y se prendió fuego.
Mónica empezó a tirarle agua pero el fuego no se iba. El niño se estaba incendiando. Mario lo empujó, lo tiró al suelo, lo llenó de arena y Pancho, que se iba apagando, quedó tendido de costado, con los zapatos derretidos, temblando de frío y llorando.
Sus padres seguían durmiendo y así pasarían el rato siguiente: durmiendo. Hasta que Pancho fue a la casa y abrió la puerta con sigilo.
—Mamá, mamita –susurró-. Mamita, sabés qué: no te quiero despertar pero yo aguantaba y aguantaba hasta que no aguanté más.
Pancho se largó a llorar. La madre, Teresa Melinger, estiró el brazo, tocó a su hijo en la penumbra y sintió el cabello mojado.
—¿Qué pasó?
—No te preocupes mamita –seguía llorando- hice un fueguito muy pero muy chiquitito, y me quemé.
Ese día, 25 de mayo de 1960, aniversario de la independencia argentina, Pancho Dotto lo pasó en el hospital de Rawson diciendo una sola palabra: mamita.
—Él siempre quiso mucho a mamá –dice Mónica Dotto-. Siempre quiso agradar a todo el mundo, pero primero a mamá.
Y nada de eso ha cambiado.
Cuarenta años después, tras una vida entera junto a su marido, Teresa se enfermó y sobrevivió –no siempre se sobrevive- y tomó una decisión: elegir cómo vivir el resto de su vida. Teresa eligió vivir lejos de su esposo.
—Te vamos a apoyar –dijeron sus hijos. Y le ofrecieron casa. Primero Teresa vivió con Mónica. Hasta que Dotto, que vivía en un departamento de 55 metros cuadrados, se compró una casa de 550 metros y le hizo una oferta:
—Mamá, hay lugar –le dijo-, venite a vivir conmigo.
Y así fue como Dotto –quien a lo largo de su vida fue pareja de algunas de las mujeres más hermosas de Argentina- pasó ocho años viviendo con su mamá en una gigantesca casa en Punta Chica, San Fernando, zona norte del conurbano bonaerense.
—Como bien decís, yo vivía con mi mamá –dice ahora Dotto-, porque cuando uno vive con la madre, vive con la madre aunque la casa sea de uno.
A lo largo de todo ese tiempo en San Fernando, Teresa fue perdiendo la vista. Ahora –y desde hace dos años- pasa sus días en un departamento del barrio de Belgrano junto a una enfermera y a Julia Rohden: una modelo de dieciséis años que llegó a los quince de la selva misionera, y que hoy es una de las caras de Falabella Chile.
—Si a esta nena la traía y la alojaba con las otras chicas, no sobrevivía. No tenía los anticuerpos. Así que la dejé con mi mamá. Y de paso a mi mamá le di una nieta postiza.
Total, dice Dotto, los nietos –los de sangre- nunca visitan a Teresa.


*


—Julia va a ser la próxima Valeria Mazza, la próxima Pampita.
Dotto está sentado en un gazebo de madera y quincha uruguaya, sobre un mullido sillón blanco, en un área apartada dentro de su chacra Paraíso del Mar de José Ignacio. Lleva chanclas, camisa celeste, bermudas blancos y dos teléfonos móviles que suenan todo el tiempo.
Dotto revisa sus mails, su agenda, sus próximas horas. Son las cuatro de la tarde y a las cinco debe hacer un desfile en Playa Montoya, a las ocho debe ir con sus modelos al local de Personal -una empresa telefónica que financia parte de la estadía en Punta del Este- y a las diez de la noche debe estar en un cóctel de Para Ti, una revista femenina argentina que le debe a Dotto –y a sus chicas- buena parte de sus portadas. En el aire suena el tema Walking on sunshine y Dotto hace una seña, pide que bajen el volumen, o mejor: pide que apaguen todo.
—Por dios –se toma la cabeza-, necesito silencio.
Cuando no se ve obligado a sonreír sesenta veces por minuto, Dotto es un hombre muy guapo. Su rostro es una confección de arrugas fuertes que le dan a su cara un carácter: una belleza justa.
Él, alguna vez, también fue modelo. Hasta que hubo un problema gremial -una empresa dejó impago el trabajo de mucha gente- él defendió a sus compañeros y ahí tomó conciencia de su habilidad para gestionar los intereses de otros. Así empezó, hace veintisiete años, su agencia: una empresa que pronto devino una usina de estrellas publicitarias, y con la que veinte años atrás llegó por primera vez a José Ignacio.
Al principio Dotto alquilaba una casa, hasta que tiempo atrás logró comprar esta chacra: 13.500 metros cuadrados que empiezan en un bosque y terminan frente al mar, y donde se encuentran –entre otras construcciones- tres cabañas donde se hospedan las modelos de la agencia durante la temporada.
Una de esas chicas es Julia Rohden:
—Este es el primer verano en el que Julia toma sol. Hasta ahora siempre le había dado de espaldas, durante la cosecha de tabaco. Pero ahora, las vueltas de la vida, tiene contratos con Falabella y está haciendo su primera tapa de Para Ti. Julia –insiste- va a ser una grande como Valeria Mazza o Pampita.
Valeria Mazza y Pampita son quienes más trascendencia internacional tuvieron, pero ya se han ido de la agencia. Y eso a Dotto le duele. Cuando habla de las dos modelos, las palabras recurrentes son “belleza”, “enamoramiento” y “traición”.
—Es parte de la naturaleza humana -dice. No aclara a cuál de las tres palabras alude, pero da igual.
Esto es lo que cuenta Dotto de Valeria Mazza: que estuvo dos años para empezar a trabajar. Que las marcas no la querían porque tenía algún sobrepeso y porque al ser nadadora tenía una actitud masculina. Que todo cambió cuando a Dotto le ofrecieron representar a Claudia Schiffer en Argentina, le enviaron un book, y él vio los parecidos físicos entre los rostros de ambas modelos. Que llamó a varias revistas para vender “la nota de los parecidos” y se rieron de él. Que finalmente el semanario Gente le compró la idea y le hicieron la primera nota a Valeria Mazza, con el título “La Claudia Schiffer argentina”. Y que ahí, después de dos años, Valeria empezó a encontrar un rumbo.
-No era sexy y nunca lo será. No era ni es armoniosa. Pero es Valeria: tiene una cara impresionante. Y yo me enamoré de esa belleza antes que nadie. Recién cuando su marido vio que Valeria era un buen negocio, lo agarró y se lo llevó sin pagarme ni una comisión. Así son las cosas: yo la fabrico y otro se la lleva.
Esto es lo que cuenta Dotto de Pampita: que la descubrió cuando trabajaba en un local de ropa. Que al principio su novio, el Pampa, dueño del negocio, no la dejaba modelar. Pero que después, cuando la marca entró en crisis y no podían pagar modelos, la hicieron posar con ropa de la empresa. Que ahí el Pampa le advirtió:
—Si Carolina no encuentra trabajo se tiene que volver a La Pampa porque no tiene cómo seguir en Buenos Aires.
Que Dotto la citó en su escritorio. Que Pampita le dijo:
—Por veinte pesos (5 dólares) trabajo.
Que Dotto le ofreció un contrato por veinte mil dólares en un comercial en México. Que así fue como empezó todo: rápidamente.
—Cuando la vi –dice- intuí esa cosa sexy que transpira, esa armonía y esa belleza me partieron la cabeza y me di cuenta de que ella podía llevarse el mundo por delante, era un volcán en erupción. Le metí muchas fichas a Pampita a pesar de que algunos la veían bajita y decían quién es, esta chica no llega a ningún lado. Pero yo sabía. Para mí no era difícil verlo y te digo:
Silencio.
—Si yo no hubiese descubierto a Pampita, no la habría descubierto nadie. Ese va a ser el título de esta nota.


