martes, 30 de septiembre de 2014

LA MARAVILLOSA VIDA BREVE DE MARCOS ABRAHAM *

Foto: Marcos Adandía.



Conocí a Marcos Abraham Villavicencio en el 2006. En ese entonces, él había aparecido en los diarios de Argentina, mi país, por haber vivido una epopeya. Con apenas diecisiete años, el muchacho —dominicano— se había metido de polizón en un barco en el que había resistido dos semanas sin comer ni beber agua. Él quería llegar a los Estados Unidos, ubicado a pocos días de viaje desde su ciudad; pero el cálculo le había salido mal y había terminado en un puerto de Ensenada, una localidad chica y deslucida de la provincia de Buenos Aires.

El día de su llegada, Abraham fue internado por desnutrición en un hospital local. Ahí lo vi por primera vez. Estaba escuálido y una cánula con suero le colgaba del brazo derecho. A su alrededor, además, no paraba de entrar y salir gente. Abraham era polizón, pero a esa altura del partido, principalmente, era noticia.

—Yo quería ir a Nueva York –explicó aquel primer día. Abraham tenía el cráneo romo y un par de ojeras inmensas, pero sobre todo tenía una historia. Una vida dura y maravillosa que yo iría conociendo a lo largo de los meses, durante un reportaje para la revista Rolling Stone que nos ubicó a los dos en esa relación ambigua que se da entre periodistas y entrevistados cuando ocurre un trato prolongado. No éramos amigos, pero cada vez nos conocíamos mejor.

Así fue pasando el tiempo —nos veíamos, hablábamos— hasta que en cierto momento el gobierno se expidió sobre su caso, le negaron el asilo en Argentina y Abraham debió volver a su país. El día de su partida fui a despedirlo al aeropuerto. Su rostro perdido, flotante —estaba tomando pastillas— es lo único que recuerdo de aquel último encuentro. Después lo llamé a la isla un puñado de veces, luego sobrevino el silencio, y los años corrieron hasta que unos días atrás, curiosa o aburrida, busqué su nombre en Internet y leí, en una noticia breve en un periódico pequeño de San Pedro de Macorís, su ciudad, que Marcos Abraham Villavicencio había sido asesinado a la salida de un bar.

Sentí estupor y tristeza, pero sobre todo sentí una urgencia inexplicable. El muchacho había sido para mí el rostro de un éxodo que en el Caribe llevaba varias décadas y que presentaba al sueño americano en su versión más pura y atroz. ¿Qué había pasado con él? Preguntarme por su muerte era el paso previo a preguntarme por su existencia. Así que hice unos llamados, saqué un pasaje, metí una revista Rolling Stone en la valija, y aquí estoy: es febrero de 2014 y en unos minutos viajo a la isla. Abraham –o su familia- están esperando.

*

República Dominicana es una isla del Caribe. Hacia el oeste comparte tierra con Haití, pero el resto de los puntos cardinales está lleno de agua y promesas. Puerto Rico está a 135 kilómetros, cruzando el Canal de la Mona, el estrecho tormentoso en el que se unen las aguas del Mar Caribe y el Océano Atlántico. Y Estados Unidos está a unos 500 kilómetros: una distancia que, sumada a la pequeñez económica de República Dominicana —y de muchos otros países de la región—, no hace más que multiplicar los sueños de salvación.

Los registros oficiales aseguran que el 10 por ciento de la población dominicana vive fuera del país, y los académicos encargados de analizar estos datos sostienen a su vez que ese modelo migratorio no es el único en la zona. Más adelante, en Santo Domingo, la capital de República Dominicana, el sociólogo Wilfredo Lozano, director del Centro de Investigaciones y Estudios Sociales de la Universidad Iberoamericana, explicará todo este esquema —que es complejo— de una manera muy simple. Y dirá que toda el área del Caribe está signada por la transnacionalización, esto es: por un modo de abolir fronteras que está dado por el tráfico de gente y que, más allá de su legalidad, funciona con eficacia desde hace décadas. Cuba, por caso, tiene casi un 10 por ciento de su población en el exterior. Puerto Rico tiene más personas afuera (unos 5 millones) que adentro (3 millones 700 mil). Haití tiene emigrada tanto a su élite —que va a Francia o a Canadá— como a sus bases, que van a La Florida. Y Jamaica repite el mismo esquema de Haití, ya que las clases acomodadas van a Londres y las bajas, a Miami.

En cuanto a los dominicanos, se integraron fuertemente a este modelo tras la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, quien impuso su ley entre los años 1930 y 1961 y dejó tras de sí un país económica y socialmente diezmado. En la segunda mitad del siglo XX, hartos de la inflación y de los apagones energéticos de hasta veinte horas, varios millones de dominicanos buscaron suerte en otra parte y a cualquier precio. En su intento por irse, fueron y siguen siendo muchos los que mueren en tránsito. Algunos se lanzan en embarcaciones que no suelen resistir la fuerza del Canal de la Mona, y terminan entre tiburones. Otros se cuelan en el tren de aterrizaje de los aviones y mueren congelados o al aterrizar. Otros viajan hasta Honduras y de ahí intentan cruzar la frontera con Estados Unidos, aún a riesgo de ser encontrados y fusilados por los soldados. Y otros, como Abraham, se hacen polizontes, equivocan el curso del barco y quedan expuestos a una muerte por hambre.

Abraham, de hecho, no había viajado solo aquella vez en la que llegó a la Argentina. Lo había hecho junto a Andrés Toviejo, un amigo que no sobrevivió. Abraham contó la historia de ese viaje en el hospital de Ensenada en el que nos vimos por primera vez. Dijo que en la madrugada del 16 de junio de 2006, tanto él como Toviejo habían llegado a nado hasta el buque griego Kastelorizo —un petrolero que había atracado en el puerto de San Pedro de Macorís— convencidos de que el destino de ese barco era los Estados Unidos. Pero el cálculo falló. Al cuarto día sin ver la tierra, Abraham y Toviejo empezaron a preocuparse. Hasta que, sin bebida y sin comida, Toviejo se desesperó y tomó agua del Atlántico. Esa fue su cruz. Horas más tarde, el muchacho empezó a vomitar y a perder líquido y fuerzas, y después no queda claro si resbaló o si se rindió: lo cierto es que Toviejo se fue al agua, donde estaba la hélice. Su cuerpo se hundió en un reverbero de burbujas encendidas de sangre.

Pero Abraham sobrevivió. Y dos semanas después llegó a La Plata, donde se dio la secuencia de la que yo estaba al tanto: primero lo trasladaron al hospital; después llegaron los diarios; pronto su historia conmovió al país; luego apareció la familia, desde República Dominicana, diciendo «Dios te guarde la vida, Abraham»; semanas más tarde una mujer argentina se ofreció a adoptarlo; en algún momento Abraham se animó a hablar del futuro («Quiero quedarme en La Plata», «Me gustan los motores de auto: quiero ser mecánico en La Plata») y finalmente la historia, como tantas otras, dejó de servir a los medios y pasó al olvido.

La segunda vez que vi a Abraham fue en un hospital psiquiátrico.


*


—Esta es su casa, amén. Abraham nos contó cómo lo trataron allá en la Argentina; él la pasó muy bien pero también muy mal… metido en un lugar de locos malos pero también con gente buena como usted, entonces para nosotros usted es de la familia —dice Bienvenido Santos, el padre de Abraham, mientras me abraza con entusiasmo. Hace tres horas que llegué a República Dominicana y hace minutos que llegué a San Pedro de Macorís, la ciudad en la que nació y creció —y de la que escapó y a la que volvió— Marcos Abraham Villavicencio.

San Pedro de Macorís es una urbe ubicada en la costa sudeste de República Dominicana que a principios del siglo XX fue un importante puente económico para la isla y que en los últimos diez años se desplomó cuando la industria azucarera, uno de sus principales recursos, pasó a capitales extranjeros y dejó a media ciudad sin trabajo. En muy poco tiempo el índice de desocupación de San Pedro trepó al 30 por ciento. Un número que, sumado a la cercanía geográfica con Estados Unidos, no hizo más que multiplicar los sueños de salvación. Buena parte de la población de San Pedro fantasea con cruzar el agua y cambiar de vida. Y todos hacen el intento una, dos, o tantas veces como haga falta. En el caso de Abraham, entre los 13 y los 17 años trató de irse en once oportunidades. Pero la experiencia con la última, en Argentina, donde terminó en un hospital psiquiátrico, lo disuadió de seguir insistiendo.

No queda claro por qué razones el muchacho acabó en un loquero. Sí se sabe que el gobierno argentino le había negado el asilo porque no era perseguido por motivos de raza, religión, opinión política, nacionalidad o pertenencia a determinado grupo social. Y que de ahí en más, mientras se resolvía su repatriación, Abraham cayó en un limbo burocrático. Ya no dormía en el hospital sino en un hogar para niños de la calle, y algún día, aburrido de hacer nada, pidió permiso para pasear por La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, y se perdió. Lo que ocurrió después es un misterio. Según la policía, Abraham se desorganizó y tuvo un brote psicótico. Según Abraham, él se desorientó, fue visto por la policía, lo molieron a golpes por ser negro y extranjero, y en el acta se fraguó un brote psicótico para justificar la golpiza. En cualquier caso, Abraham fue derivado al hospital Alejandro Korn, más conocido como «el Melchor Romero»: uno de los psiquiátricos más lesivos que hay en Argentina.

La segunda vez que vi a Abraham, él estaba sentado en un banco desconchado, en un pasillo revestido de azulejos pálidos y cortinas viejas pero sobre todo sucias, en el pabellón de Enfermos Agudos, en el fondo de esa inmensa nave de locos que es el Melchor Romero. Era mediados de agosto. Hacía ya más de un mes que Abraham estaba allí, y aunque los médicos le habían dado el alta él no tenía adónde ir. Abraham estaba serio, o mejor dicho: drogado. Su hablar era lento y pastoso y su voz colgaba como esos jarabes que no terminan nunca de caer.

—Cuando llegó de Argentina estaba goldo fofo, una goldura de pastillas que no era su goldura natural… Él nos contó que estuvo en un lugar horrible. Un lugar donde caía granizo —dice Bienvenido ahora, mientras me hace pasar a la casa. ¿Granizo? Hago memoria y es cierto: en aquellos días de 2006 cayeron piedras en Buenos Aires. Todos padecimos aquel episodio, pero Abraham directamente lo vivió como algo sobrenatural. Los polizontes, dirá Wilfredo Lozano cuando lo vea en Santo Domingo, no suelen evaluar el factor climático de los lugares a los que viajan. Aún cuando esa circunstancia, más que la económica, es la que muchas veces los angustia y los hace sentir lejos de casa.

El hogar en el que creció Abraham es sencillo. Está ubicado en el México, un barrio de clase baja y calles angostas, y fue levantado sobre un terreno que fue comprado —lo sabré después— por un miembro de la familia que logró llegar a los Estados Unidos y que manda un dinero mensual para mantener al clan. Bienvenido construyó todo esto con sus propias manos; es carpintero y albañil. Conoce el oficio desde chico —estudió hasta segundo grado de la escuela primaria, luego empezó a trabajar— y después se ocupó de que sus hijos varones supieran los rudimentos de la construcción para poder ganarse la vida.

