Sueño que tengo que hacerle una entrevista a Diego Maradona. La entrevista está pautada en un hotel de lujo, en una habitación donde se dispuso un escritorio iluminado por una luz cenital. Llego y Diego está sentado a un lado del escritorio, vestido con traje y corbata. Yo también estoy formal, especialmente bien vestida: parezco Melanie Griffith en Secretaria Ejecutiva. Incluso llevo tacos. Alrededor hay gente de producción ultimando detalles. Los miro satisfecha: me gusta que sea todo tan profesional.
Minutos antes de empezar la entrevista, Diego dice que tiene que hacer algo. Serán sólo unos minutos: a las siete de la tarde empezamos. Yo aprovecho para ir a comprar pilas. Bajo a la calle. Afuera es el barrio de Once en hora pico. Me apretujo entre la gente hasta llegar a una ferretería que hace las veces de librería. Pido pilas y, ya que estoy, compro un mapa para mi hijo en la escuela. El vendedor me trae un mapa mal arrancado y arrugado.
—Igual sirve –me dice.
Miro el papel.
—Esto es impresentable —se lo devuelvo y me voy. Siento que triunfé. Camino hasta otra librería —no sé si consigo lo que buscaba— hasta que finalmente subo al hotel porque son las siete de la tarde, la hora de la entrevista. Cuando subo la habitación está en penumbras, aunque la luz del escritorio sigue encendida. No hay nadie pero escucho un ruido de agua en el baño. “Es Diego que se está lavando las manos: ya empezamos”, pienso. Pero se abre la puerta y no sale Diego sino una señora asexuada y con cara de asistente eficaz. Después aparece un varón alto y atlético: es el productor general.
—Lamentablemente Diego tuvo que irse de urgencia a Mar del Plata —me dice. Él y la asistente me miran con cara de “qué macana”. Yo los miro. Siento que los ojos se me inyectan de sangre.
—¿¿¿Y entonces??? —digo.
—Bueno —dice él—. Capaz que podemos conseguir por millaje algún pasaje para que vayas.
Habla como un vendedor de chucherías. Siento que la ira se me sube a las mandíbulas. Entra en escena una nena de tres años y rulos castaños. Es la hija del productor. La alzo. La dulzura de la nena matiza mi odio. Miro al productor y a la asistente.
—Acabo de perder tiempo —digo. Prosigo con falsa serenidad, y a gritos: —Y YO NO TENGO TIEMPO.
Después miro a la nena: es hermosa. Me alejo con ella a upa, la acaricio.
—¿Te gusta tu pelo tan lindo? —le digo.
La nena levanta una mano y hace la señal de “maso”.
“Sos mujer”, pienso. “Vas a sufrir”.
Y así termina el sueño.
jueves, 19 de junio de 2014
viernes, 6 de junio de 2014
Un buen trabajo*
En estos días en los que se habla de derechos laborales. De las mujeres que ganan en promedio un tercio menos que los hombres que ocupan igual cargo, y de las dificultades de las ejecutivas para ocupar roles gerenciales, y de las amas de casa que trabajan gratis, pues vivir para el hogar parece ser -según la fantasía de algunos- una especie de placer imposible de ponderar con dinero. En estos días en los que el 1 de mayo nos enfrenta al problema del empleo y de sus dignidades, y en los que las publicaciones femeninas suelen hacer un relevo de la situación laboral de las mujeres; en estos días, en fin, subo a mi escritorio y miro el jardín, y me siento con la luz del día sobre la espalda -y es una luz de domingo aunque hoy sea martes- y tomo el primer té de la mañana y pienso que el trabajo es también, a veces, cuando no media una situación social injusta y cuando los pedazos rotos de la vida propia se acomodan, esto: un lugar feliz del que poco se habla; la bota de siete leguas con la que intentamos achicar el mundo.
Hay gente que ama trabajar.
Hay gente que trabaja como si navegara después de todas las tormentas.
