martes, 30 de septiembre de 2014

LA MARAVILLOSA VIDA BREVE DE MARCOS ABRAHAM *

Foto: Marcos Adandía.



Conocí a Marcos Abraham Villavicencio en el 2006. En ese entonces, él había aparecido en los diarios de Argentina, mi país, por haber vivido una epopeya. Con apenas diecisiete años, el muchacho —dominicano— se había metido de polizón en un barco en el que había resistido dos semanas sin comer ni beber agua. Él quería llegar a los Estados Unidos, ubicado a pocos días de viaje desde su ciudad; pero el cálculo le había salido mal y había terminado en un puerto de Ensenada, una localidad chica y deslucida de la provincia de Buenos Aires.

El día de su llegada, Abraham fue internado por desnutrición en un hospital local. Ahí lo vi por primera vez. Estaba escuálido y una cánula con suero le colgaba del brazo derecho. A su alrededor, además, no paraba de entrar y salir gente. Abraham era polizón, pero a esa altura del partido, principalmente, era noticia.

—Yo quería ir a Nueva York –explicó aquel primer día. Abraham tenía el cráneo romo y un par de ojeras inmensas, pero sobre todo tenía una historia. Una vida dura y maravillosa que yo iría conociendo a lo largo de los meses, durante un reportaje para la revista Rolling Stone que nos ubicó a los dos en esa relación ambigua que se da entre periodistas y entrevistados cuando ocurre un trato prolongado. No éramos amigos, pero cada vez nos conocíamos mejor.

Así fue pasando el tiempo —nos veíamos, hablábamos— hasta que en cierto momento el gobierno se expidió sobre su caso, le negaron el asilo en Argentina y Abraham debió volver a su país. El día de su partida fui a despedirlo al aeropuerto. Su rostro perdido, flotante —estaba tomando pastillas— es lo único que recuerdo de aquel último encuentro. Después lo llamé a la isla un puñado de veces, luego sobrevino el silencio, y los años corrieron hasta que unos días atrás, curiosa o aburrida, busqué su nombre en Internet y leí, en una noticia breve en un periódico pequeño de San Pedro de Macorís, su ciudad, que Marcos Abraham Villavicencio había sido asesinado a la salida de un bar.

Sentí estupor y tristeza, pero sobre todo sentí una urgencia inexplicable. El muchacho había sido para mí el rostro de un éxodo que en el Caribe llevaba varias décadas y que presentaba al sueño americano en su versión más pura y atroz. ¿Qué había pasado con él? Preguntarme por su muerte era el paso previo a preguntarme por su existencia. Así que hice unos llamados, saqué un pasaje, metí una revista Rolling Stone en la valija, y aquí estoy: es febrero de 2014 y en unos minutos viajo a la isla. Abraham –o su familia- están esperando.

*

República Dominicana es una isla del Caribe. Hacia el oeste comparte tierra con Haití, pero el resto de los puntos cardinales está lleno de agua y promesas. Puerto Rico está a 135 kilómetros, cruzando el Canal de la Mona, el estrecho tormentoso en el que se unen las aguas del Mar Caribe y el Océano Atlántico. Y Estados Unidos está a unos 500 kilómetros: una distancia que, sumada a la pequeñez económica de República Dominicana —y de muchos otros países de la región—, no hace más que multiplicar los sueños de salvación.

Los registros oficiales aseguran que el 10 por ciento de la población dominicana vive fuera del país, y los académicos encargados de analizar estos datos sostienen a su vez que ese modelo migratorio no es el único en la zona. Más adelante, en Santo Domingo, la capital de República Dominicana, el sociólogo Wilfredo Lozano, director del Centro de Investigaciones y Estudios Sociales de la Universidad Iberoamericana, explicará todo este esquema —que es complejo— de una manera muy simple. Y dirá que toda el área del Caribe está signada por la transnacionalización, esto es: por un modo de abolir fronteras que está dado por el tráfico de gente y que, más allá de su legalidad, funciona con eficacia desde hace décadas. Cuba, por caso, tiene casi un 10 por ciento de su población en el exterior. Puerto Rico tiene más personas afuera (unos 5 millones) que adentro (3 millones 700 mil). Haití tiene emigrada tanto a su élite —que va a Francia o a Canadá— como a sus bases, que van a La Florida. Y Jamaica repite el mismo esquema de Haití, ya que las clases acomodadas van a Londres y las bajas, a Miami.

En cuanto a los dominicanos, se integraron fuertemente a este modelo tras la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, quien impuso su ley entre los años 1930 y 1961 y dejó tras de sí un país económica y socialmente diezmado. En la segunda mitad del siglo XX, hartos de la inflación y de los apagones energéticos de hasta veinte horas, varios millones de dominicanos buscaron suerte en otra parte y a cualquier precio. En su intento por irse, fueron y siguen siendo muchos los que mueren en tránsito. Algunos se lanzan en embarcaciones que no suelen resistir la fuerza del Canal de la Mona, y terminan entre tiburones. Otros se cuelan en el tren de aterrizaje de los aviones y mueren congelados o al aterrizar. Otros viajan hasta Honduras y de ahí intentan cruzar la frontera con Estados Unidos, aún a riesgo de ser encontrados y fusilados por los soldados. Y otros, como Abraham, se hacen polizontes, equivocan el curso del barco y quedan expuestos a una muerte por hambre.

Abraham, de hecho, no había viajado solo aquella vez en la que llegó a la Argentina. Lo había hecho junto a Andrés Toviejo, un amigo que no sobrevivió. Abraham contó la historia de ese viaje en el hospital de Ensenada en el que nos vimos por primera vez. Dijo que en la madrugada del 16 de junio de 2006, tanto él como Toviejo habían llegado a nado hasta el buque griego Kastelorizo —un petrolero que había atracado en el puerto de San Pedro de Macorís— convencidos de que el destino de ese barco era los Estados Unidos. Pero el cálculo falló. Al cuarto día sin ver la tierra, Abraham y Toviejo empezaron a preocuparse. Hasta que, sin bebida y sin comida, Toviejo se desesperó y tomó agua del Atlántico. Esa fue su cruz. Horas más tarde, el muchacho empezó a vomitar y a perder líquido y fuerzas, y después no queda claro si resbaló o si se rindió: lo cierto es que Toviejo se fue al agua, donde estaba la hélice. Su cuerpo se hundió en un reverbero de burbujas encendidas de sangre.