Abraham sabía el oficio de su padre. Lo ayudaba desde los once años, y con el poco dinero que ganaba se compró un planisferio y se pagó un curso de inglés. Para ese entonces él ya quería ir a Nueva York y pasaba tardes enteras en el puerto de San Pedro a la espera de un golpe de gracia. La oportunidad llegó a los trece años. En 1999 logró subirse a un petrolero que, contra todo pronóstico, no lo dejó en Estados Unidos ni en Europa, sino en Jamaica, donde pronto fue descubierto y deportado. Su regreso a República Dominicana hizo un gran ruido mediático. Al llegar lo esperaban las cámaras de Primer Impacto, un famoso noticiero sensacionalista en el que se empeñaban en saber cómo era posible que un niño decidiera escaparse en una embarcación, y en el que Abraham apareció diciendo que se había fugado porque su familia era pobre y quería juntar dinero para ayudar a su madre: un relato épico que conmovió al país y que era estrictamente cierto. Tan cierto que, seis meses después, el chico se volvió a escapar.

De eso me habló Abraham las veces en las que nos vimos: de los infinitos viajes que hizo como polizón.

—El segundo viahe fue para Venezuela —contó en el Melchor Romero. Sus jotas, aspiradas, se mezclaban con un hablar grave: pastoso—. Ahí el barco fondeó muy lejos de tierra y me tuve que tirar al nado… y entonces me vio una lancha y me vio una muhé. Una muhé que me quiso adoptar.

—¿Y entonces?

—Y no. Yo le dije que no… porque no me quería quedar porque… Yo quería irme para los Estados Unidos. Y eso era Venezuela. Y no quería estar en Venezuela. Es un país malo.
—¿Malo en qué sentido? ¿Te trataron mal?

—No, no. Venezuela tiene la economía baha.

—Vos querés un país pujante.

—Con una economía buena, sí.

—Y vos siempre pensás que estás yendo a Estados Unidos.

—Claro. Yo siempre voy para América.

Más tarde, luego de ser devuelto de Jamaica, de Trinidad Tobago y de Haití, Abraham llegó, finalmente, a Estados Unidos. El barco había fondeado a quinientos metros de la tierra pero alguien lo vio segundos antes de que Abraham diera el salto hacia el agua. Lo encerraron en un camarote y lo único que supo, horas más tarde, era que había estado a quinientos metros de Miami o Nueva Orleans, aunque qué más da: para cuando se enteró de que finalmente había llegado a América, Abraham ya estaba en Haití.

—Trato de ir muy escondido, pero igual me ven… La segunda vez que llegué a Estados Unidos me denunció un remolcador. Y ahí me llevaron por tierra, esposado de pie y de mano: primero pasé por Nueva Orleán, después por Luisana, después por Miami.

—¿Qué te pareció Estados Unidos desde el auto?

—Liiindo. Graaande. Ese era el lugar en el que quería quedarme, sí… Conozco gente que ha escapado a la Florida y ahora está muy mejor. En Estados Unidos hay trabajo de tooodo: constructor, cocina, vos tienes tu paga y con eso mandas a tu familia, compras todo lo que quieres.

El sueño americano terminó en la embajada de República Dominicana, donde se hicieron los trámites para que Abraham fuera, una vez más, devuelto a su país. En ese entonces tenía dieciséis años. Y un resto físico y mental para seguir insistiendo. Meses más tarde, en el 2005, volvió a meterse junto a dos amigos más en la grúa de un azucarero filipino. Creía que iba a Estados Unidos, pero el barco se dirigía a Holanda. Al cuarto día de viaje, cuando estaban en altamar, un filipino los descubrió y los subió a patadas a la popa. Los ataron de pies y manos, los rompieron a golpes y los tiraron por la borda. Abraham fue el único sobreviviente. Un barco ruso lo vio flotando y lo rescató tres días después. De ahí en más, la familia de Abraham intenta —sin suerte— llevar adelante un juicio contra los dueños del buque.

—Nosotros teníamos un abogado, pero los del barco le pagaron un soborno y se cerró la causa —dice Bienvenido Santos. Está sentado en el living de su casa: un espacio pequeño en el que hay un sillón, un par de sillas, un televisor inmenso y algún cuadro. Y gente. Aquí viven once personas, aunque siempre parece que son más. El primero en acercarse fue Bienvenido, pero ahora llega Dainés Santos Mota, la prima favorita de Abraham: una muchacha bella, joven y de ojos enormes que me acerca un refresco y se acomoda a mi lado.

—Pregunta tú —dice con delicadeza. Se hace un silencio. Todos tomamos aire. Se supone que ahora empieza una entrevista formal.

—¿Qué pasó con Abraham? —pregunto.

Bienvenido mira a Dainés.

—Ella estaba —dice.

Dainés empieza a hablar. Cuenta que era el mes de diciembre de 2012 y que estaban en la casa celebrando el cumpleaños de Ana —otra prima que vive aquí— y que después ella (Dainés) y Abraham salieron en moto, ya borrachos, a seguir bebiendo por el malecón. Eran las dos de la mañana y buscaban locales abiertos donde comprar cerveza. Finalmente encontraron un lugar lleno de gente. Aparcaron la moto, entraron, compraron, y al salir Abraham avanzó primero y pensó que Dainés le seguía los pasos. Pero no era así. La chica tuvo un altercado entre el tumulto. Un muchacho le dio un empujón, Dainés le gritó, y en cuestión de segundos se armó una de esas peleas que siempre comienzan por motivos estúpidos. Cuando llegó a la moto y giró sobre sí mismo, Abraham vio a su prima rodeada por quince varones.

—Con mi prima no, qué pasa con la muchacha –gritó mientras quitaba el seguro a la moto. Puso un caño debajo de su ropa para hacer creer que tenía un revólver.

—Qué te pasa, mamahuevo —respondió alguien.

—Cómo así, te quieres tú comer a la chica, ¿eh? —dijo Abraham y empezó a acercarse, y en un santiamén comenzó la golpiza. Dainés se zafó y trató de pegar, pero era inútil. Eran demasiados. Pronto llegó alguien con un cuchillo e intentó darle a Dainés, pero la chica logró echarse a un lado y el daño le llegó a Abraham, que estaba detrás. Abraham se quedó de pie, inmóvil. La primera puñalada le había quitado un pedazo de oreja. Entonces se acercó otro muchacho.

—Coño, tú no eres un hombre –le dijo a su amigo-, así es que se le da un hombre —concluyó, y apuñaló el corazón de Abraham.

—Ahí Abraham se desplomó —dice ahora Dainés—. Y yo le dije hey, Abraham, y me le tiré encima y él estaba vivo, yo sentía su latido pero lo tenía muy desgarrado eso ahí... Él llegó muerto al hospital; en el camino yo le hablaba y él abría los ojos, pero llegó muerto.

Dainés llora. Bienvenido también. La angustia de ambos es fresca, como si no hubiera pasado el tiempo o como si el tiempo hubiera perdido su compostura. Alguien, entre tanto, vocifera en una habitación contigua, separada del cuarto central por una cortina que oficia de puerta. Se trata de Bernarda Santos, la madre de Bienvenido, la abuela de Abraham. Yo hablaba con ella por teléfono, años atrás. Ahora Bienvenido se seca los ojos y se pone de pie para ver qué quiere su madre. Corre la cortina y se ve un cúmulo de huesos finos postrados en una cama. Bernarda tiene 96 años, una voz grave y una incapacidad para quedarse en silencio. Ya llamó a gritos a Bienvenido, ahora llama a gritos a Teté, hermana de Bienvenido, quien también vive en casa; y en minutos llamará a María, la madre de Dainés, quien vive a cien metros de aquí.

Bernarda crió a Abraham, pero aún nadie se atrevió a decirle que su nieto está muerto. Desde hace un año que todos en la familia le dicen que simplemente no está, o que está muy atareado: un argumento verosímil pues Abraham solía estar ocupado. Para el momento de su muerte, Abraham tenía veinticuatro años, había hecho varios cursos de cocina, tenía tres hijos pequeños —con dos mujeres distintas con las que no había llegado a convivir— y estaba incursionando en la música con un proyecto de reggaeton y dembow con el que había sacado dos discos y había llegado a tocar con El Lápiz Conciente, conocido por ser el padre del rap dominicano.

—Él nunca más pensó en irse —dice Bienvenido—. Él entendió que hay que estudiar, que hay que echarse p’alante, que ninguno de mis hijos tiene que tener la vida dura que yo tuve. Yo me fui en yola cinco veces para Puerto Rico y las cinco me deportaron, y la mamá de Abraham también se fue en yola varias veces, y eran viajes muy duros. La mamá de Abraham, que vive lejos de aquí, quedó mal de la cabeza de tanto viaje. Yo le contaba eso a Abraham para que él no repitiera lo mal hecho. Pero el sueño de él igual era irse. Todos queremos abrirnos la mente y progresar. Entonces cada vez que la viejita —dice Bienvenido señalando a Bernarda, al otro lado de la cortina— cada vez que ella escuchaba que sonaba la bocina de un barco ella decía “ay, se nos va Abraham”.

Teté, hermana de Bienvenido, tía de Abraham, acerca unos plátanos fritos con salami. Mientras como, Bernarda sigue voceando, y Bienvenido y Dainés vuelven a llorar. Afuera, a través de las rejas —todo el barrio tiene rejas— se ve a los niños saliendo de la escuela y se ve un tronco de árbol echado sobre la acera. A veces Abraham se sentaba allí a pensar. Bienvenido siempre lo recuerda así: cavilando, hablando poco, tejiendo la trama de una historia que a todos, en un principio, se les hacía insondable. Abraham nunca dijo que soñaba con irse. Pero se empezó a ausentar de la casa. La primera vez fue a los once años: desapareció el día entero y dieron con él a la medianoche rezando en una iglesia. Para ese entonces Bernarda, que no estaba tan vieja, había encontrado en la casa una mochila con chocolates y un ancla.

—Abraham quiere irse de polizonte —le dijo Bernarda a Bienvenido. No fue una frase estridente: muchos en la familia se habían ido de una u otra forma. De ahí en más, cada vez que Abraham desaparecía lo buscaban en el muelle. En general lo encontraban charlando con empleados del puerto.

—Abraham, tú le estás preguntando mucho a la gente de barco –llegó a decirle Bienvenido. Pero Abraham no respondía: sólo sonreía y con esa sonrisa clausuraba cualquier pregunta nueva. Hasta que, a los trece años, llegó el día en el que Abraham faltó definitivamente de la casa para volver al tiempo convertido, ante los ojos del país entero, en “El Menor”.

—Él se iba con poca cosa —dice Bienvenido—. Se llevaba unos chocolatitos, agua, un ancla y la Biblia. Le voy a mostrar la Biblia.

Bienvenido se pone de pie y trae la Biblia de Abraham. Está marcada. “Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere” dice el Santiago 3.3, que está subrayado.

—Él era un chico muy lector. Venga que aquí están sus cosas —dice Bienvenido y me lleva a su habitación. El cuarto de Bienvenido tiene una gran cama sobre la que el hombre va poniendo libros y películas. Las películas son previsibles: hay de acción, de terror, una de vudú en Haití, alguna porno. Pero los libros, no: hay varios cuadernos de inglés y un ensayo titulado Marx y los historiadores: ante la hacienda y la explotación esclavistas.

