martes, 30 de agosto de 2016
Selfie
Después de unas horas dejé el Word para abrir un archivo en pdf. Durante el segundo que tomó en abrirse el programa nuevo, la pantalla se puso gris y reflejó mi cara. Me vi con los labios apretados, el ceño fruncido y los ojos de un tiburón o de cualquier otro tipo de bestia al acecho. Se ve que así soy cuando escribo: una persona encantadora.
viernes, 11 de marzo de 2016
EL PROBLEMA DEL CERO
El 25 de diciembre a la mañana ella salió en
bicicleta. La ciudad estaba vacía. Las calles en Navidad eran un lugar extraño,
tan extraño como una palabra escrita en otro sistema alfabético. Había sol,
árboles, poca gente. Los miró con ojos de pregunta: ¿Estarían solos como ella? Avanzó
cuesta arriba hasta llegar a un parque. Los músculos le quemaban, pero el dolor
del cuerpo era una forma de purificación del alma. En el parque vio padres con
sus hijos en monopatín. Vio chicas corriendo con urgencia para bajar la
comilona de la cena. Vio parejas de viejos con zapatillas esponjosas caminando aparatosamente
y en silencio. Se preguntó, al observarlos, en qué momento el amor se transforma
en una montaña. Pero no tuvo respuesta a eso, ni a nada.
Acababa de fracasar un nuevo intento amoroso. Todos
los actos bien intencionados de los últimos dos años habían sido multiplicados
por cero y habían pasado a la lista de los saberes inútiles. Por alguna razón,
siempre se separaba en diciembre. O en noviembre, o en cualquier otro final de
ciclo dado por el calendario occidental.
En eso, sus rupturas de pareja se parecían a un receso laboral. El 24 había
intercambiado mails con reproches y había acordado un horario para que cada uno
retirara sus cosas de la casa del otro. Ella se llevó dos vestidos, un calzón,
un perfume, una crema importada. Él se llevó remeras, una malla, las pantuflas
negras. Al atardecer, ella miró los cajones vacíos y sintió vértigo, como si
fuera a romperse el alma ahí adentro. Vomitó en el baño, levantó fiebre.
Canceló la Nochebuena con amigos y fue a lo de su madre.
Cenó arroz hervido. A las doce de la noche sonaron fuegos
artificiales y en la casa vecina se escuchó “jo jo jo”, y un niño lloró del
susto al ver la llegada de Papa Noel —ese extraño. La algarabía, el ruido y la
felicidad ocurrían en los otros cuerpos. No en el suyo. Toda ella era un corazón
oscuro girando en torno a la sílaba “no”. Se esforzó por no evocar las fiestas
del año pasado, pero ahí estaban las imágenes: una cartelera de momentos
felices. Ella con amigos, ella con familia, ella con hijo, ella con novio
encendiendo estrellas de Navidad. Cuando era feliz, ella no pensaba en los
desgraciados del mundo. Era lógico, entonces, que nadie pensara en ella ese 24
de diciembre. Se fue de la casa materna a las doce y media, llegó a su casa y
se sentó a fumar marihuana en el balcón.
Ah, el balcón. Antes era su refugio. En la casa —inmensa—
vivían su marido de entonces, más sus tres hijos –los de él- de un matrimonio
anterior, más el hijo que habían tenido en común. Cuando ella quería tranquilidad,
subía a su escritorio y se iba al balcón a mirar el cielo. Pero ahora no era
necesario. La casa estaba vacía —su hijo estaba con el padre— y el balcón era
un montaje absurdo en la arquitectura del hogar. Ella subió igual, como un
amputado que todavía siente la pierna que le fue quitada —como si hubiera, al
fin y al cabo, una familia de la que huir. Miró el cielo limpio, las
oscuridades de la luna. Lloró de cansancio. Luego se fue a dormir.
En la mañana, despertó con una necesidad furiosa de
pedalear hasta que le doliera el cuerpo. Lo hizo el 25 de diciembre, lo hizo el
1 de enero, lo hizo durante todo el verano, pedaleando de día, tarde en la
noche, en olas de calor, bajo la lluvia, siendo ella misma una mujer relámpago:
algo que sólo es en la fugacidad; una fractura eléctrica capaz de incendiar
aquello que toca. Pedaleaba para escapar del miedo, del sueño, de la cárcel de
la cama en las mañanas. Pedaleaba para llegar a marzo, y así fue: llegó al final
del verano como si despertara de un viaje astral.
Delante de ella estaba su hijo, a pocos días de
empezar las clases. Revisó con él los útiles, sacó punta a los lápices, hizo la
compra de materiales nuevos: hojas, etiquetas, cartuchos de tinta. Una goma de
borrar perfecta, tan perfecta como una página en blanco. Volvió lentamente al
mundo tangible; la rutina la había sacado de un estado de hipnosis. ¿Era
posible vivir así, empezando de cero a la manera del Eterno Retorno? Pensó en esa
teoría de la existencia en la que todo se extingue para volver a crearse y en
la que los actos se repiten una y otra vez. ¿Cuándo dejaría de comenzar todos
los malditos meses de marzo? Sin creer en dios, sin creer en nada, buscó en un
cajón de la cocina y encontró una vela de cumpleaños con el número uno. La
prendió. Era hora de prenderle una vela al uno, o al dos, pensó. O a cualquier
otro número que incluyera al pasado, y a las posibilidades de la vida en
general.
lunes, 29 de febrero de 2016
EL ARTE DE PERDER *
Eran pareja, rondaban los setenta años y parecían venir de algún apuro. Estaban atrasados. Habían
llegado a sus asientos cuando el resto del pasaje ya se había acomodado en el avión. Metieron su equipaje con torpeza en distintos compartimentos y todos los miramos
sumidos en un silencio mezquino: a ver si ese par de viejos nos aplastaba un
bolso.
Tomaron asiento y empezaron a cuchichear. Se movían demasiado. La tensión seguía en aumento hasta que el hombre, con el avión
avanzando lentamente hacia la pista de despegue, se puso de pie y empezó a
abrir los porta equipajes mientras balbuceaba algo. Intentó sacar una bolsa de
un tirón, pero el peso del bulto era excesivo para sus brazos flacos. El bulto
se estrelló contra el piso. Sobre el pasillo del avión se desparramaron papeles, estuches
de anteojos y discos compactos. Una azafata se acercó. Qué pasa,
preguntó. El hombre no respondió, estaba agachado intentando acomodar el lío.
-Mi
marido rodó por las escaleras -dijo entonces la esposa-. Por eso nos atrasamos.
Se tropezó y cayó. Creo que ahí perdimos los pasaportes.
La azafata sonrió como una madre que quiere
convencer a un nene de tomar su jarabe. Respondió que afortunadamente ya
habían pasado migraciones, por ende los pasaportes no eran tan importantes. En
resumen: la cretina sólo quería despegar. Pero los viejos no querían hacerlo, o
al menos no en esas condiciones. “Los pasaportes” repetía el hombre. Siguió
revolviendo entre las bolsas hasta que giró completamente sobre sí mismo y vi
su espalda: había una mancha roja a la altura del omóplato izquierdo. Era la herida ocasionada por el golpe. Pero era, antes
que nada, un refucilo de realidad. De repente los documentos, el avión, la
azafata, ese temor pequeño a salir tarde o a que nos toquetearan los bolsos: todo se
volvió negro y dejó expuesto, en su fluorescencia maligna, un cuerpo vulnerado
y menguante.
-A ver, tranquilícense, ¿no los habrán
guardado en otra parte? -insistió la azafata con su voz de cuna. La mujer dijo
que no, que los pasaportes sólo podían estar en el Sobre Azul de los Pasaportes. El hombre no dijo ni eso. Se agarraba el poco cabello con las manos, parecía
buscar un último sostén en su propia cabeza. ¿Irían a visitar a los hijos?
¿Sería esa la última luna de miel? ¿Cuántas eran las razones por las que una
pareja de viejos salía a recorrer el mundo? ¿Qué era lo que se estaba muriendo
ahí, delante nuestro, mientras el resto del pasaje tamborilleaba dedos y miraba
los relojes con fastidio?
Les imagine un pasado. Se habían conocido
en segundas nupcias, con al menos un fracaso a cuestas y una urgencia por no volver a fallar. No habían tenido hijos en común pero habían sabido amar a
los hijos del otro. Habían vivido separados para cuidar el amor, hasta que a
los sesenta años habían comprado un departamento a medias, pero con dos dormitorios.