Hay gente que transpira de felicidad cuando trabaja, y que no se baña cuando trabaja, y que en ciertos casos siente un vértigo en el corazón cuando trabaja, y que se entrega -esto puede ocurrirle a un escritor- a la luz macilenta que sale de la pantalla a sabiendas de que con ese albur alcanza para iluminar los bordes de una idea.
Hay gente que sueña con soluciones de trabajo así como yo sueño con un párrafo o con el ensamble entre dos párrafos complejos, y que entonces se despierta y dice «es esto y no otra cosa» y que después vuelve a dormirse. O no vuelve a dormirse. O, en cualquier caso, deja de pensar en dormirse porque su alma está tranquila: ha logrado construir algo. Se ha construido a sí misma.
Hay gente que trabaja para salir de callejones sin salida, y que trabaja como ganapán pero también como ejercicio espiritual, como pregunta insospechada, como conjuro a tiempo para que la nebulosa de los días se condense en una línea, en un cuerpo personal, en algo nítido que responda a la palabra «yo» y que no sea la suma ni la síntesis de ninguna otra cosa («donde quiera que esté/ soy lo que falta» escribe Mark Strand y es eso lo que quiero decir).
Hay gente que trabaja para dar a luz todos los mundos concebidos en la infancia y para matar ciertos fantasmas de la infancia y para hacer de la infancia, por qué no, algo presentable que luego pueda contarse a los hijos. Y sobre todo a uno mismo.
Hay gente que trabaja como si no hubiera hijos ni cuentas por pagar ni reivindicaciones de género ni vida planetaria por delante: trabajan erizados y sin fe, con una temeridad inexplicable y alumbrados por algo que no es la luz del día sino de un relámpago: un refucilo violento en el que todo se revela y en el que puede verse, por un instante, la ley primigenia que permite que el relámpago exista.
Hay gente que trabaja para encontrar esa ley. Y es por eso que no se me ocurre -junto con el de amar- otro ejercicio más noble sobre la faz de la Tierra («No me gustan las personas que se jactan de trabajar penosamente. Si su trabajo fuera tan penoso más valdría que hicieran otra cosa. La satisfacción que nos proporciona nuestro trabajo es señal de que supimos elegirlo», dice Clarice Lispector y es eso, finalmente, lo que quiero decir).
* Publicado en la revista Ya, del diario chileno El Mercurio.
Hay gente que ama trabajar.
Hay gente que trabaja como si navegara después de todas las tormentas.
Hay gente que transpira de felicidad cuando trabaja, y que no se baña cuando trabaja, y que en ciertos casos siente un vértigo en el corazón cuando trabaja, y que se entrega -esto puede ocurrirle a un escritor- a la luz macilenta que sale de la pantalla a sabiendas de que con ese albur alcanza para iluminar los bordes de una idea.
Hay gente que sueña con soluciones de trabajo así como yo sueño con un párrafo o con el ensamble entre dos párrafos complejos, y que entonces se despierta y dice «es esto y no otra cosa» y que después vuelve a dormirse. O no vuelve a dormirse. O, en cualquier caso, deja de pensar en dormirse porque su alma está tranquila: ha logrado construir algo. Se ha construido a sí misma.
Hay gente que trabaja para salir de callejones sin salida, y que trabaja como ganapán pero también como ejercicio espiritual, como pregunta insospechada, como conjuro a tiempo para que la nebulosa de los días se condense en una línea, en un cuerpo personal, en algo nítido que responda a la palabra «yo» y que no sea la suma ni la síntesis de ninguna otra cosa («donde quiera que esté/ soy lo que falta» escribe Mark Strand y es eso lo que quiero decir).
Hay gente que trabaja para dar a luz todos los mundos concebidos en la infancia y para matar ciertos fantasmas de la infancia y para hacer de la infancia, por qué no, algo presentable que luego pueda contarse a los hijos. Y sobre todo a uno mismo.