—¿Y esto?

—Ah, es que Abraham era un chico muy especial. Hay mucho para charlar y para mostrarle... —Bienvenido sale de su habitación, se asoma a un patio, mira hacia arriba—. Nosotros arriba tenemos un cuarto, puede quedarse acá para tener más tiempo y conversar mejor.

—¿No duerme nadie ahí arriba? —pregunto.

—Sólo duerme Teté cuando viene a visitarnos.

—Pero Teté ahora está aquí. Me sirvió los plátanos.

—Ah no, esta es una Teté. Pero luego tengo otra hermana, otra Teté, la que vive en los Estados Unidos.

Bienvenido cuenta entonces la historia de la otra Teté. La síntesis es que se fue en barcaza cinco veces a Puerto Rico y que en el último viaje, hace ya veintiséis años, el mismo oficial que la había devuelto en su anterior intento se hizo el distraído y la dejó pasar. Hoy Teté tiene la ciudadanía americana y, al igual que cientos de miles de dominicanos que viven afuera, manda todos los meses un dinero con el que la familia entera puede resolver apuros básicos. Unos días después, en su oficina en la Universidad, Wilfredo Lozano dirá que las remesas son, luego del turismo, la segunda fuente de ingresos de República Dominicana. Todos los años por esa vía entran 3.500 millones de dólares al país. Una parte imperceptible de esa cifra sale del bolsillo de Teté.

—Para diferenciarla de nuestra Teté de acá, a la Teté de allá, que es la mayor, le decimos Teté la Grande –explica Bienvenido mientras me abre la puerta del dormitorio—. Usted puede ocupar su lugar.


*


Llego al día siguiente con un bolso. Me recibe Teté con un abrazo y me sienta frente al televisor.

—Mira tú el noticiero, ponte cómoda —dice. Luego me acerca una olla pequeña con arroz, pollo y habichuelas—. Come. Esto lo ha traído María para ti.

Hago memoria: María es hermana de Teté y de Bienvenido, es la madre de Dainés y era una suerte de madre sustituta de Abraham. Como la madre biológica siempre estuvo ausente, era María quien iba a buscarlo al puerto cuando el muchacho era deportado. María no vive en la casa sino en otra construcción a cien metros de aquí. Creo que no hay otra información aparte de esa. Hago esfuerzos por recordar cada dato: acá vive demasiada gente. Doy las gracias a Teté, y como. Miro el noticiero. La noticia principal es que liberaron al bachatero Jimmy Bouer luego de tres años de cárcel por traficar drogas. En la pantalla Jimmy Bouer se arrodilla y ora. En el living se va sentando gente. Llega Ana, hija de Teté, una morena de cuerpo infartante que tiene cinco niños que también rondan. Llega Esmeliana, hija de Dainés, una criatura de tres años y rizos alegres. Llega Ñoño, hijo de María, hermano de Dainés, un muchacho esbelto como todos los varones dominicanos que he conocido. Y llega —o mejor dicho: está— la abuela Bernarda.

Detrás de su cortina, sobre la cama, postrada, Bernarda vocifera sin respiro.

—¡DÓNDE ESTÁ LA TETÉ! ¡ADÓNDE ESTÁ ELLA! ¡QUE VENGA ACÁ, QUE VENGA ACÁ! —grita, mientras da golpes sincopados quién sabe contra qué objeto. Bienvenido aparece y me entrega algo en papel madera. Un dulce.

—¡CUÁNTOS PELOS TIENE UN BUEY! ¡CÓMETELO! ¡TETÉ! –Bernarda sigue en su trance. Teté pasa por su cuarto y le apaga la luz, para ver si se duerme.

—Mamá cállese por dios —dice.

En el living hay una foto de Bernarda. Es una imagen beatífica: dos ojos pacientes y la cabeza ladeada en actitud sumisa.

—¡CUÁNTOS PELOS TIENE UN BUEY, TETÉ!

En algún momento termino de comer el guiso. Teté se sienta a mi lado, extenuada.

—Ahora vamos a ver la novela —dice. Nadie aquí trabaja afuera de la casa. En todo San Pedro, y en buena parte del país, la gente vive del chiripeo (los trabajos eventuales), los empleos precarios en las zonas francas, el turismo y las remesas del extranjero. Así que bueno, todos estamos aquí mirando la novela. Se llama Damas y Obreros. Afuera, en el patio central de la construcción, Bienvenido arregla unas maderas. Luego se pone a lustrar unos zapatos. Lleva una musculosa que permite ver sus hombros redondeados y los bíceps fibrosos. Un rato después, cuando ya vi dos novelas distintas, se escucha su voz en el living.

—Sierva.

Parece que me habla a mí. Doy la vuelta y lo veo a Bienvenido: está guapísimo. Se ha bañado. Lleva pantalones negros de vestir, zapatos lustrados, y una camisa blanca que contrasta con la piel morena. Bienvenido quiere llevarme a conocer el puerto de San Pedro, el lugar al que iba a buscar a su hijo cuando desaparecía. Le digo que sí. Subimos a un mototaxi y partimos. Es lindo el viaje. La ciudad pasa a una velocidad cansina que permite ver detalles. Ahí están los edificios antiguos y venidos a menos; ahí están los negocios oscuros como cuevas en las que los hombres sudan un oficio. Respiro hondo: es agradable el olor del salitre en la cara.

Unos minutos después estamos en el puerto. Hay guardias escoltando la entrada a los muelles, y de modo inesperado alguien nos pide una autorización que no tenemos. Aún no lo sabemos, pero lo cierto es que nunca podremos traspasar esta entrada. Días más tarde Teddy Heinsen, presidente de la Asociación de Navieros de República Dominicana, dirá en Santo Domingo que han tenido que intensificar los controles portuarios luego de que Estados Unidos pusiera en una lista negra a los navíos salidos de la isla.

—A Estados Unidos no le interesa tanto el inmigrante ilegal como el miedo a que llegue gente con drogas o dinero para lavado o terroristas. En la Asociación llevamos invertidos 25 millones de dólares en personal portuario, escáneres, detectores de mentiras y cámaras infrarrojas para identificar polizontes que se cuelan en los barcos. Gracias a eso pudimos salir de la lista negra. Los ilegales ahora se van en yolas, pero ya no tanto en barcos.

Impedidos de entrar, entonces, con Bienvenido bordeamos a pie toda la zona de Aduanas y entramos a un callejón que desemboca en el mar. La vista es bella. Recorremos el malecón y se ve la bruma, la espuma, la costura del horizonte. Días atrás, por mail, el poeta dominicano Frank Báez me dijo algo hermoso: “Una cosa es un pueblo de montaña y otra cosa es esto. Aquí sólo puedes ver el mar. Aquí el horizonte sólo te dice vámonos”.

Pienso en eso mientras miro el puerto. Se ve un buque inmenso, amarrado, tranquilo.

—¿Cree que Abraham fue un muchacho feliz?

—Bueno… —Bienvenido vacila—. Él comenzó a vivir una vida no tan desesperante a lo último... Pero antes él estaba desesperado por conocer otro mundo y no estaba feliz porque a veces uno tiene un sueño en la vida, ¿y cuándo uno es feliz? Cuando realiza ese sueño que uno tanto anheló.

Bienvenido me mira.

—¿Está cansada? ¿Quiere sentarse?

Le digo que sí. Caminamos unos minutos más y finalmente tomamos asiento en el malecón, de frente al Hotel Macorís, donde Abraham hizo sus cursos de cocina. Está cayendo la tarde y pasan motos, algunas familias, un caballo. De fondo se escucha una bachata, y el mar.

—Dios es el sabedor de todas las cosas, nada se mueve si Él no quiere —dice Bienvenido, y respira hondo—. Mire cómo está usted aquí, haciendo un trabajo, preparando una vida y escribiendo, haciendo una historia. Porque uno al final siempre muere, pero queda la historia.

Suspiro. No termino de entender.

—Eso le digo a mi hermana, Teté la Grande, cuando hablamos de Abraham. Le digo que Dios sabe por qué hizo las cosas. Porque mi hermana culpa a Dainés. Ya casi no le habla y le dijo que se fuera de la casa. Porque Dainés y María vivían antes donde tú duermes. Pero Teté ya no las quiere ahí. Teté dice que la discusión en el lugar se dio por culpa de Dainés y que si tú ves a tu primo borracho tienes que llevártelo, no tienes que comprarle más cerveza. Pero yo no la culpo. Yo le digo a Teté mira, perdónala, todos somos hijos de la muerte. Todos vamos a morir.

Con Bienvenido quedamos mirando la calle. La bachata de fondo cubre todo, principalmente las tragedias, con un manto azucarado y tierno. Un rato después retomamos el paso. Bienvenido quiere mostrarme San Pedro a pie. Eso significa caminar más de una hora a tranco rápido, ya que Bienvenido es un hombre muy activo. Cada tanto, además de caminar, saluda a alguien que le encargó algún trabajo, que se fue en yola con él, o que pertenece al mismo culto religioso. Bienvenido es siervo de Cristo desde hace once años. También lo fue de pequeño, pero en el medio se descarrió y fue alcohólico y tuvo tres familias paralelas.

—¡Dios le bendiga ese siervo! ¡Estamos viviendo por fe! —grita Bienvenido en una plaza. Ha pasado una hora de caminata y hemos vuelto a sentarnos. A nuestras espaldas hay niños jugando al béisbol. Un hombre llamado Héctor se acerca y saluda:

—Cómo le va, varón de Dios.

—Amén, estoy aquí con una periodista que está escribiendo sobre mi hijo.

—¡El que estuvo tantos días en el mar! —se entusiasma Héctor.

—Claro, la estoy llevando a los diferentes lugares que él frecuentaba por el muelle para irse a Nueva York.

—Ah, Nueva York.

—Claro, porque todos creemos que ahí está lo mejor, mi hermano —dice Bienvenido—. El dominicano siempre busca la mejor vida; tú te mueres ciego si no conoces Nueva York, ¿o no?

—Pero sí, ¡y hay que conocer Argentina también! Argentina no estaba en estos días… ¿no tiene un nuevo presidente?

Se me paraliza el corazón.

—¿Qué? —pregunto. Empiezo a buscar señal de celular. Luego sabré que no es cierto.

—Argentina es un país grande, productor de carne —dice Héctor—. Usted no se preocupe, en todas partes hay problemas. Nosotros tenemos problema de corrupción, muertes, atracos… Pero eso es propio del mundo; uno sólo está seguro y bien cuando está en Cristo rey.

—¡Aleluya!

Atrás los niños corren y gritan con sus bates de béisbol. Ese deporte es toda una industria en República Dominicana —es el país que más beisbolistas exporta a las Grandes Ligas— y esa industria tiene su capital en San Pedro. La ciudad ha sido cuna de grandes figuras como Sammy Sosa, George Bell, Alfonso Soriano, y también de cientos de muchachos que han logrado la movilidad social —y la manutención de su familia— ganando un lugar en las ligas menores de los Estados Unidos y en otros circuitos internacionales.

