miércoles, 27 de junio de 2012
Una noche a ciegas*
El Centro Argentino de Teatro Ciego –ubicado en Buenos Aires- es la única institución en el mundo donde todos los espectáculos que hay en cartelera se hacen en la más completa oscuridad. Entre ellos hay uno –A ciegas con Luz- que sube la apuesta y ofrece un show musical acompañado de una cena. Crónica de una noche inquietante.
Estoy nerviosa. Hice en mi vida cosas más arriesgadas pero de todos modos estoy nerviosa. Alguna vez crucé el Riachuelo a medianoche, en un puente sin barandas, con un miedo real de caerme y hundirme en las aguas negras. Otra vez viajé en un tren de madrugada, sola, en un mismo camarote con un marroquí con una herida reciente en el estómago. Pasé –lo dicho- por momentos y lugares más graves, y es por eso que esto –una cena, una obra de teatro en Buenos Aires: mi ciudad- debería ser un paseo por el lado lindo de la vida.
Pero estoy nerviosa.
Todo ahí adentro –la cena, el teatro- viene acompañado de un detalle inquietante: se hace a ciegas. Esa es la propuesta de “A ciegas con Luz”, una obra gourmet en la que todo –la comida, los sonidos- transcurre sumido en una oscuridad que hasta el momento se me antoja dramática: mortuoria. Aunque muchos –los que ya fueron- digan que “te cambia la vida”, que “es una experiencia inigualable”, y que es “increíble”, “impresionante” –etcétera- lo único que sé es que durante una hora y media voy a tener que moverme y no voy a ver nada.
Nada.
Esa experiencia extrema hace que “A ciegas con Luz” sea la propuesta más ambiciosa del Centro Argentino de Teatro Ciego: la única institución en el mundo donde todos los espectáculos que se realizan –en este momento hay seis en cartel- se desarrollan en la más completa noche de las noches.
—La idea es incluir, por lo tanto en esta institución no sólo trabajan actores ciegos -explicó días atrás Martín Bondone, director general y fundador, junto con Ricardo Bentatti, del Centro Argentino de Teatro Ciego-. Acá, lo importante es que sean artistas que canten y actúen muy bien bajo las condiciones que imponemos, que son las de estar a oscuras.
Martín es joven, amable. Y ve. Aquella vez que hablamos, ambos estábamos de pie sobre el mismo empedrado donde estoy ahora: el de la calle Zelaya, pleno barrio de Abasto, una zona turística que muestra la versión que buena parte de los visitantes quiere tener de Buenos Aires: arrabalera, gardelista y con un shopping a cien metros.
—Damas, caballeros, síganme por favor.
Un hombre de traje negro sale a la vereda y nos hace una seña. Vamos a entrar y yo estoy –lo dije- nerviosa. Como no podré tomar notas, llevo un grabador que tiene una luz roja, tenue, de dos milímetros de diámetro. Lo guardo en mi bolsillo y junto con mi marido –Juan- nos integramos al grupo que se acerca a la puerta de ingreso. Subimos una escalera de mármol secundada por velas y quedamos apiñados en un pequeño salón de distribución. A mi lado una mujer se quita los anteojos. Lo demás es murmullos, penumbras, sombras desvaídas sobre las paredes.
—Les voy a pedir que apaguen los celulares y que no los dejen ni siquiera en modo vibrador o en silencio, porque la luz arruina el show –dice Martín Bondone, quien está de pie y organizando al grupo en una esquina.
—Los que se sientan un poco ansiosos sepan que los primeros cinco minutos son los peores –sigue-. Después se van a relajar y la van a pasar bien. Ahora: si ya pasaron cuarenta minutos y todavía se sienten mal, tóquense las manos y si las tienen sudadas, griten desesperadamente.
Reímos. De nervios. Somos unas sesenta personas –esa es la capacidad aproximada del local- y todas estamos hacinadas e inquietas.
—Y en relación al espectáculo, pedimos que cuando empiece el show hagan silencio –dice Bondone-. Es curioso: cuando la gente no ve nada tiende a elevar el nivel de la voz. Tendemos a pensar que tiene que ver con algo existencial, no sabemos bien qué tipo de cuestión filosófica entra en juego… Creemos que tiene que ver con que la gente siente que hay algo que ha desaparecido del mundo y para cubrir esa ausencia empieza a elevar la voz y a decir por ejemplo “QUÉ RICO QUE ESTÁ TODO”.
Todos vuelven a reír. Yo especulo. Cuando los grupos son chicos –y nosotros somos dos- las mesas son compartidas. ¿Con quién nos sentarán? Sólo pido que nuestros vecinos hablen español -hay varios extranjeros- y que no sean esas dos mujeres brutas que me dieron un carterazo en la entrada.
—Y por último: no hace falta que llamen a la persona que les va a servir –dice Bondone-. Tampoco hagan señas con la mano porque no tiene sentido. Mucha gente piensa que trabajamos con cámaras infrarrojas o algún tipo de tecnología estilo “Guerra del Golfo”. Pero no. Acá somos todos ciegos.
Eso es lo último que dice: “Acá somos todos ciegos”.
Y luego entramos.
Avanzamos en fila india, tomándonos de los hombros. Delante de mí hay un extraño –al que toco- y atrás está mi marido –que me toca. La escena recuerda a la parte decadente de las fiestas –en las que los invitados hacen un trencito-, de no ser por todo lo demás: no vemos nada.
No vemos nada.
Y decir “no vemos nada” ni siquiera alcanza porque estar a ciegas es bastante más que no ver nada: es –noto- el abismo. Es una caída libre hacia un planeta lleno de sonidos y protuberancias: el hombro de la persona que va adelante; un murmullo; el roce de una silla. Todo, de repente, se mete en la nariz y en las orejas y entre las costillas.
No vemos nada.
En algún momento la fila india se detiene. Alguien le habla al hombre que tengo adelante –para acomodarlo- y pierdo lo único que me conecta con el mundo: esos hombros. Quedo infinitamente sola por uno, dos, tres eternos segundos hasta que alguien toma mi mano.
—Vení, seguime. Ahora vamos a pasar entre dos mesas.
Es un varón. Lo agarro con urgencia y siento los nervios de Juan sobre mis hombros. Doblamos una, dos veces: no sé dónde estoy. La presión sobre los pies me recuerda que estoy de pie, pero las referencias básicas –“arriba”, “abajo”, “izquierda”, “derecha”- parecen haberse ido para siempre. No tengo brújula.
—Esta es tu silla –oigo. El hombre pone mi mano sobre una superficie dura: el respaldo de la silla. No sé qué es lo que sigue. ¿La silla está contra la mesa? ¿Debo correrla? El hombre ya se fue, pero siento su voz: ahora está acomodando a Juan. Ya no tengo ayuda. Quedo de cara al vacío y hago el intento de sentarme: aparto la silla, llego a tientas a la base y me repantigo encima sin ninguna clase de elegancia: estoy peleando por no caerme del mundo.
—Hola a todos, mi nombre es Gabriela y voy a ser la moza por esta noche.
Una voz. Una mujer. Qué queremos, pregunta: vino blanco, tinto, agua o gaseosa. Unos minutos antes, en el mundo de la luz, Martín Bondone advirtió que en la oscuridad el efecto del alcohol es peor. “Van a perder el registro de lo que toman –dijo-. Les recomiendo hacer un nudito a la servilleta después de cada vaso que les sirven. Cuando la servilleta esté llena de nudos les pedimos un taxi”.
Anudo, pues, mi servilleta. Y pido vino. El lugar ofrece Graffigna Centenario -el Malbec argentino más premiado en los años 2007 y 2008- y lo sirve en un recipiente que no es una copa, sino un vaso con la base maciza –pesada- y pensado para que ningún roce lo tumbe sobre la mesa.
—¿Y? ¿Qué tal? –le pregunto a Juan. Pero no responde. Recién luego de unos segundos dice:
—Desesperante.
—Sí, sí… rarísimo todo –dice otra voz. ¿Quién está ahí? Estamos con otra gente. Nos hablan. Estiro la mano para tocar mi plato y hundo los dedos en una textura blanda. Es –lo sabré en unos segundos, cuando asimile las dimensiones de la mesa- la comida de la mujer que está sentada a mi derecha. Metí la mano en su plato, pero ella no va a enterarse. Quizás alguien hizo ya lo mismo con el mío.
Nos presentamos y empezamos a comer.
La cena consiste en una opción de finger food (comida para comer con la mano) distribuida por pasos que se comen de izquierda a derecha. Lo que hoy hay es –de izquierda a derecha- una porción de pizza, una empanada de berenjena, una brochette de carne con verduras asadas, una carne con salsa teriyaki, otra brochette con quesos y una brochette de frutas bañadas en chocolate. Hay, además, en el centro, una canasta de pan –la canasta es comestible- y cargada con pan.
—¿Esta mano de quién es? –dice una mujer.
—Mía –dice mi marido.
—Me estás agarrando la mano, soy la camarera.
—Ah, perdón.
Escucho este diálogo y sé que no quiero olvidarlo. Me sirve para esta nota, y también para futuras peleas. Tomo mi grabador, lo cubro con mi mano, busco a tientas el botón que dice “rec” –practiqué antes, para poder encontrarlo a ciegas- y aprieto. Se enciende una luz roja del tamaño de una cabeza de alfiler, y además procuro taparla con la mano.
—Veo una luz roja, ¿¿ves???? Le veo la mano a ella que la está moviendo, ¡es una luz roja!!!!
Bueno, mi compañera de mesa es bastante insoportable. Así no se puede. Apago todo y, de ahora en más, decido irme debajo de la mesa para grabar lo que se me antoje. Total quién me ve. Soy absolutamente impune. En el instante en que lo entiendo, la oscuridad empieza a resultar interesante. Acá puedo comer sin elegancia, puedo robarle la comida a esta loca, puedo ser indecente.
—¿Ustedes tienen los ojos abiertos?
Juan habla con nuestros vecinos. Ellos responden que sí: que tienen los ojos abiertos. Estar a ciegas con los ojos abiertos –sin antifaces, sin vendas: con los ojos abiertos- es una experiencia límite. Y reveladora. La mirada del ciego, noto, carece de foco y de recorte: no está lo que entra y lo que no. Los ciegos ven todo. Creo que acabo de entender algo sobre Borges y sus laberintos.
—Estoy comiendo un pan –dice Juan. Parece una criatura. Todos, en realidad, parecemos criaturas. Comemos pan como si fuera el primer pan. Tocamos todo con vértigo. Ahora –mientras mastico- me dedico a recorrer los bordes. Del plato, del vaso, de la mesa.
—Perdón.
Le toqué la mano a mi vecina. La mesa es chica. ¿Cuánto medirá todo esto? ¿Somos muchos? ¿Estamos cerca? ¿De qué tamaño es mi plato? ¿Es cuadrado? ¿Y este pan? ¿Es mío? Lo muerdo.
—No seas caprichosa.
Momento: él –mi vecino- le está diciendo a ella que no sea caprichosa. La razón: ella pidió menú vegetariano pero ahora hay algo que no le gusta:
—La empanada es de berenjena –dice en voz baja- y a mí la berenjena no-me-gus-ta.
—No podés ser vegetariana y no comer berenjena –dice él. Yo estoy de acuerdo. Acerco la cabeza y sigo escuchando con atención. Este lugar es magnífico.
—¿Y si le pido la empanada? –me susurra mi marido.
—¿Qué? Ni se te ocurra.
—Yo puedo darle la empanada –dice la chica.
Nos escuchó. Qué peligro. Quiero más vino.
Entonces suena un piano.
Solo: un piano.
El que toca, sabré después, es Carlos Cabrera: un hombre de sesenta y tantos años, ciego de nacimiento, que durante una entrevista dirá lo siguiente: “Cuando la gente va a ver a una cantante, las mujeres miran qué tiene puesto, cómo está peinada, cómo agarra el micrófono, cómo se para, y después la escuchan. Pero acá no. Acá no tienen más remedio que escuchar. Y el hecho artístico es definitivo”.
—Bienvenidos a “A ciegas con Luz”.
De repente: una voz dulce. Junto con el piano: la voz. Y luego de la voz, un sonido ambiental de cascos de caballos, afiladores de cuchillos, cafetines porteños, autos antiguos –y un suave olor a pólvora- y el mar. Empezó la obra de teatro. Y lo que tengo, ante mis ojos, es el mundo: veo las vetas de la mesa de madera del café, veo los granos plomizos de los empedrados, veo la escoba barriendo y levantando una nostálgica nube de polvo. Mis ojos están en paz. No necesito, por este rato, ver. El vino empieza a hacer efecto. ¿Tomé mucho? No hice los nudos en la servilleta. Ahora, en la obra, hay una madre bañando a su hijo y siento las gotas finas –y el olor a talco- sobre mí.