*


Pancho casi siempre tuvo buen ojo: casi siempre supo qué cosas podían funcionar y qué cosas no. A los 14 años vivía en Ramallo -provincia de Buenos Aires, uno de los últimos destinos de su padre- y vio que sobre el río Paraná había yucas silvestres: unas plantas rústicas que crecían sin ayuda de nadie y que se usaban para separar los campos. En un viaje a Buenos Aires, Pancho vio que los lugares más elegantes de la ciudad decoraban sus rincones con yuca.
—No sé cómo hizo –recuerda Mónica Dotto-, pero llenó varias camionetas y llevó las yucas a la ciudad y empezó a venderlas a la gente que hacía parques y saturó el mercado de yucas. Siempre tenía buenas ideas, Pancho. Él siempre tuvo la mirada del emprendedor. Yo soy abogada: veo si se puede y después hago. Pero él primero hace y después ve si se puede.
A los diecisiete años, Dotto terminó los estudios en una escuela nocturna y empezó a trabajar en una empresa de maquinas de coser industriales. Allí se vinculó con los fabricantes de indumentaria y finalmente se asoció con uno de ellos y se lanzó a vender ropa. Luego se puso un restaurante. Luego perdió todo su dinero en una financiera y finalmente, a los 29 años, inició su emprendimiento definitivo: Dotto Management. Con esta agencia galgueó todas las otras crisis. Que, en Argentina, siempre son muchas.
El cimbronazo más fuerte llegó a comienzos de la década de 1990. Dotto previó que habría problemas y se puso un departamento de casting, es decir: de búsqueda de modelos para campañas publicitarias. Adelantándose a la crisis argentina, a fines de los 80 empezó a hacer negocios con Chile. Y empezó a verse en la urgencia de mandar cassettes con filmaciones de chicas a Santiago. En Chile estaba Pinochet y estaban los departamentos de censura. La mitad de las veces, Dotto lograba -a fuerza de carisma- que alguna azafata le cruzara los cassettes. Pero la otra mitad, tuvo que sacarse un pasaje en el momento y viajar.
—De todas las veces que viajé –cuenta- la mitad tuve problemas con el departamento de censura. Me detenían la mercadería, miraban las filmaciones, era una lucha.
La escena de la censura se repitió tantas veces que los últimos encuentros, dice Dotto, eran así:
—Ay, Marrrta –Dotto, dramático, se agarraba la cabeza-, ¿qué está pasando Marrrta???
—Escúcheme, Dotto, usted ya me tiene cansada. Elija tres cassettes y yo me quedo con uno. Saque el que menos le sirva y no venga más por acá.
Así fue como Dotto empezó a viajar siempre con cuatro cassettes, de los cuales uno no servía para nada. Y así fue como Dotto fue entrando, lentamente, en el mercado chileno. Con ese mercado superaría buena parte de sus crisis futuras.
—La gente piensa que esto es una pavada pero yo manejo un estrés crónico importante. Buenos Aires es la capital del mundo que más agencias de modelos tiene per capita: hoy funcionan más de 160 agencias y en realidad no hay espacio para 160 modelos. ¿Cómo hay que hacer? Tenés que trabajar como una bestia. Porque es fácil descubrir a Dolores Barreiro, que cualquiera la descubre, pero no es tan fácil descubrir a Valeria o a Pampita y después promoverlas y en el medio cruzarte la cordillera y tratar de caerle bien a la Marta de migraciones. No es sólo tener “ojo”: es vivir para estas chicas. Yo vivo enajenado. Vivo a través de la vida de ellas. Y no sé si eso es bueno.
Hoy Dotto tiene la mayor firma del continente y es invitado a dar charlas en las universidades –ante alumnos- y en los hoteles cinco estrellas –ante empresarios. Incluso la Universidad de Harvard, puesta a analizar las agencias de modelos como negocio, tomó los ejemplos de Elite y Ford en el Primer Mundo, y de Dotto en el tercero.


