sábado, 13 de febrero de 2010

Queríamos tanto a Sylvia

El 11 de febrero de 1963 –hace 47 años- la escritora Sylvia Plath se suicidó metiendo la cabeza en el horno. Y con ese singular final concluyó una vida que puede leerse como una pieza narrativa en sí misma –Sylvia estuvo internada en un psiquiátrico, recibió electroshocks, quiso matarse demasiadas veces, se casó con un hombre bello y talentoso-, aunque también como una representación descompuesta de lo que era, y en cierto modo sigue siendo, el mito de la realización femenina.
Sylvia fue una gran escritora. Su vida reunió todos los atributos para volverse película de Hollywood –de hecho, se filmó una y el papel lo interpretó Gwyneth Paltrow- pero lo cierto es que su obra fue muy superior a cualquier mito decorado por el marketing. Ni siquiera es que lo suyo fuera un don: era el resultado de una virtud y una filosa mirada poética, pero principalmente de la búsqueda extenuante y dolorosa de la perfección. Sylvia estudiaba las palabras como un entomólogo estudia las partes de un insecto. Las desarmaba, las miraba, las hacía dialogar con el resto del cuerpo, y las ponía a trabajar en pos de un objetivo: la trascendencia literaria. Porque Sylvia, lo dicho, era una gran escritora. Una mujer de letras exquisitas que un día se enamoró del poeta Ted Hughes; que otro día parió dos hijos; y que un tercer día supo lo difícil que puede ser buscar el prestigio vocacional, estar casada con un escritor igualmente ambicioso, y llevar adelante una casa y una crianza bajo una premisa incuestionable: como Hughes necesitaba cultivar su perfil artístico, ella –por épocas- debía enseñar en universidades para llevar un ingreso fijo al hogar.
Ella aceptaba este reparto de tareas. Porque Sylvia, lejos de ser “la loca” que tantos biógrafos retratan, era una mujer empeñada en “ser plena” y seguir los preceptos morales que la “plenitud” deparaba a una mujer de clase media americana: quería casarse con el marido perfecto, ser una esposa perfecta, ser una madre perfecta y ser perfectamente feliz. El problema –la fisura- es que también quería escribir. Y que vivía oscilando en la eterna contradicción que sintetiza en una línea de su poema “Los maniquíes de München”: “La perfección es terrible, no puede tener hijos”.
Pasó desde entonces medio siglo, y lo curioso es que la historia de Sylvia es de una rotunda actualidad: las mujeres, salvo excepciones, siguen pagando por su vida emancipada. En su reciente libro –llamado ¿Quién paga? El dinero en la pareja del siglo XXI- la periodista Leni González, colega de Crítica de la Argentina, habla de las diversas formas en que esposas y concubinas absorben los costos domésticos de “ser independientes”. Las mujeres, se deduce de los casos presentados en el libro, pagan porque mantienen a un preclaro que se cree Baudelaire y no quiere “transar con el mercado”; pagan porque el marido se quedó sin trabajo y si bien se apaña como amo de casa –lleva a los nenes a la escuela, hace la comida- el baño no lo limpia ni amenazado de muerte; y pagan porque ante dos personas que desean crecer profesionalmente –por caso, un varón y una mujer quieren hacer sendos posgrados-, la prioridad suele ser para el hombre.
Las mujeres de hoy, en síntesis, se parecen bastante a las mujeres “libres” de hace medio siglo. En ese entonces –ciudad de Boston, fines de la década de 1950- Sylvia Plath dedicaba media jornada a la escritura, mientras que Ted Hughes le destinaba al arte una jornada completa. Linda Wagner-Martin, autora de –a mi entender- su mejor biografía, cuenta algunas escenas muy tristes: Sylvia pasando la aspiradora entre los pies de Hughes mientras él escribía y tiraba papeles al suelo; Hughes riñiendo a Sylvia en público, por no haberle cosido algún botón de su ropa; y Hughes haciendo listas de temas sobre los que él creía que ella podía escribir.
El gran logro profesional –y personal- de Sylvia fue zafar de esas listas. Y animarse a escribir, como lo hizo en un poema, “Yo/ Soy la flecha”. El detalle es que Hughes no soportó ese cambio –o al menos eso se deduce de lo que vino después- y se buscó una amante y luego promovió un divorcio, y la dejó a Sylvia –de por sí un insecto frágil: una palabra- lírica, filosa y sola; peligrosamente a la intemperie. En ese estado, entonces, Sylvia metió la cabeza en el lugar que oficiaba como destino de toda mujer de su época: el horno. En mis ratos más morbosos hasta puedo imaginarla: un 11 de febrero de hace 47 años, durmiéndose y muriéndose con las ondinas del gas, y escribiendo, de esa manera iracunda y femenina, su último poema.