Para cuidar el amor. Habían conocido juntos los primeros declives del cuerpo: picos
de colesterol, artrosis, algún tema de glucemia; cimbronazos múltiples que iban
dejando su huella en las mesas de luz, cada vez más llenas de cajas. Habían
aprendido a etiquetar los remedios para no meterse en la nariz –como ya había
pasado- el antiácido estomacal. Jamás habían dejado de reírse de esas cosas.
Nunca habían abandonado las bromas cochinas. Y sabían que el amor se sostenía
sobre tres pilares: el humor, el respeto por los espacios personales y la
posibilidad de viajar.
-Tenemos que bajarnos -dijo la mujer a su
compañero, y se puso de pie. El hombre sudaba y respiraba de un modo sonoro y
la mancha roja se iba desvaneciendo en aureolas acuosas en su espalda.
Recordé ese poema de Elizabeth Bishop: “Pierde algo cada día. Acepta la
angustia/de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano/El arte de
perder se domina fácilmente./ Después entrénate en perder más lejos, en perder
más rápido:/ lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar./Ninguna
de esas pérdidas ocasionará el desastre”. ¿Era, entonces, hora de dejarse ir? Fue
en el medio de esa duda cuando vi, a un metro de mis pies, bajo una almohadilla
blanca olvidada en el piso, una libreta azul. Me estiré hasta alcanzarla, la abrí
y la levanté en señal de victoria.
-¡Acá están los pasaportes! -grité. Los viejos me miraron. Tomaron los papeles con el gesto de un
notario, le sonrieron a la azafata y se sentaron sin siquiera dar las gracias.
Así que no es por ellos que escribo esta
historia, no. Ellos no se la merecen.
Esta historia la escribo por mí.
jueves, 25 de febrero de 2016
Tracción a sangre *

Cuando mi vecina se fue del barrio me dejó por unos días su bicicleta. Dijo que no tenía fuerzas para ir pedaleando a su casa nueva después de tantas horas de mudanza. No entendí por qué no la metía en el camión con los muebles, pero tampoco me detuve en eso. La guardé en el patio. La bici era pesada, y tenía los frenos duros y telas de araña en los rayos. Igualmente la miré con ganas. Hacía rato que quería volver a pedalear.
Dos semanas después la mandé a arreglar y empecé a usarla. Tres semanas más tarde, suponiendo que mi vecina volvería a llevarse lo suyo —cosa que aún no ocurrió—compré una bici para mí. Así empezó todo. No tengo coche, no sé conducir y quería desplazarme sin pasar por los trámites, las pruebas y el desembolso que supone ser un automovilista. O al menos eso pensé en un comienzo. Lo que no imaginé fue lo otro. Que además de un transporte accesible, la bicicleta es un ejercicio moral. El viento en la cara, la velocidad, la posibilidad de construir una mirada urbana: todo se paga, literalmente, con equilibrio y sudor.
El lunes que me dieron la Aurorita —plegable, liviana, fácil: parecida a lo que quisiera pensar de mí misma— la estrené de noche en el Bajo Flores. Cerca de la villa 1-11-14 hay un polo de restaurantes coreanos. Quizás fue la cerveza o el cansancio o, por el contrario, el nervio del pedaleo porque la zona, cerca de la medianoche, no es un buen lugar para el ciclismo recreativo. Lo cierto es que agarré un cordón en ángulo de 30 grados, perdí la estabilidad y terminé en el suelo y sangrando. Desde entonces, hace ya dos meses, tengo en la rodilla una especie de supernova de destellos oscuros. La marca es como un dedo en alto, una admonición tardía que habla del castigo y la prudencia.
El lunes que me dieron la Aurorita —plegable, liviana, fácil: parecida a lo que quisiera pensar de mí misma— la estrené de noche en el Bajo Flores. Cerca de la villa 1-11-14 hay un polo de restaurantes coreanos. Quizás fue la cerveza o el cansancio o, por el contrario, el nervio del pedaleo porque la zona, cerca de la medianoche, no es un buen lugar para el ciclismo recreativo. Lo cierto es que agarré un cordón en ángulo de 30 grados, perdí la estabilidad y terminé en el suelo y sangrando. Desde entonces, hace ya dos meses, tengo en la rodilla una especie de supernova de destellos oscuros. La marca es como un dedo en alto, una admonición tardía que habla del castigo y la prudencia.
Poco después del accidente llegaron las fiestas de fin de año. Para qué entrar en detalles. El 25 de diciembre y el 1 de enero a la mañana agarré la bici y me fui al carajo. No es que haya ido lejos, el carajo en realidad está adentro (lo dice Juan Carlos Kreimer –periodista y pionero de la cultura rock— en su libro Bici Zen: el camino que se traza con la bicicleta es interior). En cualquier caso: toda la basura personal se iba volando a medida que pedaleaba por la avenida Directorio y chocaba manos con los rotos como yo. Padres solos que llevaban a sus hijos en monopatín; parejas de viejos con zapatillas esponjosas caminando en silencio; pibas corriendo con urgencia para bajar la comilona de la cena. Nada nuevo, pero todo distinto si lo ves desde los veinte kilómetros por hora y sin ventanas de por medio. En la bici, tu esfera es la calle. En el mundo del peatón también, pero las ruedas le dan al entorno una fugacidad perfecta: es posible mirar y hacer un dibujo mental de aquello que se ve, y a la vez todo se suelta pronto porque la ciudad siempre sigue. En ese sentido, el pedaleo se parece un poco el periodismo.
La bicicleta, de hecho, es un punto de vista. A unos centímetros del suelo y con el movimiento como principal garante de estabilidad —si no avanzás, te caés— Buenos Aires se ve de otra manera. La arquitectura, los modos de relación entre las personas, las maneras de estar acompañado y de estar solo, las demoliciones, los edificios y los carteles publicitarios que alteran el tejido urbano. Todo eso cambia. Incluso cambia la lluvia. Mil veces vi llover en la ciudad. Pero vi una lluvia nueva cuando pedaleé bajo un diluvio. Sé que estoy exagerando; parezco un pastor evangélico tratando de meter gente bajo el manto sagrado. Pero por ahora, y hasta que me acostumbre, las sensaciones son iniciáticas y extraordinarias.
Aquel día de lluvia los árboles brillaban y el asfalto crepitaba como un vinilo. En subida por Directorio —vacía— y con los músculos quemando, entendí que la ciudad es una forma de naturaleza. Esa, supongo, es una de las virtudes de la tracción a sangre: el esfuerzo, alternado con el dejarse llevar de las bajadas o las planicies, produce una mirada específica, vagamente alucinada, y ayuda a apropiarse de un espacio urbano que normalmente es hostil. Alguna vez en la vida hay que atravesar Buenos Aires en bicicleta. Si es cierto que nadie debiera habitar una casa que no pueda limpiar por sí solo —o eso dice Junichiro Tanizaki en El elogio de la sombra—, entonces nadie debiera estar en una ciudad que no pueda recorrer por sí solo.
El día de la lluvia llegué a casa, me senté frente a la computadora y escribí un texto breve que después subí a las redes sociales. Minutos después de haber hecho el post, entró un mail. Era de una colega que acababa de leerme, que edita una revista de ciclismo y que quería hacerme una entrevista en calidad de ciclista urbana y amateur. Acepté a sabiendas de que no tenía nada relevante que decir. Mi único aporte novedoso era bastante chabacano. Desde hacía tiempo venía notando que el pedaleo sin manos es una canchereada que sólo hacen los tipos. Puesta a pensar por qué, concluí que el acto estaba asociado a un modo pueril de pensar la virilidad. “A que no sabés con qué otra mano mantengo el equilibrio” parecen decir los varones. No vi una sola mujer haciendo cosa semejante.
La observación me pareció acertada y desubicada a la vez, así que la silencié durante la entrevista. Lo más íntimo que conté fue mi primer recuerdo vinculado a la bicicleta. Tendría ocho años, iba pedaleando por una vereda y vi que algunos metros más adelante había una familia entera ocupando el paso. Como no tenía bocina, empecé a gritar “permiso, pi pi pi”; pero nadie escuchó. Y yo, por alguna razón, desestimé la opción de frenar. Tenía que decidir a quién de la familia iba a chocar. Choqué al padre.
