jueves, 5 de enero de 2012

Moras



Voy por un sendero lleno de plantas. Es un mediodía fresco y soleado de noviembre. Me invitaron a pasar una jornada en este campo en Buenos Aires, a más de cien kilómetros de la Capital, por motivos laborales. Tengo que escribir sobre estancias de lujo para una revista extranjera. Esta es una de esas estancias. Tiene caballos, casuarinas, estatuas, fuentes y senderos bisbiseantes, húmedos, oscurecidos por un cielo de ramas sinuosas.

El edificio no es gran cosa (acá se llama lujo a cualquier espacio decorado con terciopelos) pero tiene la maravilla de sus árboles y sus caminos. Avanzo, miro mis pies. Pienso: “El lugar está bien, pero no voy a aguantar mucho tiempo más con esta gente”. En el campo sólo están el dueño con tres amigos y entre todos suman –hago el cálculo- 285 años. Viven en el mismo edificio en Recoleta y se la pasan hablando de temas de consorcio.

“No voy a aguantar”, vuelvo a pensar mientras miro mis pies. Y recién entonces, como una respuesta piadosa ante mi hartazgo, aparecen las manchas: alrededor de mis pies hay muchas manchas del color del vino. Me distraigo; dejo de sufrir por mis compañeros de estancia. Abro la vista y sobre el pasto hay moras. Cientos -¿miles?- de moras apisonadas entre las hojas. Miro hacia arriba. Los frutos cuelgan como adornos de un árbol de Navidad voluptuoso. Estiro un brazo, tomo uno. Lo como. Qué placer. Una gota roja, espesa, se queda detenida en mi dedo. La miro. La chupo. Luego tomo otro fruto, y otro, y otro más.

Mi primer empacho –dice mi madre- fue bajo un árbol de moras. Yo era chica. Alguien me dejó sola y me dediqué a comer frutos que todavía estaban verdes. Hay algo en el gesto –estirar el brazo, recoger el ganglio de la tierra, engullirlo- que me devuelve a la infancia y me saca de este vergel al que no pertenezco.

Este día me dedicaré a comer: eso me digo. Este día me dedicaré a comer moras.

Ahora no las tomo de a una, sino de a puñados. Son frágiles. Las destrozo sin fuerzas contra el paladar. Soy poderosa. Mis manos están violetas y me gustan así. No sé cómo estará mi cara. ¡Mi cara! Alguien puede verme. Miro alrededor. Aquí sólo se ven plantas y palomas, pero igual decido irme. En unos minutos debo almorzar con mis amigos. Tengo que parecer normal. Entro al cuarto, me miro en el espejo. Luzco como un animal de caza. Manchas terribles alrededor de mi boca. Me lavo el rostro, las manos; el agua se va morada por las cañerías. Vuelvo a mirarme, sonrío. Ensayo: “¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando?”. Luego bajo.

La mesa del almuerzo está tendida en el parque. Hay un mantel blanco, cinco copas y cuatro ancianos bien conservados hablando –ahora- de los viajes que hicieron con el sistema de millas de la tarjeta de crédito.

—¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando? –digo y me siento. Pero antes de cualquier respuesta sopla un viento suave y una mora revienta contra mi plato limpio. Arriba hay uno de esos árboles.

—Qué divertido, moras –dice una de mis amigas. Todos la llaman Queeny. Es bastante simpática. No puedo evitar imaginar el resto: un viento que se desata y cientos de frutos que rompen violentamente sobre nosotros. Algo parecido a Los Pájaros de Hitchcock pero en colores. En colores fuertes. Eso imagino. Luego tomo el fruto de mi plato y lo sostengo con delicadeza. No limpié mis uñas; bajo las uñas todo está rojo pero ya no importa. La mora tiene una belleza cruda. Pequeños nódulos se agolpan hasta formar un cuerpo perfecto, casi humano.

—Deberías probarla, Queeny –le digo. Luego me la meto en la boca. La deshago en menos de un segundo.



Publicado en Revista El Gourmet, enero de 2012.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnífico relato, señorita Li. Tiemblo por los destinos de la amiga Queeny.
Javier.

ceci dijo...

Una contundente revancha para aquel empacho =)

Lorenzo Mayo dijo...

Porque te leo, porque me encanta lo que haces, porque alguna vez me emocioné; necesito que leas lo que, humildemente, hago. Como siempre te imaginé fría y distante con los lisonjeros, te pido que seas impía. Gracias.
Lorenzomayo.blogspot.com

PS: Por supuesto, me gustó la crónica. Gracias.

Li dijo...

Gracias, Lorenzo! Cargo la metralla y voy tu blog (tengo que alimentar el mito).
Abrazo grande!