martes, 19 de enero de 2010

Estos muertos y los otros

“Haití es aquí.”
Caetano Veloso


El “hombre de la bolsa” –el verdadero- existió en Haití. Se lo aludía con el término Tonton Macoute; una expresión en dialecto creòle que aparecía en las historias para niños, y que a mediados del siglo XX irrumpió en la vida real de todo un pueblo. Tonton Macoute fue también, sobre todo, además de un fantasma de la infancia, el nombre de las fuerzas paramilitares que instalaron un régimen de terror en Haití durante los tiempos de François Duvalier (famoso como Papa Doc): un tirano que llegó al poder en 1957, que en 1964 se autoproclamó “presidente vitalicio” y que se perpetuó catorce años en su cargo, para luego ser sucedido por su hijo Jean-Claude Duvalier (Baby Doc), quien estuvo al mando durante quince años más y se valió también de estos grupos de tareas.
Pertrechados con lentes oscuros y machetes de cañaveral –y solventados por el 40% del presupuesto público de Haití- los Tonton Macoute, cuyo nombre oficial era el de “Voluntarios para la Seguridad Nacional”, fueron la mano ejecutora de una de las dictaduras más sangrientas que tuvo América Latina. Edwige D’Anticat, una escritora haitiana que documentó sensible y terriblemente la historia de su país, cuenta en sus libros –mucho más elocuentes que cualquier relato periodístico- que en tiempos de Papa Doc la vida era un infierno. Medio millón de personas huyeron del país y muchos otros miles murieron en su tierra.
Por las calles de Port-au-Prince, en esas épocas, podía verse mujeres caminando con los ojos vacíos y la cabeza de sus hijos en la mano; perros lamiendo las caras de los muertos; y miles de macoutes entrando bárbaramente a las casas de familia. Si había una madre y un hijo, les ponían una pistola en la cabeza y obligaban al hijo a acostarse con la madre. Lo mismo con las hijas y los padres. La escena tan temida llevaba a muchos padres a dormir con sus sobrinas, de modo que -ante una irrupción- no hubiera la obligación de vulnerar a la propia cría (en algunas oportunidades, para evitar la violación o la muerte, las familias entregaban a los macoutes todo aquello que tenían: la casa, la tierra. Y aún así –si no huían- podían ser asesinados).
Papa Doc también mataba con hambre. En los peores años, los más pobres resistían con una pizca de sal bajo la lengua y con té de pulpa de caña (que elimina gases y mata los parásitos que agudizan la sensación de hambre). Nada muy distinto de lo que venía sucediendo hasta hace algunos días, cuando irrumpió el terremoto. Haití, se sabe hoy, es el país más pobre de América y cuando se lee en los medios que en las calles devastadas no hay alimentos ni bebida, lo cierto es que, bueno, hace rato que no los hay. Antes del sismo –el 12 de enero pasado- la mayor parte de la población no podía acceder ni a un plato de arroz, de ahí que muchos subsistieran comiendo unos bollos preparados con barro, manteca vegetal y sal (por este tipo de cosas, la esperanza de vida en Haití es de 57 años). Y cuando el mundo entero se horroriza porque George Samuel Antoine, cónsul de Haití en San Pablo, dice que los males de su país se deben a que “con tanto hacer macumba, ya no se sabe lo que es aquello. El africano en sí trae maldición", lo cierto es que, bueno, hace rato que esos pensamientos están en la isla. Sin ir más lejos, Papa Doc practicaba el vudú y lo reivindicaba como “religión oficial”, y puso al frente de sus Tonton Macoutes a un brujo de nombre Zacharie Delva.
¿Por qué Papá Doc se quedó tanto tiempo en el poder? Por un lado, porque la población creía que era una encarnación del temible Baron Samedí, señor de los cementerios, y de luá o dios vudú. Pero por otro –y sobre todo por otro- porque era conocido el apoyo financiero y militar que recibía por parte de Estados Unidos, cuyo establishment quería asegurarse de que no hubiera otro país comunista en América Latina.
Se sabe lo elocuente que puede ser Estados Unidos cuando quiere unificar criterios en todo el continente. A lo largo de las décadas, los Tonton Macoute –que hoy sobreviven como mano de obra desocupada- asesinaron y desaparecieron a más de 150 mil personas: una cifra muy similar a la que se usa para las estimaciones de muertos en el terremoto de Haití, y que invita a pensar qué salva el llamado “Primer Mundo” cuando sí hace solidaridad con los muertos del terremoto. ¿Salva un número? No parece: en ambos casos –suponiendo que tiene sentido hacer cuentas- es casi la misma cantidad. ¿Salva un escenario? Quizás. La carne humana pudriéndose al sol también era un destino en tiempos de Papa Doc, pero la catástrofe natural –el segundo miedo favorito de los americanos- genera imágenes de una contundencia propia del cine de Hollywood.
Pero la mayor diferencia es otra. Es una que no se ve y que nace de la eterna pregunta entre fines y medios. Y entonces sí, por sobre toda la montaña de muertos –estos y los otros- es posible vislumbrar el peor horror, el más irreversible.