—La bicicleta conecta con la infancia —dijo la colega que hizo la nota.
Respondí que sí: la conexión con la infancia es otra de las razones por las que uno elige pedalear. Pero esa es la explicación racional. La otra, como siempre, está a oscuras.
Son las tres de la mañana. Cené afuera y volví pedaleando hacia el Oeste, primero por Caballito, después por Flores y finalmente por Floresta. La ciudad era un páramo y me aproveché de eso. Fui en zigzag por Pedro Goyena; hice acrobacia en José Bonifacio —levanté una pierna en palomita, después probé con la otra—; anduve sin manos y me moví con una impunidad que sólo tengo si estoy sola. Cada tanto me cruzaba con algún sereno que fumaba en el zaguán de su edificio y nos medíamos con una quietud cómplice, como si fuéramos intrusos en la misma casa vacía.
Pero todo lo demás era sordina, y noche.
Llegué a mi puerta con la sensación de estar drogada. Minutos después —ahora—, con los pies ya en el suelo, mando un mensaje de texto a mi vecina. “No la buscaste, te estás perdiendo algo” escribo. También cuento que compré una bici para mí.
“¿Le pusiste nombre?” responde ella al día siguiente. Pienso opciones, pero finalmente le digo que no. Porque todo lo que se me ocurre es cursi. Y porque las bicicletas, al fin y al cabo, debieran ser libres de verdad.
* Publicado en la revista digital La Agenda.
domingo, 10 de enero de 2016
Banderas
-Ma, decime diez banderas que tengan color verde.
-Basta Joaquín, me tenés podrida con el tema "banderas", hablemos de otra cosa, de la vida, no sé...
-...
-...
-Bueno, ¿vos a cuántos años pensás que voy a llegar?
-¿¿De vida??
-Sí.
-¡Un montón, hijo!
-¿Voy a ver el nuevo siglo?
-¡Seguro que sí!
-Vos en cambio ya tenés cuarenta, o sea que...
-Basta Joaquín, me tenés podrida con el tema "banderas", hablemos de otra cosa, de la vida, no sé...
-...
-...
-Bueno, ¿vos a cuántos años pensás que voy a llegar?
-¿¿De vida??
-Sí.
-¡Un montón, hijo!
-¿Voy a ver el nuevo siglo?
-¡Seguro que sí!
-Vos en cambio ya tenés cuarenta, o sea que...
jueves, 7 de enero de 2016
Walter
Ayer fui con mi hijo a tomar el colectivo para llevarlo a la colonia de Ferro. En el camino nos encontramos con el chino Walter, el dueño del supermercado de la vuelta. Estaba cerrando -Walter corta a la hora de la siesta- y me preguntó para dónde íbamos; le dije. Se ofreció a acercarnos. Así que nos subimos al auto, un cochazo limpio con dos perritos que movían las cabezas desde la luneta delantera. Hablamos de Taiwán, de su padre, de sus hijas. De lo caro que está el Hospital Italiano. De los mayoristas que se hacen los vivos y suben los precios -y entonces Walter les deja de comprar. Hablamos de todo, pero en el fondo yo no podía dejar de pensar que estaba en el auto del chino Walter. La sensación era maravillosa. Me recordó a cuando era chica y mi maestra Leonor me invitó a su casa a tomar el té, mientras corregíamos un cuento mío que ella quería mandar a un concurso. En el auto, con los perritos bamboleando las cabezas y Joaquín mudo de la emoción, cruzamos la barrera que nos separa del misterio doméstico que es la vida de los otros. Amo mi barrio por esta clase de cosas. Porque me recuerda que aún vivimos en una comunidad.
martes, 17 de noviembre de 2015
Mostrar el género*
Durante los años 2007 y 2010 escribí un libro que
transcurría en el conurbano bonaerense. Una vez por semana tomaba un colectivo
que me dejaba en Puente La Noria, un territorio infecundo de la periferia, y
esperaba a que Marcelo Rodríguez, mi contacto de aquel entonces, me pasara a
buscar con su moto y me llevara al asentamiento donde hacía el trabajo de campo. Los
viajes, bordeando el Riachuelo —uno de los ríos más contaminados de América del
Sur—, eran inolvidables: el aire fétido se revolvía sobre un agua dura,
matizada cada tanto por flores silvestres que ondeaban contra
la tierra infecta de los márgenes. Pasaba horas en ese mundo, y también en
mundos peores. Después, cuando llegaba a casa, me tiraba en la cama y miraba mi
espacio como si cada objeto fuera en sí mismo un altar. La estufa, las puertas,
el suelo de madera suave, el agua caliente; me reparaba parcialmente en
comunión con lo tangible —con todas las cosas— mientras tomaba un baño,
caminaba descalza o cenaba sin pasar frío.
Una vez terminado el libro, entré en un derrumbe orgánico y personal. Me enfermaba seguido, me costaba escribir, y dormía como si cada noche alguien me descargara un palazo en la nuca.
Necesitaba, en definitiva, un quiebre que reubicara las cosas vistas durante esos años: la precariedad de los hogares,
los bebés gateando en aguas inmundas, la gente que había trabajado una vida
entera y no podía permitirse una casa con cloaca. Mi flojera, en esos tiempos, estaba
muy vinculada a la provincia de Buenos Aires: un espacio que, más allá de su
campo y sus pueblos, tiene su mayor núcleo poblacional en el Conurbano; un
territorio signado por el clientelismo político, los intendentes enquistados en
un poder de décadas y las calles reventadas en cráteres negros.
Es difícil pasar por ahí y no pensar en Rutger Hauer, el replicante
de Blade Runner que antes de morir
menciona, uno tras otro, los grandes momentos de la historia planetaria (“He
visto cosas que los humanos ni se imaginan…” dice, y remite a la violencia y la
belleza que entran en una única imagen). Y es difícil, hoy, pensar ese
universo sin que aparezca la cara fresca de María Eugenia Vidal: la futura
gobernadora de Buenos Aires a partir del mes de diciembre; una figura de la
coalición Cambiemos —opositora al
gobierno— que dio la gran sorpresa en las elecciones del 25 de octubre al
vencer a un movimiento histórico, el peronismo, en la provincia más compleja
del país. Pálida, prístina, hasta hace poco ignota —Vidal entró a la esfera
pública como vicejefa de Gobierno Ciudad de Buenos Aires, cargo que actualmente
ocupa— Vidal se tragó de un bocado a los barones del Conurbano, y lo hizo con un mensaje casi virginal. “A la provincia le falta amor de madre
—decía uno de sus spots de campaña—. Eso significa que la provincia te tiene
que cuidar como lo hace una madre. Con amor de verdad. Tiene que protegernos.
Curarnos cuando nos enfermamos. Ayudarnos cuando tenemos un problema. Tiene que
educarnos. Tiene que escucharnos a todos. Y no tener preferencias por ninguno.
El amor de madre es incondicional. Eso es lo que necesita la provincia”.
No queda claro si Vidal ganó con esta clase de argumentos. Es
de suponer que parte de su conquista radicó en la calidad de su oponente —Aníbal
Fernández, candidato a la gobernación y uno de los mayores alfiles del gobierno
de Cristina Kirchner, está acusado de facilitar el tráfico de efedrina en la
provincia—, pero luego hay un factor personal que apostó, entre otras cosas, a
cubrir todo aquello que se ve en el Conurbano —hambre, temor, intemperie— con
la frazada de lo “maternal”.
Ese ardid resulta, sin embargo, incómodo. ¿Es lo “maternal” un
recurso válido en la esfera pública? La pregunta ronda en estos días y me
devuelve, como única respuesta, el sinfín de imágenes de la provincia: una
cinta de Moebius a la que se sobrevive —y en la que se interviene— con valores
que no tienen que ver con la condición femenina sino con la
resistencia física y psíquica a la miseria y sus infinitas circunstancias.
“Elegir a una mujer joven, madre, profesional, con la sensibilidad y la pasión
que demostró María Eugenia, es parte de esta idea de cambio que queremos” dijo
Mauricio Macri cuando lanzó la candidatura de Vidal. Pero sin saberlo —porque
la cultura no se sabe: sucede— enlazó el “cambio” con una cualidad dolorosa y
antigua: la de ganar una candidatura mostrando el género. Un recurso tristemente
parecido al de mostrar las piernas para conseguir un puesto de trabajo.