El dinero del béisbol es, junto con el resto de las remesas, la segunda fuente de ingresos de República Dominicana: un país que no tiene industria y que importa el 90 por ciento de lo que consume. Unos días después, en Santo Domingo, el naviero Teddy Heinsen resumirá el estado de cosas de esta forma:

—Mira este despacho —dirá Heinsen, y miraré el despacho: veré relojes de arena, cuadros con motivos portuarios, fotos familiares en marcos dorados, una Mac inmensa, muebles de madera oscura: un lujo lustroso en el último piso de un edificio moderno y frente al mar llamado «Heinsen»—. Todo esto que tú ves vino de afuera. Aquí sólo se exporta plátanos de guineo, cacao y basura.

La apertura extrema de las fronteras comerciales y la decadencia de la industria azucarera hizo que en República Dominicana virtualmente no haya industria y que, en su lugar, haya aparecido el trabajo precario vinculado al turismo, a los comercios y a las llamadas «zonas francas» donde los trabajadores son explotados por empresas multinacionales que no tributan al Estado y que no conciben la actividad gremial. Por afuera de estas opciones, además, está el llamado “chiripeo”: trabajos ocasionales con los que se resuelve la comida del día y el tipo de alternativa económica de la que viven Bienvenido y casi todos en San Pedro.

El chiripeo no sólo genera una economía: genera un modo de estar en el mundo. Cuando baja el sol y el calor amaina, todos en San Pedro parecen atentos a la posibilidad de encontrar algo para hacer. Mientras tanto, hacen sociales.

—Vamos a ver a mi amigo Cuba, le dije que tú vendrías —dice Bienvenido. Llevamos casi tres horas andando, y ahora vamos donde Cuba. Nos metemos en una calle angosta y subimos una escalera de metal chirriante que nos lleva a una terraza. Aquí arriba hay sillas de plástico y paredes de colores con inscripciones cristianas plagadas de horrores ortográficos. La vista, eso sí, es preciosa. Se ven los techos de las casas y se ven las palmeras recortándose en el cielo atardecido. Cuba no está, pero aparentemente vendrá pronto.

—¿Juegas dominó? —dice Bienvenido.

Trae un tablero y jugamos. Lo hacemos durante casi una hora, hasta que al fin llega Cuba y cae la noche. En algún momento, cuando Cuba y yo jugamos la última partida, Bienvenido se queda en silencio.

—Nunca lo vi jugar a Abraham.

Ni al béisbol, ni en la calle, ni al dominó. Bienvenido dice que nunca vio jugar a su hijo.

—Él siempre estaba como pensando profundo. Siempre con la mente para adentro.

Un rato después nos vamos. Llegamos a la casa entrada la noche y subo a mi cuarto para darme un baño. En eso estoy cuando alguien toca la puerta.

—Luego sube Natalie para dormir con usted —grita Teté.

Natalie es una de las hijas de Ana y es una de las nietas de Teté. Pienso en eso y escucho los gritos de Bernarda, y empiezo a notar que esta será una noche larga. Bajo para la cena. Teté me espera con una silla frente al televisor.

—Aquí no tenemos mesa, así que comemos solos —dice Teté y me extiende un plato de arroz con frijoles—. Siéntate a ver la novela.

La novela de la noche se llama Novio de Alquiler.

—¡TETÉ TETÉ TETÉ, MARÍA MARÍA MARÍA, DÓNDE ESTÁ MARÍA!

—¡María está en su casa, mamá, deja la bulla!

Así veo la novela. Teté me mira.

—Usted sabe que Natalie sólo duerme con Bernarda —dice.

—¿Cómo?

—Que ella sólo puede dormir si está en la cama con su abuela.

—¿Y por qué va a dormir conmigo?

—Para acompañarla a usted.

—Ah, pero no necesito compañía.

—¿Usted no tiene miedo de dormir sola?

Le digo que no. Le pregunto cómo hace la niña para dormir con esos gritos.

—Creció durmiendo con Bernarda —Teté se encoge de hombros—. Natalie es la única que no siente sus gritos.

Va llegando gente al living. En la sala ahora están Ana, la hija de Teté; Ñoño, hijo de María y hermano de Dainés; Humberto, hijo ya no sé de quién, y en fin: todo empieza a parecerse a esos pasajes del Génesis donde los nombres de los padres y los hijos se suceden hasta que el lector pierde el conocimiento. Me estoy mareando. Solo veo que las mujeres son hembrones con el culo izado como una bandera; y que los varones tienen unos cuerpos titánicos. Muchos de ellos se pasean recién bañados y con la toalla envuelta a la cintura. En vez de enviarme a Natalie podrían subir a Humberto o a Ñoño, pienso. Pero me callo. Al rato me voy a dormir.


*


Me despiertan los gallos y los gritos de Bernarda. Esa mujer es una radio. Le dan sedantes para callarla porque aparentemente su problema es el insomnio, pero apenas se pasa el efecto Bernarda vuelve a encenderse. Ahora canta. Su voz es gutural y afinada. Hasta que deja de cantar y grita. Llama a gritos a María. Llama a gritos a Teté. Respiro hondo, junto fuerzas y bajo a tomar un café. Miro a Teté y está exhausta. Duerme en el cuarto contiguo al de Bernarda y desde hace años que no concilia el sueño de un modo decente. Le ofrezco ir a buscar a María para que la reemplace. Salgo. Camino por un callejón angosto que da algunas curvas hasta dejarme en la casa de María, que es también la de Dainés y la de Esmeliana, su niña.

La casa en un lugar muy limpio y prolijo, con cortinas de tul rosado y un retrato enmarcado con las fotos de dos de los tres hijos de Abraham. Sin embargo no es eso lo que llama la atención (la casa de Bienvenido también es limpia y prolija) sino el silencio. Aquí hay silencio.

—Abraham huyó de eso —dice Dainés—. A él no le gustaba toda esa bulla. Cuando se fue no dijo ni la dirección donde vivía. Recién al tiempo me llevó a mí a conocer y la llevó a mi mamá, que era como una madre para él.

La madre biológica de Abraham se llama Mireya y está en Bayaguana, una localidad ubicada en el norte de la isla. Abraham nunca vivió con ella. Apenas nació, Mireya se fue en yola a Puerto Rico y dejó a Abraham al cuidado de su abuela Bernarda. En Puerto Rico, Mireya conoció a un dominicano llamado Marco Villavicencio que ya tenía la ciudadanía portorriqueña. Se casó con él y lo convenció —con el apoyo de Bienvenido— de reconocer a Abraham y darle el apellido. Luego regresó, pero se fue a vivir a otra parte del país.

—A Abraham le iba a servir más tener el apellido de un hombre de allá, así algún día le iba a ser más fácil irse. Uno tiene que ser generoso, tiene que pensar en el hijo —dijo ayer Bienvenido, sentado en el malecón. Por esa razón Abraham no lleva el apellido Santos sino el Villavicencio. Por lo demás, Abraham nunca vivió con su madre y el rol materno siempre estuvo repartido entre Bernarda y María.

María ahora está mirando fotos de Abraham. Las trajo para mostrármelas. Las más antiguas lo muestran pequeño, flaquito, niño; parecido al chico que languidecía en el hospital de Ensenada. Las últimas, en cambio, lo muestran desafiante y robusto, dueño de todos los tics estéticos de un músico de reggaetón. Una de las fotos está en un afiche pegado en la habitación contigua. Se lo ve a Abraham con lentes oscuros y acompañado de la inscripción «La menor quiere cuarto», un juego de palabras entre una menor de edad y el apodo que Abraham, El Menor, lleva desde su infancia.

—Todos en San Pedro conocen a Abraham como «el Menor» —dice Bienvenido tras de mí, mientras mira el afiche. Acaba de entrar a la casa de María. Vino a buscarme para volver al puerto y ver si nos dejan entrar. Esta vez, dice Bienvenido, el salvoconducto es su abogado, un tal Fernando que a la vez es Director de Aduanas. Fernando es el encargado de llevar la causa contra el barco filipino que arrojó a Abraham al mar. Bienvenido cuenta la historia mientras vamos caminando hacia el puerto. Según dice, eran cuatro los polizones que estaban en el barco. A los tres primeros, los filipinos les pegaron con fierros y luego los tiraron desvanecidos al agua. Pero con Abraham pasó algo distinto.

—¿Este no es Abraham, el que nos hace los mandados allá en San Pedro? —dijo uno.

—Sí, hombre, no le pegues. Solo amárralo y tíralo al mar.

Así fue que Abraham fue arrojado en pleno océano y debió afanarse por sobrevivir. Años atrás, en el loquero, Abraham lo contó de esta forma:

—Creo que sobreviví porque todavía creo en Dios —dijo—. Muy difícil… muy difícil. Todo era mar, mar…

—¿Y cómo hiciste?

—Flotaba. Las amarras se aflojaron con el agua y yo me las quité, y luego flotaba. Y rezaba.

Hasta que por la mañana salió el sol y un barco ruso lo vio flotando. Así se salvó.

—Como los barcos con polizontes deben pagar multas altas, muchas veces la tripulación mata a los muchachos que encuentran —dice ahora Bienvenido—. Eso no pasa siempre. Muchos barcos los entregan a la justicia, pero los filipinos tienen mala fama. Esa vez murieron todos menos mi hijo. Dios tenía grandes planes con Abraham.

Bienvenido avanza con paso resuelto. Arriba hay un sol furioso del que hay que cuidarse. Bienvenido se cubre con una Biblia.

—¿Si Dios tenía grandes planes, entonces por qué Abraham está muerto?

—Fíjate lo que pasa —dice Bienvenido—. El mismo Jesús murió a los 33 años de edad. Es decir, siendo el mismo Dios, murió. Porque Dios tiene un plan en la vida de uno, y el plan es que uno debe dejar una historia, una marca de lo que pasó por su vida. Marcos Abraham hizo historia, cumplió su función. Y ahí terminó su vida.

Bienvenido se detiene antes de llegar al puerto. Hace comentarios vacuos sobre los edificios de Aduanas —sobre la arquitectura— pero noto que está llorando.

—¿Qué función cree que cumplió Abraham?

—Amen... Dejarnos una historia y dejarnos lo que él hizo en su poco tiempo… nos dio a nosotros como una forma de superación, tú me entiendes. Que uno no debe quedarse «con estoy aquí», y ya. Todavía uno está vivo, uno tiene que hacer lo que ustedes están haciendo: descubrir las cosas, luchar por esas cosas.

Bienvenido se seca la cara. En el pañuelo hay sudor y lágrimas. Luego llega al puerto y pide entrar, pero una vez más nos niegan el paso —el abogado Fernando aún no llegó a su trabajo— y debemos irnos. Bienvenido decide entonces dar una nueva vuelta por el pueblo. Caminamos, esta vez con lentitud, y puedo mirar mejor el paisaje.

San Pedro de Macorís, se ve, alguna vez fue un lugar hermoso. Por mail, antes de viajar, Frank Báez me mandó «Ahora que vuelvo, Ton», un cuento del dominicano René del Risco Bermúdez en el que se habla de ese encanto y también de su decadencia, y en el que pienso ahora, mientras miro la ciudad. «Para esos tiempos el barrio no estaba tan triste Ton, no caía esa luz desteñida y polvorienta sobre las casas ni este deprimente olor a toallas viejas se le pegaba a uno en la piel como un tierno y resignado vaho de miseria» dice el cuento y pienso en eso mientras miro las construcciones, los edificios antiguos que se yerguen como cáscaras donde se intuye una remota belleza.