—Trabajar en la oscuridad es absolutamente distinto –dirá días después Luz Yacianci, la cantante lírica y directora artística de la obra-. Hay una intimidad con el público muy especial, y tenés más libertad para expresarte porque no está el juicio del que te está mirando. A ciegas, podés definir a la cantante como quieras, poner los colores que quieras, y quedarte en un espacio de tu conocimiento o volar: armarte un escenario surrealista.
La voz de Luz es elegante y alada: una coreografía de cisnes. Mientras la escucho me toco las cuencas de los ojos, los huesos de la cara; me recorro y pienso: yo también era esto. Luego le toco la cara a Juan en una escena un poco cliché –parezco Hellen Keller en El milagro de Ana Sullivan- pero cargada de una curiosidad verdadera. Juan me toma la mano. ¿Estará emocionado, o lo estoy molestando? No quiero preguntar: no voy a hablar. Las palabras, los sabores, el tacto: cualquiera de estas cosas, en este mundo sin bordes, lo ocupa todo.
Y entonces una luz.
En algún momento –una hora y media más tarde- la cantante enciende una vela mínima pero con una fuerza de expansión apabullante. Detrás de esa gota quieta se va revelando lentamente una mujer: un cuerpo frágil –pálido y de huesos finos-, rodeado de varios otros cuerpos que al principio son sombras y que luego son personas.
Esto ha terminado. Allí está Carlos Cabrera –el músico- y aquí estamos nosotros. En estado de estupor. Asistiendo a un despertar que nos muestra pegados los unos a los otros, en el medio de una habitación de muros y cortinas negros, con los ojos limpios, en silencio, más ciegos que nunca: mirándonos.
* Publicado en la revista Domingo, del diario El Mercurio.
martes, 26 de junio de 2012
El ojo en la tormenta
Pepe Mateos es, además de un gran fotógrafo, el autor de una secuencia que -presentada ante la justicia- expuso la responsabilidad del ex comisario Alfredo Fanchiotti y del cabo Alejandro Acosta en los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. A diez años de la masacre de Avellaneda, subo esta entrevista hecha en el año 2009 para la (hermosa) revista Nuestra Mirada.
Avellaneda. La vida profesional de Pepe Mateos tiene un punto de inflexión. La del fotoperiodismo argentino, también. Pero lo curioso no es esto sino que ese quiebre –ese comienzo- sucede en ambos casos en el mismo lugar y en el mismo día negro. El 26 de junio de 2002, en un marco de crisis generalizada y durante una de las tantas protestas sociales que se venían dando, el gobierno del entonces presidente Eduardo Duhalde decidió impedir -a cualquier precio- que un grupo piquetero cortara un puente en el partido de Avellaneda, zona sur del conurbano bonaerense. Esa intervención supuso una represión feroz que terminó con dos piqueteros asesinados a mansalva por la Policía Federal. Se llamaban Maximiliano Kosteki y Darío Santillán y contaron con un horroroso privilegio: la muerte de uno de ellos –Santillán- fue registrada por la cámara de Pepe Mateos.
Esas imágenes lívidas, caóticas –crispantes- funcionarían posteriormente como un elemento clave para establecer las responsabilidades sobre lo que terminó llamándose “la masacre de Avellaneda”. Gracias a ese documento -240 fotos incorporadas a la causa- un comisario terminó preso; el gobierno del entonces presidente Eduardo Duhalde anticipó sus elecciones y –efecto colateral- el fotoperiodismo amaneció en su terrible esplendor. Y estableció –como nunca antes- una suerte de manifiesto sobre el carácter “real” de la imagen fotográfica.
En un bar del barrio de San Telmo, a metros de su casa, Pepe Mateos -50 años, 22 en el oficio, 18 de ellos como reportero gráfico del diario Clarín- recuerda el episodio con ademanes austeros: no hay gestos, no hay alteraciones en la voz; la economía –se verá a lo largo de la charla- opera en Pepe como una forma perfecta del pudor.
-Ese día para mí tuvo una carga tremenda. Y lo que sucedió después superó definitivamente todo lo que yo podía pensar del fotoperiodismo.
-¿Creés que la fotografía en Argentina tuvo alguna vez, antes del episodio de Avellaneda, semejante carga documental?
-Dicho así parece un poco presuntuoso… Pero bueno, es cierto que estas fotos dieron vuelta una versión y tuvieron un valor de prueba increíble. Pero ojo, no tuvo que ver conmigo. Clarín me mandó y yo estuve ahí, en ese momento. A veces se trata de estar en el momento.
-¿Cómo te afectó eso: estar en el momento?
-De una forma muy rara. Es un poco inevitable sentir una cosa de vanidad, de orgullo, incluso hasta de delirio trascendental, de pensar “por qué me tocó estar ahí”… Yo conozco muy bien la zona, estudiaba cine por ahí y en una época iba todos los días. Y sin embargo, después de ese día toda la zona parecía distinta. Me parecía grande, inmensa, como expandida. La verdad que no tengo mucha explicación interna a lo que me pasó.
-¿Te has llevado imágenes a la almohada?
-Claro. Pensé mucho en fotos que no saqué.
-¿Reprochándotelo?
-Un poco, sí. Hubo un primer plano de Kosteki que no tomé y que me persiguió bastante tiempo. No pude tomarlo. Yo sentía que lo que estaba sucediendo superaba lo fotográfico. Fotografiaba, sí. Pero a la vez estaba muy impactado por la situación.
-La cámara no era distancia suficiente.
-No, ninguna distancia. Yo estaba ahí.
Luján. La primera vez que Pepe trabajó como fotógrafo fue a sus 28 años y en la provincia de Neuquén, oeste de Argentina (adonde se había mudado temporalmente por motivos personales). Estuvo unos años en un diario local hasta que en 1992 regresó a Buenos Aires y terminó en Clarín, donde ha cubierto –desde entonces- moda, actualidad, espectáculos, en fin: todo.
Pero antes de esos 28 años hubo otra vida. Distinta.
Hijo de una familia de carpinteros (padre, abuelo, tíos dedicados siempre al mismo oficio), Pepe creció en Luján –provincia de Buenos Aires- bajo el signo de las cosas concretas. Sólo existía lo que podía crearse, abarcarse y romperse con las manos, y la cultura del esfuerzo (físico) era también una moral. Pepe trabaja desde chico. A los diez años, luego de emplearse durante un verano usó el dinero ganado para comprar su primera cámara de fotos. Era de plástico. Con ella empezó a tomar fotos esporádicas: de un puente, de su hermano.
Luego pasaron los años y Pepe trabajó en bibliotecas, casas de alfombras, tornerías. Pintó paredes. Fue obrero en una fábrica. Hasta que un día de sus veintitantos años, le pidió a su madre aquel sobre con fotos.
-Le pregunté dónde estaba ese sobre. Y me contestó: “Ah, lo tiré porque eran fotos de nada”. Fue una frase fabulosa. No la olvido. ¿Cómo convencer a mis padres de que yo sacaba fotos de “algo”? Mis comienzos con la fotografía fueron una lucha. A ciegas. Me acuerdo cuando empecé a revelar. Un sufrimiento. La primera vez que compré químicos me los vendieron vencidos, entonces yo revelaba y no aparecía nada y yo pensaba “¿qué mierda pasa?”. Tendría 18 años. Seguía en Luján. No había nadie a quien preguntarle, porque el único que sabía en el pueblo era un fotógrafo chanta que me había vendido todo vencido. Como en mi casa existía esa cosa de hacer rendir las cosas hasta el final, una vez que terminé esos químicos me compré unos nuevos y ahí sí: fue maravilloso. Salían las fotos. Yo revelaba todo el tiempo y revelando hice todo tipo de desastres. Una vez se me volcaron los químicos arriba de la cama y mi vieja casi me mata. Mucho tiempo después, cuando yo trabajaba en el diario de Neuquén, ella dijo: “Quién hubiera pensado que, con todos los desastres que hizo, iba a terminar trabajando”.
-¿Cómo hiciste para llegar a fotógrafo con ese concepto tan desmoralizante?
-Fue complejo, porque efectivamente mi origen familiar es muy concreto y acá tendríamos que hablar de la relación con el padre, ¿no? Siete años en el psicoanalista y los siete años hablando de eso –ríe-. Cuando trabajo, me resulta inevitable preguntarme por el “para qué” de las cosas. ¿Qué sentido último tiene lo que hacés, más allá de la satisfacción inmediata y personal? Sé que hay una gran negatividad en todo ese pensamiento, algo casi nihilista, de pensar “de nada sirve todo lo que haga”. Pero bueno, en ese sentido trabajar en un diario me da una justificación existencial total, que a la vez es económica y social. Saco fotos para que salgan en el diario.
-Esa justificación te tranquiliza. ¿Pero te conforma?
-Sí, porque para mí no hay grandes divisiones entre el trabajo que se hace movido por un factor económico y el que se hace movido por otra cosa. Cuando trabajo no me doy cuenta de que estoy trabajando por dinero. Para mí, el trabajo puede gustarme o no gustarme. Y lo que marca la diferencia entre lo uno y lo otro es que exista un intercambio entre las dos partes que componen el hecho fotográfico. El acto de fotografiar debe modificar algo: debe haber un roce, una fricción entre quien fotografía y el que es fotografiado, que derive en algún tipo de pérdida. Y no me refiero solamente a personas. Podés estar fotografiando un objeto aparentemente inanimado y, ahí, algo puede estar sucediendo.
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| Pepe Mateos en el Bar Británico, San Telmo, (c) Pablo Corral Vega / Revista Nuestra Mirada. |
Buenos Aires. Las fotos que se presentan en Nuestra Mirada son, justamente, el resultado de un intercambio sensual –táctil- entre Pepe Mateos y la ciudad de Buenos Aires. La obra –compuesta por una serie de capturas hechas a lo largo de la última década- funciona a la manera de un relato cinematográfico: cada imagen parece un fotograma rescatado al azar –no hay principio ni final evidentes- e integra el rompecabezas de una ciudad volcánica. Dos ancianas esperando lo peor, un rebaño de soldados y el ominoso poder del Estado –entre tantas otras-forman parte de una historia coral signada por la fisura: en cada foto hay algo que se rompe, una máscara partida.
Pepe Mateos supo ver, en el caos de la ciudad, una verdad. Y un orden.
-Pero con estas fotos no hay ni hubo ninguna pretensión superior. Me dejo llevar por lo que veo, que no necesariamente tiene que estar diciendo “algo”. Por ejemplo, en una época trabajaba bastante de noche y me tocaba circular por lugares donde veía gente y situaciones interesantes. Entonces empecé a trabajar sobre eso. Pero cuando empecé a ser conciente de que me estaba marcando una línea de trabajo, bueno: ahí la recontra cagué.
-Casi como con los sueños: desaparecen cuando uno se da cuenta de que está soñando.
-Igual. Cada vez que pienso “quiero esto” lo arruino. Por eso admiro a gente como Marcos López, que se configura en una dirección y va hacia ahí. Con el detalle de que, además, si a Marcos lo sacás a la calle con una cámara también es muy bueno. No es un artista que corta figuritas. Marcos es un maestro de la luz, un tipo con una visión, uno de los fotógrafos más inteligentes del país.
-Alguien que va en una dirección.
-Claro. En cambio yo siento que voy y me encuentro con las cosas. Pero tampoco me quiero subestimar. Siempre hay una intención, lo difícil es hacerla conciente. Siento que ahí fracaso. Las fotos que seleccioné para Nuestra Mirada… Siento que están bien para regalársela a la gente, pero acá no hay una obra, un cuerpo de algo… Eso siento. Igual, creo que hay un mecanismo muy autodestructivo en lo que digo sobre mi trabajo. Y a la vez a mí me sirve para seguir intentando, ¿no? En lugar de dejar de hacer fotos, sigo haciéndolas y encontrándome con mi límite.
-¿Pensaste en dejar de hacer fotos alguna vez?
-Sí, cerca del 2002. Venía de un par de años de no saber qué hacer. Hacía fotos de moda y, digamos, no era malo pero no era un fotógrafo estrella. Tampoco era maravilloso haciendo actualidad. Haciendo entrevistas, menos… Es como que hago un poco bien todo, pero no tengo una cosa que digas “uy, qué bueno lo que hago”. Y en esa época todo ese pensamiento tan particular que tengo sobre mí llegó a su punto máximo. No sentía entusiasmo por nada. Entonces en el 2002 dije “voy a salir a la calle a ver qué pasa”. Porque el deseo de fotografiar no lo perdí nunca.