Hay gente que trabaja como si no hubiera hijos ni cuentas por pagar ni reivindicaciones de género ni vida planetaria por delante: trabajan erizados y sin fe, con una temeridad inexplicable y alumbrados por algo que no es la luz del día sino de un relámpago: un refucilo violento en el que todo se revela y en el que puede verse, por un instante, la ley primigenia que permite que el relámpago exista.
Hay gente que trabaja para encontrar esa ley. Y es por eso que no se me ocurre -junto con el de amar- otro ejercicio más noble sobre la faz de la Tierra («No me gustan las personas que se jactan de trabajar penosamente. Si su trabajo fuera tan penoso más valdría que hicieran otra cosa. La satisfacción que nos proporciona nuestro trabajo es señal de que supimos elegirlo», dice Clarice Lispector y es eso, finalmente, lo que quiero decir).
* Publicado en la revista Ya, del diario chileno El Mercurio.
viernes, 18 de abril de 2014
Gabo
Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, tiene esta imagen sobre el hecho literario: «Los libros que de verdad me gustan —dice— son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras». Pensé en Holden la noche del 30 de agosto de 2004, hace ya diez años, cuando Gabo se acercó a mi mesa —estábamos en una gran cena en Monterrey, México— me pasó un brazo por los hombros, bebió un sorbo de whisky y se puso a hablar de su vida de pareja —y a preguntarme por la mía— como si fuéramos viejos conocidos. Si hubiera podido, habría corrido a contarle a Holden Caufield todos los detalles de ese encuentro.
Gabo tenía
el cuerpo menudo y el saco siempre arrugado, y se movía de un lado a otro como
si fuera un pato: pechito y culo orgullosos, pasos cortos, las puntas de los
pies apuntando levemente hacia fuera, y una rara y conmovedora forma de mirar.
Gabo fruncía los ojos como si todo le produjera asombro o
desconcierto. Fue así, como un animal joven que recién descubre el
mundo, que se acercó por primera vez a quien entonces era mi marido —Juan— y a mí.
Era el mediodía y estábamos en un pasillo de hotel. A través de sus anteojos de
marco negro y grueso, Gabo se nos quedó mirando como si fuéramos dos insectos.
—Y tú… —se dirigió a Juan— ¿Tú qué has hecho para merecer a esta mujer?
Eso es lo
único que dijo. Mientras yo tomaba nota de esta frase —nada mejor que citar a
Gabo en una discusión doméstica— unas personas le festejaban el chiste. Gabo
raramente estaba solo. Fuera de su casa casi siempre estaba acompañado con o
contra su voluntad. Días después, su mujer, Mercedes Barcha, diría con cierto
tono de hartazgo que en el Distrito Federal, adonde se habían mudado hacía ya cuarenta
años, no podían ni siquiera salir a tomar un café en paz. Por ese motivo
preferí no acercarme a ellos por el resto del día. Hasta que en la noche,
durante una multitudinaria cena organizada por la Fundación para un Nuevo
Periodismo Iberoamericano, Gabo vino con un vaso de whisky en la mano.
—¿Qué
pasa que no has venido a saludarme? —dijo y me abrazó. Contesté pavadas y él
arremetió con su tema preferido. —¿Y cómo se llevan ustedes? —nos miró a mi
marido y a mí.
—Bien.
—Yo hace cincuenta
y dos años que estoy casado… y nunca un altercado, una pelea. Nunca.
—¿Nunca-nunca?
—Bueno,
un vete a la mierda sí, todo el tiempo. Pero peleas de esas que estás días sin
hablarte, jamás.
—¿Cómo
hace?
—Yo creo
que la clave es que Mercedes nunca me hizo caso en nada.