*


En José Ignacio, Maldonado, República Oriental del Uruguay, está terminando el mes de enero y eso significa que Dotto está eufórico, eléctrico, sin espacio para respirar entre una palabra y otra. Sólo por dar un ejemplo, alguien acaba de estacionar un auto en el lugar equivocado y eso es suficiente para que Dotto detenga la entrevista, se levante del sillón, camine por los senderos de un pequeño jardín de árboles flacos, y llame por teléfono a Ornella, la secretaria joven y de tez traslúcida que le organiza los días.
—Los autos no pueden entrar ahí: vos los sabés, yo lo sé, todo el mundo lo sabe pero bueno, qué le vamos a hacer, no hay nadie de mi gente que… o sea: ni yo pongo mi auto ahí, no puedo entender que esto esté pasando…
Ornella escucha, en silencio, como si oyera estas diatribas todos los días de su vida.
—… fijate si me podés mandar a José, a Estanislao o al chico que está en la puerta o mejor mandame a todo el mundo porque los autos NO TIENEN QUE DAR LA VUELTA ACÁ, tienen que estacionar en el estacionamiento, sea quien sea este señor, pobre, es un amigo que me hice en Entre Ríos pero yo no puedo… o sea: a este señor lo conozco pero tiene que esperar en la puerta hasta que alguien lo vaya a recibir, ¿ok?
Ornella responde: okay. Y Dotto vuelve a sentarse.
Días atrás, por teléfono, después de años asistiendo a escenas como ésta, su madre habló de su hijo de este modo:
—Estoy muy orgullosa de Pancho –dijo-. Pero ahora lo único que quiero es que se case y tenga hijos y se olvide de todo.
Cuando se le recuerda esta frase, Dotto baja los párpados –un gesto de compasión o de ternura-, respira hondo y pide el almuerzo con un breve movimiento de manos. Minutos después, alguien llega con un plato de carne, pan y mayonesa.
—Y después traeme un heladito de banana, por favor.
Ni sushi ni ensalada: carne, pan, mayonesa y helado de banana.
-Parecés una criatura.
-Soy –contesta Dotto.
Pero no sonríe. Sólo se dispone a comer.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Temporada de polo


Las buenas yeguas no olvidan. Una vez que aprenden todo (a andar con el pie derecho, a frenar a tiempo, a ser bravas pero obedientes, a dejarse montar con elegancia) pueden pasar los años y ellas sólo sabrán hacer lo correcto. Por eso, en el universo del polo, las buenas yeguas son sagradas. Literalmente sagradas. Las cuidan y las peinan como a una cortesana pero no las dejan aparearse ni por equivocación. Todos los meses, con puntualidad biológica, un grupo de expertos les hace un lavaje y les extrae un óvulo que se fecunda in Vitro con los espermatozoides de un padrillo. Ese embrión, a su vez, no vuelve a ellas sino que es implantado en un vientre sustituto que llevará adelante el embarazo (valor del embrión: 50 mil dólares). Gracias a esta técnica de laboratorio -que alcanza niveles de excelencia en la Argentina- una buena yegua puede tener hasta diez hijos por año sin perder su línea, sin dejar de jugar un solo día y sin saber que alguna vez los tuvo.


Las buenas yeguas saben todo, menos que son madres. Y menos aún que, gracias a los sistemas de transplante embrionario, muchas veces comparten campo de juego con sus propias hijas, dando lugar a una lógica reproductiva que habla más del universo del polo que del animal. Todo, en el mundo del alto handicap, queda en familia. Pero lo más curioso es que esta asociación (la de las yeguas y su reproducción eugenésica, con los clanes de polistas) no la hace un Luis D'Elía cualquiera sino la voz en off de Polo Real, uno de los videos que ven los extranjeros cuando vienen a aprender a jugar este deporte a la Argentina.


"El polo es un deporte de reyes, sultanes y millonarios del mundo entero. Por eso los caballos de máximo nivel están emparentados entre sí, consanguinidad que también se da entre los polistas" subraya una voz en off en el video y deja en claro, sin rodeos, qué busca buena parte de los miles de extranjeros que todos los años vienen a probar una tajada del campo argentino: no les atrae bailar tango o conocer el Obelisco. Ni siquiera los desvela aprender a cabalgar con elegancia. Sólo quieren comprar algo que en teoría no se vende (el estatus) y con ese fin juegan al polo en "el país del polo" -así se ve a la Argentina desde el 2001-, compran caballos de calidad premium y dejan una montaña de dólares -entre 2100 y 4500 semanales por persona- en el bolsillo de un grupo social -criadores, estancieros y jugadores- que durante los '90 había visto en sus campos un gran dolor de cabeza.


¿Pero qué significa "estatus" en el polo? ¿Dónde se ve? ¿Cómo se vende? Un recorrido por las páginas web de algunas de las 150 estancias que ofrecen clínicas en la Argentina da como resultado una sobreabundancia de frases y palabras como "adrenalina", "adicción", "tradición", "sentir", "estar adonde hay que estar" y "no hay vuelta atrás". Buena parte de esas haciendas está emplazada en Pilar, autoproclamada la "capital internacional del polo"; una localidad que -más allá de las áreas altamente urbanizadas- habla en un lenguaje de exportación. Las afueras de Pilar son fáciles de describir: hay mucho pasto, muchos caballos, muchos árboles, muchos boxes de ladrillo y algarrobo, y muchos carteles con la leyenda "lots for sale".