Pero Abraham sobrevivió. Y dos semanas después llegó a La Plata, donde se dio la secuencia de la que yo estaba al tanto: primero lo trasladaron al hospital; después llegaron los diarios; pronto su historia conmovió al país; luego apareció la familia, desde República Dominicana, diciendo «Dios te guarde la vida, Abraham»; semanas más tarde una mujer argentina se ofreció a adoptarlo; en algún momento Abraham se animó a hablar del futuro («Quiero quedarme en La Plata», «Me gustan los motores de auto: quiero ser mecánico en La Plata») y finalmente la historia, como tantas otras, dejó de servir a los medios y pasó al olvido.

La segunda vez que vi a Abraham fue en un hospital psiquiátrico.


*


—Esta es su casa, amén. Abraham nos contó cómo lo trataron allá en la Argentina; él la pasó muy bien pero también muy mal… metido en un lugar de locos malos pero también con gente buena como usted, entonces para nosotros usted es de la familia —dice Bienvenido Santos, el padre de Abraham, mientras me abraza con entusiasmo. Hace tres horas que llegué a República Dominicana y hace minutos que llegué a San Pedro de Macorís, la ciudad en la que nació y creció —y de la que escapó y a la que volvió— Marcos Abraham Villavicencio.

San Pedro de Macorís es una urbe ubicada en la costa sudeste de República Dominicana que a principios del siglo XX fue un importante puente económico para la isla y que en los últimos diez años se desplomó cuando la industria azucarera, uno de sus principales recursos, pasó a capitales extranjeros y dejó a media ciudad sin trabajo. En muy poco tiempo el índice de desocupación de San Pedro trepó al 30 por ciento. Un número que, sumado a la cercanía geográfica con Estados Unidos, no hizo más que multiplicar los sueños de salvación. Buena parte de la población de San Pedro fantasea con cruzar el agua y cambiar de vida. Y todos hacen el intento una, dos, o tantas veces como haga falta. En el caso de Abraham, entre los 13 y los 17 años trató de irse en once oportunidades. Pero la experiencia con la última, en Argentina, donde terminó en un hospital psiquiátrico, lo disuadió de seguir insistiendo.

No queda claro por qué razones el muchacho acabó en un loquero. Sí se sabe que el gobierno argentino le había negado el asilo porque no era perseguido por motivos de raza, religión, opinión política, nacionalidad o pertenencia a determinado grupo social. Y que de ahí en más, mientras se resolvía su repatriación, Abraham cayó en un limbo burocrático. Ya no dormía en el hospital sino en un hogar para niños de la calle, y algún día, aburrido de hacer nada, pidió permiso para pasear por La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, y se perdió. Lo que ocurrió después es un misterio. Según la policía, Abraham se desorganizó y tuvo un brote psicótico. Según Abraham, él se desorientó, fue visto por la policía, lo molieron a golpes por ser negro y extranjero, y en el acta se fraguó un brote psicótico para justificar la golpiza. En cualquier caso, Abraham fue derivado al hospital Alejandro Korn, más conocido como «el Melchor Romero»: uno de los psiquiátricos más lesivos que hay en Argentina.

La segunda vez que vi a Abraham, él estaba sentado en un banco desconchado, en un pasillo revestido de azulejos pálidos y cortinas viejas pero sobre todo sucias, en el pabellón de Enfermos Agudos, en el fondo de esa inmensa nave de locos que es el Melchor Romero. Era mediados de agosto. Hacía ya más de un mes que Abraham estaba allí, y aunque los médicos le habían dado el alta él no tenía adónde ir. Abraham estaba serio, o mejor dicho: drogado. Su hablar era lento y pastoso y su voz colgaba como esos jarabes que no terminan nunca de caer.

—Cuando llegó de Argentina estaba goldo fofo, una goldura de pastillas que no era su goldura natural… Él nos contó que estuvo en un lugar horrible. Un lugar donde caía granizo —dice Bienvenido ahora, mientras me hace pasar a la casa. ¿Granizo? Hago memoria y es cierto: en aquellos días de 2006 cayeron piedras en Buenos Aires. Todos padecimos aquel episodio, pero Abraham directamente lo vivió como algo sobrenatural. Los polizontes, dirá Wilfredo Lozano cuando lo vea en Santo Domingo, no suelen evaluar el factor climático de los lugares a los que viajan. Aún cuando esa circunstancia, más que la económica, es la que muchas veces los angustia y los hace sentir lejos de casa.

El hogar en el que creció Abraham es sencillo. Está ubicado en el México, un barrio de clase baja y calles angostas, y fue levantado sobre un terreno que fue comprado —lo sabré después— por un miembro de la familia que logró llegar a los Estados Unidos y que manda un dinero mensual para mantener al clan. Bienvenido construyó todo esto con sus propias manos; es carpintero y albañil. Conoce el oficio desde chico —estudió hasta segundo grado de la escuela primaria, luego empezó a trabajar— y después se ocupó de que sus hijos varones supieran los rudimentos de la construcción para poder ganarse la vida.

Abraham sabía el oficio de su padre. Lo ayudaba desde los once años, y con el poco dinero que ganaba se compró un planisferio y se pagó un curso de inglés. Para ese entonces él ya quería ir a Nueva York y pasaba tardes enteras en el puerto de San Pedro a la espera de un golpe de gracia. La oportunidad llegó a los trece años. En 1999 logró subirse a un petrolero que, contra todo pronóstico, no lo dejó en Estados Unidos ni en Europa, sino en Jamaica, donde pronto fue descubierto y deportado. Su regreso a República Dominicana hizo un gran ruido mediático. Al llegar lo esperaban las cámaras de Primer Impacto, un famoso noticiero sensacionalista en el que se empeñaban en saber cómo era posible que un niño decidiera escaparse en una embarcación, y en el que Abraham apareció diciendo que se había fugado porque su familia era pobre y quería juntar dinero para ayudar a su madre: un relato épico que conmovió al país y que era estrictamente cierto. Tan cierto que, seis meses después, el chico se volvió a escapar.