Llamó a
Mercedes para presentarla. Mercedes lo miró y no se movió. Mercedes era —es—
una mujer de cuerpo rotundo, facciones anchas y carácter presumiblemente
fuerte. Mercedes siempre cuidó de Gabo. Y a Gabo también lo cuidó siempre Jaime
García Márquez, su hermano sesentón: un tipo achaparrado, de cráneo perfectamente circular y
ojos rojos por la alergia («Mi mujer es fanática del aire acondicionado, pero a
mí me deja ciego»), y dueño de un fanático sentido de la hospitalidad. Jaime es
subdirector administrativo de la Fundación, pero parecía haber ido a Monterrey
con un único objetivo: hacer sentir cómoda a mi mamá.
Porque mi
mamá, Lidia, también había ido.
—Me dieron un premio por entrevistar a una
secuestradora, y vengo con mi mamá —le dije a Jaime apenas lo conocí. No lo dije
en chiste.
—Anda, ¿y
eso qué tiene de malo? —Jaime abrió sus ojos alérgicos; tomó a mi madre de la
mano—. Yo vengo de familia de once hermanos; para nosotros, la madre es
sa-gra-da.
Desde entonces,
Jaime incluyó a mi mamá en todos los planes. Temí que ella terminara hablando
en algún foro periodístico. La apoteosis llegó una tarde, horas después de la
entrega del premio.
—Y ahora,
Lidia… la foto con Gabito.
—No, Jaime.
Este es mi límite —dijo mi mamá con su tono pausado de psicoanalista. Sé que en
el fondo estaba desesperada. Gabito
estaba en el ojo de la tormenta: a su alrededor había decenas de fotógrafos,
luces y gritos de celebración.
—Te estoy
ofreciendo lo más preciado de la familia, por Dios —Jaime la tomó de la mano,
otra vez—. A-ho-ra-la-fo-to-con-Ga-bi-to. Ven.
Mientras
la arrastraba, Jaime intentó convencerla con una historia:
—Resulta
que una vez estábamos con Gabito en Nueva York, en el pub ése donde Woody Allen
toca la trompeta. Allí adentro no se puede sacar fotos, básicamente porque no
se le puede sacar fotos a Woody Allen, pero igual yo me llevé una cámara a
escondidas de Gabo, porque nunca se sabe. Esa noche, una vez terminado el chow, Gabo se acercó a Woody Allen para
saludarlo. Se estrecharon manos, se sonrieron, hablaron, todo lo que tú ya
sabes. Gabo me había advertido que no sacara ninguna foto, bajo ningún concepto, pero yo igual tomé la
cámara, apunté… y no me animé. A la salida del sitio Gabo casi me destroza: «¿Pero
por qué no tomaste la foto?», me increpó. «Porque si llegaba a tomártela te me
venías encima» le digo. «Y sí, Jaime, te hubiera gritado, ¡pero la foto ya nos habría
quedado hecha!».
De los once hermanos que son los García Márquez, el mayor para
ese entonces ya había muerto. Gabo era, en aquel momento, el más grande de
todos los vivos. Durante un viaje en auto, alguien de la Fundación me había dicho que
ese 2004, por primera vez, había visto a Gabo viejo.
—A todas las personas, en
algún momento que puede ser un mes o una semana, es como que se les oficializa
la vejez: algo así habrá pasado —dijo.
No quedaba claro si Gabo estaba enterado de que se había hecho
viejo.
Una mañana, a la hora del desayuno, lo encontré a Jaime en el
hotel.
—¿Quieres desayunar conmigo? Porque quedé con Gabito a las ocho de la mañana, pero ya me han contado que
anoche, a las tres de la madrugada, le estaban abriendo otra botella de whisky,
así que no va a llegar al desayuno.
El whisky era una de las tantas complicidades entre Gabo y Mercedes. Otra era
la danza. La noche anterior habían estado hasta el alba bailando en una disco
llamada Skandal. Alguien había puesto
cumbia y ambos se habían puesto de pie y habían empezado a moverse bajo las
leyes de un ritmo cadencioso y privado: él la abrazaba sin tocarla; ella giraba
y se movía contoneando lentamente el culo. Yo entonces tenía 29 años y me fui de
Skandal antes que ellos.