Y Pepe, entonces, salió a la calle. Y “lo que pasó” fue esto: la masacre de Avellaneda, Maximiliano Kostecki, Darío Santillán, las fotos -el peso furioso de las fotos en la historia política de un país- y una verdad: que algunos trabajos -como la madera- tienen límites, volumen, cuerpo. Y permanencia.
domingo, 24 de junio de 2012
Y parirás con dolor *

Era el 16 de abril de 2003 en el hospital Guillermo Patterson de San Pedro, Jujuy, y la vida transcurría sin que nadie fuera capaz de imaginarse nada. Los enfermos dormían, el suelo apestaba a lavandina, y diez embarazadas hacían fila para que la doctora Mónica Torres de Pilili las atendiera de una vez. Ventanas afuera, San Pedro amanecía como de costumbre: con una luz diáfana y ciega que les da a las montañas una nitidez que luego se pierde en el transcurso del día. A las ocho de la mañana, entonces, a la hora en la que todo parece más claro que lo habitual, una enfermera se acercó a Torres de Pilili casi sin aire.
-Llegó una bebé toda con sangre, doctora. Toda, ¡toda! Recién le salió a la chica y está muy pequeñita, como que le salió antes de tiempo.
Estaba envuelta en una toalla y la traían dos mujeres con la cara deformada por el susto. Decían que acababa de nacer. Que la madre había parido en el inodoro de la casa y que aún seguía en el baño, enajenada, como si alguien la hubiese abierto y embalsamado allí mismo.
-No sabíamos que tenía a la bebé adentro. ¡Si no se le notaba! Nunca dijo nada, mi dios, no sabíamos nada y ahora la Romina sigue allá y está como idiota, como ida, llena de sangre -dijo la madre de Romina, que se llama –las cosas de la vida- Elvira Baño.
Elvira jamás supo que su hija estaba encinta. Tampoco lo supo Florentino Tejerina, el padre, ni Mirta, la hermana veinte años mayor. En realidad, casi nadie en San Pedro sabía de este tema. La única que estaba al tanto era Érica, la hermana más cercana en edad -Erica tenía 22, Romina 18- pero había callado todo con una fidelidad de acero.
-Si decís algo a los papás, me mato -le había dicho Romina. Y Érica no habló.
Durante siete meses, Romina se envolvió con una faja y logró disimular su panza. No había mucho que esconder, de todos modos. Pesaba 46 kilos y las tabletas de laxantes que tomaba a diario la ayudaban a perder en líquido lo que ganaba en carnes. El 15 de abril a la noche, acompañada por Érica, tomó una tableta entera y se dejó llevar. A las siete de la mañana se sentó en la taza sin saber que iba a parir.
Más adelante, Romina contará que no recuerda ese momento. Que no sabe cómo se cortó el cordón umbilical, ni cómo es que la beba pasó del inodoro a un toallón blanco. Romina mirará hacia atrás y esa mañana será nada. O casi nada.
-Sólo me acuerdo del llanto del bebé -dirá-. Eso nomás.
La primera imagen que aparecerá, casi en sueños, será la del hospital: Romina -dirá- veía todo rojo.
-Qué te hacés la nerviosa, la mosquita muerta -le dijo, según Romina, la doctora Torres de Pilili-. Mirá lo que hiciste, loca.
La sangre no era sólo del parto: después de una breve inspección, Torres de Pilili supo que la beba había sido acuchillada. René Reyes, un policía del hospital amigo también de la familia Tejerina, se agarró la cabeza y empezó a llorar y a invocar a dios.
-Virgen santa qué hiciste Romi, dios mío, dios mío, pónganle un nombre al menos, pónganle Milagros del Socorro -dijo.
Todos le hicieron caso.
Milagros del Socorro murió dos días más tarde.
*
La noticia recorrió San Pedro no tanto porque fuera grave –suelen pasar cosas así en la zona- sino porque San Pedro es chico. La ciudad, en rigor, tiene 70 mil habitantes, pero no queda claro dónde está toda esa gente. Aun en la zona céntrica –cinco cuadras llenas de autos y comercios- los sonidos llegan con la lejanía incorporada, como si no tuvieran suficiente masa donde rebotar. Y no es sólo una cuestión sonora: en San Pedro la vida entera parece aminorar el paso. Aquí hay tiempos lerdos, animales dormidos, una iglesia, un hospital, una intendencia, algunas radios y una plaza principal. Hay también dos boliches, Pacha y Metrópoli, que le dieron al lugar una fama en todo Jujuy: se dice que en San Pedro, a sesenta y tres kilómetros de la capital, la noche se mueve más que cualquier otra en la provincia.
Es extraño, porque los boliches no son gran cosa. Vistos desde afuera, Metrópoli parece un cine porno y Pacha –con acento en la primera “a”- podría pasar por un galpón clausurado. Justamente en Pacha, detrás de un portón sucio de óxido y afiches rotos, solía bailar Romina. Y dicen que bailaba bien.
-Cuando iban las bandas tropicales, hasta la subían al escenario para que ella bailara –dirá después Mirta Tejerina, docente, militante gremial y hermana mayor de Romina-. Y yo admito que le daba permiso para bailar. Mamá me dijo después: "¿Por qué le dabas, Mirta, por qué?", como si eso hubiera sido la culpa de todo.
“Todo” es que el 1 de agosto de 2002 Mirta autorizó a Romina y Érica para ir a Pacha. Érica salió primera y, horas más tarde, Romina fue a buscarla al portón, pero no la encontró. En ese instante, y en circunstancias que aún no quedan claras, Romina habría sido arrastrada por un hombre hasta un Renault 9 color rojo, habría sido amenazada y habría sido violada poco después. El hombre habría sido Eduardo Pocho Vargas, un tipo veinte años mayor que vivía medianera de por medio con Romina. Ante la justicia, Vargas diría, catorce meses después, que Romina entró al auto y se dejó avanzar con gusto. Pero Romina no recuerda el gusto: dice que Vargas le tapó la boca, que la violó y que amenazó con matar a toda su familia si ella se animaba a gritar. Romina no gritó. Volvió a su casa en silencio. La familia supo todo siete meses más tarde, cuando Romina parió en forma prematura y protagonizó una escena digna de Alfred Hitchock. En pleno brote psicótico, vio en el bebé la cara del violador, tomó un cuchillo tramontina –estaba allí para raspar el verdín de los azulejos- y le dio, según dice la instrucción, diecisiete puñaladas.
Desde entonces, Romina está presa en la Unidad 3 de San Salvador de Jujuy a la espera de un juicio oral en el que probablemente le den 25 años de prisión bajo el cargo de homicidio agravado por el vínculo. Su supuesto violador, en cambio, estuvo veintitrés días demorado y le acaban de confirmar el sobreseimiento. Por este tipo de paradojas el caso Tejerina cuenta con un respaldo inédito en la Argentina. Más de 50 organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales pidieron su liberación y hasta la Corriente Clasista y Combativa de Carlos “El Perro” Santillán hizo causa común con Tejerina, a tal punto que son ellos quienes le pusieron la abogada.
Y es que detrás de Romina hay una polémica aún mayor, que gira en torno a la legalización del aborto y el infanticidio: una figura jurídica que estaba contemplada hasta 1994 y que disminuía la condena para las mujeres que mataran a su hijo durante o inmediatamente después del parto si lo hacían "para ocultar su deshonra". En caso de infanticidio, la pena era de 1 a 6 años de prisión. Pero en 1994, el Congreso derogó esta figura con el argumento de que “ni la honra ni el honor se comprometen hoy en el parto”. Desde entonces, el mismo hecho pasó a ser un homicidio agravado por el vínculo, al que le cabe la máxima sanción que prevé el Código Penal. La defensa –encabezada por la abogada Mariana Vargas- pide la liberación de Romina justificando que la violación le ocasionó una negación del embarazo y que esa crisis le generó un episodio psicótico que desembocó en homicidio. El juez Argentino Juárez, en cambio, procesó a Romina al sostener que no es inimputable porque “tuvo intención homicida para con su hija antes del hecho, cuando quiso abortar en reiteradas oportunidades y también al momento del parto”.
Jujuy lidera el ránking nacional de mujeres con –diría Juárez- “intención homicida”. La forma que tiene el Estado para medir esta práctica es el índice de mortalidad materna, que en la provincia trepa al 2 por mil, una cifra que duplica y triplica los números del Centro y Sur del país (tanto es así que, en la Puna, los registros se equiparan a los de los países más pobres de África). Y esto no es porque las mujeres mueran al parir: mueren complicadas en intentos de aborto. El derecho de pernada de los padres, padrastros y patrones hizo que en el Norte los hijos no sean, necesariamente, fruto del amor y las buenas costumbres que defienden los jueces.
En muchas zonas de Jujuy, las madres y los hijos nacen y mueren del mismo modo que nacen y mueren las llamas y los perros: sin mucho espamento. Los diarios de San Pedro siempre cuentan historias: está la del padre que vivía en el ingenio La Esperanza, que dejó embarazada a su hija y que zafó de la cárcel porque su mujer –mamá de la criatura- fue llorando a la comisaría pidiendo que lo suelten, porque el hombre era sostén del hogar. O está la del barrio Albornoz: hace poco una chica se abrazó a un poste, parió a su hijo como quien escupe y después se fue andando, como si nada, mientras que al cuerpito se lo comían los perros. Por este tipo de casos, en San Pedro ya es famosa la pregunta que Elsa Colque, maestra y militante de la Corriente Clasista y Combativa, hizo durante un discurso en defensa de Romina: “¿Ustedes saben –dijo- cuántos fetos hay enterrados en los fondos de las casas?”
*
La casa donde vivía Romina queda en el barrio Santa Rosa de Lima y es una construcción blanca, de tres ambientes y paredes despintadas, ubicada en el cruce de dos calles en las que abundan el polvo y los perros. Hoy vive allí una mujer ajena a la familia: su mayor preocupación consiste en juntar dinero para cambiar el inodoro.
-Nos mudamos con lo justo y… no puedo ni mirar ahí. Me da asco. Yo acabo de tener una bebé y ya le dije a mi marido: el inodoro se va de esta casa -explica. Y no explica más nada.
Desde marzo de 2001 y hasta el 16 de abril de 2003, vivieron allí las tres hermanas Tejerina. Esa casa era la síntesis de una emancipación familiar: a los 39 años, Mirta Tejerina había decidido abandonar el nido paterno. Llegó a la casa nueva en calidad de cuidadora y pocos días después sus dos hermanas –Érica y Romina- se fueron con ella.
-Yo las llevé conmigo porque quería otra vida para las chicas. No hablo de libertinaje, pero yo tuve una juventud tan... Mi papi está por cumplir los 70 el mes que viene, mi mami tiene 64. La diferencia generacional es grande… Yo no quería lo mismo para ellas.
-¿Qué es "lo mismo"?
-Hoy, a mis 42 años, estoy sola. En la casa de mis papis el sexo era eso sucio, eso peligroso, eso horrible, eso pecaminoso. Ellos decían que si un día nosotras nos aparecíamos embarazadas a mi papi le iba a dar un derrame cerebral. Eso decían. Por eso la Romi nunca contó nada, porque... ¿y si el papi se nos moría? Y además estaba el miedo a los golpes de la mami. Mi mami me pegaba a mí de chica, lo pegaba a mi hermano Julio César, que ahora tiene 35, lo pegaba con la sartén. Y también las pegaba a mis hermanas. Y yo pensé que si ellas venían conmigo iban a tener una juventud mejor.
Mirta no parece de 42 años. Luce, más bien, como una muñeca joven y herida: tiene flequillo castaño, uñas pintadas de rosa y unos ojos que se abren y se cierran como si tuvieran párpados de pez: nunca parecen cerrarse de verdad. Mirta pestañea y hace esfuerzos por no llorar, mientras ceba mate en la cocina de su nueva casa. El 14 de noviembre de 2003 se mudó con Érica a San Salvador de Jujuy, a un lugar pequeño y de aires tranquilos al que Mirta llama “nuestro refugio”. Mirta quiso irse cuando la vida en San Pedro se le volvió insoportable.