* Publicado en la Revista YA del diario chileno El Mercurio.
miércoles, 3 de junio de 2015
Ni una mano*
La primera vez que un hombre me tocó yo
era muy chica. Le llegaba a mi mamá a la altura de la cintura. Estábamos
juntas, de la mano, en un colectivo que iba lleno, y entre los apretujones
sentí un movimiento preciso, algo independiente de las leyes del viaje, que
avanzaba contra mí. Era un dedo. Pronto se metió bajo mi bombacha. Si cierro
los ojos todavía siento la temperatura tibia de ese cuerpo extraño sobre mi
piel fría.
No entendí qué era eso, pero hice
silencio. El silencio era lo único de lo que yo me creía capaz. Aguanté todo el
viaje hasta que mi mamá me tironeó del brazo para que bajáramos. El dedo se
agarró hasta último momento del borde de mi ropa interior. Hasta que la tela se
zafó y me pude ir.
Yo no zafé.
Aquel fue el comienzo de unos años,
también en ese sentido, largos. Me hostigaron en el colectivo durante toda la
infancia y la adolescencia. Recuerdo esa presencia inmunda a mis espaldas y
también recuerdo la garganta dura por la angustia que me daba sentirme incapaz
de hablar. Así fue pasando el tiempo. En el medio de esa serie de abusos
rutinarios hubo también otros episodios, si no mayores, al menos distintos. Sobre
todo recuerdo cuatro.
Una vez me dormí en un asiento con el
bolso de deportes sobre la falda, y cuando desperté tenía una mano escondida
bajo el bolso y cerca de mi entrepierna. Miré al hombre que me tocaba – estaba
sentado a mi lado- con estupor y confusión, y en el acto el abusador se puso de
pie y bajó del colectivo.
En otra oportunidad un hombre me chistó
en la calle, esperó a que girara y se abrió el gabán para mostrarme su pito flojo y oscuro. Durante años me seguí cruzando a ese sujeto en el barrio;
cuando lo hacía bajaba la vista. Quiero decir: yo la bajaba, él no.
El tercer episodio fue de madrugada. Esperaba
el colectivo para ir a la escuela, cuando un tipo se abalanzó sobre mí para
tocarme. Lo empujé y corrí hasta mi casa. Esa mañana tenía examen de Biología,
pero ya no tenía fuerzas para ir a clases. Días después se lo expliqué a mi
profesora y no recuerdo si entendió –supongo que sí- pero sí recuerdo que me
largué a llorar frente a ella.
Y finalmente estuvo el cuarto caso. Ese
fue el definitivo. Durante unas vacaciones en el sur, en la casa de mis tíos, un
amigo de la familia -que venía casi todos los días a comer y era simpático y
tenía una esposa rubia y dos hijas rubias- me encerró en un cuarto y me dijo
–todavía lo puedo citar- “no te hagás la boludita, ¿o no sabés que yo te
miro?”.
Yo tenía doce años. Y sentí miedo de
verdad.
A lo largo de esas vacaciones, “El
Pelado” –así lo llamaban- me aterrorizó con gestos, miradas correosas y frases
en doble sentido que me daban a entender todo lo que me haría cuando
estuviéramos solos. Pero esa vez fue distinta a las otras. Porque esa vez,
hacia el final del verano, hablé. Les conté todo a mis tíos, y en segundos vi
cómo ese monstruo indestructible devenía en un pobre hijo de puta incapaz de mirarse al espejo.
Desde entonces sé que romper un silencio
malhabido es lo único capaz de hacernos libres. Tenemos que hablar. Tenemos que
empezar a contar estas historias, que no me han pasado a mí sino –lo sé por mis
amigas- nos han pasado a todas. Lo digo acá y lo dije hace unos días en Buenos
Aires, en una maratón de lectura armada por la organización Ni Una Menos, que
hizo un evento literario en reclamo por la cantidad creciente de femicidios que
hay en mi país.
En Argentina, cada diez días muere una
chica asesinada de modos cruentos. Y eso se debe a un Estado que no protege lo
suficiente, pero también a una sociedad que ante una muerte se llena de
preguntas infames -¿cómo iba vestida? ¿tomaba alcohol? ¿había ido a bailar de
madrugada?- y que a lo largo de las décadas ha naturalizado el abuso cotidiano.
No es normal –aunque parece ser
habitual- pensar así. No es normal que nuestros hijos crean –como creí yo, como
creímos tantas- que el cuerpo no les pertenece. Hay que enseñarles a hablar,
pues la denuncia es un segundo lenguaje indispensable. Pero para poder enseñarles,
primero debemos aprender a hablar nosotras.
De eso trata este texto.
* Publicado en la Revista Ya del diario chileno El Mercurio.
martes, 2 de junio de 2015
Una mujer santa*
Se llama María Livia Galeano de Obeid y tiene miles de fieles por
toda la Argentina. Dice que se le apareció la Virgen , y desde entonces cada fin de semana
recibe a una comunidad de creyentes en la cima de un cerro, les impone las manos
y los sana. Luego les responde sus dudas. María Livia es tratada como una
santa. Asegura que casi no come, pero igual engorda.
Hay dos versiones de la historia. La
más larga es la primera y dice así.
María Livia Galeano de Obeid era,
hasta 1990, una mujer amante de las pelucas y el champán. Tenía tres hijos, un
marido comerciante, una economía fértil, una vida leve y una casa de dos
plantas en Tres Cerritos, el barrio más exclusivo de Salta, la provincia más
próspera del noroeste argentino. Los días de María Livia consistían en atender
a su familia, acudir a los convites de la clase acomodada y orar. En esos rezos
estaba una mañana, cuando una fuerza traslúcida —según ella cuenta— se le desplomó
en los hombros y la tumbó de rodillas. María Livia alzó la cabeza y vio un
resplandor ciego del que brotaba, con un ademán casi estelar, una mujer joven y
hermosa. La aparición tenía los brazos flojos a los costados del cuerpo, y de
las palmas de sus manos salían rayos de una luz alabastrina. Sus pies estaban
descalzos; se apoyaban sobre una nube.
—Soy la Virgen María —escuchó
María Livia, o al menos eso asegura en su página web, www.inmaculadamadre-salta.org—.
¿Aceptas compartir tu hogar conmigo?
—Madre, acepto —contestó
María Livia—. A partir de hoy mi hogar te pertenece.
—Hija, deseo
que me entregues a tus hijos —dijo la
Virgen cuando reapareció días más tarde.
—Madre, te entrego a mis
hijos, desde hoy te pertenecen.
—Hija, lo que más deseo es
estar entre tú y tu esposo —pidió la
Virgen meses después.
—A partir de hoy, Madre, tú
estarás siempre en el medio de los dos.
—Hija, es importante que se
construya un santuario en lo alto de un
cerro y que ese espacio se convierta en un centro de evangelización —exigió la Virgen luego de unos años—.
Allí habrá de levantarse
una casa para sacerdotes ancianos, un seminario y una casa para monjes.
María
Livia Galeano de Obeid dijo que sí a todo, y aquí termina la primera versión de la
historia.
La
segunda versión es más breve: dice que todo lo anterior es una astucia
inmobiliaria (desde que apareció la
Virgen , el metro de tierra en Tres Cerritos triplicó su
valor), o —en el mejor de los casos— el fruto de una psicosis galopante.
De
cualquier forma, ambos puntos de vista convergen en un dato que es real: a
diecisiete años de la supuesta aparición de la Virgen , María Livia tiene
una organización llamada Yo soy la Inmaculada Madre
del Divino Corazón Eucarístico de Jesús, tiene doscientos cincuenta voluntarios a su cargo y tiene un
cerro.
Allí
arriba, todos los sábados y desde el año 2001, sucede un llamativo fenómeno de
religiosidad laica: unas quince mil personas provenientes de todos los rincones
de Argentina peregrinan semanalmente con el único fin de ver a María Livia y
ser tocadas por su mano. Muchos se desmayan con el roce de sus dedos. Muchos
dicen que se curan con el roce de sus dedos.