A mi lado, Bienvenido saluda personas y señala lugares: la maternidad donde nació Abraham, el restaurante donde comieron con Abraham, un cementerio.

—¿Aquí está enterrado Abraham? —pregunto.

—No, este es el cementerio de los ricos. Marcos está en Santa Fe, más lejos de aquí. Lo velamos en mi casa y luego los muchachos, los otros hijos míos, decidieron llevarlo con su música.

Santa Fe no queda lejos. Son veinte minutos en moto y le pido a Bienvenido que vayamos hasta allá. Accede. Subimos a la moto de un muchacho llamado Robin y salimos de la ciudad en poco tiempo. Antes del mediodía estamos en el cementerio. Es un predio grande y descampado; una suerte de pueblo chico con cielo inmenso. Entramos en moto y andamos entre las tumbas hasta llegar a una zona de lápidas precarias y pastizales crecidos. Ahí bajamos. Bienvenido camina entre pequeñas cruces blancas y algunas florecillas silvestres. Voy detrás. En un montículo de cemento gris, sin nombre, sin flores, está enterrado Marcos Abraham Villavicencio. Apoyo una mano en el cemento. Hay un sol tremendo pero el cemento está frío. No practico culto alguno pero, por algún motivo, pido a Bienvenido que haga una oración. Él se arrodilla, baja la cabeza, cierra los ojos.

—Altísimo Dios y Padre celestial en esta hora te damos toda la honra y toda gloria, Señor, porque nos has permitido estar en este lugar, Dios del cielo, con una amiga de Marcos Abraham que está por aquí, señor, pidiéndote Padre amado que toda su trayectoria sea de bien y que su familia se encuentre bien también, Padre amado, pidiéndote Padre que cada día nos des fortaleza y entendimiento de tu palabra y dándote toda honra, toda gloria, porque tú te mereces toda la alabanza porque tú eres el Dios verdadero, Padre amado. Gracias porque nos has permitido Señor poder llegar hasta aquí, así que te pido por ella también y por su familia y por su capacidad para contar la historia de Abraham; en el nombre de Jesús, Amén.

—Amen —digo y me persigno como si diera las gracias, y cuando me pongo de pie siento un puntazo hondo en un dedo. Grito. Algo grande me picó, pero levanto el pie y no veo nada.

—¿Fue una hormiga? —pregunto, mirándome el dedo.

—Fue una hormiga —opina Robin, que está con nosotros.

—Es Abraham —dice Bienvenido, y sonríe.

Entonces pienso en Abraham como una hormiga —una hormiga rabiosa— y entiendo que esa es una buena metáfora. Y sonrío también.











* La versión original fue publicada por la revista brasileña Piauí. Y una versión reducida se publicó después en la mexicana Letras Libres.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Un homenaje a Yü*



Hubo una poeta llamada Yü Hsüan-Chi. Vivió en la China imperial, durante la dinastía Tang, en el siglo X después de Cristo, cuando las mujeres poetas eran incluso más raras que las mujeres barbudas. En ese entonces la formación intelectual era -salvo excepciones- un privilegio solo para varones, que a su vez iban construyendo su saber con vistas a enfrentar el desafío máximo: aplicar a los exámenes imperiales, una instancia de evaluación que, de ser aprobada, les permitía subir en el escalafón social.

Yü -la concubina de un hombre que tenía infinitas concubinas- sabía de este mundo ilustrado y lo miraba con la nariz contra el vidrio como aquellos chicos pobres que miran escaparates en las historias de Dickens. Y decidió darle a su deseo un cauce radical: un día Yü, con menos de veinte años, abandonó al concubino que la tenía atada desde los dieciséis, se hizo sacerdotisa taoísta y en el nombre de la religión empezó a viajar por todo China, a tener tantos amantes como quiso y a escribir poesía en voz activa: un avance notable -las pocas mujeres que se atrevían a la poesía lo hacían en voz pasiva- que la transformó en la primera poetisa china feminista.

Me enteré de esta historia luego de leer "Tener lo que se tiene" -las obras completas de la poeta argentina Diana Bellessi, que en una página aluden a Yü- y de dar algunas vueltas por Google. Pero lo cierto es que de Yü se sabe casi nada: solo sobrevivieron cuarenta y nueve poemas, y hay apenas tres autores occidentales, todos estadounidenses, interesados en una reconstrucción biográfica. Poca cosa, en síntesis, para una mujer que mil años atrás alimentó una voz lacerante y salvaje, y que con ella se enfrentó a una época que no admitía -tal vez ninguna época lo haga del todo- mujeres fuertes. Durante una visita al templo taoísta de Ch'ung Chen, por ejemplo, de cara a una lista con los nombres de los candidatos triunfadores -todos varones- en los exámenes imperiales, Yü escribió lo siguiente: "Picos coronados de nubes llenan los ojos / en la luz de primavera. / Sus nombres están escritos en hermosos caracteres / y colocados por orden de mérito. / Levanto mi cabeza y los leo / con envidia impotente. / Cómo odio este vestido de seda / que oculta a un poeta".

Adoré este poema, sobre todo los cuatro últimos versos, apenas lo leí. La imagen de la seda ya no como un género lustroso sino como un chaleco de fuerza pareció atravesarlo todo -principalmente los siglos- y llegar al presente como esas mareas que traen los restos de un naufragio y que con apenas un reflujo logran conectar dos tiempos remotos. Sentí, a la vez, compasión y admiración por Yü. Y sentí también gratitud porque si es cierto que, como dice el proverbio chino, el aleteo de una mariposa puede sentirse al otro lado del mundo, acaso pueda ser cierto que la vida de Yü, una mujer oriental que dejó tras de sí un silencio beligerante y poético, haya provocado estertores en el universo femenino actual. Somos lo que somos, y tenemos las conquistas que tenemos, gracias también a figuras como ella: mujeres inflamadas de furia, ardor y belleza, injustamente perdidas en algún recodo oscuro de la Historia mayúscula, y decididas a perderlo todo como condición para salvar lo que les quede de vida.

"La felicidad de una es la felicidad de todas", me dice una amiga cuando le doy una buena noticia, y tal vez sea por eso que el devenir de Yü se vuelve tan íntimo y elemental: la desgracia de una es, también, la desgracia de todas. En el caso de Yü, fue ejecutada a los veintiséis años por adúltera. Y es por eso que, aunque pasaron más de diez siglos, quiero dedicarle estas líneas, con la esperanza de que viajen al pasado y la acompañen.


* Publicado en la revista Ya, del diario chileno El Mercurio.

jueves, 31 de julio de 2014

MONSTRUOS*

Cuando era chica —entre los cinco y los siete años— viví con un monstruo. Se llamaba Guillermo y era pareja de mi madre. Tenía bigotes y ojos muy azules. Era contador. Era pintón. Pero ninguno de estos datos importa en ésta, una historia de monstruos.
Conocí a Guillermo en 1980. Mi madre se había puesto en pareja con él porque estaba sola. Tenía veintipocos años y su desamparo de entonces era un estado del alma que todavía hoy, más de treinta años después, me sigue conmoviendo. Es decir que entiendo a la joven que era mi madre. Entenderla a ella es, de algún modo, entender el barro del que estamos hechas las mujeres.
Lo cierto es que no sé cómo pasó todo. El resumen es que en algún momento terminamos viviendo los tres juntos —mi madre, el monstruo, yo— y que en algún otro momento posterior empezó el espanto. De aquellos días sólo tengo recuerdos aislados: Guillermo enfureciendo porque no lo llamaba «papá» (yo ya tenía un padre, sólo que vivía en el exilio); Guillermo enfureciendo cuando no guardaba mis juguetes (y entonces rompía los que estaban «fuera de lugar»); Guillermo dando puñetazos contra las paredes (una vez rompió de un golpe un interruptor de luz); y Guillermo intentando reparar sus daños con insólitos accesos de benevolencia. Una vez volvió de la calle con patines nuevos; otra con una bicicleta; otra con decenas de sobres de figuritas (oh, ese momento: el monstruo las sacaba de las mangas, los bolsillos, las medias; llovían figuritas sobre el suelo del living y yo asistía a esas dádivas enfermas con un recelo que todavía siento en las rodillas).
Guillermo nunca nos pegó a mí ni a mi madre, pero qué más da: hay demasiadas formas de hacer daño. Y mi madre, por suerte, en algún momento se hizo fuerte y reaccionó a esas formas y nos terminamos yendo de un infierno que, a pesar del paso del tiempo, cada tanto vuelve con las señas cambiadas —con otros nombres, con otros grados, con otras historias—, cuando las portadas de los diarios dan cuenta de un caso, siempre extremo, de violencia doméstica.
Es curioso. En el mundo una de cada tres mujeres padeció en algún momento este tipo de sometimiento, es decir que todas deberíamos tener, ya que no el propio, algún caso cercano. Pero las sociedades sólo se revisan a sí mismas cuando aparece una historia, sólo una, que encarna todos esos números de un modo noticioso.
Hemos tenido de eso en Argentina algunas semanas atrás. Sucedió cuando se hizo pública la historia de Corina Fernández: una mujer que, luego de años de golpizas y amenazas feroces, y luego de ochenta denuncias policiales que no habían sido atendidas, fue baleada por su ex marido en la puerta de la escuela a la que iban las hijas de ambos, dando lugar a lo que la justicia luego llamaría «un caso paradigmático de violencia de género». El episodio, que sucedió en el 2010, llegó a la prensa en estos días porque el agresor, Javier Weber, fue condenado a veintiún años de prisión por el intento de homicidio y porque Corina Fernández se animó a contar al diario Clarín los detalles revulsivos de su calvario.
Desde entonces la «violencia de género» tiene, como tiene cada tanto y en todos los países del mundo, su momento de gloria: dos diputadas y una asociación de abogados pidieron que se declare la «emergencia nacional» por este tema; el Poder Judicial admitió estar desbordado por las denuncias; y los medios se dedicaron a hacer visible, al menos por unos días, los casos de mujeres vejadas, acompañándolos por una cifra alarmante: cada 30 horas una argentina muere en manos de su pareja; un número que encima deja afuera la infinidad de casos que no terminan en muerte o que —como aquel mío— están fundados en la violencia «moderada», los insultos y los «pequeños» desprecios cotidianos.

Y es tal vez ahí, en la grisura peligrosa de los días normales —y no sólo en los titulares de los diarios—, donde anida esa clase de silencio que termina en pregunta: si estas cosas pasan tanto, ¿por qué no las vemos? ¿Dónde están nuestros ojos cuando todo esto ocurre? Una respuesta posible la dio el mismo Javier Weber. Cuando las cámaras mostraron su rostro durante el juicio, lo que se vio fue un hombre de gestos educados y cabello entrecano que, con su sola presencia, dejaba en relieve el dato quizás más inquietante: que los monstruos no se notan. Que los monstruos siempre parecen otra cosa. Pero que esos disfraces, además de una trampa, son también una marca de fragilidad: alcanza con descubrirlos —nombrarlos— para que los monstruos se queden solos, mordiéndose su propia cola, muertos de incertidumbre pero también de vergüenza.