-A mi hermana la juzgan en San Pedro porque no era una ignorante absoluta, y a mí me da tanta bronca. Yo siento que mucha gente disculparía a Romina si tuviera puesta la pollera de siete colores. Y cuando ven que no, que es una adolescente común que sufrió una tragedia, entonces se ponen con la moral y el dedito. Me acuerdo de una charla con un diputado de San Pedro: “Es que estas chicas salen de noche”, me decía. “Y esas polleras cortas, y esa música que bailan, y estos jóvenes que consumen alcohol”. Sí, mami. ¡Decía eso! Decía lo mismo que el intendente de San Pedro. ¿Sabés lo que nos dijo el Julio Moisés en una charla, a la abogada y a mí? Que las mujeres violadas no existen. Que todas quieren. Si yo me pongo a hablar de los funcionarios de acá... El día del hospital, cuando a mi hermana la detienen estuvimos todo el día buscando al juez de turno, el Argentino Juárez, para que nos permitiera ver a Romina. HORAS estuvimos dando vueltas por San Pedro. ¿Sabés dónde lo encontramos? En el Casino. Porque la única forma de encontrarlo es ahí.
El caso de Romina está dividido en dos causas, que son tratadas por dos jueces distintos de San Pedro. El homicidio cayó en el juzgado de Argentino Juárez y la violación en el de Jorge Samman: un juez que, antes de absolver a Eduardo Vargas, preguntó a los testigos cuáles eran los hábitos de Romina: si tomaba alcohol, si vestía polleras cortas y si actuaba con los hombres de un modo provocativo. A los Tejerina, este modus operandi no los sorprendió. Samman ya es famoso en San Pedro por el “caso la Verón”: la historia de una chica, Olga Verón, que era violada y golpeada por su padre policía desde la más tierna infancia. Verón lo denunció varias veces, pero nadie le llevó el apunte. Una tarde, luego de una golpiza que las dejó violetas a ella y a su madre, Verón hizo una denuncia por intento de homicidio. El juez Samman la citó.
-Ya no quiero vivir con él -dijo Verón.
-Vuelva a su casa –contestó el juez-. Y respete a su papá, que la cuida y la quiere.
Un par de meses más tarde, luego de un manoseo seguido de golpes y amenazas, Verón decidió solucionarlo todo. Esperó a que su padre durmiera, agarró la pistola, le habló para ver si el sueño era profundo y le dio un balazo en la cabeza. Ahora Verón tiene 16 años y prisión perpetua. Es, además, la mejor amiga de Romina.
Romina y “la Verón” –como la llaman en San Pedro- están presas en la Unidad 3 del Servicio Penitenciario de Jujuy, conocido como “La Granja”: un predio de dos hectáreas cubierto por un pasto desganado y cruzado al medio por una calle de tierra. Al final de la calle están las construcciones del penal: una serie de edificios distribuidos en una sola planta y separados entre sí por callejuelas de polvo reseco por el sol. Cuando llueve, el espectáculo es francamente triste: las paredes chorrean mugre, el suelo se hunde y las celadoras corren por callejones vacíos como si fueran una curiosa versión de los chasquis: en La Granja hay un solo teléfono y la comunicación entre sectores se hace a los trotes. Los días de sol, en cambio, este es el lugar menos peor para estar preso. Los perros se rascan bajo las copas de los árboles, las trenzas de las celadoras brillan casi con alegría y la luz cruza las ventanas como si fuera la mismísima libertad que entra al penal.
En el cuarto de visitas -al que Romina llegará en unos minutos- hay una cortina sucia y estampada con dibujos de gatitos cariñosos, una cruz torcida, un espejo, un sillón semicircular y un televisor que ya no debe servir para nada. A través de la ventana se ve estacionar un móvil penitenciario. Bajan de allí cinco mujeres morrudas, pelicortas y cuadradas. Y detrás de las chicas desciende Romina, distinta. Tiene tacos, un jean ceñido al cuerpo y una forma de andar que recuerda a ese hartazgo existencial que muestran las modelos cada vez que caminan. Acaba de llegar de una visita a su psicóloga y ahora se está acercando al cuartito. Bordada sobre la remera, a la altura del pecho, tiene una mariposa de lentejuelas plateadas: Romina titila cuando avanza. Se sienta. Mira con ojos vacíos, como si hubiese despertado de una siesta.
Antes de pisar este lugar, ella pensaba que La Granja era un camping.
-Sí… eso pensaba yo. De chica mi papá me amenazaba, a mí y a mis hermanas. Cualquier cosa que nosotras hacíamos, nos decía: “Van a terminar en La Granja”... Así decía. Ni idea tenía yo de este lugar inmundo.
Romina llegó a La Granja el 9 de mayo, después de pasar veintitrés días en un calabozo de San Pedro. La trajeron a la cárcel sus propios padres en el auto familiar, porque el servicio penitenciario no tenía coches disponibles.
-Por fin nos traen carne fresca -dijo la Verón apenas la vio entrar. A Romina le bajó la presión del susto. Tuvieron que llevarla a enfermería. Mientras la curaban, otra interna le dijo, casi al oído: “No vayas al comedor porque te van a pegar como a un sapo”.
-Eso me dijo la Claudia. A la Claudia la pegaron así, en el comedor, y ninguna celadora movió un dedo. La Claudia está adentro porque mató a su nena después de que el marido se la violara. Cinco años tenía la nenita. Y acá le gritaban todo lo que me gritaron a mí: “asesina”, “ahí va la guasa”. Porque acá les dicen guasa a las que matan a sus hijos.
-¿Y a vos te pegaron?
-Casi pero no. Tenían pensado pegarme en el comedor, que ahí las celadoras ni se meten. Me iban a pegar a la mañana, cuando fuera a hacerme el té. Pero esa mañana no fui. No les voy a dar el gusto, pensé. Y después, más tarde, cuando se calmaron un poquito, les conté por qué yo estaba ahí. Que me habían violado. Y entendieron. Y nunca me pegaron y me respetan. Porque acá me hostigan todo el tiempo. Todo. Pero yo no les doy bolilla y se quedan tranquilas. Una chica que ya se fue me dijo: “Vos a todas las has matado con la indiferencia, Romi. Las has dejado como hablándoles a las paredes”.
Romina tiene esa forma tan jujeña de decir las cosas: habla como en lamentos, como si cada palabra subiera trabajosamente una montaña antes de sonar. Cada tanto se olvida de que está hablando, o quizás se aburre, o quizás no entiende, y entonces mira por la ventana. La luz del sol le hace brillar las lentejuelas.
-Es linda tu remera.
-Esta me la trajo la Érica. Cuando me llevan a la psicóloga o al médico voy mirando ropa desde el móvil, por esa ventanita con barrotes, ¿viste? Me miro todo. Recién vi una camisita de media manga, blanca, de Yenny, ¿viste Yenny? Es talle dos, porque el de antes ya no me va, estoy más gorda de comer tanta porquería acá. Si podés contale a la Érica: esa me va bien porque me hace juego con un pantalón negro que tengo, negro con rayitas blancas.
-Sos una loca por la ropa.
-¡Sí! Cuando me van a sacar, desde la noche anterior pienso: “¿Y qué me pongo? ¿Hará frío?”. Igual estoy tratando de no ser tan pavota.
-¿Tan pavota en cuanto a no ser tan frívola?
-No, pavota porque yo prestaba toda la ropa a las chicas. Lo mismo que hacía con mis amigas cuando yo estaba afuera. Y resulta que acá yo prestaba a las chicas y me quemaban todo.
-¿Te lo prendían fuego?
-¡No! ¡Me lo quemaban! Después, cuando me la ponía yo, ya estaba como muy vista... Después me dicen que soy la nariz parada de acá. Por la ropa y lo de la planchita también.
-¿Qué planchita?
-La del pelo. De todo me hice en el pelo. Porque este no es mi pelo natural.Yo tengo ondulado, pasa que me hago la planchita. Al principio venía la Érica con la plancha, yo me alisaba el pelo y ella después se llevaba la plancha. Hasta que le insistí tanto al director, “déjeme traer una plancha, déjeme, déjeme”, que al final se cansó de mí y me la dejó traer. Al principio tuvieron la plancha secuestrada no sé cuántos días en un cuartito, porque en este lugar son así de tontos, pero ya me la dieron.
-¿Y no te da miedo de que te peguen por caprichosa?
-Pegarme no me pegan. Malcriada, de todo me dicen. Pero no me tocan. Es que yo siempre fui así. Por ejemplo, yo nunca lavé ni una olla y mañana tengo que hacer la fajina y me toca la cocina. Y yo ya le dije a la sargento que la cocina no la hago porque yo no como la comida del penal. Me da asco. Es fea. Las cocineras no se lavan las manos, encontrás pelos en la comida. Yo eso no como, y me dicen malcriada. Pero y qué. Prefiero comer papafritas del kiosco y la comida que me trae mi familia, que me la guardo abajo del colchón. Acá dan porotos, arroz con salsa, comida tumbera. Si hasta para agredirte te dicen “vos sos mondonguera”, porque la comida es como una mala palabra acá. Al juez le llegan todos los informes míos que dicen "no come - no come - no come". Y como ni toco la comida de acá, hoy le dije a la sargento que la cocina no la lavo sola, que me pongan una ayudante. Y ya me dijeron que me la van a poner.
-¿Y qué te dicen tus amigas de acá adentro sobre estos planteos?
-No tengo amigas.
-¿Y la Verón?
-No, ya no… Es que ella… es como que se confundió. Ella es lesbiana, ¿viste? Acá son todas así. Y yo ya le dije mil veces que a mí me gustan los hombres. Porque acá adentro, si hay algo que me quedó claro es eso: que me gustan los hombres. Y yo le dije a la Verón, pero es como que ella no entendió, o no sé… Yo ya no quiero saber más nada.
-¿Y te quedan amigas de las de antes?
-No. Esas ni volvieron a aparecer. Viste como es eso de que en las buenas están todas... Pero yo sé que cuando salga van a estar toditas pasando por casa.
Lo dice con el resentimiento leve, casi aburrido, que tienen las chicas a los veinte años en San Pedro. Romina entorna los párpados, se mira las uñas con desdén, y de no ser por este cuarto inmundo podría pensarse que está en su cama, un sábado a la tarde, contándole a su hermana la últimas peleas del pueblo. Antes de entrar a La Granja, Romina tenía esas reuniones. Se juntaba con amigas, se peleaba, se amigaba, tomaba sol, preparaba la ropa una y diez veces, y hablaba de su novio, el policía, uno que animaba los bailes en Pacha y que ahora dice que Romina era una puta.
Además de Érica, sólo una amiga sabía del embarazo.
-Una noche en el baile, esta chica me dice: "Pero Romina, vos estás más gorda". Porque a mí no se me notaba la panza, pero la espalda sí la tenía como más ancha. Y ahí le conté. Ella me dijo metéte una sonda, metéte perejil, tomá agua con laurel, pegáte la panza, y yo le decía ni loca, me da miedo. Y fui a varios médicos para que me sacaran la bebé. Yo les contaba que me habían violado, pero todos me querían cobrar trescientos pesos. Así que yo me ponía la faja y hacía la vida así, como normal, ¿no? Y no se me notaba, porque yo pesaba como 46 kilos.
-¿Qué es lo que más te aterraba? ¿Ser mamá tan joven, o que fuera un hijo no querido?
-Todo me aterraba. Tenía momentos de llorar sola y me ponía como loca. La pegaba a mi hermana, lo pegaba al novio de mi hermana, la pegaba a mi amiga, pero también me iba al baile y me iba al gimnasio. ¡Todo junto! ¡Si levantaba más peso que la Mirta en el gimnasio!
-¿Y recordás algo del parto?
-No. Me acuerdo del llanto de la bebé y después lo seguido que me acuerdo es el hospital y una mancha roja. Y ahora también otra cosa. Cuando escucho los gatos en celo se me viene a la cabeza la bebé, ese llanto. Me hace daño eso.
-¿Y antes qué pensabas de las chicas que se quedaban embarazadas?
-“Eso para mí, nunca”. Eso pensaba. Yo tenía compañeras en el colegio o conocía chicas del baile que se habían quedado y... y lo primero que yo les preguntaba era: "¿Y no te dijo nada tu mamá?".
*
Elvira Baño y Florentino Tejerina se conocieron hace medio siglo en el lote Barro Negro del ingenio Río Grande. Ambas familias trabajaban los cañaverales, y Elvira y Florentino terminaron juntos porque en esos casos siempre se termina así. Años después, el ingenio pasó a manos privadas y el hombre se quedó sin trabajo. La pareja se mudó al centro de San Pedro y en el hotel Vélez Sarsfield Florentino consiguió un puesto de conserje. Décadas después se jubiló, y ahora –a los setenta años, sin estudios primarios- está haciendo reemplazos otra vez en el hotel. Con ese dinero le paga a Romina la ropa y las tarjetas telefónicas.