Allí, rodeado de estancias que quizás se le parezcan -entre ellas La Ellerstina, dueña de uno de los equipos de polo más importantes del mundo- está Don Augusto Campo & Polo, un club que funciona todo el año (aunque la temporada alta, como en todo el país, se da de septiembre a marzo) y que tiene su epicentro en un inmenso campo de verde incandescente. En el borde de la cancha hay un árbol con una campana quieta y lo que puede verse es la postal minimalista de aquellos que todos quisiéramos creer que es el campo: pasto lacio, árboles al fondo, un caballo de crines luminosas y un disimulado olor a bosta.


En el medio de todo eso están Eric Wright (un "polo manager" -así se los llama- que juega profesionalmente en San Francisco y que vino al país para comprarle unas yeguas a su patrón) y Abby, una morocha que salta del caballo con la levedad de una paloma y dice que no quiere fotos ni apellidos. Abby tiene una cicatriz en el labio superior y esa marca le da al rostro una belleza distante, alerta. Cuando rondan los cuarenta, las mujeres del polo suelen parecerse a ella: tienen el rostro fuerte, marcado y generalmente intervenido por algún colágeno que borra o estira las arrugas que les hizo el tiempo, pero sobre todo el sol. Abby también es polo manager y está buscando tres tipos de yegua: una grande, lenta y sencilla de manejar. Otra mediana y rápida. Y una tercera pequeña y fácil de llevar. Para elegirlas las monta y las lleva a taquear por el campo. Evalúa su boca (es decir, su capacidad de freno), su aplomo, su relación con el taco (es fundamental que los caballos no le tengan miedo), sus ojos (deben estar sin "nube"), su coordinación de movimientos y su cuerpo sin cicatrices.


-Los extranjeros no saben mucho de caballos y piensan que con cicatriz no sirve -explica Abby-. Es como los que no entienden de autos y, en vez de fijarse en el motor, se fijan en el capot.


Según datos de la Aduana Argentina, se exportan cerca de 4 mil animales por año a un precio que va desde los 5 mil hasta los 15 mil dólares (aunque también están los que se venden por 30 y hasta 200 mil). Esto implica que al país ingresan anualmente, en concepto de caballos, un mínimo de 20 millones de dólares. ¿Adónde van estos bichos? A cualquier parte, incluida -por ejemplo- la Guardia Real de Marruecos, que le compró a la familia del polista Clemente Zavatela (marido de una trilliza de oro) veintiséis animales que fueron facturados al 25 por ciento de su valor real (una diferencia que originó una denuncia por evasión contra la empresa de Zavatela).


Cuando se mira una yegua, sin embargo, todas las chanchadas comerciales quedan lejos. La belleza tiene ese poder anestesiante y estos bichos, como todo lo que es bello, se sobreponen a la inmundicia ajena y a la propia con rozagante hidalguía. Las yeguas son refinadas hasta cuando cagan: lo hacen con el pecho afuera, las ancas dignas y el gesto de estar escuchando la mejor música del mundo. A metros de una yegua en trance, un holandés llamado Paul Van Oostveen -programador de páginas web- dice que estos animales son una adicción. Hace dos años que Paul vive en Argentina y desde hace uno que juega en el club Don Augusto. Viene todos los días y ya compró seis yeguas.


-¿Por qué tantas?


-Porque nunca es suficiente.


Los extranjeros que vienen a jugar al polo se dividen en dos grandes grupos. Por un lado están los europeos, solamente interesados en comer bien y pasarse el día a caballo. Y por otro están los estadounidenses, que hacen de las clínicas de polo un proyecto "all inclusive": quieren amortizar el dinero que pagaron y no dejan un segundo librado al azar. Cuando bajan del caballo salen a ver tango, hacer shopping, pasear por La Boca y dejar fortunas en las talabarterías. En general, ninguno de estos dos grupos habla de "inseguridad". Según Gonzalo Palacios Hardy, manager de Don Augusto, se trata de gente "de mundo" que ya recorrió Asia y África y que no cree que la Argentina sea un país más duro que Zimbabwe.


¿Por qué vienen acá, y no a Zimbabwe? Todos los motivos pueden resumirse en uno: en Argentina hay caballos mejores y más baratos que en cualquier otro lugar del mundo. Esta sería la explicación económica, mientras que la psicológica la da Bautista Heguy en el video Polo Real: "Para muchos el polo es una pasión, pero para otros también es un capricho, es esnobismo, es la posibilidad de acceder a un deporte elitista que les permite codearse con la realeza".


El príncipe Harry de Inglaterra vino un par de veces a la estancia El Remanso, en Lobos, para mejorar su taqueo de la mano del polista Eduardo Heguy. E incluso el actor Tommy Lee Jones -perteneciente a la realeza de Hollywood- se hizo habitué de la estancia La Mariana y hasta devino el padrino de su equipo de polo. "Pensar que, en un principio, sólo vine a la Argentina a aprender un poco a jugar al polo, a comprar unos caballos y a comer buens asados -dijo-. Ahora vengo una o dos veces por año para no perder mis prácticas. Aunque sigo sosteniendo que, al lado del polo, trabajar en películas de cine es muy fácil".


Claludio Uras, 31 años, petisero de Don Augusto, advierte que -si sólo se quiere estatus- es más fácil comprar un palo de golf y una pelota. Con el golf no es necesario tener tanto estado físico, es casi imposible romperse un hueso y es definitivamente menos riesgoso en términos económicos.

-Trabajar con caballos es como trabajar con alhajas, con la diferencia de que un collar no se te retoba -dice Claudio-. Una vez, en la estancia anterior donde trabajaba, se escapó un caballo de casi treinta mil dólares. Se fue a un campo vecino, comió mucho, se empachó y le agarró un cólico. Cuando el cólico es fuerte el caballo se hincha y ya no sirve más para polo. Por suerte este zafó, pero quedó un poco tonto, perdía el equilibrio. Casi me mato.