A la mañana siguiente —segundos después de que Jaime se levantara,
preocupado, para ir a ver a su hermano— llegó Mercedes. Tenía bolsas
pronunciadas en los ojos; el andar cansado.
—¿Puedo desayunar aquí? —preguntó con una cortesía extraña: nadie
se hubiera atrevido a responder «No».
—Por supuesto.
—Hasta
las cuatro nos quedamos anoche… —dijo mientras desplegaba el diario
distraídamente, y pedía un café, y se corría un mechón de la cara y decía, con
un gesto de sorpresa adormecida: «Pues mira». Gabo y Mercedes estaban bailando
en la tapa del diario Reforma.
—Salimos
poco. Pero cuando salimos es siempre así. Los fotógrafos. La gente. Y ahora… ya
ves, tenemos la maleta llena de libros. La gente nos ve y nos da libros. No sé
qué esperan de nosotros.
Ese día, 2
de septiembre de 2004, era el último de aquella gira de Gabo por Monterrey. Y en
su plan de actividades previas al avión estaba la asistencia al último seminario
de todo el viaje: un encuentro en el que finalistas y ganadores de los rubros
de Texto, Fotografía y Homenaje contaríamos ante un auditorio cómo había sido
la realización de nuestros trabajos. Gabo asistió al seminario con una pequeña
valija; no hizo preguntas. Nunca, a lo largo de los varios encuentros, hizo
preguntas. Como si el bulto de periodistas fuera uno de los pocos lugares en
los que él podía desaparecer.
Al rato
de iniciado el seminario alguien se acercó y le dijo algo al oído. Gabo se puso
de pie y explicó que tenía que volver al Distrito Federal. Habrán sido dos o
tres segundos de silencio; después llegó el aplauso interminable.
Nos miró
a todos.
—Me van a
hacer llorar —dijo.
Luego dio
la vuelta y se fue con su andar de pato, mirando a los costados con un gesto
enardecido y joven, como si estuviera viendo, por primera vez, la forma y el
color de los aplausos.
domingo, 6 de abril de 2014
OPERACIÓN DE UN GATO
Cazaste
un pájaro
las
plumas en la boca
y
el pájaro a los pies
dan
fe
de
tu corazón de bestia.
Ahora
hundís el morro
en su pecho
ponés
empeño y juventud
lo
desgajás
como
a una almohada
con
tus dientes de aguja
y
tu lengua rosada que después
me
lame.
Gata
zombie
peluche
sangriento
mascotita
en trance
te
espío por la ventana:
ciega
de instinto
estornudás
el
aire se llena de partículas
de
pájaro
y
volvés a aplicarte
como
un relojero
como
un orfebre,
por
turnos
masticás
tendones
tripas
finas, garras
músculos
delgados
como
pétalos,
mordés
la cabeza
la
arrancás del cuerpo
con
tenacidad
con
destreza,
te
tragás los ojos
que
quizás expulses
por
tus intestinos
y
das por concluida
la
faena. Te miro
lamiéndote
el morro
satisfecha
golosa
limpiando tus patas
como
un artista que lava
sus pinceles.
Solo
quedan a tu lado
las
alas, gata poeta
gata
maravilla:
dejaste
las alas
para
que se pudran en la tierra.
jueves, 27 de marzo de 2014
Plantar un árbol
Muriel decide comprar un limonero. Camina un kilómetro hasta el vivero para elegir y llevarse la planta. Se queda con la única que tiene un limón colgando: es esmirriada pero tiene garantías. Paga. Un empleado lleva el limonero a la calle. Muriel queda de pie con el árbol a su lado y espera un taxi. Algunos pasan de largo hasta que uno finalmente se detiene.
