jueves, 7 de abril de 2011

Eduardo Galeano para El Gourmet

Ahora está loco por ella, pero antes -al principio- ni la miraba. Todo comenzó hace mucho tiempo y en el medio pasaron cosas. Lo primero que pasó fue el infarto. Era 1984, era Madrid, era el fin del exilio. Él hacía las valijas para volverse a Uruguay cuando sintió un dolor agudo: un cañonazo en el pecho que lo dejó tumbado primero, internado después. Ahí empezó a pensar en ella. O bueno, a “pensar”: empezó a buscarla con las tripas. El cuerpo muchas veces sabe lo que nosotros no sabemos. Eso es: el cuerpo es más veloz que el resto.

Así pasaron veinte años: deseando. Sin concretar, pero deseando. Él volvió del exilio, se estableció en Uruguay, escribió muchos libros, amó a una mujer. Hasta que ocurrió, entonces, lo segundo. Lo del cáncer. Sesenta años de cigarro –él fumaba desde la más tierna infancia- habían dejado su ponzoña: tenían que sacarle medio pulmón. “Son las reglas del juego” pensó él, que nunca fue hombre de quejarse mucho. Le pusieron una bata, una cofia; lo acostaron y le dieron anestesia. Él aún recuerda el ingreso al quirófano: los barbijos de los médicos, la chispa del filo de los escalpelos.

—Yo –dijo al entrar- yo vengo a pagar el impuesto al placer.

El cirujano lo escuchó y quedó atónito: dicen que rió, que siguió riendo. Que reía tanto que no podía operar. Pronto pusieron más anestesia. Le sacaron el pedazo de pulmón enfermo. Y al final, cuando él se estaba reencontrando a sí mismo luego de la operación, apareció ella otra vez. Apareció con toda la fuerza de los años pasados y arrasó con cada centímetro del cuerpo y del alma.

Así fue como Eduardo Galeano se entregó, definitivamente, a la cebolla.

—Siempre me había resultado indiferente la cebolla, pasaba caminando a mi lado y ni me daba vuelta para mirarla. Era como esa compañera de trabajo a la que nunca miraste, y que de repente descubrís que es el amor de tu vida. Así me pasó. Ahora tengo una loca pasión por la cebolla. Y cuando les conté a mis amigos me dijeron claro, en muchos países es el remedio campesino para el corazón. Yo no tenía idea de eso.

—Pero el cuerpo sabe.

—Claro que sabe. Sólo hay que saber escucharlo. Y darle la palabra. El cuerpo está tan aturdido por las voces de la calle que muchas veces no podés esperar un poquito para ver qué quiere. Yo, antes de comer, siempre le pregunto a mi cuerpo: ¿Vos qué querés?

—¿Un chivito?

—No, nada de carne roja. Porque ya no tengo deseo. Mi cuerpo la rechaza y ahora me entero de que hace mal a las arterias. La comería, como dicen en Francia, contra coeur. Es una linda expresión. Creo que es tan sagrado el acto de comer que uno tiene que hacer mucho caso de lo que el corazón quiere.


La voz de Galeano llega antes que Galeano: es un sonido lento, robusto: un sonido que recuerda a ciertos vinos. Lleva camisa verde, pantalón de jean, mocasines negros. Adentro de un bolsillo, aunque no se lo vea, lleva también un cuadernito de cuatro centímetros de largo. Allí, desde siempre, hace sus anotaciones.

Que son muchas.

Galeano empezó a escribir profesionalmente en Montevideo, a los treinta años. De ahí se fue al exilio –ya tenía escritos diez libros, entre ellos Las venas abiertas de América Latina- y ahí regresó en 1985, después de una temporada de corazón y hospital. Ahora vive en el barrio del Buceo, un puerto pequeño donde Galeano todos los días escribe –su último libro se llama Espejos. Una historia casi universal- y sale a caminar.