Claudio tiene 32 años, una mujer, dos hijos y media vida al servicio del polo. Nació en Pehuajó y, ya en la adolescencia, lo contrataron en una estancia para preparar caballos. Tenía que amansarlos, adelgazarlos, acostumbrarlos al taco y someterlos a un trabajo de ablande no sólo físico sino también sentimental. A diferencia de otros petiseros, Claudio tuvo la posibilidad de aprender a jugar. Ahora participa de las prácticas con extranjeros, aunque su principal tarea está a los pies del caballo: les hace la cama (con aserrín o viruta), los cepilla, les trenza la cola, los afeita y los alimenta.


"Los petiseros son el 50 por ciento del éxito de un equipo" dice Bautista Heguy en el video Polo Real. "Un buen petisero es como un buen contador o un buen abogado: hace al éxito de tu empresa" agrega Juan Ignacio Merlos, de la estancia La Dolfina.


Claudio, responsable entonces del 50 por ciento de esta historia, vive con su familia en la estancia Don Augusto. Su casa consiste en dos ambientes pequeños que antes tenían cocina compartida, y ahora es individual.


*


El polo tiene su origen en el llamado Sagol Kangjei, un deporte que se jugaba en la India unos 300 años antes de Cristo. Muchos siglos después, el colonialismo inglés se apropió de esta práctica y finalmente la trajo a la Argentina en el siglo XIX. El polo se fue transformando, en este país, en un deporte de confraternización entre inmigrantes sajones. Hasta que el 30 de agosto de 1875 se jugó el primer partido oficial. Aunque la mayoría de los jugadores era inglesa, el polo se empezó a difundir entre los argentinos. El motivo de esa adopción lo dio una crónica periodística de la época: "El polo resulta particularmente adaptable a un país de centauros como la Argentina, donde los campos son tan lisos como tableros de ajedrez y los caballos denotan admirables condiciones y entrenamiento para la lucha".


En 1895, la primera delegación de polistas criollos jugó en Londres -le fue muy bien- y desde entonces el polo argentino mantuvo el primer lugar dentro de los equipos internacionales. El mejor ejemplo de que el polo local es superior al del resto del mundo lo da la inscripción al Campeonato Abierto de Polo de Palermo (el mayor evento deportivo del rubro a nivel internacional): para anotarse, es requisito básico que los jugadores tengan un handicap superior a los 28 puntos. Pero hay pocos equipos extranjeros que cumplan con este requisito.

-Existen torneos altamente prestigiosos, pero no existe el mundial de polo -explica Gonzalo Palacios Hardy-. La razón, justamente, es que si hubiera un mundial siempre ganaría la Argentina, y así no tiene gracia.


El polo se maneja por temporadas. La más alta va desde septiembre hasta principios de diciembre, y en ese lapso de tiempo se concentran todos los torneos y campeonatos de alto nivel. La baja, en cambio, arranca en otoño, cuando la lluvia llena los campos y vuelve todo más difícil.


-No estoy acostumbrado a los inviernos.


El que habla es Emiliano Blanco, 32 años, polista, él dice que mediocre. Lo conocí seis meses atrás, cuando de polo entendía menos que ahora y quise hacer esta crónica suponiendo que el polo era una fiesta todo el año. Esa tarde Emiliano estaba solo, callado, padeciendo el invierno, fumando Philip Morris con boquilla transparente y dejando que el sol frío le pegara en el cabello rubio con un golpe distante, como en una escena del Gran Gatsby.


-Cuando llueve todavía es peor: directamente no sé qué hacer.


Emiliano jugó en Santa Fe, Nuevo México (Estados Unidos) durante una década, y de allí se trajo varios clientes gringos. Ahora es reconocido por sus pares como uno de los que mejor maneja el negocio de los extranjeros y el polo. A su estancia -llamada Don Manuel y ubicada en Cañuelas- llegan profesionales que quieren ponerse en forma para la temporada europea, estudiantes de universidades inglesas que tienen un convenio con la estancia, y también turistas que aprovechan la devaluación para comprar, a precio moderado, la pertenencia a una casta a la que pertenecen pocos.


La tarea de Emiliano es grata, dice, pero no es rentable. Una cosa es ser un polista 10 de handicap, que cobra un mínimo de 300 mil dólares por jugar la temporada inglesa (y luego usa ese dinero para solventar la temporada en Argentina). Y otra cosa es ser como Emiliano.

-Si sos mediocre como yo, el tema de las temporadas y la llamada "vida de polo" te termina cansando, porque vivís de viaje, no formás nada en tu país, y el dinero que ganás afuera ni siquiera sirve para armarte acá un buen futuro. En un momento empezás a ver que la vida se va rápido y entonces muchos chicos como yo piensan que una forma de seguir viviendo del polo, pero en Argentina, es traer extranjeros. Quieren aprovechar porque piensan que es fácil. Que el extranjero es un tipo al que le vas a sacar dólares así nomás: dándoles asado y haciéndolos jugar con petiseros. Pero yo no hago eso, y así estoy: extenuado.


El campo de Emiliano -una infinidad de hectáreas con facilidades cinco estrellas- es el resultado del patrimonio familiar, al que Emiliano sumó sus doce años de trabajo en Estados Unidos. Emiliano nunca, en las últimas dos décadas, se tomó vacaciones. Cada vez que cerraba una temporada de polo volvía a Cañuelas para comprar ladrillos.


-Y está bien porque el lugar es mío y el día de mañana haré un negocio inmobiliario. Pero para hacerlo como negocio para turistas no es rentable. Sólo cierra si sos como el dueño de El Metejón: un extranjero que vio el negocio inmobiliario y entonces usa el polo para captar extranjeros para que le cmpren la tierra. Pero yo no hago eso. Entonces muchos amigos me dicen "quiero vender polo en Pilar, me compré unas hectáreas" y yo trato de explicarles, sin tirarlos abajo, cuáles son los problemas.