* Año 2013. Publicado en la revista Ya del diario chileno El Mercurio.

martes, 15 de julio de 2014

El hombre de piedra*


Buenos Aires. Escuché hablar de Francisco Salamone durante una cena. Fue este año. Estaba en la casa de mi amigo Osvaldo Bazán y a propósito de nada —o de algo que ni recuerdo— Osvaldo se levantó de la mesa y fue a su escritorio.
—Tenés que hacer algo con esto —dijo.
Me acerqué. En la pantalla de la computadora había una serie de fotos de la pampa gringa —cielo límpido, árboles recios— coronadas en el centro, en cada caso, por un titánico edificio de cemento.
—¿Conocés a Francisco Salamone? —preguntó.
En general yo nunca conozco nada. Me senté a mirar. En la pantalla Osvaldo hacía pasar decenas de imágenes de cementerios, municipios, cruces, Cristos y mataderos que, lejos de remitir al folclore campero, parecían hechos bajo el signo alucinado y final de Ciudad Gótica. Eran, además, muchos edificios. Muchísimos. En la década de 1930 y en sólo cuatro años —me enteraría después— Francisco Salamone, ingeniero y arquitecto, había hecho setenta y seis obras públicas de porte monumentalista que estaban alzadas ya no en la Capital porteña —el coto mayor donde los inspirados intentan pasar al frente— sino en una infinidad de pueblos que, setenta años atrás, eran una minúscula semilla de progreso.
—Salamone estaba loco —siguió Osvaldo—. Vos fijate —señaló un matadero—: eran moles gigantes, fascistas, propias de la época, armadas y olvidadas en el medio de la nada. Yo vi algunas. Si vas te morís.
Días después, buscando información sobre Francisco Salamone, sabría que su nombre ya había estado taladrando de manera aislada las cabezas de algunas personas que, como Osvaldo y como yo, habían quedado boquiabiertas al ver los edificios de ese hombre. Adrián Caetano había hecho un documental, La piedra líquida, sobre la obra salamónica. Mariano Llinás había usado las construcciones como forma y fondo de sus Historias Extraordinarias. Pino Solanas había puesto un Cristo salamónico en una de las escenas más apocalípticas de El Viaje. Y, sobre todo, había toda una logia de fanáticos que se reunían anualmente en «jornadas salamónicas», que tenían un foro de discusión en Facebook y que veían en Salamone tanto un emblema de la obra pública argentina como una de las grandes injusticias de la historia nacional: sus obras, emplazadas en llanuras que las escupían al cielo, estaban tapadas por un silencio más alto y más duro que cualquier otra cosa.
En un café, Alejandro Machado, autor de un blog sobre Salamone y uno de los mayores conocedores de su obra, explicaría ese olvido de este modo:
—Al tipo lo ignoraron porque trabajó con los conservadores. Hay que entender que era la época: en ese entonces los gobiernos querían edificaciones monumentales para marcar la presencia del Estado incluso en los lugares periféricos. Pero la etiqueta de «arquitectura fascista» que suele ponerse a los proyectos de Salamone no es cierta: el tipo no hizo más que interpretar las corrientes estéticas en boga en el mundo entero. Para algunos es gótico, para otros es cubismo checo, para otros es futurismo populista bonaerense y hasta hay un arquitecto llamado Alberto Belucci que escribió que Salamone se anticipa al estilo iconográfico de Las Vegas y Disneylandia… O sea. Yo creo que lo suyo es simplemente «salamónico», un estilo único en el mundo.
La posibilidad de que haya algo —un movimiento, una mirada— que se llame «salamónico», de que ese «algo» pueda tener que ver con Disneylandia y de que ese mundo insólito encima esté emplazado en una pampa plácida y virtualmente vacía, me pareció encantadora. Fue así que decidí viajar al sur de la provincia con el único objetivo de ver esos edificios y de confirmar lo que hasta entonces era sólo una sospecha: que, décadas atrás, Salamone había dejado un puñado de pueblos chicos sumidos en una convivencia onírica y absurda con las obras grandes.
Una vez definida la hipótesis, sólo faltaba el dinero: recorrer la provincia es caro. Hice, por lo tanto, lo que solemos hacer los periodistas en estos casos —y también en otros—: salí a mendigar. Llamé a un amigo, Marcelo López, que hoy hace prensa de la provincia de Buenos Aires. Y ese amigo habló con Ignacio Crotto, secretario de Turismo bonaerense, y me consiguió más de lo que estaba en mis planes: un auto y un chofer para andar cinco días por el interior. Las facilidades tenían su lógica. A principios de 2012, sabría después, el gobierno había inaugurado el primer tramo del llamado «circuito salamónico», esto es: un corredor por el sudoeste provincial puesto para admirar el universo de hormigón que Salamone había dejado suelto en la provincia.
Tuve, entonces, suerte. Y un amigo generoso. Dos factores que ayudaron a que ahora, ocho de la mañana de un martes, un hombre robusto y afable —enviado por el gobierno provincial— toque el timbre de mi casa y me invite a salir. Se llama Federico, es mi acompañante y todos le dicen «Chancho».
—¿Sos vegetariana? —pregunta cuando subo al auto.
Así comienza el viaje.

Gorch, Rauch. —Cuando me acordé de que pasábamos por Gorch me cambió el semblante. Ahí está el mejor sándwich de crudo y queso de toda la provincia —dice Federico y conduce. A los costados, por la ventanilla, la ciudad se va yendo de a poco y lo que va llegando es otra cosa: una eternidad de campos verdes; un mundo de vacas, postes, pastos, silos, sembradíos, árboles, tractores, cables y camiones —muchísimos camiones— que gira calladamente en torno de alguna ley que desconozco.
—Preparate: llegamos a Gorch.
Gorch está en el kilómetro 143 de la Ruta 3 y el emporio del sándwich es una YPF mínima que a la vez opera como bar del pueblo. Hacemos la compra, nos sentamos a comer y armamos el plan de viaje. Para eso, Federico despliega un mapa de la provincia que duplica el tamaño de la mesa. Buenos Aires es grande. Mide 307.571 kilómetros cuadrados —más que el Reino Unido y Portugal juntos— y esa superficie, según se ve en el mapa, es una trama venosa surcada por rutas, arroyos y caminos menores, y habitada —dice una nota al pie— por unas 14 millones de personas.
Esa gente no está acá. Ni estará más adelante. El 96 por ciento de la población vive en el Conurbano, mientras que el resto (564 mil personas) mantiene con su territorio un diálogo distinto: una alternancia que incluye la posibilidad del vacío. La pampa es, sobre todo, silenciosa y larga. Eso noto cuando dejamos el bar y, con un sándwich de jamón envuelto, volvemos a la ruta.
A esta clase de lugares llegó setenta años atrás Francisco Salamone. ¿Qué lo trajo? Una propuesta de trabajo de origen difuso, y una imparable sucesión de desarraigos. Salamone nació en Sicilia en 1897, llegó a Buenos Aires a los seis años, se mudó a Córdoba en la adolescencia, se recibió de ingeniero arquitecto a los veintitrés, se casó a los 31 y a los 38 fue expulsado de la Sociedad Central de Arquitectos por hacer en Córdoba una serie de obras públicas que aparentemente fueron un fracaso. Fue entonces que se mudó al interior bonaerense y que, no queda claro cómo, conoció a Manuel Fresco: un caudillo fascista, recientemente entronado como gobernador de Buenos Aires, que había decidido darle a la obra pública un valor operativo pero sobre todo simbólico. Fresco quería un Estado fuerte y decidió encarnarlo en construcciones, sí,  fuertes: municipios, cementerios y mataderos inmensos puestos para recordarle al pueblo dónde está la disciplina. Y cuánto pesa.
El encargado de estas obras —sin licitación prolija— fue Salamone. Primero empezó en Balcarce y luego siguió por Rauch: una localidad de 11.500 habitantes donde hay casas bajas, bicicletas, plazoletas con caballos y un cielo generoso que ahora se ve estaqueado por una punta brutal.
Hemos llegado.
A las obras de Salamone —esto se aprende pronto— no hay que buscarlas: aparecen solas. Basta con alzar la vista y ubicar la torre más alta de la comarca. El tamaño no es casual: en su momento, Fresco había ordenado que las torres estatales siempre fueran más altas que los campanarios religiosos. Y Salamone obedeció.
Vista de cerca, la municipalidad de Rauch parece una colosal ola de cemento que nunca termina de romper.
—¿Y ustedes quiénes son?
Una mujer delgada, joven y de modos pudorosos se acerca y nos dirige la palabra. Le explico quiénes somos. Ella tiende una mano: sus dedos finos.
—Soy María José Arano, secretaria de Obras y Servicios Públicos del municipio.
Arano no esperaba visitas, pero lo mismo nos invita al municipio y ofrece una recorrida por el mobiliario salamónico. El arquitecto, además de hacer las estructuras, diseñó en la provincia 282 muebles, 28 modelos de farolas y 40 modelos de bancos de plaza que parecen salidos de un capítulo de Star Trek. Algunos de los objetos pueden verse acá adentro: hay lámparas, sillas y unos sillones de formas muy raras que operan como bancas —doce— del Honorable Consejo Deliberante de Rauch.
—¿Y acá saben que está este patrimonio?
—No —Arano se encoje de hombros—. Hay cosas que hasta dan impresión. Cosas que decís «ay, por favor».
Arano vuelve a la puerta de entrada. Quedamos de cara a la plaza central —con faroles y bancos hechos por Salamone— y de espaldas a una placa dedicada a Federico Rauch: un militar que le da nombre al pueblo, que ganó fama por haber sabido asesinar indios sin pena, y que terminó muriendo bajo la ley del Talión. En 1829, un indio ranquel llamado Arbolito decidió vengar la sangre de su gente y decapitó a Rauch en Las Vizcacheras: una batalla que se libró, tan lejos y tan cerca, en esta misma plaza.
La civilización y la barbarie hacen su síntesis en el nombre y la historia de ciertos pueblos (Rauch, Dorrego, Laprida, Pringles) y también en la obra de Francisco Salamone. En Buenos Aires, en aquel bar, Alejandro Machado lo había explicado de esta forma:
—Salamone empezó a construir en 1936 y el último malón había sido en 1906, es decir que esas tierras habían sido conquistadas hacía relativamente poco tiempo. Para una mente pro fascista como la de Fresco, había que poner pronto un corro de civilización. Porque ahora hay mucha cosa de indigenismo y todos somos progres —Machado sonrió y se acomodó los lentes—. Pero te quiero ver si se te viene un malón encima. Te quiero ver.