—¿Y cómo pensás hacer? —dice el hombre, con un rictus de burla. Muriel lo mira como si estuviera midiendo algo. Le ofrece más dinero del habitual y le dice que va a meter la planta de costado, con las ramas saliendo por la ventanilla baja. El conductor acepta de mala gana; ella acomoda todo y arrancan. El auto va a buena velocidad por una calle empedrada. Muriel mira por la ventanilla: el único limón salta enloquecido y en cualquier momento se desprenderá del tallo. Saca la mano y lo sostiene. Viaja diez minutos con la mano afuera sosteniendo el limón como si fuera la llama olímpica, pero sin fuego.
Llega a destino con un dolor en el brazo. Baja la planta como puede y la arrastra por la casa hasta el jardín. La deja. Enciende un cigarro y sube la escalera hasta su escritorio. Debe trabajar. Empieza a corregir un manuscrito de autoayuda titulado Desapegarse sin anestesia, pero deja un signo de interrogación en torno a la palabra «sin» y pasa a otra cosa. Ve televisión todo el día hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente desayuna, toma una pala, camina hasta el fondo y empieza a cavar con fuerza. Lo hace durante media hora; no luce cansada. Mientras cava encuentra las raíces gordas y blancas de una rosa china que alguna vez tuvo, y que hubo que sacar. Ve gusanos, lombrices y arañas. Parece pensar en sí misma. Hacer un pozo es como subir una montaña.
Después deja todo abierto y vuelve a trabajar. Quita el signo de interrogación en torno a la palabra «sin». También hace otras cosas. Atiende el llamado de su hermana.
—Compré el limonero —le dice.
—¿Voy?
Muriel responde que no. Corta y mira el jardín por la ventana: el césped está dispuesto como esas doncellas que esperan al rey en la cama. Muriel se sienta en una escalera externa –la que va al escritorio- enciende un cigarro y ve el atardecer. El cielo está lleno de edificios: parece el horizonte de un juego de tetris. Aunque no hay colores. Ya es la noche.
Muriel baja a oscuras hasta la biblioteca, enciende una luz y toma el cofre. Está apoyado sobre unos libros de fotografía de tonos vibrantes. El cofre es de una madera barata y liviana. Lo sostiene con la mano; podría sostenerlo con un dedo. La fragilidad de esa cosa la hace temblar.
Veinte días atrás Muriel vio a su gata respirar con dificultad. Cada exhalación era como un fuelle que cerraba sus pliegues para siempre. La metió en un bolso y la llevó a la veterinaria. Cuando la sacó y la acomodó en la camilla la cara de la gata estaba deformada: era el rictus de un animal desahuciado. Babeaba. Le pusieron oxígeno y le dieron inyecciones, quién sabe de qué. Pero no funcionó. Unos minutos después la gata empezó a retorcerse enloquecida y a querer quitarse la máscara. Clavó las uñas en la mano de la veterinaria.
—¡Tómela fuerte! —gritó la mujer— ¡Se está ahogando!
Muriel no entendió. Estaba aturdida. Tomó a la gata con fuerza pero encontró un animal de ojos secos que había dejado de pelear. ¿Había muerto? Se llamaba Cati: el nombre más tonto del Universo.
Muriel había conocido a Cati diecisiete años atrás. Ella —Muriel— tenía veintiuno, vivía sola y no quería llegar a su casa y que no hubiera nadie para recibirla. El primer día que se vieron Cati tenía una pulga caminándole por la frente. Muriel la limpió, la vacunó, la alimentó. Vivió con ella durante dos convivencias, dos separaciones y tres noviazgos frustrados. A Muriel le gustaba decir que Cati y ella habían vivido nueve vidas juntas. Pero pasados los treinta años ese chiste le provocaba tristeza.
—Cati —dijo Muriel frente a la camilla. La soltó lentamente, con estupor. Se sentó en una silla y se miró las manos.
—Hay que resolver lo del cuerpito —escuchó. Muriel alzó la cabeza. La veterinaria tenía los dientes rubios de nicotina; movía la boca. —Quiero decir: podés dejarla acá y nos encargamos nosotros, podés llevarla en una bolsa o podés cremarla.