-¿Y cuál sería el problema?


-Que dejás la vida acá. Que no sé lo que es ir al cine. Por algo estoy soltero.


-¿Entonces por qué te metiste en esto?


-Porque a la vez amo los caballos, y porque mi papá vive acá. Mi papá es un tipo que vino muy de abajo. Y yo quiero que mi viejo viva en el mejor lugar.


Emiliano es uno de los pocos personajes dedicados al polo que no tienen origen patricio. Su padre trabajó en el rubro de la carne hasta que dos enfermedades contraídas en el trabajo -una broncoestasis y una tuberculosis- le hicieron pasar demasiados años en cama. Mientras su padre trabajaba, Emiliano iba a la escuela y jugaba al pato. Pero jugando se quebró las dos piernas y, tiempo después, un amigo de la familia directamente se mató. Cuando supo la noticia, su padre fue claro:


-Hacé lo que quieras con caballos -dijo-, pero olvidate del pato.


Así empezó Emiliano con el polo. A los dieciséis años viajó como petisero a Australia, y algunos años después hizo su base de trabajo fuerte en Estados Unidos.


A veces, cuando tiene tiempo de pensar en algo, Emiliano piensa en lo que él podría haber sido.


-Acá están los mejores polistas del mundo por el mismo motivo por el que tenemos los mejores caballos. Por un lado, el costo de hacerte jugador de polo, si tu familia juega al polo, es barato. Y por otro, hay un tema cultural: en Estados Unidos o Inglaterra, cumplís diecisiete años y tu viejo, por más que sea millonario, te obliga a ir a la facultad, a trabajar para pagarte los estudios, y recién cuando terminás con todo eso podés dedicarte al polo. Es decir que llegás grande y sin una cultura del caballo. A mí me han llegado adolescentes de Inglaterra; los padres los mandaban pero me decían: "No lo hagas jugar todo el tiempo: que aprenda a barrer, a lavar: que trabaje". Es otra mentalidad. En cambio, en Argentina, si terminás el secundario y tenés familia con dinero ellos te pagan todo.


-¿Y eso te parece bueno o malo?


-La verdad... el estilo sajón me parece una pérdida de tiempo. Mi papá me hizo empezar a trabajar a los doce años. Y si me comparo con los chicos que empezaron conmigo con el polo, llegaron a más que yo porque tuvieron el tiempo y la cabeza más libres para pensar en eso. Yo a los diecisiete manejaba un matadero de vacas, iba a la facultad de noche y además jugaba al polo.


-Creés que si hubieras sido más consentido te habría ido mejor como polista.


-Sí.


Aunque no es un gran polista, Emiliano es una referencia ineludible para las clínicas de polo que se hacen para extranjeros. Por ese motivo ahora, en septiembre, llegaron hasta él Aaron y Marcus, dos estadounidenses de treinta y tantos años que en este momento montan un caballo fijo -una especie de animal de Troya en miniatura-, miran a un frontón, y empiezan a taquear para mejorar la técnica y precalentar el cuerpo para un partido que se jugará dentro de media hora.


Aaron se apellida Ball y tiene 37 años, pantalón blanco, botas de caña alta y un castellano correcto. Trabaja como abogado de una petrolera en Houston -a la que pertenece Marcus- y vino a esta estancia recomendado por el Club de Polo de Houston, del que es miembro desde hace un mes.


Un mes es poco. Ayer Aaron se cayó del caballo, aunque mantiene el optimismo.


-Emi tiene reputación muy buena en Estados Unidos -dice-. El polo se está haciendo popular entre personas entre 30 y 40 años. Ahora todos quieren venir a Argentina. Es el único lugar en el que piensas para hacer polo. No hay sitio en el mundo como éste.


-¿Y la política? ¿Sabe algo del país?


-Prestamos atención a la política, sí. Por ejemplo, el problema entre el campo y el resto. Y también hay interés en desarrollar acá los recursos petroleros. Argentina es más europeo que latino. Los creemos más parecidos a nosotros. Por eso nos gusta. Y porque es más barato que Europa. Hace dos meses tuve un casamiento en Inglaterra y es 2.2 pound el dólar. ¡Qué caro!


A su lado, montado sobre el caballo fijo, Marcus parece estar en otro mundo. Viste jeans -y no pantalón blanco, como se acostumbra en polo- y asiste a las indicaciones de Emiliano con la expresividad de una hoja en blanco. Marcus es la clase de personas que parecen no entender el idioma ni siquiera en su propio país. En la mayor parte de los casos, uno diría que eso significa "ser tonto"; pero en el caso de Marcus -ejecutivo de una petrolera- eso suele llamarse "estrategia".


-Aaron tiene una facilidad natural, quiere hacer las cosas mejor -dice Emiliano-. Pero Marcus no. Marcus no le pone ganas.


-No lo digas en voz alta que te va a escuchar.


-No, no: yo se lo digo en la cara. Le digo "Marcus, poné ganas".


-¿Y él qué hace?


-Nada.


Como mínimo, son necesarias cinco clases para aprender las posturas básicas del polo. En cualquier clínica para principiantes, lo primero que se enseña es a dominar un caballo, luego a mover el cuerpo y finalmente a pegar a la pelota lo mejor posible. Luego están las prácticas en la cancha. En este caso, Emiliano convocó a otros polistas amigos para que jueguen con Aaron y Marcus, a cambio de permitirles promocionar sus caballos para la venta. Por eso ahora, en el establo, a minutos nomás de jugar un partido, ocho personas se suben a sus yeguas de un salto.


-Che -interrumpe un polista desde las alturas-, decile al fotógrafo que me haga todos los planos que quiera, pero que me saque al caballo sin culo.


El que habla es Carlos Sciutto, jugador y hacedor de caballos que vino a hacer las prácticas con los estadounidenses. Sciutto está muy preocupado por la cola de su yegua: está despeinada.