-En el hotel lo quieren mucho a mi marido, y la gente misma aquí nos conoce qué clase de gente somos nosotros. Somos buenos vecinos y… y yo soy una persona servicial para todos, para mis tres hijas, soy una persona que cuando los vecinos me necesitan, hágame esto, hágame lo otro, cuídeme la casa, cuídeme al enfermo, yo estoy ahí. Entonces, ¿cómo me puede tocar esto?
Elvira llora y Florentino escucha con el gesto inmóvil. Están sentados en el living de su casa: un inmueble austero y fresco ubicado en el Roberto Sancho, un barrio obrero delimitado por un largo bulevar lleno de pasto reseco. Puertas adentro, la casa tiene dos dormitorios y un living con un sillón bordó en el que descansan dos muñecas de ojos siempre abiertos. Son las muñecas de Mirta, que ya no juega con ellas. Entre ambas, sentado, está Florentino: no queda claro quién está más vivo en el sillón.
-Y encima justo a la Romi le viene a pasar. Ella era la rezadora del barrio, ¿usté sabe? ¡Justo a la rezadora le viene a pasar! Por eso yo le pido a Dios… yo a veces tengo ganas de empeñar algo y conseguir un revólver y buscarlo al tipo. Se lo juro que es así. Pero a veces uno se contiene.
-Uno a veces tiene malos pensamientos –Florentino se mira las palmas de las manos-. Y yo, como le digo a Romina: “Yo quisiera estar vivo todavía para cuando vos estés afuera”. Yo le digo siempre: “Vos portate bien, hacé buena conducta”, porque ella tiene buena conducta. Pero ahí dentro están…una cosa bravísima.
-¿Bravísima en qué sentido?
-Ahí, ahí… parece que existieran.. cómo se dice estas mujeres… las lesbianas.
-¡Ah, sí! –Elvira se ríe, muestra una perfecta hilera de dientes postizos- ¡Sí! Si hasta a mí me tocaban en las requisas, jijiji. Si son así, muy brutas, muy torpes son. Y nosotros le decimos: “Romi, que no te pase a vos también”. Porque ella tiene tan buena conducta, ¿no? Y yo siempre espero que no se junte mucho con las chicas. Además porque son bravas las chicas. ¡Se cortan todas! Después les dan pastillas para que se calmen y andan como borrrrachas por los pasillos. Menos mal, le digo a Romina, que vos vas a la psicóloga y no te dan pastillas. Porque las otras… usté sabe que cuando se cortan, las celadoras las atan y las llevan a un lugar que le dicen “el chancho”, y las tiran ahí, las tienen atada en el piso. “El chancho” le dicen, será porque tienen que estar como chanchos tiradas, digo yo. Pero no las curan cuando se cortan. Las tiran, las pegan. Les tiran un tarro de esos descartables para que tomen agua así, del piso, atada. ¿Y atada cómo va a tomar? Eso le hicieron a la más amiga de Romina, la Verón. Ella vive cortándose y cortándose, tiene todas las manos hechas pomada, no sé para qué. Y yo le digo a la Romina vos nunca te cortes, hija. No vayas a quedar libre y salir de ahí toda cortada.
Romina es la hija menor de cuatro hermanos. A los cuatro años de matrimonio, los Tejerina tuvieron su primera hija, Mirta, y seis años después nació Julio César, que no vive en Jujuy. Pasaron doce años hasta el nuevo embarazo.
-Serán los nervios -dijo Elvira una tarde, viendo que la menstruación se retrasaba. Meses después nació Érica, que recibió el apodo “Nervios” a modo de extraña ironía familiar.
Cuando llegó el cuarto embarazo, el de Romina, Elvira descartó los nervios.
-Será la menopausia -dijo. Y a Romina la apodaron Menopausia.
Elvira cuenta la anécdota entre risotadas tristes. Habla de Romina como “mi chinita” o “mi negra”, mientras Florentino mira hacia algún punto fuera de este mundo.
-¿Cómo era Romina de chica?
-Cuando iba a la escuela le costaba integrarse a los compañeritos porque muy tímida era. Por ejemplo nosotros la llevábamos al gabinete, ¿cómo se llama? Lo de la psicóloga, porque con decir que a veces no quería ni pedir permiso para ir al baño y se hacía la pis ahí mismo, sobre el banquito. Ella era tímida y a veces, claro, por vergüenza se orinaba ella, y a veces yo la pegaba a ella, vos tenés que avisar, le decía. Siempre me acuerdo yo de estar volviendo de la escuela, ella con sus zapatitos con pis y yo pegándola... ¡Y se quedaba de grado siempre! Creo que en primer grado se ha quedado, después creo que ya ha ido a la secundaria y también. Y después yo no niego: a ella le gustaba salir, bailar, y bueno. Y la gente decía Romina baila lindo, qué bien que baila Romina. Y yo a veces las pegaba para que no se vayan al baile, porque siempre he sido una madre que… yo las pegaba, las pegaba, las pegaba porque yo vivo aquí y pasan por la ventana de la casa las chicas pero borrachas, usté viera. ¡Y yo era enemiga de todo eso! Y quizás el temor le hizo a Romina no contarme lo que le pasaba. Porque bueno. El mal de ella es que ha callado. Aunque la familia del violador diga que ella estaba de acuerdo, es todo mentira. El gran problema de Romina son esos silencios que ella tiene.
*
Vistas de lejos, la madre de Romina y la de Eduardo Vargas se parecen. Son mujeres retaconas, de andar lento y cuerpo desmedido, que en vez de usar las palabras se hacen entender a golpes. Por lo demás, parecen buenas señoras: ambas hicieron de su vida vecinal un mundo y ese mundo las trata con respeto. Irma de Vargas cuenta que los días en los que su hijo estuvo preso, se sintió morir.
-No me pasó nada porque no era mi hora -recuerda. Y la boca le tiembla de horror.
Irma está parada en el frente de su casa: una construcción idéntica a la de las hermanas Tejerina, donde viven también su marido y sus dos hijos, uno de ellos Eduardo, alias Pocho: un tipo de hombros macizos y lentes oscuros que ahora llega en bicicleta de un paseo por San Pedro. Antes tenía un auto –un Renault 9 rojo- pero tuvo que venderlo para pagarle el honorario a su abogado. Hace veintidós años que Vargas vive acá. Dice que tenía novia y todo, y que el caso Tejerina lo dejó absolutamente solo.
-El año pasado tuve una hija, pero estoy distanciado por todo esto. Esa Romina Tejerina me arruinó la vida a mí. Perdí mi prometida, perdí mi trabajo en Salta. Ella es una mentirosa, farsante. Ella y su hermana mayor, esa Mirta. Y su mamá también. Si ahora mi abogado las está denunciando porque pensamos que entre todas la mataron a ese pobre angelito.
-¿Pero vos nunca tuviste relaciones con Romina?
-Yo no niego que tuve relación casual con ella. Pero era muy de ocasión, porque aparte ellas vivían al lado. Igual, no son de primera vez esas chicas. Han querido tapar lo que han hecho, una estrategia mal planteada. Pero ella no era virgen, que no se haga la mosquita muerta.
Vargas habla con la voz tranquila y sinuosa, y su madre lo mira como a un tesorito. Ella cuenta, con la voz quebrada, que la libertad de Pocho se festejó con familia, vecinos, música y comida. No era para menos: el primer abogado de Pocho Vargas había dicho que su cliente admitía haber tenido relaciones con Romina cerca del 1 de agosto, pero que había sido con consentimiento. Cuando a Vargas lo detuvieron por veintitrés días –producto de esta afirmación- la familia cambió de abogado. El nuevo defensor, Miguel Ángel Míguez Agras, pronto modificó la estrategia y dijo que el tiempo de gestación que llevaba el feto no coincidía con el 1 de agosto. Como prueba, Míguez Agras presentó una tabla gestacional. La abogada de Romina pidió entonces un examen de ADN. Al principio, Vargas se negó. Pero días después, cuando finalmente aceptó hacérselo, el juez Samman consideró que la tabla gestacional era prueba suficiente y sobreseyó a Vargas sin hacerle el análisis.
En el penal, Romina recordó ese día y dijo que lloró durante horas, pero que –principalmente- se llenó de odio. La forma en que lo contó era rara y lejana, como si el odio y el llanto le hubieran ocurrido a otra persona.
-Yo me desesperé cuando me dijeron que lo habían dejado en libertad, porque encima él se burlaba de mí y de mis hermanas -dijo-. Si después de violarme yo me lo cruzaba y él me miraba y se reía. Así son en ese barrio y en ese pueblo. Y hasta inventaron que mi mamá me ayudaba a saltar la tapia para verlo a él, cualquier cosa... Ese gordo horrible. A mí el violador me arruinó mi cena blanca. Yo soñaba con la cena blanca.
-¿Qué es eso?
-Es la cena que hacés cuando terminás la secundaria. Te hacés todo un vestido de fiesta… Yo ya tenía pensado todo. Había pensado un vestido distinto a todos los demás. De dos piezas, con plumas. ¡Si las vecinas de mi mamá se reían! “Vamos a empezar a juntar desde ahora las plumas de pavo y de gallina para la Romina”, decían. Pero el violador me dejó todo en nada.
-¿Y por qué no lo denunciaste?
-Porque el gordo ese me decía que iba a matar a mi papá si yo decía algo. Y tenía miedo de que me echen de mi casa, que me peguen, que me digan cosas. Acá adentro también es así. Yo tengo que aguantar lo que me dicen las guardias. El otro día, por ejemplo, me estaban trasladando a la psicóloga y en la camioneta estaban escuchando cumbia, y una de las guardias dice: “Ah, escuchan esto, se visten así, y después dicen que las violan”. Es todo el tiempo así.
-Las debés odiar.
-A todas no… Si igual yo quería ser policía de chica. No sé... yo creo que me gusta mandar. Soy mandona yo. A la Érica siempre la tuve de acá para allá, ella caminaba detrás mío, y eso que yo era la menor. Pero ella siempre me seguía y yo la llamaba “mi sirvienta”, je. Era mala yo. Ella siempre fue pegada a mí, siempre hizo lo que yo le decía que hiciera. Cuando quedé embarazada le hice jurar que no iba a decir nada, y no dijo. Y ahora está remal. Yo le digo: “Tenés que despegarte de mí, tenés que tener tu personalidad”, porque no puede copiarme en todo. Y de a poco ella está haciendo sus cosas. De a poco la Érica está siendo como era yo cuando estaba afuera, una chica independiente.
*
Érica tiene una belleza de ojos grandes y rasgados, y sabe moverse con demoledora dulzura. Ahora está sentada en la cocina de su casa en San Salvador –“nuestro refugio”- y recuerda la noche en que su hermana dio a luz.
-Teníamos una cama cucheta. Ella estaba arriba, sentada por los dolores. Y yo abajo. Yo le decía: “Vayamos a bailar, así te relajás un poco”. Pero ella no tenía ganas. Así que nos pedimos una pizza. Ella casi no comió.
Durante horas, Romina siguió una y otra vez el mismo itinerario: bajaba de la cama, iba a la cocina, se sentaba un rato, miraba televisión, abría la heladera, volvía a su colchón.
-Como que ella no sabía qué hacer. Tenía la panza dura. Después me explicaron que eran las contracciones, y que además tenía más duro de lo normal por tanta faja que se había puesto. Pero nosotras creíamos que era otra cosa, ¿no? La Mirta dormía. Llamamos un taxi y nos fumos a la farmacia a comprar laxantes.
Eran las seis de la mañana. Una hora después, mientras Érica intentaba relajarse en su cuarto, Romina fue al baño y dio a luz. Mirta se despertó al escuchar el llanto, vio a la bebé, llamó a su madre. Cuando Elvira llegó a la casa, ambas -Mirta y Elvira- levantaron el cuerpo y lo llevaron envuelto al hospital. Minutos después volvió Mirta para llevar a Romina.
Mientras Érica limpiaba el baño, Romina empezaba a ver todo rojo.
-Mirá lo que hiciste, loca -escuchó que le decían.
La recibió Torres de Pilili. Y después sigue todo lo demás.