De eso me habló Abraham las veces en las que nos vimos: de los infinitos viajes que hizo como polizón.

—El segundo viahe fue para Venezuela —contó en el Melchor Romero. Sus jotas, aspiradas, se mezclaban con un hablar grave: pastoso—. Ahí el barco fondeó muy lejos de tierra y me tuve que tirar al nado… y entonces me vio una lancha y me vio una muhé. Una muhé que me quiso adoptar.

—¿Y entonces?

—Y no. Yo le dije que no… porque no me quería quedar porque… Yo quería irme para los Estados Unidos. Y eso era Venezuela. Y no quería estar en Venezuela. Es un país malo.
—¿Malo en qué sentido? ¿Te trataron mal?

—No, no. Venezuela tiene la economía baha.

—Vos querés un país pujante.

—Con una economía buena, sí.

—Y vos siempre pensás que estás yendo a Estados Unidos.

—Claro. Yo siempre voy para América.

Más tarde, luego de ser devuelto de Jamaica, de Trinidad Tobago y de Haití, Abraham llegó, finalmente, a Estados Unidos. El barco había fondeado a quinientos metros de la tierra pero alguien lo vio segundos antes de que Abraham diera el salto hacia el agua. Lo encerraron en un camarote y lo único que supo, horas más tarde, era que había estado a quinientos metros de Miami o Nueva Orleans, aunque qué más da: para cuando se enteró de que finalmente había llegado a América, Abraham ya estaba en Haití.

—Trato de ir muy escondido, pero igual me ven… La segunda vez que llegué a Estados Unidos me denunció un remolcador. Y ahí me llevaron por tierra, esposado de pie y de mano: primero pasé por Nueva Orleán, después por Luisana, después por Miami.

—¿Qué te pareció Estados Unidos desde el auto?

—Liiindo. Graaande. Ese era el lugar en el que quería quedarme, sí… Conozco gente que ha escapado a la Florida y ahora está muy mejor. En Estados Unidos hay trabajo de tooodo: constructor, cocina, vos tienes tu paga y con eso mandas a tu familia, compras todo lo que quieres.

El sueño americano terminó en la embajada de República Dominicana, donde se hicieron los trámites para que Abraham fuera, una vez más, devuelto a su país. En ese entonces tenía dieciséis años. Y un resto físico y mental para seguir insistiendo. Meses más tarde, en el 2005, volvió a meterse junto a dos amigos más en la grúa de un azucarero filipino. Creía que iba a Estados Unidos, pero el barco se dirigía a Holanda. Al cuarto día de viaje, cuando estaban en altamar, un filipino los descubrió y los subió a patadas a la popa. Los ataron de pies y manos, los rompieron a golpes y los tiraron por la borda. Abraham fue el único sobreviviente. Un barco ruso lo vio flotando y lo rescató tres días después. De ahí en más, la familia de Abraham intenta —sin suerte— llevar adelante un juicio contra los dueños del buque.

—Nosotros teníamos un abogado, pero los del barco le pagaron un soborno y se cerró la causa —dice Bienvenido Santos. Está sentado en el living de su casa: un espacio pequeño en el que hay un sillón, un par de sillas, un televisor inmenso y algún cuadro. Y gente. Aquí viven once personas, aunque siempre parece que son más. El primero en acercarse fue Bienvenido, pero ahora llega Dainés Santos Mota, la prima favorita de Abraham: una muchacha bella, joven y de ojos enormes que me acerca un refresco y se acomoda a mi lado.

—Pregunta tú —dice con delicadeza. Se hace un silencio. Todos tomamos aire. Se supone que ahora empieza una entrevista formal.

—¿Qué pasó con Abraham? —pregunto.

Bienvenido mira a Dainés.

—Ella estaba —dice.

Dainés empieza a hablar. Cuenta que era el mes de diciembre de 2012 y que estaban en la casa celebrando el cumpleaños de Ana —otra prima que vive aquí— y que después ella (Dainés) y Abraham salieron en moto, ya borrachos, a seguir bebiendo por el malecón. Eran las dos de la mañana y buscaban locales abiertos donde comprar cerveza. Finalmente encontraron un lugar lleno de gente. Aparcaron la moto, entraron, compraron, y al salir Abraham avanzó primero y pensó que Dainés le seguía los pasos. Pero no era así. La chica tuvo un altercado entre el tumulto. Un muchacho le dio un empujón, Dainés le gritó, y en cuestión de segundos se armó una de esas peleas que siempre comienzan por motivos estúpidos. Cuando llegó a la moto y giró sobre sí mismo, Abraham vio a su prima rodeada por quince varones.

—Con mi prima no, qué pasa con la muchacha –gritó mientras quitaba el seguro a la moto. Puso un caño debajo de su ropa para hacer creer que tenía un revólver.

—Qué te pasa, mamahuevo —respondió alguien.

—Cómo así, te quieres tú comer a la chica, ¿eh? —dijo Abraham y empezó a acercarse, y en un santiamén comenzó la golpiza. Dainés se zafó y trató de pegar, pero era inútil. Eran demasiados. Pronto llegó alguien con un cuchillo e intentó darle a Dainés, pero la chica logró echarse a un lado y el daño le llegó a Abraham, que estaba detrás. Abraham se quedó de pie, inmóvil. La primera puñalada le había quitado un pedazo de oreja. Entonces se acercó otro muchacho.

—Coño, tú no eres un hombre –le dijo a su amigo-, así es que se le da un hombre —concluyó, y apuñaló el corazón de Abraham.

—Ahí Abraham se desplomó —dice ahora Dainés—. Y yo le dije hey, Abraham, y me le tiré encima y él estaba vivo, yo sentía su latido pero lo tenía muy desgarrado eso ahí... Él llegó muerto al hospital; en el camino yo le hablaba y él abría los ojos, pero llegó muerto.