-Este es un deporte de caballeros, por ende es un deporte elegante y todo debe estar perfecto, ¿entendés? El caballo debe estar descolado, bien tuzado, sin pelo en las patas, las orejas, en fin. Estos son caballos nuevos que van a hacer la temporada ahora, entonces esto es una guerra contra los pelos, ¿entendés? ¿Vos te depilás?


-Sobre todo en temporada.


-Bueno, ellas también.


El culo de las yeguas es sensual. La cola trenzada, la carne dura y las ancas tan abiertas recuerdan bastante a la hondura existencial que proponen las portadas de revistas para hombres. Las yeguas, además, están mejor peinadas que yo: llevan las colas trenzadas y en rodete, y a su vez ese rodete es de una tirantez tan perfecta que podría concursar en un certamen de peinados penitenciarios. Sobre una de esas yeguas, entrando al campo de juego, está Aaron. La novedad es que lleva puesto un casco extraño. A diferencia de las gorras de los demás jugadores, Aaron usa un accesorio que podría protegerlo de una guerra mundial.


-Para los gringos toda protección es poca -aclara Sciutto.


En rigor, toda protección es poca ya no para los gringos, sino para el polo en general. No existe profesional que conserve su osamenta sana. Ignacio Figueras -considerado el Brad Pitt del polo y convocado para sus campañas por la firma Ralph Laurent- tiene una cicatriz cerca del ojo y la nariz rota. Horacio Heguy perdió un ojo de un tacazo en 1995, y una década después se cayó del caballo y terminó en terapia intensiva, con tres costillas rotas y un pulmón perforado. En cuanto a Emiliano, llegó de su reciente temporada en el extranjero -estuvo dos meses dando clínicas en Inglaterra y Estados Unidos- con la tibia y el peroné hechos puré.


Los partidos de polo duran seis chukkers o chacras: lapsos de siete minutos cada uno, que es el tiempo que un caballo puede correr sin parar y sin deshidratarse. En un partido de alta competencia puede llegar a haber treinta goles. Pero en la práctica en Cañuelas, más que goles -hubo dos- se escucharon frases coom "Go! Go! Go!" y "Come on, Marcus, score!!!" (¡Marcus, hacé un punto!). Después, más allá de las palabras, estuvieron los famosos "hechos". Aaron se cayó dos veces. Y el segundo episodio fue casi dramático.


Un rato después, con Aaron completamente entero y en manos de una masajista, Marianela Castagnola -una de las mejores polistas mujeres del país, invitada a jugar este partido- diría que Aaron cayó "como una bolsa de papas porque no sabe montar". Pero en el momento exacto del desplome, lejos de cualquier hipótesis, lo que pudo verse fue una yegua frenando maliciosamente, y un pobre tipo hecho estampilla contra el suelo.


Aaron quedó sobre el pasto, boca arriba, con el casco puesto y los brazos en cruz.


-Aaron... are you okay?


-Ouch.


Detrás de Aaron, a cincuenta metros, la yegua se veía cada vez más chica, cada vez más lejos, galopando con la desesperación de los que necesitan mantener algo a salvo, quizás la elegancia.

sábado, 23 de octubre de 2010

Sushi popular, o cómo sentirte una forra

Y un día el sushi llegó a Floresta.
Con Juan estábamos contentos porque cada tanto nos gusta comer sushi y porque el local estaba a cincuenta metros de casa. Bueno, "local". Era un galpón tenebroso del que salían motos con la inscripción "Sushi Pop", pero a quién le importa la fachada cuando se trata de sushi en Floresta: dos palabras que hasta el momento nunca habían ido en una misma línea.
Tuvimos la primera sorpresa cuando Juan se acercó a "Sushi Pop" y quiso entrar. Se le fueron al humo cuatro motoqueros al grito de "no, no, esto se pide por teléfono". Okey. Por teléfono. A quién le importa pedir solo por teléfono.
Busqué el teléfono en Internet: "Sushi Pop. El primer sushi para todos" decía la página y casi me emociono. La filosofía Nac & Pop llevada al sushi, qué grossos. Qué grossos los de Sushi Pop.
La segunda sorpresa ocurrió cuando llamé y la centralita sólo me derivaba a cinco locales: Martínez, Belgrano, Palermo, Centro y Caballito. "¿Y el local de Floresta?" pensé. Corté y volví a llamar: seguramente había un error, estas centralitas andan tan mal... Pero otra vez me encontré con las cinco opciones: Martínez, Belgrano, Palermo, Centro y Caballito. Marqué Caballito porque es lo que me queda más cerca: si vos salís de Floresta llegás a Flores, y si pasás Flores llegás a Caballito.
- En realidad yo quiero hablar con el local de Floresta -le dije al pibe que me atendió.
- No, no -me corrigió él- para hacer tu pedido tenés que hablar con el local de Caballito.
- ¡Pero si a cincuenta metros de mi casa tengo un galpón de Sushi Pop! -le dije- ¡Sushi Pop tiene un local en Floresta!
- Esa no es información pública -el pibe quería ser didáctico-. Nosotros no tenemos la culpa de que vos vivas a media cuadra.
El diálogo era inútil. Pedí el sushi a la sucursal Caballito y cuando estaba por cerrar el pedido llegó la tercera sorpresa.
- ... y cinco pesos de recargo por el envío -me dijo.
- ¿Cinco pesos? ¡Pero vivo a media cuadra! ¡Lo voy a buscar yo!
- No, no. Esto es sólo delivery. Los precios están estipulados -estipulados, dijo: éste terminó el secundario- según una tablita que está en la web.
Entonces volví a revisar la página de "Sushi Pop, el primer sushi para todos" y leí la tablita:
Envíos a Caballito: 3 pesos.
Envíos a Almagro, Boedo, Agronomía y Paternal: 4 pesos.
Envíos a Flores y Floresta: 5 pesos.
- No entiendo -le dije al nene de Sushi Pop-: si yo viviera en Caballito, a treinta cuadras de acá, ¿pagaría menos que viviendo a media cuadra?
- Así es la tablita -contestó Sushi Pop.
Lo que "Sushi Pop, el primer sushi para todos" está diciendo es que si sos de un barrio ratón tenés que pagar más caro no porque vivas lejos, sino porque sos ratón. Y porque el sushi -ya me queda claro- para todos no es.