*
* *
La ciudad de Salta está ubicada en
un valle y todos los cerros que la rodean tienen dueño. También lo tenía el
ahora llamado Cerro de las Apariciones
—pertenecía a una familia de apellido Garat— hasta que María Livia Galeano de
Obeid habló
con los propietarios y les explicó que la Virgen había hecho un pedido. Los Garat donaron
el cerro a la Organización y ahí, en mayo del 2001, se empezó a levantar el
santuario. Se hizo una ermita (una capilla de unos treinta metros cuadrados,
donde se entronó una imagen de la
Virgen ), se construyó un anfiteatro con asientos de piedra y
madera para varios miles de personas, y se abrió una senda de acceso vehicular
hasta la cima, pensada para los fieles que no pueden caminar y deben ascender
en coche.
En la Organización dicen
que la mano de obra fueron los mismos «servidores»: voluntarios que al
principio no llegaban a la decena y que, con el correr de los años, terminaron
formando un pequeño ejército de fieles.
—¿Vio las ruinas de Machu Picchu? —pregunta
un taxista apenas llego a Salta—. ¡Acá es lo mismo! ¡Parecían incas los culiáu! No sé si fueron los servidores o
quiénes fueron, pero estos caminos no los hace cualquiera.
El taxista se llama Antonio Vives y
cree en Dios. En Dios y en María Livia.
A los cinco minutos de haber iniciado el viaje, desgranará el discurso
que —luego quedará claro— sostienen todos los salteños que alguna vez subieron
al Cerro: Antonio Vives dice que la paz espiritual se multiplica en la cima;
que a veces son incontenibles las ganas de llorar; que el lugar huele a rosas
aunque no haya rosas en la zona (un detalle que se atribuye a la presencia de la Virgen ); y que la mano de
María Livia es la versión exponencial de un relajante muscular: te toca y te
desmaya.
—Por suerte, si usted cae siempre
hay una persona atrás para atajarlo… No vaya a ser que ocurra la desgracia de romperse
uno en el Cerro.
Los que están atrás, recibiendo los
cuerpos recién desvanecidos, son los servidores: doscientas cincuenta personas
(adultos, adolescentes, niños) que trabajan en forma gratuita para la Organización , y que
se encargan de mantener el santuario y ordenar a los peregrinos que se acercan
los sábados.
Todos los servidores afirman haber
tenido alguna experiencia sobrenatural con María Livia o, en el caso de los
niños y adolescentes, son hijos de alguien que dice que la tuvo. Ninguno, sin
embargo, está autorizado a dar testimonio, y esa prohibición es respetada con
una intransigencia que sólo puede atribuirse a los fenómenos de fe. Siempre se
les garantizó un off the record, que
es el término que los periodistas usamos para respetar el anonimato de las
fuentes, pero nunca quisieron hablar. Incluso Vicky Gallo, la servidora
encargada del área de prensa, explica que María Livia tampoco da notas. Sólo le
habla al mundo una vez al mes, durante una conferencia en la que cuenta cómo y
cuándo vio a la Virgen ,
y responde algunas preguntas de los fieles.
Además de esta actividad —cuatro
peregrinaciones y una charla mensual— la vida de María Livia Galeano de Obeid transcurre en
Tres Cerritos, un caserío de aires muy limpios que se abre como un prolijo
juego de cartas a los pies del Cerro de las Apariciones. Allí, María Livia pasa
sus días junto a Carlos Pupa Obeid,
su marido, un hombre que supo dirigir el Club de Gimnasia y Tiro de Salta y que
ahora tiene una concesionaria de Citröen.
La casa de María Livia tiene dos
plantas, un jardín delantero y un garaje por el que despuntan dos coches
modernos. La construcción está rodeada por una reja verde, y a través de los
barrotes puede verse una puerta entreabierta por la que asoma un santo de yeso
en tamaño natural. En la reja hay un timbre. Nadie responde el llamado, pero
alguien aprieta un botón y abre desde adentro. Segundos después, por la entrada
principal aparece una mujer de piel pálida, pelo negro y recogido, blusa
blanca, y falda gris bajando hasta las pantorrillas. Podría ser María Livia, o podría
ser la empleada doméstica de María Livia. En cualquier caso, la mujer ve que
hay dos extraños afuera y se sobresalta, aunque hace esfuerzos por seguir
sonriendo.
—Abrí porque pensé que era mi
hermana —dice.
Su voz es débil. Está parada con los
pies muy juntos y se toma las manos a la altura del vientre. Por detrás, por la
misma puerta por la que asoman María Livia y el santo, aparece un hombre de
pasos graves. Carlos Pupa Obeid tiene
el ceño fruncido y la mirada cuerva. En su oreja derecha hay un auricular
macizo, una especie de caparazón que le abraza buena parte del pabellón
auditivo.
—Soy periodista. Quería ver si...
—Sí —interrumpe María Livia
sonriente, sedada—. Ya se nota que usted es periodista.
—Usted ya habló con la mujer de prensa
—se molesta su esposo—, ella le dijo que tenía que ir directamente al cerro.
—Es que pensé que lo mejor era
hablar con ustedes —digo—. Me dijeron que usted, Pupa, es uno de los organizadores y...
—Ah —suspira María Livia y sigue
sonriendo—. Sabe todo sobre nosotros.
—Usted tiene que ir al cerro —insiste
él. Sus ojos parecen aviones esperando el momento para tirar la bomba. Ninguno
de los dos se mueve; se hace un silencio. María Livia, como siempre, sonríe.
*
* *
Sólo una empresa —el periódico
salteño Cuarto Poder— y una
institución —la Iglesia Católica— muestran públicamente su desconfianza hacia
María Livia Galeano de Obeid. Héctor Jorge Alí, periodista de Cuarto Poder, asegura que Carlos Pupa Obeid se tomó demasiado en serio su
función de “organizador”: inscribió el nombre de la Organización en el
Registro de la Propiedad Intelectual
(por temor a plagios) y, gracias a un supuesto «mandato» de la Virgen , fue nombrado
administrador de los bienes terrenales de las Hermanas Carmelitas: un puñado de
monjas de clausura que creen en María Livia y que se alojan en un convento
ubicado en la manzana de mayor valor inmobiliario de la ciudad de Salta.
La segunda denuncia sostenida por
Alí vincula a María Livia y a Carlos Pupa
Obeid con Marcelo Emilio Cantarero, un senador salteño que vive en Tres
Cerritos y que ganó fama a nivel nacional cuando fue procesado judicialmente
por haber recibido, en el año 2000, una coima escandalosa para aprobar una
reforma de la ley laboral. En ese entonces, se supo que Cantarero fue a la casa
de María Livia para pedirle intercesión divina. Tan mal no le fue: el hombre
sigue procesado, pero espera el juicio en libertad. Es por eso que en Salta se
empezó a decir que el ex senador tiene un Dios aparte o, más exactamente, una
Virgen propia. En Tres Cerritos, algunos vecinos la llaman «la Virgen de Cantarero»: un
apodo que, lejos de ser una ironía, refiere a un hecho estrictamente fáctico.
Con los ahorros que Cantarero juntó
durante su gestión en el senado, compró un valle. En el lote —que puede verse
desde la cima del Cerro de las Apariciones— se empezó a levantar la
urbanización Valle Escondido, un espacio privado de setenta hectáreas pensado
para alojar las casas más caras de toda la provincia. Desde que se construyó el
Santuario —en un tiempo récord de siete meses— el valor del terreno de
Cantarero se triplicó. Como si fuera poco, y según denuncia Cuarto Poder, uno de los agentes
inmobiliarios que comercializa los lotes es primo de María Livia.
Estos datos terrenales no escandalizan
a la Iglesia Católica :
el problema para la Curia
es de raíz puramente teológica. En una carta fechada el 30 de junio del 2006,
el arzobispado de Salta le prohibió a María Livia difundir por escrito los
mensajes que supuestamente le dio y le da la Virgen , bajo tres argumentos: «el protagonismo de
la vidente es manifiesto», «no hay pruebas ni testimonios objetivos [de las
apariciones]» y son «revelaciones sin contenido». Además, fueron reclamados los resultados de un examen psicológico que se
le había sido exigido a María Livia, y se prohibió la llamada «oración de
intercesión» —esa instancia en la que María Livia posa su mano sobre el hombro
de los fieles— aduciendo que «ningún
laico está facultado para imponer las manos».