Dainés llora. Bienvenido también. La angustia de ambos es fresca, como si no hubiera pasado el tiempo o como si el tiempo hubiera perdido su compostura. Alguien, entre tanto, vocifera en una habitación contigua, separada del cuarto central por una cortina que oficia de puerta. Se trata de Bernarda Santos, la madre de Bienvenido, la abuela de Abraham. Yo hablaba con ella por teléfono, años atrás. Ahora Bienvenido se seca los ojos y se pone de pie para ver qué quiere su madre. Corre la cortina y se ve un cúmulo de huesos finos postrados en una cama. Bernarda tiene 96 años, una voz grave y una incapacidad para quedarse en silencio. Ya llamó a gritos a Bienvenido, ahora llama a gritos a Teté, hermana de Bienvenido, quien también vive en casa; y en minutos llamará a María, la madre de Dainés, quien vive a cien metros de aquí.

Bernarda crió a Abraham, pero aún nadie se atrevió a decirle que su nieto está muerto. Desde hace un año que todos en la familia le dicen que simplemente no está, o que está muy atareado: un argumento verosímil pues Abraham solía estar ocupado. Para el momento de su muerte, Abraham tenía veinticuatro años, había hecho varios cursos de cocina, tenía tres hijos pequeños —con dos mujeres distintas con las que no había llegado a convivir— y estaba incursionando en la música con un proyecto de reggaeton y dembow con el que había sacado dos discos y había llegado a tocar con El Lápiz Conciente, conocido por ser el padre del rap dominicano.

—Él nunca más pensó en irse —dice Bienvenido—. Él entendió que hay que estudiar, que hay que echarse p’alante, que ninguno de mis hijos tiene que tener la vida dura que yo tuve. Yo me fui en yola cinco veces para Puerto Rico y las cinco me deportaron, y la mamá de Abraham también se fue en yola varias veces, y eran viajes muy duros. La mamá de Abraham, que vive lejos de aquí, quedó mal de la cabeza de tanto viaje. Yo le contaba eso a Abraham para que él no repitiera lo mal hecho. Pero el sueño de él igual era irse. Todos queremos abrirnos la mente y progresar. Entonces cada vez que la viejita —dice Bienvenido señalando a Bernarda, al otro lado de la cortina— cada vez que ella escuchaba que sonaba la bocina de un barco ella decía “ay, se nos va Abraham”.

Teté, hermana de Bienvenido, tía de Abraham, acerca unos plátanos fritos con salami. Mientras como, Bernarda sigue voceando, y Bienvenido y Dainés vuelven a llorar. Afuera, a través de las rejas —todo el barrio tiene rejas— se ve a los niños saliendo de la escuela y se ve un tronco de árbol echado sobre la acera. A veces Abraham se sentaba allí a pensar. Bienvenido siempre lo recuerda así: cavilando, hablando poco, tejiendo la trama de una historia que a todos, en un principio, se les hacía insondable. Abraham nunca dijo que soñaba con irse. Pero se empezó a ausentar de la casa. La primera vez fue a los once años: desapareció el día entero y dieron con él a la medianoche rezando en una iglesia. Para ese entonces Bernarda, que no estaba tan vieja, había encontrado en la casa una mochila con chocolates y un ancla.

—Abraham quiere irse de polizonte —le dijo Bernarda a Bienvenido. No fue una frase estridente: muchos en la familia se habían ido de una u otra forma. De ahí en más, cada vez que Abraham desaparecía lo buscaban en el muelle. En general lo encontraban charlando con empleados del puerto.

—Abraham, tú le estás preguntando mucho a la gente de barco –llegó a decirle Bienvenido. Pero Abraham no respondía: sólo sonreía y con esa sonrisa clausuraba cualquier pregunta nueva. Hasta que, a los trece años, llegó el día en el que Abraham faltó definitivamente de la casa para volver al tiempo convertido, ante los ojos del país entero, en “El Menor”.

—Él se iba con poca cosa —dice Bienvenido—. Se llevaba unos chocolatitos, agua, un ancla y la Biblia. Le voy a mostrar la Biblia.

Bienvenido se pone de pie y trae la Biblia de Abraham. Está marcada. “Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere” dice el Santiago 3.3, que está subrayado.

—Él era un chico muy lector. Venga que aquí están sus cosas —dice Bienvenido y me lleva a su habitación. El cuarto de Bienvenido tiene una gran cama sobre la que el hombre va poniendo libros y películas. Las películas son previsibles: hay de acción, de terror, una de vudú en Haití, alguna porno. Pero los libros, no: hay varios cuadernos de inglés y un ensayo titulado Marx y los historiadores: ante la hacienda y la explotación esclavistas.

—¿Y esto?

—Ah, es que Abraham era un chico muy especial. Hay mucho para charlar y para mostrarle... —Bienvenido sale de su habitación, se asoma a un patio, mira hacia arriba—. Nosotros arriba tenemos un cuarto, puede quedarse acá para tener más tiempo y conversar mejor.

—¿No duerme nadie ahí arriba? —pregunto.

—Sólo duerme Teté cuando viene a visitarnos.

—Pero Teté ahora está aquí. Me sirvió los plátanos.

—Ah no, esta es una Teté. Pero luego tengo otra hermana, otra Teté, la que vive en los Estados Unidos.

Bienvenido cuenta entonces la historia de la otra Teté. La síntesis es que se fue en barcaza cinco veces a Puerto Rico y que en el último viaje, hace ya veintiséis años, el mismo oficial que la había devuelto en su anterior intento se hizo el distraído y la dejó pasar. Hoy Teté tiene la ciudadanía americana y, al igual que cientos de miles de dominicanos que viven afuera, manda todos los meses un dinero con el que la familia entera puede resolver apuros básicos. Unos días después, en su oficina en la Universidad, Wilfredo Lozano dirá que las remesas son, luego del turismo, la segunda fuente de ingresos de República Dominicana. Todos los años por esa vía entran 3.500 millones de dólares al país. Una parte imperceptible de esa cifra sale del bolsillo de Teté.