jueves, 26 de agosto de 2010

Un posible intercambio


Ella era feliz.
Su marido era escritor.
Sus amigos eran escritores.
Tenía casa en Malibú.
Sus amigos escritores también tenían casa en Malibú.
A la noche, todos se juntaban a cenar y hablaban de W. H. Auden y de cómo hacer buenos suflés.
Ella era fácil y sofisticada. Ella era hermosa. Qué hermosa era Joan Didion.
Subía a los aviones descalza.
Una noche, a poco de cumplir cuarenta años de casados, ella y John Gregory Dunne -su marido- encendieron la chimenea. Él leía y tomaba escocés con hielo. Ella preparaba la cena.
Hasta que ocurrió el suceso.
Ella todavía lo dice así: el suceso.

La vida cambia rápido.
La vida cambia en un instante.
Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba.

Eso escribió Joan Didion dos o tres días después de que su marido se desplomara de un infarto frente a la mesa del comedor; ocho días después de que su hija fuera internada por una neumonía seguida de choque séptico, y diez meses antes de que su hija muriera en un hospital.

Entonces, la pregunta es si la felicidad se paga.

jueves, 19 de agosto de 2010

Día 18 de las vacaciones

Cómo me cuesta la constancia. ¿Hace cuánto que no escribo acá?
Cosas que hice hoy:
Recorrer Toledo, después de tantos años.
Ir al "Museo de la Tortura" (sic), también en Toledo. Ahí estaban todos los utensilios que usó la Inquisición para matar a los herejes. Qué sofisticados nos volvemos cuando queremos hacer daño.
Después comí sándwiches. Después saqué una foto a una pareja de rusos muy enamorados. Después entré a la Catedral de Toledo. Después le dije a Joaquín que si seguía jodiendo lo iba a mandar a confesarse.
Qué es confesarse, preguntó. Contarle a un cura las cosas que hacés mal, le dije. Y el cura qué hace, preguntó. Te manda a rezar. Y qué es rezar. Hablar con Dios. Pero Dios no existe, dice Joaquín. Es cierto, le dije. Vámonos. Y nos fuimos. A Mc Donald's. Que también está en todas partes.

martes, 18 de mayo de 2010

Y un día como este llorás de felicidad


Carta abierta a Emilia.

La mañana del día que naciste me fui hasta Mataderos a buscar los chorizos que nos donó un carnicero mediático para hacer un festival solidario con choripaneada incluída. No me preguntes por qué, pero mientras iba manejando tuve la sensación de que tu llegada a este mundo era inminente. Para ese momento el colectivo de trabajadores del diario Crítica de la Argentina -que tu mamá y yo integramos- ya llevaba dos semanas de paro y tres días de permanencia pacífica en el lugar de laburo, por algo tan sencillo y elemental como reclamar que nos paguen los sueldos que nos deben. Esa tarde, después de poner los choris a resguardo en la cámara frigorífica de la pizzería que está enfrente de la redacción, fuimos con tu vieja a la doctora y nos dijo que "el cuello empezaba a madurar" pero que todavía faltaban "un par de días". Nos fuimos un tanto decepcionados por el diagnóstico, la dejé a tu vieja en casa y volví al diario donde los compañeros organizaban todo para el día siguiente. Mi ánimo estaba por los zócalos, las ganas de pelear intactas pero con las fuerzas bastante extintas, experimenté mi primer bajón de todo el conflicto. Ana, una de nuestras compañeras, se dio cuenta y se me acercó para animarme. "¿Cuándo viene Emilia?", me preguntó y yo instintivamente le respondí: "creo que está por llegar", animándome a contradecir los pronósticos de la mismísima ciencia. En eso estaba cuando de pronto sonó el celu: "Mau, ¿podés venir a casa? me parece que tengo contracciones". La voz de tu mamá confirmaba mis mejores sospechas. Trabajo de parto mediante, llegaste a este mundo a los trece minutos del domingo 16 de mayo, justo cuando en la redacción ocupada los chicos empezaban a desplegar sus colchones y sus bolsas de dormir para esperar el dia de la choriceada. Mientras te veía salir del vientre de tu vieja, no pude dejar de imaginarmelos a todos pariendo este conflicto originado en la avaricia de los poderosos y resistiendo el embate de estos personajes siniestros que manejan el producto de nuestro esfuerzo como se les dá la gana. Y te imaginé dentro de unos años, preguntándome que estábamos haciendo el día que naciste. Y me imaginé respondiéndote: "pariéndote junto a mis 180 compañeros".

Mauro Federico, trabajador de Crítica de la Argentina (y papá de Emilia)

sábado, 10 de abril de 2010

Dónde van las hormigas cuando cierra un diario (o casi)

Después de escribir hasta torcerme los tendones
y sentir las yemas ni siquiera en llamas:
perdidas
idas
y hacer cuentas:
así pasó el cuarenta y cuatro por ciento de mi vida
haciendo en el teclado ruidos, ruiditos
de hormiga
pesadillas de pulga
después de eso pienso:
¿para qué?
para qué
realmente: para qué.
Quién se tragó esa tinta chica y dónde la dejó
cagada
en qué montículo de mierda
en qué resto está todo lo escrito
Y más: dónde va a quedar
lo que no escriba.