Azul. Volvemos a la ruta. El interior es largo y es un poco botón: basta con dar algunas vueltas para ver cuántos famosos hacen plata poniendo la cara y el gesto en el afiche que mejor les pague. “DONDE ESTÁ NALDO SE COMPRA MEJOR. NALDO ELECTRODOMÉSTICOS” dice un cartel en la vía de acceso a Azul, y al lado Alejandro Fantino muestra el pulgar hacia arriba.
Esta es la bienvenida a la ciudad.
Azul tiene 56 mil habitantes, un Cristo salamónico en la entrada (detrás de la palabra «Azul») y una población entera que a esta hora, una de la tarde, circula en bicicleta por las calles tranquilas.
—En Azul se hace la Fiesta Nacional de la Vaca y la Fiesta Nacional del Aberdeen Angus —dice Federico—. No sé bien qué se hace, pero comés vaca como loco.
Federico es muy activo y curioso, y trabajó durante mucho tiempo en la organización de las fiestas regionales del interior bonaerense. Por eso sabe estas cosas. Además creo que tiene hambre. Una vez llegados al hotel —el Gran Hotel Azul— nos sentamos en la entrada a esperar al coordinador de Turismo, Andrés Arrazola, quien nos llevará a almorzar primero y a ver las obras salamónicas después.
Frente a nosotros, al otro lado de la calle, está la Plaza General San Martín. Ahí, se nota, metió su mano Salamone: hay lámparas de tono futurista y el suelo está hecho de baldosas blancas y negras distribuidas en zigzag, como si fueran bastones de ciego desplegados a medias. Voy a la plaza y me siento a esperar. Miro, por mirar algo, una estatua de San Martín. En eso estoy cuando aparece Andrés. Cruzo la calle. Andrés, sabré, es un hombre de candidez casi infantil que parece sonreír entre la barba aunque no siempre esté sonriendo. A él le encargaron administrar el Centro de Interpretación Salamónica de Azul: un espacio ubicado frente al cementerio y donde se difundirá la obra del arquitecto.
El centro es una moderna construcción que se inauguró el 20 de marzo de este año con la presencia de Ignacio Crotto —secretario de Turismo provincial—, de Alejandro Arlía —ministro de Infraestructura bonaerense— y de varios intendentes de la zona. Lástima que duró poco.
—Ahora está cerrado por problemas de política interna —dice Andrés mientras abre la puerta del edificio. Acá hay sillas, un proyector, un mostrador, hay áreas de exhibición de fotografía y hay ese olor oscuro a cemento reciente que recorre el aire. Pero no hay gente. El centro es una oficina desierta y ubicada a pocos metros de lo más crispante de este día: el cementerio.
Hay que ver el portal del cementerio de Azul.
Hay que verlo.
Decir «mole» es poco. Decir «el horror» es poco. Decir «Apocalipsis ya» es poco. Decir «todos vamos a morir» es poco. Pero todo eso es lo que acomete —más un insulto— cuando se queda de cara a esta cosa. El portal resume como ninguna otra pieza lo irreversible del final: vamos a morir. ¡¡¡Vamos a morir!!! Es lo único que pienso cuando me enfrento a esto: en el medio de un pueblo de casas bajas, se alza un Ángel Exterminador —así lo llaman— de veintiún metros de altura, sosteniendo una espada con forma de cruz y rodeado de tres inmensas letras de cinco metros de alto que dicen, con mórbido pesar, RIP.
—Acá jugaba con mis amigos de chico —dice Andrés—. No sabía lo de Salamone. Nadie sabía. Al ángel éste no le dábamos ni cinco de bola. Pero ahora pienso: Salamone puede gustarte o no, pero fue un adelantado. Un futurista. Un contemporáneo con Bauhaus. Antes este lugar tenía una portada neoclásica con angelitos, y de repente apareció esto. Raro. Parece un monumento a Loma Negra.
Es, de algún modo, un monumento a Loma Negra. Salamone ganaba las licitaciones en la provincia, entre otras cosas, porque sabía construir en hormigón —que supuestamente era más barato que el ladrillo— y porque era amigo de Alfredo Fortabat, quien le hacía buen precio por el material. Eso le permitió, entre 1936 y 1940, adueñarse de toda la obra bonaerense y tener tanto trabajo que, llegado el caso, tuvo que empezar a recorrer los proyectos con una avioneta propia. Dicen que aterrizaba hasta en las avenidas. Que viajó tanto que fue condecorado como «el americano con más horas de vuelo». Que en su mejor momento, en esos cuatro años, su estudio de arquitectura trabajaba 24 horas al día y que Salamone era un mecano alimentado a cigarrillos y café. Y que ese exceso de trabajo y de influencias empezó, finalmente, a tener sus consecuencias: hacia 1940, las construcciones comenzaron a desbordar el presupuesto a tal punto que, cuenta Andrés, en el Concejo Deliberante de Azul empezó a circular un chiste: decían que RIP no era la sigla de «Réquiem In Pace», sino de «Resulta Imposible de Pagar».
Así las cosas, junto con los problemas contables llegaron también, como era de esperar, los problemas políticos. En 1940, la provincia de Buenos Aires fue intervenida, Fresco fue expulsado de su cargo y Salamone cayó en desgracia. Alguien le inició un juicio por irregularidades en algún proceso de licitación y Salamone tuvo que huir a Montevideo. Allí la diabetes, las malas noticias y los problemas cardíacos —el resultado de esos años sin respiro— lo fueron convirtiendo en un hombre enfermo.

Laprida. —Estos dibujos nos los dio un juez. El hijo de Salamone estaba en quiebra y el Estado se quedó con algunas cosas. Mirá que cosa rara. Qué caritas che.
En una pared hay tres retratos: Stalin, Churchill y Roosvelt pintados por Salamone. El que los señala es Pablo Torres, secretario de gobierno de Laprida: una localidad de 10 mil habitantes donde todos viven del Estado o del campo, donde las casas no tienen rejas y donde los ciclistas —casi todo el mundo— se detienen ante la luz roja de los dos semáforos del pueblo.
Al igual que en Rauch, Torres nos interceptó en la entrada al municipio —salamónico— y nos llevó primero a su despacho —un santoral con fotos de Perón, Evita y el matrimonio Kirchner— y luego a recorrer el edificio.
—Nosotros ni sabíamos que todo esto era raro —dice mientras sube una escalera—. A mí de chico siempre me llamaba la atención que en otros pueblos no hubiera cementerios tan grandes. ¿Dónde guardaban a los muertos? ¿En esas cositas? El cementerio acá era un lugar importante. Te venía un pariente y lo llevabas a conocer el cementerio. ¡Adónde lo vas a llevar sino! Y después fijate estos muebles —Torres abre la puerta del Concejo Deliberante y se acomoda en uno de los nueve asientos. Los apoyabrazos son redondos: Torres los recorre con las manos—. Yo fui concejal durante dos períodos y te digo: estar cuatro horas de sesión sentados en esta porquería… te la regalo.
Luego se levanta, va hasta un patio interno y se detiene frente a una puerta cerrada: al otro lado hay una escalera caracol que llega hasta la cima de la torre municipal. Ahí arriba, como en todas las otras torres, hay un reloj.
—Si querés subí —dice—. Pero vas sola.
La escalera es muy angosta, rechina y se alza en un tragaluz lleno de caca de paloma. Subo uno, dos, tres, treinta metros y llego, finalmente, a una reja pequeña. Mide unos ochenta centímetros de alto. La abro. Paso en cuclillas. Al otro lado hay un búho que me mira con desprecio. Una vez afuera, cerca del reloj, de pie sobre un colchón de huevos inmundos, es posible ver el pueblo. El cielo y el pueblo.
Todo Laprida entra en el paisaje. Están la iglesia, la plaza; están los tanques de agua, las antenas; está el cartel de «Casa Silvia», están los árboles. Está el Centro de Estudios Salamónicos —una construcción ultramoderna y naranja, diseñada por la Facultad de Arquitectura de La Plata, que se inaugurará en un par de meses—, y están los límites: de un lado las casas, del otro el campo. Y más allá del campo, a un kilómetro, el cementerio y el matadero.
De lejos, el cementerio parece un edificio normal. Pero de cerca, no.
—Guarango —resume Federico cuando una hora después llegamos al portal. Y es cierto. La entrada al cementerio es guaranga. Detrás de un corredor de álamos hay una cruz de 27 metros, flanqueada por dos conos inmensos que parecen comprados en una feria ufológica.
—Queríamos hacer un mirador porque la gente llega y se queda mirando —dice Natalia Sainar, nuestra nueva acompañante del municipio—. A veces pienso: ni Salamone sabía lo que dejó a la provincia. Ni su familia sabe contar la historia. Nosotros hace muy poco que nos enteramos de todo esto. Cuando yo era chica, me traían con la escuela para ver no tanto la obra salamónica como las cosas que pasaban adentro. Aprendíamos cómo se trabajaba en el municipio. Conocíamos dónde iban los muertos en el cementerio. Y sabíamos lo de las vacas en el matadero.
—¿Los llevaban al matadero?
—Sí. A todos los niños nos hacían ver el carneo de una vaca. Y de los pollos. No me olvido más de eso. No sé por qué lo hacían.
En la década de 1930, cuando Salamone hizo sus mataderos, la industria de la carne pasaba por un momento especial: se hacían exportaciones a gran escala, pero las condiciones de producción eran poco higiénicas y muy crueles con las vacas. Salamone, por lo tanto, construyó edificios más limpios y funcionales: estaban recubiertos de azulejos y en el techo —esa era la mayor novedad— había un sistema de rieles que iba llevando los cuerpos de una estancia a otra, como si fueran autos en una cadena de montaje.
Hoy, la mayoría de los mataderos de Salamone está en ruinas o fue reciclada con otras funciones (el de Azul, por caso, hoy es una cooperativa apícola), y por eso el de Laprida es un edificio especial: allí adentro todavía se faena.
Vamos a verlo.
Desde afuera el matadero, hoy vendido a un frigorífico, luce como todos los otros: líneas rectas, molduras cuadradas y una gran torre con forma de cuchilla despuntando en la entrada. Golpeo una puerta pequeña. Sale un viejo con delantal blanco y manchado con sangre. Le pregunto si es posible pasar. Dice que sí con un gesto apaciguado y cordial. Adentro está oscuro y suena un tema de Marco Antonio Solís. «No hay nada más difícil que vivir sin ti» escucho, cuando siento que mis pies resbalan y quedo de cara a una escena grotesca: mientras Marco Solís habla de amor, dos muchachos faenan dos vacas. Uno le mete una sierra en el esternón. Otro agarra una vaca recién noqueada —aún viva— y le corta el cuello.
—Qué rico —dice Federico.
Lo que hay bajo mis pies es sangre. Yo tengo zapatillas All Stars; me siento idiota. Camino con cuidado para evitar el resbalón. Todo ahora es sangre y agua llevándose la sangre, y en el medio de eso están la canción romántica y «qué rico» y el viejo hablando de la arquitectura del lugar. De los rieles, de los guinches, del cajón de noqueo.
—Vos le ponés la corriente así, y cae así, y después la desangramos por acá...
Me acerco a la zona de desangrado. A mi lado hay una vaca inmensa pendiendo de un gancho y con la lengua afuera. De la lengua cuelga un hilo de saliva que nunca termina de caer. Toco la vaca con el dedo índice: está tibia. ¿Este mi límite? Un pibe se acerca con un balde negro, le hace un tajo en el vientre y llena el balde con un coágulo rosado. Este, creo, es mi límite. Me alejo de la vaca a paso lento: no quiero resbalar. Una presencia gruesa sube por mi cuello. A dos metros de distancia otro muchacho abre otra vaca y deja caer las achuras y el estómago que —flop— se desploman pesados sobre un balde gigante. Del cuerpo sale un vapor: el animal, sin piel, aún está caliente. Marco Antonio Solís sigue hablando de amor pero acá sólo parece haber lugar para este olor: esta excrecencia húmeda que te llena el cerebro. Es momento de irme. Patino sobre el agua viscosa. Alguien me dice «es un angus: las negras son angus» pero yo no entiendo a quién le pregunté qué cosa. ¿Angus? Voy a vomitar. No hablo. Hago señas: salgamos. El viejo me abre la puerta y afuera está el aire fresco y —ahhhhhh— algo vuelve a su lugar.
Ahí está el pasto, ahí el cielo, ahí las vacas.
—Ahhh.
Nos despedimos del viejo con un apretón de manos.
Todas las vacas que hay por la ruta —se ve ahora, cuando volvemos en auto y con las ventanillas bajas— no tienen más de cuatro años de vida. Después las matan.
—Vaca, ternera, mulitas, conejo, cerdo: en mi vida le entré a todo lo que pude —dice Federico—. Igual esto fue fuerte. Una cosa es carnear a cielo abierto pero ahí adentro… qué olor inmundo. ¿Tenés hambre?
Miro el campo. La línea interminable.
—Sí —contesto.
Una vez en Pringles, vamos a una parrilla y pedimos asado.
Está rico.