No iba a dejarla ahí. Tampoco iba a cargar el peso de su gata muerta. Eligió cremarla.
—¿Querés las cenizas o las dejás allá? Es un tema de precio, viste.
¿«Allá»? Muriel firmó y pagó para que le llevaran las cenizas a la casa. Se despidió de la veterinaria sin tocarla y se fue con el bolso vacío en una mano. Lloró, tomó un diazepam, durmió. Al día siguiente se sentó a trabajar. Desapegarse sin anestesia. Puso un signo de interrogación sobre la palabra «desapegarse» y se fue a fumar a la escalera. Las cenizas no llegaban. Tampoco llegaron el día posterior. Al tercer día Muriel llamó a la veterinaria y le explicaron que ellos subcontrataban el servicio. Le dieron el teléfono de la empresa encargada de las cremaciones de mascotas. Muriel llamó y la atendió un hombre de voz áspera, humeante.
—Esto no es en el acto, señora. Acá el trámite toma entre diez y veinticinco días.
—Dónde está mi gata.
—Está con nosotros.
Muriel se largó a llorar. Volvió a preguntar dónde estaba su gata y le hablaron de cámaras frigoríficas. Muriel imaginó a Cati congelada o pudriéndose en una bolsa de plástico oscuro.
—Esto es una estafa —gritó. Luego cortó y se quedó mirando el teléfono.
Tomó otro diazepam. Durmió. Soñó que quedaba encerrada en un galpón con gente y que alguien le decía «¿es tu primera vez en Auschwitz?». Se despertó sobresaltada. Alguien estaba tocando el timbre. Llovía. Muriel abrió en piyama. Un hombre bajó de una camioneta y desde adentro del impermeable estiró los brazos y habló.
—Las cenicitas —dijo.
Ella recibió el cofre, entró a la casa y se quedó de pie en el salón. No sabía qué hacer con eso. Lo puso en la biblioteca, donde quedó varios días. Luego compró el limonero y cavó este pozo que ahora palpita como el vórtice de una desgracia. Muriel toma el cofre y un destornillador, y va al jardín. Se arrodilla en la noche, se pone una linterna entre los dientes y desmonta la tapa. La abre esperando una luz o una revelación, pero sólo hay un polvo plateado y lunar: cenicitas.
Las tira en el pozo y despide a su gata murmurando algo. Después acomoda encima la planta de limón y la completa con tierra para que esté firme. No piensa en los ciclos de la muerte y de la vida, ni en ninguna otra cosa. Sólo piensa en la palabra «anestesia», y en la necesidad de una lluvia.
martes, 18 de marzo de 2014
Usted
Estoy en un hospital público de Tucumán. Vine a ver a una chica que fue internada por riesgo de parto prematuro. Me acompaña la madre de la chica; la futura abuela del bebé. Caminamos por el hospital hasta llegar al área de maternidad. El hospital es macizo y frío. Las paredes están sucias y llenas de ecos. En la puerta de ingreso a la maternidad hay un guardia con borcegos robustos.
-Vengo a ver a mi hija -dice la madre.
-Msfñsjkesperequestánlosmedicosmsflf -dice el guardia. "Espere que están los médicos" quiso decir. O quiso no decir. El guardia no levanta la vista de su teléfono móvil.
-Pero mi hija no tiene cuidadora, necesito entrar -dice la madre.
-Msfñsjkesperequemsflf -dice el guardia.
-¿Qué? -dice la madre.
Silencio.
-Míreme cuando le hablo que yo a usted no le falto el respeto.
-Msfñsjksmsflf.
-¿¿¿Sabe qué???
La madre empieza a los gritos. Dice las palabras "denuncia", "causa" y "penal" como quien tira disparos en la noche, y se va por una escalera.
Se acerca al lugar una mujer de seguridad: los mismos borcegos. Inmensos.
-Qué pasó -dice.
-Que la señora no respeta las normas -dice el vigilante.