—Hago todo lo que puedo caminando al borde del agua. Los uruguayos somos lentos porque somos caminantes. Este carácter un poco aldeano que tenemos nos ha salvado. Cuando me preguntan cuándo va a salir el próximo libro, yo digo “uy, cuando lo termine…”. Yo lo escribo y lo reescribo mil veces, soy lento. Hasta las vacas uruguayas son de parición lenta. Todo es lento allí.

—Pero ya llegaron las casas de comida rápida.

—Lamentablemente sí. Me acuerdo que fui uno de los firmantes del primer manifiesto por la slow food, que nació en Italia hace muchos años. Desde entonces pasaron los años y el mundo se ha macdonalizado mucho, lo cual me parece grave porque fijate qué contradicción la que rige hoy: por un lado, el mundo nunca fue tan injusto en la distribución de los panes y los peces; pero por otro, es muy igualador en las costumbres que impone.

—Y a la vez hay otra paradoja que nombrás en tu libro Patas Arriba: los directivos de las cadenas de comida comen platos étnicos, no comen fast food.

—Claro. No son bobos. Su negocio es uniformizar el gusto y eso es un daño cultural gravísimo porque la boca es una puerta del alma, o sea: comer es mucho más que comer. Hay algo de sagrado en ese asunto: el comer es un acto de amor compartido, hay una misa de la mesa. Hay algo de transmisión de una cultura heredada, a veces milenaria, y todo eso hoy tiende a ser aplastado por esta máquina que impone la fabricación en serie de los cuerpos y las almas. Por eso me angustia tanto ver la expansión de la llamada comida rápida.

—En el otro extremo está la comida elitista, exquisita, que se vende como “única”. ¿Qué pensás de eso?

—Que la mayor parte de esas comidas tiene mucho que ver con el esnobismo. Hace poquito murió Santi Santamaría y me dio un dolor… Santamaría estaba entre los que reivindicaban la comida de verdad, la comida que se llamaba comida y tenía gusto a comida y que no se avergonzaba de ser comida, frente a la otra comida de laboratorio, que en primer lugar miente cuando nombra los platos porque les pone nombres que te impiden identificar qué estás comiendo pero que seducen al público snob, que es el que más quiere gastar porque identifica valor y precio.

—La comida estilo Ferrán Adriá entonces…

—Yo la detesto. Ojo, no le impongo nada a nadie. Soy un tipo abierto. No digo que lo que a mí me gusta sea la verdad. Pero tampoco me voy a hacer el angelito. Las cosas de este mundo que no me gustan, yo las digo. Eso de “dime cuánto cuestas y te diré cuánto vales”, que también ha llegado a la gastronomía, me parece criminal porque mercantiliza la especie humana.

—Es ahí cuando se pierde la diversidad.

—Así es. Todo pasa a ser mercancía. Todo lo que escribo se refiere a la reivindicación de la diversidad, a la certeza de que lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que el mundo contiene. Y me parece que en eso la comida es fundamental. El derecho a la diversidad cultural pasa por la comida. Mi amigo Manuel Vázquez Montalbán, que ahora me dieron un premio con su nombre y eso me llena de alegría y orgullo, siempre decía que si uno habla del derecho a la autodeterminación de los pueblos, hay que incluir el derecho a la autodeterminación de la panza. Y yo le decía que sí, y que también hay que incluir el derecho a la autodeterminación de las pasiones humanas.

—Antes contaste esa anécdota en el quirófano, cuando dijiste “vengo a pagar el impuesto al placer”. ¿Todo placer, toda pasión tiene impuesto?

—Y… en el caso del tabaco sí. El tabaco a mí me dio mucho placer, sería muy injusto si olvidara que el cigarrillo me ha acompañado muy bien en horas muy duras de mi vida. Un gran amigo ha sido. Pero, por otro lado, sé que es un veneno que terminó por regalarme un cáncer, nada menos. Pero bueno: son las reglas de la vida. Todo tiene su cara y su contracara. Hay que saber que la alegría viene acompañada de mucho lío.