—Para diferenciarla de nuestra Teté de acá, a la Teté de allá, que es la mayor, le decimos Teté la Grande –explica Bienvenido mientras me abre la puerta del dormitorio—. Usted puede ocupar su lugar.


*


Llego al día siguiente con un bolso. Me recibe Teté con un abrazo y me sienta frente al televisor.

—Mira tú el noticiero, ponte cómoda —dice. Luego me acerca una olla pequeña con arroz, pollo y habichuelas—. Come. Esto lo ha traído María para ti.

Hago memoria: María es hermana de Teté y de Bienvenido, es la madre de Dainés y era una suerte de madre sustituta de Abraham. Como la madre biológica siempre estuvo ausente, era María quien iba a buscarlo al puerto cuando el muchacho era deportado. María no vive en la casa sino en otra construcción a cien metros de aquí. Creo que no hay otra información aparte de esa. Hago esfuerzos por recordar cada dato: acá vive demasiada gente. Doy las gracias a Teté, y como. Miro el noticiero. La noticia principal es que liberaron al bachatero Jimmy Bouer luego de tres años de cárcel por traficar drogas. En la pantalla Jimmy Bouer se arrodilla y ora. En el living se va sentando gente. Llega Ana, hija de Teté, una morena de cuerpo infartante que tiene cinco niños que también rondan. Llega Esmeliana, hija de Dainés, una criatura de tres años y rizos alegres. Llega Ñoño, hijo de María, hermano de Dainés, un muchacho esbelto como todos los varones dominicanos que he conocido. Y llega —o mejor dicho: está— la abuela Bernarda.

Detrás de su cortina, sobre la cama, postrada, Bernarda vocifera sin respiro.

—¡DÓNDE ESTÁ LA TETÉ! ¡ADÓNDE ESTÁ ELLA! ¡QUE VENGA ACÁ, QUE VENGA ACÁ! —grita, mientras da golpes sincopados quién sabe contra qué objeto. Bienvenido aparece y me entrega algo en papel madera. Un dulce.

—¡CUÁNTOS PELOS TIENE UN BUEY! ¡CÓMETELO! ¡TETÉ! –Bernarda sigue en su trance. Teté pasa por su cuarto y le apaga la luz, para ver si se duerme.

—Mamá cállese por dios —dice.

En el living hay una foto de Bernarda. Es una imagen beatífica: dos ojos pacientes y la cabeza ladeada en actitud sumisa.

—¡CUÁNTOS PELOS TIENE UN BUEY, TETÉ!

En algún momento termino de comer el guiso. Teté se sienta a mi lado, extenuada.

—Ahora vamos a ver la novela —dice. Nadie aquí trabaja afuera de la casa. En todo San Pedro, y en buena parte del país, la gente vive del chiripeo (los trabajos eventuales), los empleos precarios en las zonas francas, el turismo y las remesas del extranjero. Así que bueno, todos estamos aquí mirando la novela. Se llama Damas y Obreros. Afuera, en el patio central de la construcción, Bienvenido arregla unas maderas. Luego se pone a lustrar unos zapatos. Lleva una musculosa que permite ver sus hombros redondeados y los bíceps fibrosos. Un rato después, cuando ya vi dos novelas distintas, se escucha su voz en el living.

—Sierva.

Parece que me habla a mí. Doy la vuelta y lo veo a Bienvenido: está guapísimo. Se ha bañado. Lleva pantalones negros de vestir, zapatos lustrados, y una camisa blanca que contrasta con la piel morena. Bienvenido quiere llevarme a conocer el puerto de San Pedro, el lugar al que iba a buscar a su hijo cuando desaparecía. Le digo que sí. Subimos a un mototaxi y partimos. Es lindo el viaje. La ciudad pasa a una velocidad cansina que permite ver detalles. Ahí están los edificios antiguos y venidos a menos; ahí están los negocios oscuros como cuevas en las que los hombres sudan un oficio. Respiro hondo: es agradable el olor del salitre en la cara.

Unos minutos después estamos en el puerto. Hay guardias escoltando la entrada a los muelles, y de modo inesperado alguien nos pide una autorización que no tenemos. Aún no lo sabemos, pero lo cierto es que nunca podremos traspasar esta entrada. Días más tarde Teddy Heinsen, presidente de la Asociación de Navieros de República Dominicana, dirá en Santo Domingo que han tenido que intensificar los controles portuarios luego de que Estados Unidos pusiera en una lista negra a los navíos salidos de la isla.

—A Estados Unidos no le interesa tanto el inmigrante ilegal como el miedo a que llegue gente con drogas o dinero para lavado o terroristas. En la Asociación llevamos invertidos 25 millones de dólares en personal portuario, escáneres, detectores de mentiras y cámaras infrarrojas para identificar polizontes que se cuelan en los barcos. Gracias a eso pudimos salir de la lista negra. Los ilegales ahora se van en yolas, pero ya no tanto en barcos.

Impedidos de entrar, entonces, con Bienvenido bordeamos a pie toda la zona de Aduanas y entramos a un callejón que desemboca en el mar. La vista es bella. Recorremos el malecón y se ve la bruma, la espuma, la costura del horizonte. Días atrás, por mail, el poeta dominicano Frank Báez me dijo algo hermoso: “Una cosa es un pueblo de montaña y otra cosa es esto. Aquí sólo puedes ver el mar. Aquí el horizonte sólo te dice vámonos”.

Pienso en eso mientras miro el puerto. Se ve un buque inmenso, amarrado, tranquilo.

—¿Cree que Abraham fue un muchacho feliz?

—Bueno… —Bienvenido vacila—. Él comenzó a vivir una vida no tan desesperante a lo último... Pero antes él estaba desesperado por conocer otro mundo y no estaba feliz porque a veces uno tiene un sueño en la vida, ¿y cuándo uno es feliz? Cuando realiza ese sueño que uno tanto anheló.

Bienvenido me mira.

—¿Está cansada? ¿Quiere sentarse?