Pringues, Saldungaray. Es el tercer día de viaje y ya vimos tanto municipio, tanto cementerio y tanto matadero que todo empieza a darnos más o menos igual. Luego de almorzar paseamos un rato —por el municipio, por el cementerio, por el matadero— y nos vamos de Pringles porque antes del anochecer hay que pisar Saldungaray: una localidad de 1400 habitantes donde se levanta el cementerio más famoso de Francisco Salamone. En las fotos se ve una inmensa rueda de cemento de la que sale, como una criatura en el canal de parto, la cabeza de un Cristo. Pero una cosa es la foto y otra cosa es, en fin: otra cosa es esto. Si en Azul el cementerio remitía a la condena de la muerte, en Saldungaray la sensación es otra: esto es lisérgico. Esto es una broma divina.
—Yo he escuchado gente que me ha dicho: «A mí me gustaría morirme en el cementerio de Saldungaray». O dicen «cuando nos vayamos a la rueda grande…» para hablar de la muerte. Con este tamaño, también, de qué querés que hablemos.
El que habla es Daniel Olgiati, delegado municipal de Saldungaray: una localidad que cinco años atrás figuraba en los registros como «pueblo en extinción» y que ahora, gracias a este monumento inconcebible, está planificando la inauguración de un Centro de Estudios Salamónicos ultramoderno y naranja. Ya lo han construido. Faltan pocas cosas. Por eso Delia Esther Gómez, una mujer enjuta y perfumada, secretaria de Turismo de Saldungaray, nos saca del cementerio y nos lleva a ver las dependencias con incredulidad y orgullo: ella, Delia Esther Gómez, atenderá a los turistas detrás de este mostrador.
—Está linda tu oficina che —dice Olgiati mientras mira los cerámicos como si fueran agua del Caribe. En rigor, la oficina de Olgiati tampoco está mal: está emplazada en la delegación municipal —Saldungaray es tan chico que no tiene municipio propio—, está iluminada por un artefacto salamónico —una suerte de ovni suspendido en alturas—, y hasta los mingitorios están diseñados por la misma mano que hizo todo lo demás.
—Este pueblo alguna vez fue un pueblazo —explica Olgiati un rato después, mientras sale del baño. Décadas atrás, dice, el lugar tuvo varias expendedoras de combustible que, sumadas a la producción agrícola, transformaban la zona en un lugar con posibilidades de progreso. Pero el cierre de ferrocarriles también terminó con esto. Hoy, el cementerio de Saldungaray resume todo aquello que Saldungaray podría haber sido. Pero no lo hace con vocación amarga sino con un exceso festivo: el portal insólito, redondo, macizo, es para Saldungaray una razón de orgullo.
—Yo soy feliz acá —dice Olgiati—. Si me olvido la bici o la garrafa afuera no pasa nada. Jamás hubo un robo a mano armada en la historia del pueblo. Y si falta algo ya se sabe quién robó. Hay dos que se roban los corderos todo el tiempo. Cuando uno duerme, el otro va y se lo saca. Siempre es el mismo cordero que va de un lado para otro.
Caminamos por la plaza. No hay gente. Las hojas de los árboles existen de un modo tan dulce que conmueve. Quiero sentarme a mirar. Pero Delia Esther Gómez insiste en que tenemos que entrar en la iglesia. La parroquia, dice, tiene la única Virgen en posición de reposo del mundo.
—La trajeron de Lyon, Francia —dice Gómez—. Y está en el instante mismo de ascender al cielo.
Los cuatro, de pie, ahora, en una misma línea, miramos a la Virgen largamente.
—Yo creo que se aburrió y por eso se acostó —dice Olgiati.
Ojo: fue Olgiati.

Tornquist. Ceno sola en Tornquist, a minutos de Saldungaray. Federico se fue a visitar a un amigo. En el restaurante somos tres comensales, un mozo y un televisor. Vemos Soñando por Bailar. Los gritos de Mariano Iudica, el conductor, no son normales. Afuera hay una noche negra y fría, y la luz de los faroles forma sombras largas sobre las calles de tierra. Adentro el mozo —la nariz roja de vino— me sirve la cena en un mantel a cuadros. Como.

Carhué, Epecuén, Guaminí, la ruta. Amanecemos en Tornquist —donde también hay un municipio, un matadero: cosas— y en este último día vamos a Carhué y Epecuén: dos localidades separadas por dos kilómetros de distancia que tuvieron su época de gloria y que se desplomaron de un modo inaudito.
La historia de Carhué y Epecuén, ubicadas en el partido de Adolfo Alsina, es única. Hasta mediados de la década de 1980 la zona, lindera al lago Epecuén, era el polo de turismo termal más fuerte de la provincia y uno de los más importantes del país. Las fotos de ese entonces muestran complejos hoteleros con piletas, toboganes de agua, niños, ancianos y famosos —Sandrini, Mirta: esa gente— que se divertían sin imaginar que todo eso se esfumaría del mapa. Por cuestiones de negligencia el 10 de noviembre de 1985 una represa se rompió. Y en apenas una semana todo Epecuén quedó hundido bajo siete metros de agua. Las personas debieron abandonar sus casas. Las empresas hoteleras desaparecieron. Hubo que contratar buzos para que fueran al cementerio a sacar los muertos. Y todo, más allá de los esfuerzos, se hundió.
De esa catástrofe tengo dos fotos: una de ellas muestra un Cristo crucificado saliendo de las aguas y rodeado de árboles greñosos que se sacuden con el viento. Y la otra muestra la cuchilla de un matadero emergiendo de la inundación. Ambos —el Cristo y el Matadero— son de Salamone. Y quisiera verlos. Para eso nos detenemos antes, buscando orientación, en el Municipio de Adolfo Alsina, que también fue hecho por Salamone. Entramos al edificio y en la sala principal ocurre lo de siempre: un funcionario nos intercepta y nos lleva de recorrida, y en algún momento —esto es lo nuevo— nos presenta a un hombre, David Abel Hirtz, el intendente de Adolfo Alsina, que saluda y ofrece asiento.
—Vos ponete acá —me dice. Se acomoda el saco. Aparece un fotógrafo. Siento un flash.
—Hemos perdido un pueblo y ningún gobernador lo advirtió; lo que pedimos es que digan que estamos vivos —dice Hirtz—. Se creyó que habíamos desaparecido pero no: hay instalaciones muy modernas acá.
El secretario de Hirtz agarra mi cámara pocket y toma varias fotos del encuentro. La charla dura cinco minutos. Me quedo con quince fotos en mi cámara, catorce de Hirtz y una de un busto de San Martín.
Nos vamos.
En la calle, dos funcionarios de la intendencia nos esperan para acompañarnos a Epecuén. Son cinco minutos en auto que marcan la distancia entre un pueblo —Carhué— y un espectro. Epecuén es un cementerio a cielo abierto. Todo está lleno de escombros —restos de casas, muebles, rejas— y árboles erguidos: cientos de árboles quemados por la sal, buscando el cielo como quien pide socorro.
En el medio de ese desamparo están el Cristo, en un muelle, y el Matadero: una sobrecogedora muerte arquitectónica.
—Hoy los chicos suben sus fotos en el matadero a Facebook: está lo suficientemente hecho pelota para tener gracia —dice Javier Andrés, director de Turismo de Adolfo Alsina. Pero no ríe. Adentro del edificio hay escombros, vidrios, mierda y palomas: un aleteo macabro que parece el eco de un desastre remoto. Algo de todo esto —los restos, las ramas, la infinita soledad del agua— empieza a doler un poco.
Nos vamos.
Nos vamos por las dudas.
—Pablito, acá te habla el Chancho, quiero darte unos besos: ¿Dónde comemos?
Una vez en la ruta, Federico organiza un almuerzo con Pablo Ledesma, el director de Turismo de Guaminí: un pueblo con cuatro lagunas, una hotelería en crecimiento y un director de Turismo que se esfuerza por separar a Guaminí de la tragedia de Epecuén, y por llevar a Guaminí a los diarios nacionales.
—La verdad que nadie quiere bañarse en un cementerio, por eso la gente elige venir acá —dice una hora después Pablo Ledesma. Ahora estamos en una parrilla. En seis horas deberíamos llegar a Buenos Aires y yo, noto, necesito empezar a irme. Mientras Federico se zampa un asado, Ledesma habla de Guaminí y explica su estrategia para levantar el pueblo: para los carnavales —cuenta— trajo a Pablo Ruiz, Marixa Balli, Marcela Tauro y Alejandra Pradón.
—La gente de por acá no había visto un famoso —dice y mastica—. Marixa, espectacular: en pelotas con el frío que hacía; una profesional. Tauro me generó notas en Intrusos y en Radio 10 y a mí me sirve para que sepan que existe Guaminí porque nosotros no somos como ustedes, que se los cruzan por la calle.
Guaminí tiene 2500 habitantes. Y tiene, también, sus obras salamónicas: un edificio municipal y un matadero que Ledesma se empeña en mostrar pero que yo me niego a ir a ver. Nos levantamos de la mesa, nos despedimos: Federico y Ledesma se dan unos besos. Luego subimos al auto y las horas van pasando lentas y entibiadas por el sol de abril.
—¿De qué habrá muerto Salamone? —pregunta en algún momento Federico, mientras volvemos a Buenos Aires.
«De cansancio» pienso. Pero no sé qué respondo. Ya no quiero hablar. Por la ventanilla se ve un campo rectilíneo y menguante; una llanura que, de no ser por las vacas, se parece bastante al cementerio donde finalmente fue enterrado Salamone: quince años después de su muerte, la familia decidió meterlo —qué ironía— en un bonito Jardín de Paz.
Me distraigo pensando en esta y en alguna otra cosa, y después —mirando el paisaje— me duermo.




* Texto publicado a mediados de 2012 en la revista Orsai.