—El lío, antes o después, es casi la condición para que se presente la alegría.

—Y sí, gratis nada. Y hay que saber que es así. Que las barajas vienen mezcladas. Igual, claro, es mejor no tener un cáncer que tenerlo. Pero al fin y al cabo no era tan injusto.

—¿Y ahora te has vuelto un militante de la salud?

—No. Eso jamás lo haría ni con el cigarrillo ni con nada. No soy un puritano. Pero en fin, claro, los lugares comunes no mienten: es mejor ser sano y joven que viejo y enfermo. Eso es así. Pero lo que ocurre es que los lugares comunes a veces ignoran las complejidades de la vida. La vida es bastante compleja. Y buena parte de los sabores también lo son. Por eso me molesta tanto la uniformización de los sabores. Que cada cual coma lo que quiera o lo que pueda. Pero el problema es que creo que el sentido del sabor no está solamente en la lengua. Está también en la nariz que huele, en los ojos que ven, hasta en los oídos está el sabor. Entonces cuando veo una hamburguesa y la huelo y veo el aspecto… ya no hay la menor posibilidad de que mi lengua se tiente.

—¿Qué sabores te tientan?

—Soy loco por los ravioles. Te cambio la colección completa de la revista Playboy por un buen plato de ravioles. Ése es para mí un plato irresistible. Entre otros. También me gustan mucho la comida china y la mexicana. Ahora acabo de venir de México y pude darme unos festines que… Te estoy hablando y ya me emociono, las lágrimas son mitad de emoción y mitad de nostalgia, habrás visto mis ojos llorosos evocando los tacos de camarón que comí en México y que no puedo comer en ningún otro lado.

Sus ojos azules ríen. También ríen sus cejas largas y blancas y levemente rizadas en las puntas. Galeano tiene una torva mirada clara: la gravedad y la ternura conviven en el delicado pliegue de los párpados. Hace un rato, durante la sesión de fotos, puso una única objeción y tenía que ver con eso: con sus ojos.

—Por favor tapate la cara, como si no quisieras ver –le sugirió Eugenio Mazzinghi, el fotógrafo.

—Esteee… Pero que un pedazo de ojo salga –dijo Galeano.

Y fue lo único que dijo: que un pedazo de ojo salga. Que se pudiera ver.

Porque si no se puede ver, después no se puede contar.

Y el que no puede contar, se muere.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimada Señorita Li:
Escuché que usted le hizo una entrevista a Mujica en la revista Orsai.
No recibo esa revista y no hay pdf disponible. ¿Sería posible que subiera esa nota a su blog?.
Gracias.

Li dijo...

Estimado Anónimo:
Subiré la entrevista cuando haya pasado un tiempo prudencial, para no cometer "deslealtad" -llamémosla- con la bonita gente que hace Orsai. Cuando la revista se haya terminado de vender, ahí la subo.
De todas formas, dado que esa revista tiene una infinidad de textos buenísimos, le recomiendo que se meta en la página (www.orsai.es) y se fije en la lista de vendedores. ¡Seguro que tiene alguno por su barrio!
Si no, en un tiempito la subo.
Abrazo

140 palabras dijo...

Josefina, te invito a visitar el blog que creé y, si te interesa, a linkearlo en el tuyo.

www.140palabras.blogspot.com

¡Saludos!

Alejandro Giuffrida dijo...

Qué gran artículo Señorita Licitra. Permítame difundirlo en los 140 caracteres.

Li dijo...

Muchas gracias, Alejandro!
Un beso

Joaquin Hidalgo dijo...

Señorita Li: fui fan de Galeano hasta el plagio. Y reconozco el tono en el texto. Se lo perdono, porque de alguna manera ha sido como volver a leerlo. Y eso que lo tengo prohibido, por tentaciones varias.