Le digo que sí. Caminamos unos minutos más y finalmente tomamos asiento en el malecón, de frente al Hotel Macorís, donde Abraham hizo sus cursos de cocina. Está cayendo la tarde y pasan motos, algunas familias, un caballo. De fondo se escucha una bachata, y el mar.

—Dios es el sabedor de todas las cosas, nada se mueve si Él no quiere —dice Bienvenido, y respira hondo—. Mire cómo está usted aquí, haciendo un trabajo, preparando una vida y escribiendo, haciendo una historia. Porque uno al final siempre muere, pero queda la historia.

Suspiro. No termino de entender.

—Eso le digo a mi hermana, Teté la Grande, cuando hablamos de Abraham. Le digo que Dios sabe por qué hizo las cosas. Porque mi hermana culpa a Dainés. Ya casi no le habla y le dijo que se fuera de la casa. Porque Dainés y María vivían antes donde tú duermes. Pero Teté ya no las quiere ahí. Teté dice que la discusión en el lugar se dio por culpa de Dainés y que si tú ves a tu primo borracho tienes que llevártelo, no tienes que comprarle más cerveza. Pero yo no la culpo. Yo le digo a Teté mira, perdónala, todos somos hijos de la muerte. Todos vamos a morir.

Con Bienvenido quedamos mirando la calle. La bachata de fondo cubre todo, principalmente las tragedias, con un manto azucarado y tierno. Un rato después retomamos el paso. Bienvenido quiere mostrarme San Pedro a pie. Eso significa caminar más de una hora a tranco rápido, ya que Bienvenido es un hombre muy activo. Cada tanto, además de caminar, saluda a alguien que le encargó algún trabajo, que se fue en yola con él, o que pertenece al mismo culto religioso. Bienvenido es siervo de Cristo desde hace once años. También lo fue de pequeño, pero en el medio se descarrió y fue alcohólico y tuvo tres familias paralelas.

—¡Dios le bendiga ese siervo! ¡Estamos viviendo por fe! —grita Bienvenido en una plaza. Ha pasado una hora de caminata y hemos vuelto a sentarnos. A nuestras espaldas hay niños jugando al béisbol. Un hombre llamado Héctor se acerca y saluda:

—Cómo le va, varón de Dios.

—Amén, estoy aquí con una periodista que está escribiendo sobre mi hijo.

—¡El que estuvo tantos días en el mar! —se entusiasma Héctor.

—Claro, la estoy llevando a los diferentes lugares que él frecuentaba por el muelle para irse a Nueva York.

—Ah, Nueva York.

—Claro, porque todos creemos que ahí está lo mejor, mi hermano —dice Bienvenido—. El dominicano siempre busca la mejor vida; tú te mueres ciego si no conoces Nueva York, ¿o no?

—Pero sí, ¡y hay que conocer Argentina también! Argentina no estaba en estos días… ¿no tiene un nuevo presidente?

Se me paraliza el corazón.

—¿Qué? —pregunto. Empiezo a buscar señal de celular. Luego sabré que no es cierto.

—Argentina es un país grande, productor de carne —dice Héctor—. Usted no se preocupe, en todas partes hay problemas. Nosotros tenemos problema de corrupción, muertes, atracos… Pero eso es propio del mundo; uno sólo está seguro y bien cuando está en Cristo rey.

—¡Aleluya!

Atrás los niños corren y gritan con sus bates de béisbol. Ese deporte es toda una industria en República Dominicana —es el país que más beisbolistas exporta a las Grandes Ligas— y esa industria tiene su capital en San Pedro. La ciudad ha sido cuna de grandes figuras como Sammy Sosa, George Bell, Alfonso Soriano, y también de cientos de muchachos que han logrado la movilidad social —y la manutención de su familia— ganando un lugar en las ligas menores de los Estados Unidos y en otros circuitos internacionales.

El dinero del béisbol es, junto con el resto de las remesas, la segunda fuente de ingresos de República Dominicana: un país que no tiene industria y que importa el 90 por ciento de lo que consume. Unos días después, en Santo Domingo, el naviero Teddy Heinsen resumirá el estado de cosas de esta forma:

—Mira este despacho —dirá Heinsen, y miraré el despacho: veré relojes de arena, cuadros con motivos portuarios, fotos familiares en marcos dorados, una Mac inmensa, muebles de madera oscura: un lujo lustroso en el último piso de un edificio moderno y frente al mar llamado «Heinsen»—. Todo esto que tú ves vino de afuera. Aquí sólo se exporta plátanos de guineo, cacao y basura.

La apertura extrema de las fronteras comerciales y la decadencia de la industria azucarera hizo que en República Dominicana virtualmente no haya industria y que, en su lugar, haya aparecido el trabajo precario vinculado al turismo, a los comercios y a las llamadas «zonas francas» donde los trabajadores son explotados por empresas multinacionales que no tributan al Estado y que no conciben la actividad gremial. Por afuera de estas opciones, además, está el llamado “chiripeo”: trabajos ocasionales con los que se resuelve la comida del día y el tipo de alternativa económica de la que viven Bienvenido y casi todos en San Pedro.

El chiripeo no sólo genera una economía: genera un modo de estar en el mundo. Cuando baja el sol y el calor amaina, todos en San Pedro parecen atentos a la posibilidad de encontrar algo para hacer. Mientras tanto, hacen sociales.

—Vamos a ver a mi amigo Cuba, le dije que tú vendrías —dice Bienvenido. Llevamos casi tres horas andando, y ahora vamos donde Cuba. Nos metemos en una calle angosta y subimos una escalera de metal chirriante que nos lleva a una terraza. Aquí arriba hay sillas de plástico y paredes de colores con inscripciones cristianas plagadas de horrores ortográficos. La vista, eso sí, es preciosa. Se ven los techos de las casas y se ven las palmeras recortándose en el cielo atardecido. Cuba no está, pero aparentemente vendrá pronto.

—¿Juegas dominó? —dice Bienvenido.

Trae un tablero y jugamos. Lo hacemos durante casi una hora, hasta que al fin llega Cuba y cae la noche. En algún momento, cuando Cuba y yo jugamos la última partida, Bienvenido se queda en silencio.