*Publicado en revista Rolling Stone, en abril del año 2008. Ahora, junio de 2012, Romina Tejerina acaba de salir en libertad luego de cumplir dos tercios de su condena.
lunes, 23 de abril de 2012
Durmiendo en el hotel de los Kirchner*
De otro modo. El Calafate podría llamarse de otro modo. Si es por la abundancia (el nombre del pueblo alude a la profusión del calafate: un arbusto de frutos violáceos que crece en cada rincón de la comarca) lo cierto es que en la zona hay otras cosas que también abundan. El viento, por ejemplo: el viento es una sordina eterna que recorre las calles (y entonces El Calafate podría llamarse Pueblo Viento). El hielo, por ejemplo: El Calafate está a 78 kilómetros del Parque Nacional Los Glaciares y es considerada la mejor puerta de entrada al Frío mayúsculo (y entonces El Calafate podría llamarse Pueblo Hielo). Y las propiedades de los Kirchner, por ejemplo: una infinidad de hoteles, restaurantes, inmobiliarias, terrenos y emprendimientos civiles que crecen con la naturalidad de las plantas silvestres (y entonces El Calafate podría llamarse Pueblo Kirchner).
De otro modo. Acá, en El Calafate, todo podría ser de otro modo. Este podría ser un pueblo modesto –el mínimo acceso a la inmensidad de los glaciares-, pero la llegada del matrimonio Kirchner al poder –en el año 2003, con la asunción de Néstor Kirchner- lo transformó en bastante más que eso. De 7 mil habitantes pasaron a 20 mil –un número que sigue siendo exiguo, pero supone un aumento demográfico de casi un 300 por ciento en menos de una década-; de la tierra pasaron al asfalto; y de los hoteles sencillos pasaron a una oferta buena y abundante. Hoy, El Calafate es un polo turístico con opciones para el viajero exquisito que, en muchos casos –y esta es la curiosidad- están vinculadas con el bolsillo y la actividad privada de la actual presidenta Cristina Fernández.
Aunque nada, nunca, es tan evidente. Sólo por dar dos ejemplos, la hostería Las Dunas pertenece a una empresa presidida por el escribano de Lázaro Báez, un empresario kirchnerista varias veces indicado como testaferro de los Kirchner. Y el hotel Alto Calafate –que años atrás fue abiertamente de los Kirchner, pero ya no- también es el resultado de una maniobra parecida.
Estas trapisondas, en fin, abundan en los relatos sobre el crecimiento del pueblo. Por eso, encontrar un hotel que sea abiertamente de la familia Kirchner es casi un milagro de transparencia. Un milagro que existe. Los Sauces Casa Patagónica es un hotel boutique que fue inaugurado el 1 de septiembre de 2006 y que –esta es la particularidad- no sólo pertenece declaradamente a Cristina Fernández sino que comparte terreno con la histórica casa de descanso de los Kirchner.
Aquí, en Los Sauces, pasaré los próximos dos días.
*
—El hotel guarda la estética de las grandes estancias de principios de siglo y está emplazado en un terreno de cuatro hectáreas donde hay dos restaurantes, uno de parrilla al asador y otro de cocina gourmet, un spa y cinco casas patagónicas entre las que se reparten 38 suites de distintas categorías. Cada casa recibe un nombre de acuerdo al lugar que ocupa dentro de este predio. Vos, por ejemplo, estás en la casa Las Rocas porque está en una zona rodeada de rocas, la casa de adelante es Rosa Mosqueta porque está frente a un jardín de rosa mosqueta, luego tenés El Arroyo, pegada al Arroyo de Calafate, y después están las casas Bosque y Viento. Adentro de cada casa hay entre cinco y diez suites que tienen un nombre particular, están decoradas de un modo temático y comparten entre todas un living como éste.
—¿Y esto lo decoró la Presidenta?
—No.
Y ahí es cuando la amabilidad se corta. Ariel Casco, gerente de Los Sauces, es un varón joven, rubio y moderado que funciona todo el tiempo en “modo gerencial”. Casco tiene esa forma de la corrección que nace de la distancia y –sobre todo- del estado de alerta. La presencia del periodismo lo incomoda. Desde mi llegada, y a lo largo de la recorrida por el hotel, todas las preguntas –elementales- vinculadas a la familia Kirchner tuvieron como respuesta la palabra “no”.
—¿La presidenta viene cada tanto?
—No.
—¿Antes venía?
—No sabría decirte.
—¿Los turistas saben que este hotel es de Cristina Fernández?
—No lo comercializamos de esa forma. Lo comercializamos como un hotel boutique de Calafate.
—¿Esa es la casa de la presidenta?
—No sé.
Todo fue así. Todo fue así mientras avanzábamos por los senderos de piedra que unen las distintas casas, y cruzábamos el Arroyo Calafate –que pasa por el hotel- para llegar hasta el salón del desayuno, y nos dejábamos rodear por sauces, álamos y pinos, y hablábamos –intentábamos hablar-, y Casco dialogaba como si estuviera librando una batalla.
Sobran los motivos para estar alerta. En los últimos años, varias investigaciones periodísticas pusieron la mira en el patrimonio presidencial y dieron a conocer que en sólo cinco años –entre 2002 y 2007- el matrimonio Kirchner había multiplicado su fortuna por nueve. ¿Cómo había hecho? En su nota de portada, titulada “La fortuna que no cierra”, la revista Noticias había subrayado como elementos clave de ese crecimiento el rol del empresario Lázaro Báez –con quien los Kirchner armaron sociedades inmobiliarias- y el negocio turístico de El Calafate, montado sobre tierras fiscales que el matrimonio presidencial compró a precio de ganga (7,5 dólares el metro cuadrado). ¿Cómo hicieron los Kirchner para explicar el aumento patrimonial? Argumentaron buenos negocios inmobiliarios, y hoteles que daban mucha ganancia pues –decían- estaban llenos todo el tiempo.
Hoy el hotel no está lleno.
—Hay un sesenta por ciento de ocupación –dice Casco desde su trinchera, mientras se acomoda –incómodo- en el sillón del living de Las Rocas: la casa donde voy a hospedarme. El cupo –moderado- es llamativo si se tiene en cuenta que las tarifas de Los Sauces son accesibles para un emprendimiento cinco estrellas de la Patagonia. Mi habitación, llamada “Rosas rojas”, es amplia, está exquisitamente decorada (hay –además de un piso de madera y paredes en tonos terracota- un candelabro, un dressoir, un ropero antiguo y un confortable salón baño con paredes y suelo de piedra tibia) y cuesta –por habitación- 150 dólares más IVA la noche. La cifra puede variar de acuerdo con la categoría de la habitación –la mía es la más baja- y con el nivel de ocupación del hotel; pero en cualquier caso –dice Casco- no supera los 250 dólares más IVA.
¿Por qué Los Sauces –siendo tan exclusivo- es relativamente barato? En el centro del pueblo, algunos empleados de agencias de turismo dan la siguiente explicación: Los Sauces es un emprendimiento de élite no tanto por su tarifa, sino principalmente porque es un secreto dentro de los circuitos turísticos. Si bien el lugar está comercializado por el Hotel Panamericano de Buenos Aires (una cadena importante de la Argentina, cuyos dueños –Juan Carlos y Silvana Relats- están muy vinculados al kirchnerismo) no suele figurar dentro de los itinerarios más masivos porque la presidenta Cristina Fernández –dicen en Calafate-prefiere usarlo para alojar correligionarios que se acercan al pueblo a tejer y destejer alianzas políticas.
—Ella estaba cansada de que todos se le quedaran en su casa –dice una empleada de Los Sauces-. Pero ahora los aloja en el hotel. Y los hace pagar.
En Los Sauces –tal vez en la habitación “La vaca”, o en “Gardel”, o en “Evita”- se alojaron figuras como el conde de Rothschild, titular del banco homónimo; Larry Page –presidente de Google- y Alan Ducas, el cocinero más renombrado de Francia. Si pagaron o no, es un misterio. Con esos precios, en cualquier caso, no habrán notado la diferencia.
*
La casa de los Kirchner –que también se llama “Los Sauces”- está a menos de cien metros del hotel y puede vislumbrarse desde la piscina del spa. No es lo único que está a la vista. A través de los ventanales –el spa tiene paredes de vidrio- puede verse el Cerro Calafate sellando el silencio desde las alturas. Todo el pueblo –al menos hasta octubre- está marcado por la sordina del frío: una quietud que sólo se corta cuando el viento sopla y las plantas –las ramas- se atolondran de cara al cielo.
Ahora, desde la piscina, no se siente el viento pero se ven los árboles: álamos sin hojas moviéndose con furia como si vivieran una guerra largamente aprendida. Aquí adentro, tan cerca y lejos de todo, hace calor. El agua de la piscina es tibia y traslúcida y alguien puso música de Norah Jones y en un rincón hay té verde y hay aroma a velas de vainilla y todo este lugar está vacío (no es sólo una cuestión de cupo: a esta hora, dos de la tarde, la gente está en sus excursiones al Glaciar Perito Moreno) y afuera están las montañas y de repente la sensación es ésta: aquí se está solo. Solo de veras.
—Este es mi lugar en el mundo –suele decir Cristina Fernández cuando habla de El Calafate. Lo habrá dicho pensando en su casa: dos plantas con techo a dos aguas y ventanales vidriados, que dan a un parque que se continúa con el parque del hotel (ambos terrenos sólo están separados por una pequeña valla de arbustos y una tranquera). Y lo habrá dicho, también, pensando en su pueblo, un territorio yermo que resume lo mejor y lo peor de la Patagonia argentina: el suelo de Calafate es árido y hostil, pero la lejanía –el paisaje de lago y montañas- le da a la zona esa perfección austera –azul- de las publicidades de agua mineral.
Algo de eso también puede verse desde el tercer piso del salón Las Nubes, la casa donde se desayuna, se almuerza y se hacen las actividades de esparcimiento. Allí –aquí- en una esquina con grandes ventanas y paredes color ocre (los tonos secos abundan en todo el hotel) es posible descansar con vistas al Lago Argentino y las montañas nevadas de la precordillera de los Andes. Aunque ése no es el único paisaje. Frente a la Bahía Redonda –una lengua de agua que sale del Lago y se mete en el pueblo- hay varios obreros y algunas grúas haciendo trabajos de construcción. Desde que el matrimonio Kirchner compró Los Sauces se está extendiendo el Paseo Costero Néstor Kirchner: una costanera que cambió de nombre tras la muerte del ex presidente y que hoy está siendo prolongada para que llegue hasta el hotel. La obra le cuesta al Estado 36 millones de dólares y está siendo llevada a cabo por Austral Construcciones, una empresa de Lázaro Báez.
—Ellos son los dueños de todo –dirá mañana una vendedora de Ovejitas de la Patagonia, una fábrica de chocolates ubicada a metros de Los Sauces. Pero ahora nadie dice nada. La casa Las Nubes está vacía. Vacío el mirador, vacío el restaurante (con una oferta gastronómica llamativamente acotada y elemental para los mediodías: no mucho más que sándwiches y ensaladas con insumos básicos) y vacío el espacio de juegos: una estancia con piano, guitarra, algunos óleos de arte moderno, varios elementos autóctonos –ponchos, telares- y muchos muebles restaurados –comprados en anticuarios de Buenos Aires- que fueron trasladados a Los Sauces en avión oficial.
—La señora está en todos los detalles. Cuando viene se acuerda de este sillón de acá. De ese poncho de allá: registra cualquier cambio que hayamos hecho; no entiendo cómo hace –dice Paula, una de las amables camareras del restaurante. Pero luego calla. Acá todos han aprendido a callar. Dos años atrás, un comentario informal –hecho por un empleado de Los Sauces- terminó en la portada de la revista Noticias. Allí se contaba que Cristina Fernández había llegado de improviso al hotel, se había molestado por algunas imperfecciones menores -las mucamas no sabían acomodar los almohadones en las camas king size y el césped estaba demasiado amarillo- y había gritado al gerente de tal modo que el hombre, tras la partida de la Presidenta, terminó encerrado en su cuarto con un pico de presión.
*
Ya es la mañana. Me entero de ello porque en el living de “mi casa” –Las Rocas- una pareja decidió ponerse cómoda. Hoy llegó gente, y junto con la gente llegó una certeza: es mejor que el hotel esté vacío. Si está más lleno, el sistema del living compartido funciona siempre y cuando tu cuarto no esté al lado del living y los que estén en el living no sean ruidosos. Salgo de la habitación y miro. Hay un hombre de barba blanca y aspecto nórdico hojeando la revista Sólo líderes –esa es la literatura que hay en nuestro living- mientras oye la retahíla de palabras de una mujer oriental. Me sorprende que un nórdico y una oriental sean tan ruidosos. Me sorprende, además, que sean pareja. No sé qué decir. Les pregunto si saben que todo esto es de Cristina Fernández de Kirchner. Miran con ojos vacíos.