En
respuesta a todo esto, los Servidores de la Organización enviaron
al Arzobispado una carpeta donde niegan que se oculten los datos del examen
psicológico, donde piden que la iglesia sea más comprensiva con el fenómeno, y
donde adjuntan doscientos testimonios
de sanaciones físicas y espirituales.
Porque hay gente, dicen, que se ha
curado con María Livia.
Una de las personas que lo afirma es
Vicky Gallo, la encargada de prensa y la única servidora que accede a contar su
historia.
Gallo es contadora, vive en Tres
Cerritos y tiene una hija, Candelaria, que nació con problemas severos en la
vejiga. A los ocho años, Candelaria pasaba sus días tirada en un sillón y
aguantando las ganas de ir al baño.
—Cuando iba a hacer pis se retorcía
del dolor —recuerda Gallo—. Yo la acompañaba en el baño, y durante años tuve
las manos marcadas por las uñas de mi hija.
Vicky Gallo no creía en Dios. No
creía, dice, en nada. Lo único cierto en su vida era que tenía una hija enferma
y que estaba desesperada. Hasta que en el año 2001 se enteró de la existencia
de María Livia —era vecina del barrio— y subió al Cerro.
—Cuando María Livia la tocó, mi hija
dice que sintió un calor en el vientre —recuerda—. Luego terminó la oración,
bajamos a casa y Candelaria, por primera vez en años, pudo hacer pis sin dolor.
Desde entonces está curada. Es deportista. Es, también, servidora. Yo les debo
a la Virgen y
a María Livia la salud de mi hija.
Vicky Gallo habla de pie, en la cima
del cerro, bajo una carpa azul que está a doscientos metros del Santuario y que
los organizadores dieron en llamar «zona de emergencias». Aquí se trae a los
niños que se aburren y entran en ataque de llanto, y aquí también viene la
gente que necesita comer algo. Fuera de la «zona de emergencias» está prohibido
levantar la voz y probar bocado, y es por eso que los sábados el Santuario
ofrece un paisaje sobrecogedor: miles de personas circulan, se acomodan y
esperan hundidas en un silencio fiero y abismal.
Ahora es sábado, ocho de la mañana,
y el filo del frío lo lastima todo. Los peregrinos van llegando en un estado de
concentración profunda. Los que no pueden caminar alcanzan a la cima en
camionetas todo terreno, unos vehículos de última generación que son cedidos
por los mismos servidores de la Organización. Y los que pueden ir a pie arriban
al Santuario luego de atravesar, durante veinte minutos, un bosque de raíces anabólicas
y árboles crujientes. Cada tanto, en el trayecto de ascenso se hace un claro y
la vista es grandiosa: según dónde se mire, puede verse toda la ciudad de Salta
—un puñado de ladrillos blancos, y arriba una suave pelusa de polvo—, o puede
verse el tremendo valle que compró Cantarero.
Una vez en la cima del Cerro, el
despliegue del Santuario se sobrepone al paisaje. Hay centenares de bancos y
gradas dispuestos en forma de anfiteatro y cubiertos por una media sombra que
ayuda a detener el sol cuando el verano vuelve todo insoportable. A un costado
está la ermita y allí adentro, alumbrada por el velo de una luz sedosa, se ve
la imagen de la Virgen.
Hay también claveles blancos y rosas. Y hay, a los pies de la
figura, algunas fotos de hombres, mujeres y niños, algunos muy enfermos.
A diferencia de otros santos laicos
que hay en la Argentina
(como el Gauchito Gil, San La
Muerte o la cantante bailantera Gilda, muerta en un
accidente) el público de María Livia es plural: hay gente muy pobre y gente muy
rica, y la brecha social sólo puede intuirse averiguando la forma en que
llegaron hasta el Santuario. Los pobres de la provincia arriban a pie o como
pueden; la clase media se acerca en ómnibus y se aloja en hospedajes modestos;
y los de mayor poder adquisitivo llegan en avión y se registran en hoteles de
tarifa internacional. Una vez en el Santuario, sin embargo, el orden de
prioridades no lo marca el dinero. Las sillas más cómodas y próximas al centro
del anfiteatro son ocupadas por los enfermos, las embarazadas y las madres con
niños pequeños. Pero el resto toma asiento donde puede, o hace fila para entrar
a la ermita y mirar a la Virgen
a los ojos. Nadie, en ningún momento, habla: durante cuatro horas —hasta que a
mediodía llegue María Livia— habrá una multitud entera sometiéndose al
silencio, a la violencia del frío y a la insufrible elasticidad de los tiempos
muertos.
Los murmullos sólo empiezan a las
doce, cuando ella llega. Viste blusa blanca y pollera gris, y sin abrir la boca
se arrodilla de cara al suelo. Durante una hora, varios miles de personas, en
la cima de un cerro y bajo un cielo que de a poco empieza a limpiarse, rezarán
el rosario con el compás ronroneante con que se repite un mantra.
Luego de los rezos, por un
altoparlante llega una aclaración: hoy, 18 de agosto, es un sábado especial;
hasta fines de septiembre María Livia estará ausente «por pedido de la Virgen ».
—¿Y eso qué quiere decir? —susurra
una mujer mayor con dos pares de anteojos: uno puesto y otro colgando.
—Yo creo que quiere decir que María
Livia se toma vacaciones —contesta otra, casi en secreto.
—Cierto —sigue la primera—. A mí me
dijeron que se va a Roma.
—¿Pero no es más fácil que los de
Roma vengan a conocerla acá?
—¿Qué?
—Que por qué no vienen los de Roma.
—Vos porque no conocés Roma, no
sabés lo lindo que es.
Josefa Peleteiro, de ochenta y tres
años, y Teresita Núñez, de setenta y siete, se hicieron amigas en el viaje en autobús
que las trajo desde la provincia de Córdoba —al centro de la Argentina— hasta
Salta. En la cima del Cerro está prohibido dar testimonio —no se puede, en
realidad, hablar— pero algunas horas después, cuando estén haciendo tiempo
hasta que el autobús las lleve de regreso, contarán que vinieron por motivos de
fe y de salud. Teresita Núñez tiene un hijo de cincuenta años con parálisis
cerebral y en medio siglo no hubo médico capaz de darle respuestas. Josefa
Peleteiro, en cambio, viene porque siempre creyó en este tipo de historias.
—Yo tenía una tía que era curandera
y curaba el empacho —dirá Josefa Peleteiro, apoyada sobre la trompa del micro.
—Pero esto no es curanderismo —corregirá
Teresita Núñez con la boca fruncida.
—Bueno, pero esta mujer tiene un
poder —se impacientará Josefa Peleteiro—. La toca a usted y pierde el
conocimiento, no sé por qué.
—Eso es verdad —coincidirá Teresita
Núñez—. Yo la vi arrimarse nomás y ya empecé a balancearme.
—Pero no te caíste...
—Bueno, Josefa, ¡pero perdí el
equilibrio!
Durante la Oración de Intercesión —en
la que María Livia apoya sus manos sobre los fieles— están los que caen al
suelo y los que no, y es esta oportunidad aleatoria la que transforma a la
oración en una instancia casi espectacular. La imposición, lejos de cualquier
prejuicio, es discreta: durante horas, María Livia toca y tira gente con la
levedad con que alguien sopla, una por una, las velas de una torta. Detrás de
cada peregrino un servidor aguarda abierto de brazos. Algunos se desploman,
otros se tambalean, otros nada. A los que caen, los servidores los atajan y los
apoyan suavemente sobre el suelo: la idea es que la gente se despierte y se
levante sola.
Pero hay uno que no se levanta. Es
alto, moreno y hace quince minutos que está en el piso. Pronto empezarán los
murmullos.
—Ése se quedó ahí —susurra Josefa
Peleteiro.
—Dios no te oiga —dice Teresita
Núñez— ¿querés un caramelo?
—El coordinador ya dijo que no se
podía comer.
—Pero éstos están bendecidos.
A las cuatro de la tarde, empujadas
por el hambre, algunas personas empiezan a comer a escondidas y otras
directamente descienden del cerro. En la base hay una playa de estacionamiento
donde se amontonan una infinidad de coches y unos cincuenta ómnibus de larga
distancia. A un costado de la playa, sentado sobre el pasto, hay un hombre
comiendo desesperadamente un sándwich. Es joven, es rubio, tiene el aire biempensante
de un estudiante de cine, y se niega a dar su nombre: pide llamarse Pedro.