jueves, 15 de octubre de 2009

El Hospitalito

En el centro de Ciudad Oculta hay una construcción titánica a la que todos llaman “el hospitalito”. Es un edificio de once pisos que fue erigido en tiempos de Eva Perón con la intención de hacer allí un emporio de la buena salud. El hospitalito iba a ser el centro para tratamiento de tuberculosis más grande de América del Sur, pero terminó ganándose el destino roto de casi todos los proyectos megalómanos en Argentina. Hoy, “el hospitalito” es un monstruo. Un elefante blanco, dicen los vecinos. Un esqueleto que se yergue sobre la villa como una sombra ominosa; como el recuerdo y la síntesis de un hado residual.
En el hospitalito sólo funcionan algunas cosas. Desde el año 2007, la Fundación Madres de Plaza de Mayo armó en las primeras plantas un jardín de infantes, un comedor popular, un centro de apoyo escolar, y una oficina donde se dan cursos de capacitación y alfabetización para adultos. Pero el resto de los pisos se levanta con ademán espectral. Adentro, en los primeros niveles, viven cincuenta familias. Pero más arriba está vacío, y fueron tantas las muertes, las caídas, las tragedias, que los accesos hacia los últimos tramos están prácticamente obstruidos. Si se pudiera subir hasta la cima, se vería la postal entera de lo que es hoy Ciudad Oculta: un escenario herido donde el polvo, los niños y los perros arman dolorosas coreografías sin nombre.
El hospitalito tiene un terraplén. Iba a servir de ingreso al centro de salud, pero terminó tan descompuesto como el resto de las cosas. En ese espacio, sin embargo, hace algunos días hubo un momento inolvidable y es eso lo que en realidad quiero contar. Ocurrió cuando el grupo Kossa Nostra –en el marco del Tercer Festival Internacional de Títeres al Sur- hizo un espectáculo para las criaturas que van al jardín de infantes. Para muchos nenes, probablemente ése fuera el primer contacto con aquello que se da en llamar “el hecho artístico”. Sentados sobre la explanada, acompañados por docentes, madres, vecinas y empleadas de maestranza, los chicos se cruzaron de piernas y se dispusieron a mirar.
Eran las cuatro de la tarde. A esa hora –cuando hay sol- la villa queda cubierta por un párpado ocre que suaviza las chapas, las aguas, los restos. En ese instante, cuando la luz daba algo así como un abrazo, empezó la obra y es lo mismo que decir que empezó todo. Los chicos, desde el segundo en que salió el primer títere, transformaron el encuentro en un espacio desesperantemente vivo. Todo lo festejaban, lo aplaudían, lo reían, lo buscaban, lo atendían: no vi en ningún otro espectáculo infantil –y vi unos cuantos- una devoción que estuviera tan ligada a la presencia y a la gratitud.
Este lugar no siempre se llamó Ciudad Oculta. El año en que nació, 1937, lo nombraron Barrio General Belgrano y allí vivían los obreros del Mercado de Hacienda, de Ferrocarriles y del Frigorífico Lisandro de la Torre. En su trabajo “Las organizaciones villeras en la Capital Federal entre 1989-1996. Entre la autonomía y el clientelismo”, la antropóloga María Cristina Cravino explica que la villa miseria se formó –como en tantas otras partes del territorio urbano- recién en la década de 1940, cuando el proceso de sustitución de importaciones hizo que grandes masas de población se trasladaran del interior a la Ciudad, con el fin de formar parte de la mano de obra industrial. El problema es que hubo más gente que industria, por lo que empezaron a aumentar los marginados del proceso productivo y –en consecuencia- las formas de vivienda precarias e “ilegales”. Es decir, las villas.
En el caso del Barrio General Belgrano, fue rebautizado como “Ciudad Oculta” a partir del Mundial ’78, cuando los funcionarios de la dictadura levantaron un paredón para esconder de las miradas extranjeras esta postal infeliz. Hoy, viven acá 16 mil personas y basta recorrer las calles para saber que por lo menos la mitad son niños: ocho mil criaturas que pasarán los próximos años galgueando dramas como en una carrera de obstáculos.
Algunos de ellos estuvieron esa tarde de octubre, a los pies del hospitalito, mirando la presentación de títeres hasta el final. El último número del espectáculo consistía en la llegada de “Iván el terrible”, un muñeco con guitarra que cantaba el “Arroz con Leche” en clave de rock and roll. Y lo lindo, lo triste, lo inolvidable de esa escena –finalmente, lo que quería contar-, fue que con la llegada de los primeros acordes buena parte de los nenes, sin que hubiera madre o maestra que los instara a moverse, se puso de pie espontáneamente y empezó a bailar. Habrán sido cuarenta pibes de entre dos y cinco años. Y cada uno de ellos, liberando el cuerpo bajo ese sol cansado, hizo el mejor alegato que alguna vez haya visto sobre infancia, pobreza y oportunidades.
Que esos chicos busquen tanto la felicidad –y la exijan de un modo tan celebratorio y tenaz- debería generar en nosotros, los adultos, un sentido de responsabilidad insoportable.