—Nunca lo vi jugar a Abraham.

Ni al béisbol, ni en la calle, ni al dominó. Bienvenido dice que nunca vio jugar a su hijo.

—Él siempre estaba como pensando profundo. Siempre con la mente para adentro.

Un rato después nos vamos. Llegamos a la casa entrada la noche y subo a mi cuarto para darme un baño. En eso estoy cuando alguien toca la puerta.

—Luego sube Natalie para dormir con usted —grita Teté.

Natalie es una de las hijas de Ana y es una de las nietas de Teté. Pienso en eso y escucho los gritos de Bernarda, y empiezo a notar que esta será una noche larga. Bajo para la cena. Teté me espera con una silla frente al televisor.

—Aquí no tenemos mesa, así que comemos solos —dice Teté y me extiende un plato de arroz con frijoles—. Siéntate a ver la novela.

La novela de la noche se llama Novio de Alquiler.

—¡TETÉ TETÉ TETÉ, MARÍA MARÍA MARÍA, DÓNDE ESTÁ MARÍA!

—¡María está en su casa, mamá, deja la bulla!

Así veo la novela. Teté me mira.

—Usted sabe que Natalie sólo duerme con Bernarda —dice.

—¿Cómo?

—Que ella sólo puede dormir si está en la cama con su abuela.

—¿Y por qué va a dormir conmigo?

—Para acompañarla a usted.

—Ah, pero no necesito compañía.

—¿Usted no tiene miedo de dormir sola?

Le digo que no. Le pregunto cómo hace la niña para dormir con esos gritos.

—Creció durmiendo con Bernarda —Teté se encoge de hombros—. Natalie es la única que no siente sus gritos.

Va llegando gente al living. En la sala ahora están Ana, la hija de Teté; Ñoño, hijo de María y hermano de Dainés; Humberto, hijo ya no sé de quién, y en fin: todo empieza a parecerse a esos pasajes del Génesis donde los nombres de los padres y los hijos se suceden hasta que el lector pierde el conocimiento. Me estoy mareando. Solo veo que las mujeres son hembrones con el culo izado como una bandera; y que los varones tienen unos cuerpos titánicos. Muchos de ellos se pasean recién bañados y con la toalla envuelta a la cintura. En vez de enviarme a Natalie podrían subir a Humberto o a Ñoño, pienso. Pero me callo. Al rato me voy a dormir.


*


Me despiertan los gallos y los gritos de Bernarda. Esa mujer es una radio. Le dan sedantes para callarla porque aparentemente su problema es el insomnio, pero apenas se pasa el efecto Bernarda vuelve a encenderse. Ahora canta. Su voz es gutural y afinada. Hasta que deja de cantar y grita. Llama a gritos a María. Llama a gritos a Teté. Respiro hondo, junto fuerzas y bajo a tomar un café. Miro a Teté y está exhausta. Duerme en el cuarto contiguo al de Bernarda y desde hace años que no concilia el sueño de un modo decente. Le ofrezco ir a buscar a María para que la reemplace. Salgo. Camino por un callejón angosto que da algunas curvas hasta dejarme en la casa de María, que es también la de Dainés y la de Esmeliana, su niña.

La casa en un lugar muy limpio y prolijo, con cortinas de tul rosado y un retrato enmarcado con las fotos de dos de los tres hijos de Abraham. Sin embargo no es eso lo que llama la atención (la casa de Bienvenido también es limpia y prolija) sino el silencio. Aquí hay silencio.

—Abraham huyó de eso —dice Dainés—. A él no le gustaba toda esa bulla. Cuando se fue no dijo ni la dirección donde vivía. Recién al tiempo me llevó a mí a conocer y la llevó a mi mamá, que era como una madre para él.

La madre biológica de Abraham se llama Mireya y está en Bayaguana, una localidad ubicada en el norte de la isla. Abraham nunca vivió con ella. Apenas nació, Mireya se fue en yola a Puerto Rico y dejó a Abraham al cuidado de su abuela Bernarda. En Puerto Rico, Mireya conoció a un dominicano llamado Marco Villavicencio que ya tenía la ciudadanía portorriqueña. Se casó con él y lo convenció —con el apoyo de Bienvenido— de reconocer a Abraham y darle el apellido. Luego regresó, pero se fue a vivir a otra parte del país.

—A Abraham le iba a servir más tener el apellido de un hombre de allá, así algún día le iba a ser más fácil irse. Uno tiene que ser generoso, tiene que pensar en el hijo —dijo ayer Bienvenido, sentado en el malecón. Por esa razón Abraham no lleva el apellido Santos sino el Villavicencio. Por lo demás, Abraham nunca vivió con su madre y el rol materno siempre estuvo repartido entre Bernarda y María.

María ahora está mirando fotos de Abraham. Las trajo para mostrármelas. Las más antiguas lo muestran pequeño, flaquito, niño; parecido al chico que languidecía en el hospital de Ensenada. Las últimas, en cambio, lo muestran desafiante y robusto, dueño de todos los tics estéticos de un músico de reggaetón. Una de las fotos está en un afiche pegado en la habitación contigua. Se lo ve a Abraham con lentes oscuros y acompañado de la inscripción «La menor quiere cuarto», un juego de palabras entre una menor de edad y el apodo que Abraham, El Menor, lleva desde su infancia.

—Todos en San Pedro conocen a Abraham como «el Menor» —dice Bienvenido tras de mí, mientras mira el afiche. Acaba de entrar a la casa de María. Vino a buscarme para volver al puerto y ver si nos dejan entrar. Esta vez, dice Bienvenido, el salvoconducto es su abogado, un tal Fernando que a la vez es Director de Aduanas. Fernando es el encargado de llevar la causa contra el barco filipino que arrojó a Abraham al mar. Bienvenido cuenta la historia mientras vamos caminando hacia el puerto. Según dice, eran cuatro los polizones que estaban en el barco. A los tres primeros, los filipinos les pegaron con fierros y luego los tiraron desvanecidos al agua. Pero con Abraham pasó algo distinto.