—La verdad —mastica Pedro— yo con
este viaje me re ensarté.
Pedro es de Ciudad de Buenos Aires.
Algunos días atrás, su hermana le dijo que tenía una ganga: aprovechando un fin
de semana largo, podían viajar a Salta cuatro días por ochenta y cinco dólares
cada uno, todo incluido. Pedro se entusiasmó. Pero, una vez arriba del autobús,
vio que los planes del viaje no se ajustaban a sus propios planes.
—Yo soy bastante creyente, pero mi
idea no era venir a rezar —explica y sigue comiendo—. Vine a conocer Salta y
encima no conocí nada. Veinte horas el viaje de ida, veinte el de vuelta y
María Livia me tocó. ¿Y qué más? No me pasó nada. Me emocioné, pero no sentí
que me bajara un rayo. Todo esto es muy cansador, no paro de rezar desde que
llegué. Yo respeto mucho todo esto, pero estoy esperando que esta pesadilla
termine.
Pedro no quiere dar su nombre porque
dice que el error es suyo, y que los creyentes merecen su respeto. Mientras lo
dice, señala con la vista a un hombre corpulento y moreno que a cincuenta
metros de distancia se acomoda trabajosamente sobre una silla plegable. Rubén
González tiene cuarenta años, viene de Tucumán, una provincia limítrofe con
Salta, y hace un rato tuvo en vilo a todo el Santuario: González es el hombre
que parecía muerto.
—Sentí la mano de la señora y me
desmayé —explica ahora—. Después me desperté pero no podía levantarme.
—¿Por qué?
—Porque hace dos meses yo estaba
cuadripléjico y todavía me cuesta levantarme del piso.
La primera vez que González vino al
Cerro fue un mes atrás. Lo trajo Ana Vidal, su kinesióloga, una mujer de ojos ruidosamente
verdes que ahora come mandarinas y lo mira con orgullo. Ana Vidal trabaja en
una clínica de rehabilitación en Tucumán y dice que siempre fue una persona
escéptica. El cambio sucedió un mes atrás, cuando una colega le habló de los
poderes de María Livia, una vidente más efectiva que la ciencia. Vidal viajó al
Cerro con tres pacientes afectados por distintos tipos de parálisis —entre
ellos, González— y vio que la peregrinación no hizo milagros, pero sí tuvo
efectos: sus pacientes recuperaron las ganas de vivir y rehabilitarse, y por
ese motivo Vidal volvió a viajar tres veces más.
Ahora la rodean cuatro pacientes en
sillas de ruedas. Dos de ellos sólo pueden pestañear.
—Rubén ahora camina y yo estoy
convencida de que ésa es la fuerza de la Virgen. Yo soy atea total, pero acá en el Cerro
pasan cosas raras. Cuando llegué a la cima se despejó el cielo y empezaron a
bajar del sol unos medallones dorados y yo decía «esto lo manda la Virgen », y eso que yo soy
re racionalista, ¿entendés? Y cuando me da la bendición la señora, es tan...
relajante. Yo caigo. A mí me encanta hacer gimnasia y relajar y estirar los
músculos. Y esto es como un relax espiritual.
—¿Por qué pensás que María
Livia genera todo esto?
—Porque es una de las pocas personas
videntes del mundo —dice la kinesióloga—. Ve cosas que nosotros no vemos, es
una privilegiada. A ella la
Virgen le preguntó: «¿Vos querés transmitir mis mensajes?». Y
ella quiso. Pero la Virgen
es la que decide todo.
Ana Vidal mira al cielo y hace una
mueca de satisfacción, como si supiera que acaba de complacer a alguien, o a
algo, allá arriba. Luego sonríe: tiene los dientes muy blancos, un paredón de
calcio que refleja el sol con magistral optimismo.
—Ustedes, por ejemplo, están
haciendo esta nota porque la
Virgen quiere —agrega—. Acuérdense de eso.
*
* *
En todo el mundo, y a lo largo de la
era cristiana, la Virgen
apareció alrededor de treinta veces (o, al menos, ésas son las apariciones
marianas aceptadas por la
Iglesia Católica ). ¿Por qué la gente entonces cree en María
Livia Galeano de Obeid? ¿Por qué creen que la Virgen bajó a su casa de dos plantas y la eligió
entre los seis mil millones de personas que habitan el planeta? Para el teólogo
y ex sacerdote argentino Rubén Dri, los símbolos religiosos —no importa su
índole— encuentran especial aceptación en los países subdesarrollados. El gran descreimiento en la política, en la posibilidad de
transformar la realidad con proyectos, es lo que lleva a potenciar los
fenómenos de fe
—La idea es: si no puedo solucionarlo
yo, tengo que confiar en alguien que me lo solucione o que me ayude —explica
Rubén Dri—. Algunos dicen que estas devociones son anestesiantes, pero no es
así. Los fieles las usan para juntar fuerzas, y salir al mundo cuando tengan
más confianza en sí mismos.
Pablo Wright, profesor de Antropología
Simbólica de la
Universidad de Buenos Aires, agrega otro factor que no tiene
que ver con el hambre nacional. Wright cree que María Livia tiene éxito porque
hoy la gente necesita relacionarse con símbolos que no estén alejados de ellos.
María Livia, sin ir más lejos, expresa su credo en internet y en la cima del
Cerro reproduce rituales bastante similares a los de la iglesia evangélica.
—La gente está muy expectante de tener
alguna experiencia de lo sagrado y María Livia propone algo directo y sin
dogmas —dice Wright—. No hace falta que reces cuarenta padrenuestros para que
te baje un rayo de luz. Si estás en crisis, sólo tenés que subir al Cerro, y
ahí ya te pasan cosas.
Un tercer factor que acaso ayude al
éxito de María Livia es el lugar que la vio nacer: Salta es, probablemente, la provincia más religiosa que
tiene la Argentina. En
la capital, buena parte de las esquinas tiene alguna alusión a la Virgen (afiches,
estampitas, figuras), las iglesias son consideradas nacionalmente como «las
mejor iluminadas del país», y frente a la plaza principal se levanta una
Catedral radiante en la que alguna vez descansó el Papa Juan Pablo II.
El origen de tremenda religiosidad
está en el nacimiento mismo de Salta. Casi un siglo después de la colonización
española, un hombre llamado Hernando de Lerma fue enviado por el Virreinato
para fundar la ciudad. Era el año 1582 y el caserío era, en ese momento, una
cáscara al borde del desastre. En la zona había hambre, pestes, diluvios,
sequías, y, sobre todo, una tierra que cada tanto se sacudía en espasmos
sísmicos. Los pobladores —aborígenes calchaquíes— vivían con miedo y ese miedo
los ponía violentos. La única forma de conjurar el espanto y de organizar a los
nativos bajo un nuevo orden cultural, era la evangelización. Al no haber
sacerdotes que supieran hablar la lengua local —y menos aún aborígenes que
supieran leer el castellano antiguo—, los mejores instrumentos evangelizadores
fueron los milagros y el culto a las imágenes: dos herramientas que se fueron
renovando y reforzando a lo largo de los siglos, cada vez que un nuevo sismo
desmembraba la ciudad.
A esta altura no hacen falta
terremotos para renovar la fe: los rituales religiosos son una empresa autónoma
y fuerte, a tal punto que la última procesión de la Virgen del Milagro congregó
en la ciudad a cuatrocientas mil personas: casi la población entera de la
capital salteña, que tiene unos sesenta mil habitantes más.
Esta devoción mística captó el ojo
del periodista y escritor Juan Terranova, autor de La
Virgen del Cerro,
un libro que narra el fenómeno de María Livia (y de la religiosidad que reina
en Salta) en un tono asceta y casi antropológico. Para hacer su libro,
Terranova se convirtió en peregrino y viajó en ómnibus, desde Buenos Aires,
junto a un contingente de creyentes.
—No fue un viaje para hacer turismo,
porque no hubo placer —explica ahora, en su casa de Buenos Aires—. Lo que viví
fue una experiencia de introspección muy fuerte. En la peregrinación ves mucha
gente que no cree en nada, o que está bautizada pero nunca practicó, y que de
repente ve la luz. Eso es fuerte, pero no explosivamente fuerte; los relatos de
la gente son como un murmullo que se va agrandando.