Malas palabras (y un mundo de sensaciones)

Era una mujer rubia, lacia, teñida. Estaba sentada frente a una mesa de bar y detrás del ventanal había un paisaje reseco, una postal del norte. Un despliegue de cardones y pastizales que parecía ponerle nombre al desamparo. A través del cristal apareció un niño. Una criatura reseca, una postal del norte. Los ojos le brillaban un poquito pero el resto de su cara –la piel, el pelo, los mocos- se había detenido en una rara y calamitosa eternidad.
- Ay, mirá qué divino –dijo la mujer, mientras miraba al nene tras el vidrio.
- Ajj, qué mina asquerosa –se indignó mi madre. Y yo no entendí.
Estábamos en el cine. En realidad era un autocine de Santa Teresita, pero los detalles de la locación los contaré en un número que profundice sobre el tópico “Culo del mundo”. El punto es que esa noche, en Santa Teresita, estaban dando La Película del Rey: un film bello y melancólico de Carlos Sorín en el que trabajaba Roxana Berco, esa mujer rubia y actriz.
Yo era una niña. Mi madre tampoco era tan grande. Pero esa noche supe que había algo que ella sabía y yo no.
- ¿Por qué asquerosa, mami? Si vio al negrito y le dijo qué divino.
Y entonces mi madre me explicó que existen varias formas de discurso. Que una cosa es la palabra y otra cosa es todo lo demás. Y que todo lo demás a veces, por no decir siempre, es lo que verdaderamente habla.