—The president –les digo. Todo pertenece a the president.
—Oh! –sonríen. Su gesto de sorpresa parece mecánico. El “oh!” del living pertenece a la misma familia del “oh!” del Glaciar.
Mientras mis vecinos salen de excursión (150 dólares un paseo con trekking por el Parque Nacional los Glaciares, que a su vez incluyen una hora de caminata sobre la superficie del glaciar Perito Moreno), tomo una bicicleta del hotel –hay varias disponibles- y salgo a pasear por el pueblo. Visto desde la distancia –desde una loma, por caso-, el pueblo es un cuadro solitario y signado por algunas casas que soportan el rigor del frío. Pero de cerca el paisaje es otro: dentro del pueblo hay cinco cuadras de paseo comercial confortable y pensado para el turismo. Aquí hay locales de indumentaria, restaurantes, souvenires y chocolates, y –sobre todo- una infinidad de carteles promoviendo candidatos a la próxima intendencia. Bellotti, Méndez, quién sea: todos apoyan a los Kirchner.
—Ellos son los dueños de todo. Los candidatos la apoyan a ella porque si no acá no podés hacer nada. Ella después les da un terrenito, o algo siempre les da –dice una vendedora de Ovejitas de la Patagonia: una empresa de chocolates –se cree que la mejor del Sur argentino- que tiene una fábrica al lado de Los Sauces y un local en el centro del pueblo. El local tiene chocolates con forma de ovejita, cajas con dibujos de ovejitas, una lámpara con estampado de ovejitas y algunos cuadros con pinturas de ovejitas.
—Hasta se decía que las ovejitas eran de ella, porque mi patrón tiene la fábrica justo al lado de Los Sauces. Pero no. Menos las ovejitas, todo -agrega la vendedora, quien trabajó antes en Austral Construcciones, la empresa de Lázaro Báez. Y luego dice otras cosas: que por afuera del radio de influencia de los Kirchner, no hay mucha alternativa de trabajo en Calafate. Y que el sueldo en esas empresas es bueno –parte de los 1800 dólares- pero no es fácil de gastar. En Calafate, dice, no hay cines ni teatros: el esparcimiento se reparte entre el Casino Club (una mole de vidrios ahumados a nombre de Jorge Bark, empresario ultrakirchnerista declarado “deudor irrecuperable” por el Banco Central de la República Argentina) y las caminatas por la calle Libertador: la arteria más importante del pueblo, que dura cinco cuadras y después se desvanece.
En Calafate, la periferia queda a doscientos metros del centro. Y es en esa periferia donde está Los Amigos: un restaurante que, según los calafatenses, puede considerarse el mejor de la comarca. Quizás sea buena idea comer aquí. La cocina de Los Sauces, hasta el momento, es lo único que no está a la altura de las instalaciones: los precios son escandalosos (un asado con cordero patagónico, postres regionales y mate -¿mate? Nadie toma mate luego del almuerzo- sale 180 dólares más IVA, un monto que ni siquiera incluye vino) y la materia prima no honra esos precios. En mi primer día de estadía, el queso brie estaba duro, las ensaladas verdes sólo tenían lechuga criolla con algunos bordes renegridos y el cheese cake lucía bien pero era una piedra. Una piedra cara.
Los Amigos, en cambio, no será glamoroso pero ofrece unos platos geniales. Un salmón con crema de langostinos (18 dólares), una botella pequeña de Malbec (5 dólaes) y un café con una oveja de la Patagonia –esa la saqué de mi bolso- son tres razones de peso para devolver la fe en la gastronomía local. A este sitio, atendido por sus propios dueños, vienen a comer todos los intendentes y ha venido –aunque no a comer- Néstor Kirchner.
—Él era un hombre especial –dice Sergio, dueño y camarero del lugar-. El día de la inauguración de la placita de aquí enfrente él se salió del protocolo, cruzó la calle y vino a pedirnos una botella de agua porque se moría de sed. Yo siempre le tuve aprecio y por eso a veces me cansan las habladurías: que esto es de ellos, que aquello también… A mí los rumores me tienen podrido. Una noche unos comensales empezaron a insistir con que Kirchner tenía una amante de Calafate, y lo dijeron tantas veces que en un momento me harté y les dije: “Mirá, ¡yo tengo tres amantes y a mí no me quitó ninguna!”.
Sergio ríe. Su barba es blanca y sus dientes son –se ven- filosos.
—Ay, Kirchner... Cuando él estaba ellos venían seguido al pueblo. Pero desde que murió, a ella no se la ve más. Sólo queda la casa.
A la noche, desde Los Sauces, se verá –iluminada- la casa. Los ventanales, el parque, el techo agudo apuntando al cielo: se verá lo que queda.
Que es eso, claro. Y todo lo demás también.
* Publicado en septiembre de 2011 en la revista Domingo, del diario El Mercurio.
viernes, 2 de marzo de 2012
Previvientes *

El pelo rubio, el pantalón blanco, las uñas rojas en los pies descalzos. Acomodada en su living, Deborah Lindner parece la chica de una propaganda de tampones. Está cruzada de piernas, no usa maquillaje y escribe en una Mac portátil que se abre (se hunde) en el cuero inmaculado del sillón. ¿Es una publicidad? No. Es la foto que pusieron en el New York Times para acompañar una historia: Deborah Linder, 33 años, médica, linda, temperamental, imitación bastante real de Carrie Bradshaw, se hizo conocida porque sabe tomar decisiones fuertes. Seis meses atrás, y en perfecto estado de salud, se vació los pechos. Fuera glándulas mamarias, fuera pezones: sólo quedó la piel. La piel y las siliconas de reemplazo, y la certeza de que Deborah Lindner nunca en su vida tendrá cáncer de mama.
Los oncólogos la llaman mastectomía preventiva. Consiste, para decirlo brutalmente, en sacarte las tetas por si acaso. No se la puede hacer cualquiera. Sólo las mujeres con antecedentes familiares o aquellas que, en virtud de los avances genéticos, se someten a un estudio cromosómico para develar qué tipo de destino les está cocinando el propio cuerpo. Pero saber siempre tiene un precio. Y no se trata sólo de dinero. A algunas (pocas) les puede salir que tienen BRCA1 y BRCA2, dos genes bastante inusuales que elevan entre un 60 y un 90 por ciento las posibilidades de que una mujer tenga cáncer de mama (cuando normalmente son de un 12 por ciento). Para estas mujeres sanas, pero en riesgo, siempre hubo dos alternativas: tomar medicamentos preventivos y –la principal- chequearse a menudo para atajar cualquier manifestación de un modo temprano. Pero el avance de las siliconas abrió esta tercera posibilidad: ahora es posible vaciarse y llenarse, y reducir en un 90 por ciento las chances de contraer la enfermedad.
Es una opción dura. Las mujeres que se quitan los pechos nunca podrán amamantar y perderán buena parte de la sensibilidad al tacto. Así y todo, en el último año en Estados Unidos se duplicó la cantidad de pacientes que se la realizan. En Argentina esta intervención no es usual, pero hay mujeres que ya han sido operadas. La cirugía cuesta un básico de 15 mil pesos y a cambio ofrece la posibilidad dorada que ya viene anticipando la genética: controlar los supuestos azares del cuerpo y –en esta ocasión- gozar del bonus track de unas tetas a nuevo.
En todos los casos (en la Argentina y en el exterior) el emblema fue (y es) Deborah Lindner. Su madre había padecido cáncer de pecho y ella se hizo un estudio para conocer las probabilidades que tenía de repetir la historia. Luego de realizarse el análisis, Lindner supo que estaba en riesgo, pero sana. También estaba sana cuando se hizo una mamografía, y siguió estando sana cuando fue a buscar los resultados y vio que daban perfecto. El mayor problema de Lindner, a esa altura, no era la salud sino la incertidumbre. Lindner se palpaba las mamas a diario. Todo el tiempo buscaba el carozo de una enfermedad que nunca terminaba de llegar.
—Esto me está volviendo loca –le dijo Lindner a Erin King, una compañera de trabajo. King tenía 33 años y se había implantado siliconas por motivos cosméticos.
—Sacátelas y ponéte otras –le contestó King: los americanos son prácticos-. Te van a quedar divinas.
Cuando llegue a los 40, o apenas logre tener un hijo, Lindner también se quitará los ovarios para evitar el riesgo de un cáncer que el estudio genético también le anticipó. Por tomar este tipo de decisiones, Lindner se autodenomina “previviente” (previvor): un neologismo que, al modo de la película Memento, altera la línea de tiempo de un modo casi cinematográfico. Los previvientes son los que matan algo que todavía no existe; los que se mutilan para no dañarse y hacen de la previsión un interrogante delicado. ¿Hasta dónde debería llegar el estado de alerta? Las tetas se vacían por si acaso, del mismo modo que los países se invaden por si acaso. Una lógica de la prudencia que se adorna con buenas intenciones, pero que en el fondo corre el riesgo de cumplir con un único fin: impedir que un cuerpo (que es lo mismo que un país) hable un lenguaje propio. Y se corte o se repare con el filo de su propia lengua.
* Publicado en 2008 en Crítica de la Argentina.
domingo, 26 de febrero de 2012
Ábrete sésamo
Antes las palabras cambiaban mundos. La cosa se parecía bastante al cuento de Alí Babá. Decías "ábrete sésamo" y se movían las piedras. ¡Las piedras! Las palabras movían piedras.
Hoy todos decimos palabras todo el tiempo. Y nada se mueve, nunca.
Pruebo el silencio.
Hoy todos decimos palabras todo el tiempo. Y nada se mueve, nunca.
Pruebo el silencio.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Historia de una mujer bomba *

San Miguel de Tucumán, la capital de Tucumán, una provincia ubicada en el Norte de la Argentina, tiene sus calles repletas de naranjos. Están dispuestos en hilera en casi todas las aceras y eso hace que la ciudad entera destile una euforia boba, a veces insoportable. Frente a la casa de Susana Trimarco de Verón hay uno de esos árboles. Conserva todos sus frutos –nadie los ha llevado- y es fácil detenerse en ese mínimo paisaje y tener un acceso de tranquilidad: en Tucumán la gente es buena, parece, y no arranca nada que no le pertenezca.
—¿Qué decís? –interrumpe Trimarco y frunce la nariz con asco-. A estas naranjas no se las roban porque son amargas, son feas. No sirven para nada.
Trimarco tiene 53 años y un pasado optimista. Cinco años atrás tenía también un marido, una casa, dos trabajos, dos autos y dos hijos: Horacio, que se fue a vivir al Sur de la Argentina, y María de los Ángeles –Marita-, una chica de sonrisa panorámica que una mañana salió de su casa para ir al médico y nunca más volvió. La desaparición ocurrió el 3 de abril de 2002. Ese mismo día, Trimarco dejó de ser lo que era –un alma en orden- para transformarse en esto: una persona de labios duros que se para en la acera, mira un naranjo, hace una mueca de desprecio y dice que acá, en Tucumán, nada es lo que parece.
—Esta ciudad, linda como la ves, está llena de mafiosos –se queja. Y entra a su casa de un portazo.
Marita Verón, su hija, fue raptada por una red dedicada al tráfico sexual. Desde entonces, Trimarco es la principal responsable de que a Tucumán ya no se la conozca nacionalmente como “el Jardín de la República” –en virtud de sus divinas flores y sus naranjales- sino como el epicentro de una producción bastante más amarga: el secuestro y la trata de mujeres, una práctica que existió siempre pero que, con el caso Verón, parece haber nacido ante los ojos del Estado y la opinión pública. En los últimos años, el "caso Marita" instaló el tema de la trata de blancas en la agenda política nacional y transformó a Trimarco en un personaje casi de ficción: pateó literalmente las puertas de los despachos oficiales pidiendo respuestas, devino en un referente público más confiable que la policía local (la gente acude a ella cuando desaparece alguien), se disfrazó de prostituta para averiguar por el paradero de su hija, y con muy poco apoyo del Estado participó del rescate de ciento quince chicas que vivían esclavizadas en burdeles de todo el país. Este combo alucinado –tragedia, acción, heroísmo, metidos en el frasco chico de una mujer que no supera el metro y medio de estatura- hizo que el pasado mes de abril Trimarco recibiera, en Estados Unidos, un reconocimiento de los supuestamente “grandes”. La secretaria de Estado, Condoleeza Rice, le entregó el galardón a Mujer Coraje, uno de esos premios que suelen darse a las líderes de Zimbabwe, Letonia, o cualquier otro país al borde de la cultura occidental.