-Eso no es cierto -digo yo-. Usted la trató con desprecio. Usted jamás levantó la vista del teléfono.
-Ella me habló mal -dice él.
-Ella le habló normal -digo yo.
-Y usted para qué está -me pregunta la vigilante.
Le explico que vine a ver a una chica internada.
-No es horario de visita -dice la mujer.
-No tiene quién la cuide -digo yo.
-Bueno, si se queda de cuidadora no se puede mover por cuatro horas.
-Me quedo entonces de cuidadora.
La vigilante me mira. Estira un brazo. Hace un círculo amplio y lento con el dedo índice.
-Usted va a dar tooooda la vuelta y va a ir a una sala de espera. Ahí va a esperar. Y cuando yo la llame usted va a poder pasar. Y va a poder pasar si YO decido que la chica necesita una cuidadora.
La miro.
Me retiro.
Doy toda la vuelta.
Tomo asiento en una sala llena de mujeres pobres e ignorantes a la espera de que otra mujer pobre e ignorante las señale con el dedo y diga: Usted.
Y así pasa la tarde.
-Vengo a ver a mi hija -dice la madre.
-Msfñsjkesperequestánlosmedicosmsflf -dice el guardia. "Espere que están los médicos" quiso decir. O quiso no decir. El guardia no levanta la vista de su teléfono móvil.
-Pero mi hija no tiene cuidadora, necesito entrar -dice la madre.
-Msfñsjkesperequemsflf -dice el guardia.
-¿Qué? -dice la madre.
Silencio.
-Míreme cuando le hablo que yo a usted no le falto el respeto.
-Msfñsjksmsflf.
-¿¿¿Sabe qué???
La madre empieza a los gritos. Dice las palabras "denuncia", "causa" y "penal" como quien tira disparos en la noche, y se va por una escalera.
Se acerca al lugar una mujer de seguridad: los mismos borcegos. Inmensos.
-Qué pasó -dice.
-Que la señora no respeta las normas -dice el vigilante.
-Eso no es cierto -digo yo-. Usted la trató con desprecio. Usted jamás levantó la vista del teléfono.
-Ella me habló mal -dice él.
-Ella le habló normal -digo yo.
-Y usted para qué está -me pregunta la vigilante.
Le explico que vine a ver a una chica internada.
-No es horario de visita -dice la mujer.
-No tiene quién la cuide -digo yo.
-Bueno, si se queda de cuidadora no se puede mover por cuatro horas.
-Me quedo entonces de cuidadora.
La vigilante me mira. Estira un brazo. Hace un círculo amplio y lento con el dedo índice.
-Usted va a dar tooooda la vuelta y va a ir a una sala de espera. Ahí va a esperar. Y cuando yo la llame usted va a poder pasar. Y va a poder pasar si YO decido que la chica necesita una cuidadora.
La miro.
Me retiro.
Doy toda la vuelta.
Tomo asiento en una sala llena de mujeres pobres e ignorantes a la espera de que otra mujer pobre e ignorante las señale con el dedo y diga: Usted.
Y así pasa la tarde.
lunes, 17 de marzo de 2014
Lamparitas
Anoche se cortó la luz. Cenamos con Joaquín alumbrados por velas. A las diez de la noche ya habíamos hecho todo. Nos sobraba el tiempo. Preparé dos chocolatadas calientes y nos quedamos charlando. Le conté que la semana próxima tengo que ir al Norte por un trabajo. Preguntó, por primera vez, en qué consistía ese trabajo. Le conté. “¿Y no es peligroso?” dijo. Le expliqué que no. “¿Y cómo hacés después?” preguntó. Le hablé de desgrabar, ordenar, escribir.
Se quedó pensando.
“Guau” dijo al fin. “Tengo una mamá escritora”.
Después seguimos conversando y nos fuimos a acostar. Continuábamos a oscuras. Pero la noche, para mí, se había llenado de lamparitas que iluminaban la Tierra.
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