***

El Instituto Nacional contra la Discriminación, el Racismo y la Xenofobia (Inadi) elaboró un Mapa de la Discriminación que dice, en síntesis, que somos un pueblo charlatán. Sólo por mencionar a los porteños, el 70 por ciento cree “la Argentina debe estar abierta a cualquier persona del mundo que quiera venir a vivir en ella” y el 65 por ciento cree que “en el país hay demasiada discriminación”; pero –y esta es la parte graciosa- el 62 por ciento asegura que los trabajadores que vienen de países vecinos “le quitan posibilidades a los trabajadores argentinos”. Dicho de otra forma, hay una franja importante de gente que acepta a las minorías, siempre y cuando –en el caso de las raciales- se vayan a trabajar todos los días a su país de origen.
De acuerdo con este relevo, la minoría más maltratada entre todas –el “todos” incluye religión, género, raza, edad- son los bolivianos: una comunidad que, de alguna forma, cumple parcialmente con esta utopía popular del “haga patria: trabaje afuera”. En la estación Liniers, a un par de kilómetros del barrio donde vivo (Floresta), decenas de bolivianos se suben diariamente a los ómnibus como parte de un derrotero de idas y vueltas que les sirve para traer mercadería, dinero, fuerza de trabajo. El problema es que en los bolsos, a principios de este año, empezaron a traer también larvas de mosquito aedes. Eso me explicó mi compañero de trabajo Mauro Federico, el encargado de cubrir los temas de salud para el diario Crítica de la Argentina: como el Estado no fumiga ni autobuses ni bolsos, esos traslados devinieron la principal causa de que los primeros casos de dengue autóctono en la ciudad y el GBA se dieran en la zona oeste de la capital (Floresta, Ciudadela, Liniers y su estación).
Lo curioso es que, cada vez que quise explicar esta hipótesis, la respuesta del interlocutor de turno fue un gesto de asombro o de incomodidad.
- Bueno, el problema no son los bolivianos –me decían.
Por suerte después llegó el frío.
Es curioso cómo, ante la aparición de palabras como “boliviano”, “negro” o “judío”, la comunidad de biempensantes necesita organizar burocráticas teorías de estructura y superestructura para que la palabra –boliviano, negro, judío- no quede revestida de su peso original. Si en Floresta hubiera una colonia de australianos, ¿daríamos tantas vueltas para decir que el mosquito llega en sus bolsos? Probablemente no. Probablemente lo contrario. Probablemente hablaríamos del problema grave de los australianos y le exigiríamos al Estado, en una marcha organizada por las Madres del Dengue, que le dé garantías sanitarias a una población que está primera en una cadena de riesgo interminable.
Pero bueno. Lo más australiano que hay en Floresta es un tanque.

***

“Los maricas están destruyendo el lenguaje”. Así se titula un imperdible artículo publicado por el antropólogo Marcelo Pisarro en su blog –también imperdible- “Nerds All Star”. En el texto, Pisarro descuartiza la expresión “las cosas por su nombre” –una enunciación común entre todos aquellos que pretenden ventilar Grandes Verdades- y para ello empieza por hacerse sólo una pregunta: ¿Cuál es el nombre de las cosas?
Dentro de la antropología lingüística, hay dos norteamericanos (Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf) que en la primera mitad del siglo XX establecieron una relación sistemática entre las formas gramaticales del lenguaje y el modo de habitar el mundo. Los fundamentalistas de esta idea –los que creen que la cultura es un resultado de la lengua- ya perdieron la batalla. Pero todavía existe una versión más suavizada de esta hipótesis, que todavía sigue en discusión y que sostiene, simplemente, que la lengua influye en la manera que tiene cada hablante de reescribir y conceptuar sus experiencias.
“Ahora bien –escribe Pisarro en su blog-, quienes lideran las tropas de la corrección política no albergan ninguna duda, no importa qué digan los académicos (a quienes acusan de carcamales y de necrófilos de las palabras) o las evidencias empíricas (a las que ignoran): el lenguaje determina el pensamiento y la mejor manera de limpiar el pensamiento es limpiando el lenguaje. Por eso, luego de haber eliminado la discriminación hacia los minusválidos y los retrasados mentales al sustituir discapacidad por capacidad diferente, se lanzan a controlar cómo hay que referirse a cualquier minoría real o potencialmente discriminada. Más allá de las imperfecciones del término “minoría” (¿minoría respecto a qué?), e incluso del adjetivo “discriminado”, tres grupos permanecen desde hace décadas en el ojo de tormenta de la limpieza lingüística: negros, homosexuales e indios. Hablar, o escribir, sobre negros, homosexuales e indios significa meterse en líos. Una palabra fuera de lugar y te cuelgan el cartel de cerdo fascista”.
Escribí dos veces sobre homosexualidad. La primera de ellas fue un libro llamado Los Imprudentes. Historia de la Adolescencia Gay Lésbica en Argentina, donde intentaba contar las implicancias de vivir una sexualidad a contramano cuando ni siquiera se tiene la mayoría de edad. El libro, hasta donde sé, gustó dentro de la “comunidad”. Pero tiempo después, a propósito de un debate sobre cómo había que referirse a los travestis (con qué artículo delante: si “lo”, o si “la”), escribí una columna de opinión titulada “No se puede tener todo” en la que argumentaba, del modo más respetuoso que encontré, por qué el travestismo para mí estaba ceñido al género masculino. Bastaron dos mil caracteres para pasar sin escalas de la categoría de “periodista gay friendly” a la de cerda, fascista, bruta y heterosexual.