En su camino al santuario, Terranova vivió escenas que lo
conmovieron. Observó a un hombre sin piernas arreglando su silla de ruedas como
si fuera un auto, y se preguntó de dónde —si no era de la fe— el tipo sacaba
fuerzas para querer componer algo. Escuchó historias de cánceres, cegueras y
parálisis que a veces se curaban en la cima del Cerro. Y vio cómo otras
tragedias no se curaban ni un poco, pero al menos eran cubiertas por el manto
tranquilizador de la mano de María Livia: una mujer que, a diferencia de
cualquier otro personaje mesiánico, se deja ver y tocar por sus fieles.
—En el cerro la gente se siente
reconfortada a la vez que escuchada —dice Terranova—. La organización perfecta
también le da credibilidad, y eso no es poco. Así como tampoco es poco que
María Livia hable con los peregrinos y se ofrezca a responder sus
preguntas.
*
* *
Hoy es domingo, once de la mañana, y
María Livia está por tener el único contacto mensual con sus fieles (y con el
mundo en general). La cita es en la sala de conferencias del gremio de los
Trabajadores de la Sanidad
de Salta, un galpón gigante donde puede verse, en el centro, un pequeño
escenario y dos gigantografías con la imagen de la Virgen. A un costado del
escenario hay una puerta blanca que se abre. Ahí, mientras suena una música
litúrgica —una especie de banda de sonido de película ecuménica— aparece
diminuta, prolija, con abrigo negro y rodete, María Livia.
Lo primero son los rezos, y luego
viene la historia. Durante casi una hora, María Livia desgrana, en un tono
monocorde y templado, el mismo diálogo de siempre, de cuando se le apareció por
primera vez la Virgen.
Cuando termina el relato, por única vez, los peregrinos
tienen la posibilidad de interpelarla.
—¿Está preocupada la Santa Virgen por
todos nosotros los argentinos? —pregunta una mujer.
—En la medida que nosotros tengamos
fe, esa purificación va a suceder —contesta María Livia.
—¿Es cierto que los ojos de la
imagen de la Virgen
se formaron solos? —pregunta otra peregrina.
—La Virgen ha sido construida en
cemento y una vez que estuvo lista quedó toda blanca, con sus ojos por supuesto
—contesta María Livia—, y lo que tenía la Virgen era una sombra azul en sus pupilas.
—Mi pregunta es sobre la gente que
es gay —pregunta una tercera mujer—.
Tengo trato con uno de ellos y no sé cómo llegar con la Virgen hacia él.
—La mejor manera de llegar a los más
débiles es con la oración —responde María Livia y, por primera vez, el lugar se
enciende de aplausos.
—Estee... Yo me quedé pensando en
nuestro país —dice otra—. ¿Qué dice exactamente la Virgen ?
María Livia responde a todas las
preguntas con palabras como «fe», «Virgen», «demonio» y «amor». Su voz es
arrulladora y suave, y quizá eso sea reflejo de una paz interior, pero también
de algún cansancio. Una hora más tarde ella misma, amablemente, dará la charla
por terminada. La puerta blanca se abrirá, brillarán los flashes de las cámaras de fotos, y María Livia Galeano de Obeid
volverá en Citröen a su casa, donde rezará unas horas, responderá los correos
electrónicos de su página web y comerá lo mismo que —según dice— viene cenando
y almorzando a lo largo de estos últimos quince años: dos platos de sopa y un
pedazo de pan fresco por comida. Un régimen asceta que, curiosamente, en estos
últimos años la hizo engordar veinticinco kilos.
viernes, 29 de mayo de 2015
Tiempo*
Cada tanto aparecen fotos
viejas de mi hijo. Es fácil que suceda; el universo digital permite eso. Antes
las fotos viejas estaban en cajas, en roperos, en madrigueras frescas y oscuras
a las que se acudía cuando se estaba seguro de querer ver algo. Pero ahora es
distinto. Alcanza con hacer un click en la carpeta de al lado, y ahí aparece mi
hijo -eficaz metáfora del tiempo- con sus armas a cuestas.
Las fotos de un hijo, en la era digital,
son como esa clase de visitas que tocan el timbre sin aviso, sin acuerdo, sin
que nadie esté del todo listo para eso. En mi caso, la secuencia suele ser
sencilla: a veces estoy buscando una foto de prensa, una película, un archivo
cualquiera, y quedo a tres milímetros de una carpeta que dice, por ejemplo,
“Joaco Brasil 2009”. Entro, por supuesto. Siempre entro. Siempre abro la puerta
a la visita y la recibo, por las dudas,
con pañuelos de llorar. Ahí está Joaquín en sus etapas anteriores. Está su boca
de perlas antes de cambiar los dientes. Están sus rodillas como nueces asomando
por el short, el día que empezó el jardín de infantes. Están sus pómulos
tiernos, sus ojos de cabrito, su modo de abrazarme como si yo fuera el tronco
que flota en esta rara inundación que es la sucesión de los días. En las fotos
viejas, la mirada de mi hijo está virgen de cualquier desengaño. Es distinta de
la actual. Ahora tiene nueve años, pero pasó suficiente como para que su rostro
cambie: viajó, miró, entendió que a veces la gente dice una cosa para decir
otra, empezó a intuir los pliegues en los que circula la verdad, o lo que sea
que eso signifique. Se desilusionó algunas veces. Fue feliz otras. Él también
fue construyendo su propio doblés. Y
todo eso fue marcando la topografía de su cara, que ahora tiene dientes fuertes
y una mirada de doble vía, que negocia con el mundo.
Miro las fotos viejas de mi hijo y es
inevitable preguntarse cuándo y cómo sucedieron los cambios. Qué pasó con el
tiempo. Pienso en eso ahora que es diciembre, que está por cambiar el año, y
que acabo de terminar de ver Boyhood,
la última película de Richard Linklater, el director —entre otros films— de la
trilogía iniciada con Antes del Amanecer.
La gracia de Boyhood es la forma en
que está hecha: el director filmó a un mismo actor, Ellar Coltrane, desde sus
seis años y hasta los dieciocho, e incluyó su evolución física dentro de una
trama de ficción. A lo largo de la historia —y, por lo tanto, de la infancia y
la adolescencia del muchacho— se van dando algunas de las posibilidades que
depara la vida: separaciones entre adultos, segundas parejas que fallan,
crisis, decepciones, el nacimiento del primero de varios amores de juventud, el
surgimiento de una vocación, los primeros trabajos basura. Hasta que al final
de la película, uno siente a esa criatura como un hijo propio y llega sin
escudos intelectuales a una de las escenas más duras del film. En ella —no
importa contarla, pues no incide en la evolución de la historia— se ve a la
extraordinaria Patricia Arquette, madre del chico, de cara a la partida de su
hijo a la Universidad. Está sentada en una silla y llora sin melancolía: con
una bronca estructural, con un profundo desencanto. "Me doy cuenta de que
mi vida se fue, así de simple —dice, y chasquea los dedos como si hiciera
desaparecer algo por arte de magia—. Casarme. Tener hijos. Divorciarme. Esa vez
que pensamos que sufrías de dislexia. Cuando te enseñé a andar en bicicleta.
Divorciarme otra vez. Conseguir mi
título de máster. Finalmente conseguir el trabajo que quería. Mandar a Samantha
a la Universidad. Mandarte a la Universidad. ¿Sabés qué sigue, eh?? ¡Mi maldito
funeral!” grita. Y vuelve a llorar.
Hace tiempo que no veía, en una película,
un tramo tan desgarrador y a la vez tan simple. Decido, entonces, tomar nota de
cada palabra para ponerla en este artículo, por lo que retrocedo la historia
algunas veces y Joaquín —que hasta el momento era indiferente— se detiene a
mirar. Le muestro cómo fue cambiando el actor a lo largo de los años. Vuelvo a
detenerme en la escena de la madre y el hijo.
—¿Por qué llora? —me pregunta Joaquín.
Le respondo que llora porque siente que el
tiempo pasa rápido.
—Entonces, si tuvieras un superpoder, ¿a
vos te gustaría detener el tiempo? —pregunta.
Lo pienso unos segundos —juro que lo pienso—,
y respondo, finalmente, “no”. Pero luego olvido la respuesta.
* Publicado en Revista Ya del diario El Mercurio. Diciembre de 2014.
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