—¿Este no es Abraham, el que nos hace los mandados allá en San Pedro? —dijo uno.

—Sí, hombre, no le pegues. Solo amárralo y tíralo al mar.

Así fue que Abraham fue arrojado en pleno océano y debió afanarse por sobrevivir. Años atrás, en el loquero, Abraham lo contó de esta forma:

—Creo que sobreviví porque todavía creo en Dios —dijo—. Muy difícil… muy difícil. Todo era mar, mar…

—¿Y cómo hiciste?

—Flotaba. Las amarras se aflojaron con el agua y yo me las quité, y luego flotaba. Y rezaba.

Hasta que por la mañana salió el sol y un barco ruso lo vio flotando. Así se salvó.

—Como los barcos con polizontes deben pagar multas altas, muchas veces la tripulación mata a los muchachos que encuentran —dice ahora Bienvenido—. Eso no pasa siempre. Muchos barcos los entregan a la justicia, pero los filipinos tienen mala fama. Esa vez murieron todos menos mi hijo. Dios tenía grandes planes con Abraham.

Bienvenido avanza con paso resuelto. Arriba hay un sol furioso del que hay que cuidarse. Bienvenido se cubre con una Biblia.

—¿Si Dios tenía grandes planes, entonces por qué Abraham está muerto?

—Fíjate lo que pasa —dice Bienvenido—. El mismo Jesús murió a los 33 años de edad. Es decir, siendo el mismo Dios, murió. Porque Dios tiene un plan en la vida de uno, y el plan es que uno debe dejar una historia, una marca de lo que pasó por su vida. Marcos Abraham hizo historia, cumplió su función. Y ahí terminó su vida.

Bienvenido se detiene antes de llegar al puerto. Hace comentarios vacuos sobre los edificios de Aduanas —sobre la arquitectura— pero noto que está llorando.

—¿Qué función cree que cumplió Abraham?

—Amen... Dejarnos una historia y dejarnos lo que él hizo en su poco tiempo… nos dio a nosotros como una forma de superación, tú me entiendes. Que uno no debe quedarse «con estoy aquí», y ya. Todavía uno está vivo, uno tiene que hacer lo que ustedes están haciendo: descubrir las cosas, luchar por esas cosas.

Bienvenido se seca la cara. En el pañuelo hay sudor y lágrimas. Luego llega al puerto y pide entrar, pero una vez más nos niegan el paso —el abogado Fernando aún no llegó a su trabajo— y debemos irnos. Bienvenido decide entonces dar una nueva vuelta por el pueblo. Caminamos, esta vez con lentitud, y puedo mirar mejor el paisaje.

San Pedro de Macorís, se ve, alguna vez fue un lugar hermoso. Por mail, antes de viajar, Frank Báez me mandó «Ahora que vuelvo, Ton», un cuento del dominicano René del Risco Bermúdez en el que se habla de ese encanto y también de su decadencia, y en el que pienso ahora, mientras miro la ciudad. «Para esos tiempos el barrio no estaba tan triste Ton, no caía esa luz desteñida y polvorienta sobre las casas ni este deprimente olor a toallas viejas se le pegaba a uno en la piel como un tierno y resignado vaho de miseria» dice el cuento y pienso en eso mientras miro las construcciones, los edificios antiguos que se yerguen como cáscaras donde se intuye una remota belleza.

A mi lado, Bienvenido saluda personas y señala lugares: la maternidad donde nació Abraham, el restaurante donde comieron con Abraham, un cementerio.

—¿Aquí está enterrado Abraham? —pregunto.

—No, este es el cementerio de los ricos. Marcos está en Santa Fe, más lejos de aquí. Lo velamos en mi casa y luego los muchachos, los otros hijos míos, decidieron llevarlo con su música.

Santa Fe no queda lejos. Son veinte minutos en moto y le pido a Bienvenido que vayamos hasta allá. Accede. Subimos a la moto de un muchacho llamado Robin y salimos de la ciudad en poco tiempo. Antes del mediodía estamos en el cementerio. Es un predio grande y descampado; una suerte de pueblo chico con cielo inmenso. Entramos en moto y andamos entre las tumbas hasta llegar a una zona de lápidas precarias y pastizales crecidos. Ahí bajamos. Bienvenido camina entre pequeñas cruces blancas y algunas florecillas silvestres. Voy detrás. En un montículo de cemento gris, sin nombre, sin flores, está enterrado Marcos Abraham Villavicencio. Apoyo una mano en el cemento. Hay un sol tremendo pero el cemento está frío. No practico culto alguno pero, por algún motivo, pido a Bienvenido que haga una oración. Él se arrodilla, baja la cabeza, cierra los ojos.

—Altísimo Dios y Padre celestial en esta hora te damos toda la honra y toda gloria, Señor, porque nos has permitido estar en este lugar, Dios del cielo, con una amiga de Marcos Abraham que está por aquí, señor, pidiéndote Padre amado que toda su trayectoria sea de bien y que su familia se encuentre bien también, Padre amado, pidiéndote Padre que cada día nos des fortaleza y entendimiento de tu palabra y dándote toda honra, toda gloria, porque tú te mereces toda la alabanza porque tú eres el Dios verdadero, Padre amado. Gracias porque nos has permitido Señor poder llegar hasta aquí, así que te pido por ella también y por su familia y por su capacidad para contar la historia de Abraham; en el nombre de Jesús, Amén.

—Amen —digo y me persigno como si diera las gracias, y cuando me pongo de pie siento un puntazo hondo en un dedo. Grito. Algo grande me picó, pero levanto el pie y no veo nada.

—¿Fue una hormiga? —pregunto, mirándome el dedo.

—Fue una hormiga —opina Robin, que está con nosotros.

—Es Abraham —dice Bienvenido, y sonríe.

Entonces pienso en Abraham como una hormiga —una hormiga rabiosa— y entiendo que esa es una buena metáfora. Y sonrío también.











* La versión original fue publicada por la revista brasileña Piauí. Y una versión reducida se publicó después en la mexicana Letras Libres.