***

Sólo el 10 por ciento de la población cree que un discapacitado o un aborigen sea igual al resto. En el caso de los afro descendientes, este número se reduce al 7,3. En el de los judíos o los musulmanes, al 6,7 por ciento. Y en el de los homosexuales al 3,8 por ciento. Las encuestas anónimas –como la del Inadi- tienen el beneficio de esta áspera franqueza, y de ahí en más cabe preguntarse qué puede hacerse con este tipo de respuestas. En un número anterior de La Mujer de Mi Vida, Patricia Kolesnicov -periodista cultural del diario Clarín- se pronunció con honestidad: “No soy ni quiero ser políticamente correcta –dijo-. Prefiero tratar de ver la brutalidad de mis prejuicios y pensar una ideología basada en cambios materiales, sólidos. Una ideología que no se caiga apenas sople el lobo”.
El discurso integrador es, efectivamente, un andamiaje hecho con paja. Eso terminé de entender algunos meses atrás, durante una reunión de padres en un colegio laico y progresista donde fantaseaba con inscribir a mi hijo. En los primeros minutos de conversación, la señora amable que nos daba la charla habló de la institución como “escuela integradora”, y por eso mismo pregunté a qué se referían exactamente con la idea de “integración”.
- A que en cada grado hay un solo niño con alguna capacidad diferente –fue la respuesta-. Puede tener Síndrome de Down o algún otro retraso... La idea es que los chicos aprendan a alternar con realidades que no son homogéneas, porque todos los individuos tenemos particularidades (etcétera).
- ¿Y cómo harían para que se integre?
- Además de la maestra de grado, que es para todos, el niño viene acompañado de una maestra integradora.
- ¿Y quién paga esa maestra?
- La familia del niño.
En el Evangelio, San Juan dice que “en el principio era el verbo, el verbo estaba en Dios y el verbo era Dios”, que es lo mismo que decir que el lenguaje es la verdadera célula que lo genera todo. Pero cada vez que asisto a este tipo de diálogos, no termino de entender qué función cumple el famoso “verbo” cuando entra en los terrenos de la corrección política.
Una respuesta posible es que la palabra, en estos casos, disimula más de lo que nombra. Una maniobra taimada que me recuerda bastante a esa gente que no besa a su pareja para transmitirle amor, sino para callarle la boca.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Naturaleza muerta

El día que decidí plantar tomates, lo hice por razones pedagógicas (hasta el momento, mi hijo pensaba que crecían “en las góndolas del chino”); de planificación doméstica (el kilo valía ocho pesos); gustativas (el sabor de un tomate hecho en casa supera al de un tomate hecho en góndola); y recreativas (los fines de semana con hijos pueden llegar a ser largos). Pero en ninguno de esos argumentos se me ocurrió mencionar palabras como “madre tierra”, “pachamama”, “raíces” o cualquiera de los demás términos que últimamente se invocan para explicar por qué –yendo al punto- poner una macetita de cannabis en tu balcón es una opción de las buenas.

Desde que se legalizó la tenencia de marihuana para consumo, gran parte de los defensores del porro argumenta su postura hablando de la naturaleza. “Podés cultivar tu planta, te la da la Madre Tierra”; “¿Qué hay que legalizar? La naturaleza no está mal ni bien”; “Nosotros sólo somos amigos de las plantas” y “Honremos a la Madre Tierra por darnos cogollos” fueron algunas de las tantas exaltaciones de “lo natural” que se hicieron y se siguen promoviendo en un mundo que, por más de un motivo, ha terminado haciendo de la naturaleza un credo.

El hongo Amanita Phalloides, también llamado “cicuta verde”, es absolutamente natural y no por eso lo comemos. Los métodos anticonceptivos son artificiales, pero nos pueden salvar de un natural embarazo no deseado. La misma idea de “naturaleza”, en síntesis, es un concepto tan manufacturado que desde hace varios años está ceñido a la moralidad sinuosa del mercado. Hay que ver la cantidad de pavadas que se dicen, elaboran y venden para que la gente sea un poco más “natural”. En el nombre de la Madre Tierra hay celebridades que higienizan sus conciencias participando de eventos multimillonarios como el Live Earth, y hay políticos veloces como Al Gore, quien sacó chapa de buen tipo cuando en el año 2006 fue protagonista de The Inconvenient Truth (La Verdad Incómoda): un documental sobre el calentamiento global que le valió un inaudito premio Nobel de la Paz, y que sumió al pueblo americano en una neurosis ecológica sin precedentes. Para salvar al planeta, hay personas que se bañan en agua usada (así no malgastan recursos naturales), hay quienes cuelgan la ropa en vez de centrifugarla (para no usar energía), hay empresas que realizan labores ambientales (y de paso –sólo de paso- reducen impuestos); y hay una inmensa y creciente masa de población que habla de “volver a las raíces” con la candorosa terquedad de quien supone que es posible regresar al útero materno.

Antes de emprender el camino de regreso, sin embargo, valdría la pena que los abanderados de “lo natural” respondieran al menos algunas de las preguntas que Eduardo Ferreyra, presidente de la Fundación Argentina de Ecología Científica (FAEC), expone en un artículo donde la emprende contra el llamado “Mantra Verde”. ¿Permitirían los defensores de ‘lo natural’ que no se vacunara a sus hijos contra el sarampión, las paperas, la rubéola, la poliomielitis, la tuberculosis, el tifus y la fiebre amarilla? ¿Se resignarían a no usar más aspirinas y antibióticos? ¿Qué harían con la tiroides, la presión alta, la artritis, los cálculos biliares, la otitis y los dolores de muelas? ¿Permitirían que los curaran 'manosantas' y curanderos varios, usando medicinas tradicionales de la Pacha Mama? ¿Vivirían sin pasta de dientes ni perfumes ni desodorantes ni jabones de tocador ni tintorerías ni zapaterías ni ropa? ¿Jugarían al fútbol descalzos, tal como lo hacían los aborígenes y los hindúes? ¿Vivirían sin cine, televisión, videos, DVDs, vacaciones en Brasil, viajes a Europa y escapadas a Miami? ¿Con qué instrumental los curarían los médicos en hospitales que no tendrían electricidad, ni aparatos, ni medicinas, esto es: hospitales totalmente naturales? ¿Y cómo harían el fuego -agrego yo- para prenderse el porro?

Decir que la marihuana es buena porque “viene de la Madre Tierra” forma parte de un discurso tan conservador que sorprende. Por eso, frente a un sistema legal que –de a poco- se está quitando viejas telarañas moralistas, sería interesante asumir en torno al porro un discurso más maduro: que lo fumamos porque es rico y pega bien. Porque incluso cuando pega mal no es grave. Porque no trae efectos colaterales. Porque es sexualmente estimulante. Porque no es dañino. Porque calma dolores a quienes padecen cáncer. Porque abre el apetito a los enfermos de HIV. Porque es más divertido –en caso de contractura- que tomarte un clonazepam. Y porque la legalización pone un coto al negocio narco y todo lo demás.

Pero hablar de la Pachamama coloca a algunos militantes pro-marihuana en esa peligrosa línea que separa la argumentación filosófica de los guiones de Peter Capusotto. Y forma parte de una postura ingenua, estudiantil, que los cruzados del cannabis no pueden permitirse.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Ciudad Oculta


Nati y Juan salen a comprar algo en la villa.

- Uh -dice Juan y se palpa los bolsillos-. Me olvidé las balas, ahí vengo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La revelación

La torta de cumpleaños de Joaquín: una cara de Hombre Araña hecha con grana roja y azul, y redes y contornos de chocolate. Soy mala haciendo esto. Mis manos no saben trabajar sin pensamiento.
Mis manos no saben estar solas.
Tiro la grana como si fuera ceniza. El Hombre Araña es pronto una bola roja, lisa y sin forma. Necesito soluciones. Tomo el pincel de acuarelas de Joaquín. El pincel está duro. Con la cerda tiesa voy barriendo delicadamente los excesos de grana. Desde abajo emergen las líneas marrones.
Soy una arqueóloga que busca restos. Puedo pasar así un largo rato. No sé cuándo llegó la noche. Cada parte de torta que asoma es una revelación: información sobre mí. Sobre el indómito y profundo amor por mi hijo. Sobre mi nueva y desesperada templanza.
Arriba y abajo del pincel:
yo.