—A mí me reconocen mucho afuera. No digo solamente la Condoleeza Rice: yo voy a Buenos Aires y me siento en el restaurante y no me quieren cobrar la comida, voy a comprarme unos zapatos y el dueño me dice: “¿Usté es la madre de Marita Verón?”, y entonces me dice que está orgulloso de mí ¡y no me cobra los zapatos! Pero llego a Tucumán y es imposible. Hay mucha gente buena, m’hija, pero hay otra que no me quiere nada.
Trimarco cruza las piernas y se mira los pies. Lleva unas botas negras, lustrosas, sencillas.
—No me quieren porque soy una bomba atómica en la puerta del trasero de los políticos, esa es la cuestión.
La casa de Trimarco es grande, salvo el living: una superficie breve donde se amontonan un piano, tres sillones, algunos diplomas y una ventana amplia por la que entra una luz ambarina y tranquila. En todos los rincones hay fotos familiares, y en esas fotos siempre está esa cara con esa sonrisa: Marita con su madre, su padre, su hija, su hermano y con una rosa entre los dedos, bailando, el día que egresó del colegio secundario. Marita era, según Trimarco, esa clase de persona que cree que al futuro hay que llegar contento y capacitado. Había hecho cursos para todo -computación, repostería, decoración de interiores- y también, como era habilidosa con las manos, había empezado la licenciatura en Artes en la Universidad Nacional de Tucumán. Fue allí donde conoció a David Catalán: un chico morocho, delgado y retraído, que a Trimarco siempre le pareció poco para su hija.
David y Marita se pusieron de novios a los veinte años, tuvieron una niña (Micaela) doce meses después, y se mudaron juntos a un barrio de viviendas estatales llamado Las Talitas, siete kilómetros al Norte de San Miguel de Tucumán. El edificio era (es) una construcción maciza, desangelada y gris; el tipo de lugares al que acude la clase media empobrecida cuando logra asegurarse un techo. Pero David y Marita estaban felices. Para pagar la cuota del departamento –y mientras seguía estudiando Arte- Marita empezó a vender tortas a las estaciones de servicio de la zona. Con el dinero ganado, más una ayuda económica de su madre, se puso un almacén y hasta le prestó un capital a David para que comprara una moto y saliera a trabajar de mensajero. A los veintidós años, los días de Marita transcurrían entre un comercio, una niña y una carrera universitaria. El futuro parecía un lugar tranquilo. Pero Trimarco estaba inquieta. Iba seguido a visitar a su hija, y cada vez que iba se quejaba un poco.
—Este barrio no es para vos. Esta casa no es para vos. Esta gente no es para vos. Y este chico no es para vos.
Entre las tantas cosas que inquietaban a Trimarco estaba Patricia Soria: una enfermera cincuentona que vivía en el mismo edificio y que acudía a la casa de Marita cada vez que Micaela, la niña, tenía un ataque de asma. Con el paso de los meses, Soria y Marita se hicieron casi amigas, y esa relación preocupó a Trimarco: a Soria le sonaba permanentemente el teléfono móvil y a Trimarco esa insistencia le resultaba sospechosa. A cinco años de la desaparición de Marita, los vecinos siguen diciendo que Soria era y es un gran signo de pregunta: sigue viviendo en el mismo edificio, la visitan muchos hombres, no parece tener familia y su teléfono tiene vida propia. Pero ninguno de estos detalles alarmó, en un principio, a Marita. Debe ser por eso que, una tarde, decidió hacerle a Soria una confidencia: por el momento no quería tener más hijos y pensaba colocarse un Dispositivo Intra Uterino (DIU). En un consultorio privado, el procedimiento salía cien dólares. Pero Soria le hizo una oferta: su novio, Miguel Ardiles, era el jefe de personal en la Maternidad de Tucumán –una dependencia estatal- y le podía hacer poner el DIU por siete dólares.
—Ni se te ocurra –le dijo Trimarco cuando se enteró-. Vos tenés que ir a un lugar más limpio.
—Mamá, prefiero usar la plata del DIU para comprar mercadería en el negocio.
El 2 de abril de 2002, Marita fue a la Maternidad para ver a Miguel Ardiles. El hombre la contactó con un médico, Prudencio Rojas Tomas, que en el acto le hizo un tacto ginecológico y le encargó unos estudios para el día siguiente. Los nuevos análisis debían hacerse entre las 9 y las 9:30 de la mañana. Marita y Micaela se quedaron a pasar la noche en la casa de Trimarco, y así fue que el 3 de abril de 2002, luego de desayunar y mientras su hija dormía, Marita se puso un jean y una remera turquesa, y salió de la casa en puntas de pie.
***
El primer indicio de que algo andaba mal ocurrió a las 12:30 del mediodía, cuando Trimarco llegó a su hogar y vio que Marita aún no había regresado de hacerse los estudios. Inquieta, preparó el almuerzo y esperó a su marido, Daniel Verón, que llegó dos horas más tarde.
—No quiero comer –dijo el hombre-. Me voy a la Maternidad a ver qué pasa. Tengo un mal presentimiento.
Verón se levantó, tomó las llaves del auto y se fue. En la Maternidad, todos los consultorios estaban cerrados y los pasillos eran una ciudad vacía. Volvió a su casa y le contó lo que había visto a su mujer. Trimarco, por primera vez, empezó a llorar. De nuevo en la Maternidad, pero ahora juntos, preguntaron a un empleado de seguridad por el señor Miguel Ardiles, el jefe de personal.
—¿Quién le dijo que es jefe de personal? –fue la respuesta-. Ardiles hace la limpieza. Y además no está.
El rastreo siguió por las calles, los parques y el barrio de Marita. Golpearon la puerta de Patricia Soria, pero ella nunca estuvo o nunca abrió. Fueron a la Policía, pero no les tomaron la denuncia porque había que esperar un día. Llamaron a las amigas de Marita, pero nadie sabía nada. Durante la primera semana, la búsqueda de Marita fue una carrera anárquica y ciega: por no saber adónde ir, iban a todas partes. Fueron a los medios de comunicación. Empezaron a hacer afiches con la cara de su hija. Una noche, con una de esas fotos bajo el brazo y siguiendo una corazonada negra –la policía solía vincular las desapariciones con el trabajo sexual-, Trimarco y Verón fueron al Parque 9 de Julio, la zona roja de la ciudad de Tucumán, y empezaron a hablar con las prostitutas. Una de ellas -una mujer que había sido violada, vendida y llevada hasta La Rioja, una provincia limítrofe con Tucumán- reconoció los rasgos.
—A esta chica yo la vi –dijo-. La vi en La Rioja.
Cuando Trimarco escuchó, no pudo ni siquiera desmayarse: el carácter se le puso duro y cerrado, como si fuera un tejido al que le acaban de meter un cuerpo extraño. Desde el 10 de abril de 2002, y de acuerdo a los testimonios que se fueron sumando a la “causa Verón” a lo largo de los últimos cinco años, se sabe que Marita está atrapada –si es que está viva- en algún prostíbulo de la Argentina o del exterior.
***
La trata de personas es, a nivel mundial, el negocio clandestino más fértil después del tráfico de armas y de drogas ilegales. En la Argentina, a su vez, y según datos de la policía tucumana, una sola chica genera entre 800 y 1700 dólares por semana, una cifra “rentable” si se considera que cada prostíbulo tiene entre quince y veinte mujeres “trabajando”. Este tipo de negocios es usual en el país. O al menos eso se desprende de un informe realizado en el año 2005 por el Departamento de Estado norteamericano, donde se denuncia que la Argentina es una zona de riesgo por el “severo” problema de “tráfico de personas” que deriva en “explotación sexual y laboral”. La mayor parte de los acusados está libre. Esto se debe a que el tráfico de personas no está tipificado como delito en el Código Penal de la Nación y ni siquiera es considerado “tráfico”, porque en muchos casos no se cruza las fronteras nacionales. El primer y único proyecto de ley sobre trata de blancas tiene media sanción del Senado de la Nación, fue impulsado como respuesta a la insistencia de Trimarco y tomó la historia de Marita Verón como caso testigo.
Aunque no hay pruebas, el secuestro de Marita se habría urdido –como sucede en la mayoría de los casos- por etapas. En primer lugar, Patricia Soria y Miguel Ardiles la habrían “marcado”, es decir que habrían visto en Marita un valor de cambio. En una segunda etapa, el doctor Rojas Tomas la habría revisado para asegurar que el cuerpo de Marita estuviera sano. Y en tercer lugar, tres hombres la esperaron a la salida de su casa y se la llevaron. De estas tres etapas, sólo está documentada la tercera: según dos testigos –uno de ellos, actualmente desaparecido- a dos cuadras de la casa de Trimarco dos hombres agarraron a Marita de los pelos, la durmieron de un golpe y la metieron en un coche color rojo. Pero por fuera de esto, y aunque hay indicios, ninguna de las tres personas supuestamente involucradas en el secuestro (Soria, Ardiles y Rojas Tomas) pudieron ser procesadas. Las sospechas se basan en deducciones sin valor legal. Hay registros telefónicos que muestran que Soria hablaba mucho con una amiga, también enfermera, que a su vez tenía contactos telefónicos con José Medina, un remisero que fue seis meses preso por la “causa Verón”. Al ser una relación triangular (no hay registros de un diálogo directo entre Soria y Medina) es imposible pedir la detención de Soria y menos, entonces, la de Miguel Ardiles. Con el médico Prudencio Rojas Tomas pasa algo similar: en la planta baja del edificio donde Rojas Tomas tiene su consultorio particular hay un locutorio. Los registros telefónicos marcan que, desde ese locutorio, durante todo el mes previo a la desaparición de Marita hubo llamados a José Medina. Pero no hay pruebas de que esos llamados hayan sido realizados por Rojas Tomas, y por eso el médico también está libre.
Ni Soria ni Rojas Tomas quisieron hablar con Gatopardo.
***
Los prostíbulos de Tucumán, en general, no parecen prostíbulos sino pequeñas casas que se van perdiendo en el paisaje negro de la noche. La pintura suele estar rota, la puerta de entrada tiende a ser pequeña, y adentro están, siempre, las chicas: cuerpos desganados que se cruzan de piernas y de brazos, y se entregan a la herrumbre del salón con la certeza de que el destino es eso: un puñado de sillas de plástico, una fonola con el sonido ahogado, un par de hombres armados vigilando todo, y algunos borrachos con la mano inquieta.
Trimarco empezó a frecuentar estos lugares tres semanas después de la desaparición de Marita. Era domingo y en la policía le habían dicho que no podían salir a buscarla porque faltaba gasolina para los patrulleros. Trimarco insultó a media seccional, se fue a su casa, se sentó en el comedor, miró los clasificados que ofrecían mujeres, y comenzó a llamar por teléfono. Alguien atendió.
—Tengo tres chicas, quiero venderlas y quiero saber cuánto me pagás –dijo Trimarco.
—Estamos pagando 1500 pesos, pero eso si las chicas son lindas… ¿Vos tenés foto?
—Sí.
—Veníte el sábado. ¿Cómo te llamás?
—Me llamo Jennifer –dijo. Y después cortó.
El sábado siguiente Trimarco se puso una falda de cuero negro, se batió el pelo, se pintó la boca, se colgó un par de aros pesados, llamó un remise y se fue a un antro del que a esta altura ya recuerda poco, porque fueron tantos los antros en los que Trimarco estuvo.
—Sé que cuando entré no sentí miedo –cuenta Trimarco en su comedor, mientras enciende una computadora con un fondo de pantalla de la Virgen-. Sentí curiosidad. ¿Viste Alicia en el País de las Maravillas? Era eso: otro mundo.
La “compradora” no fue a la cita, pero ese encuentro fallido sirvió para que Trimarco tuviera una idea: si ella fuera varón, podría entrar a los prostíbulos como cliente y tratar de rescatar chicas. De inmediato habló con su marido, y ambos fueron a pedir ayuda a Jorge Tobar, un comisario tucumano que había sido compañero de Daniel Verón en el colegio primario y que al momento de la desaparición de Marita trabajaba en el departamento forense de la Policía. Una vez que Verón habló con Tobar, la forma de trabajo se dividió en dos: por un lado, Tobar empezó a usar su investidura de comisario para allanar whiskerías (el eufemismo que se usa para hablar de los prostíbulos) y rescatar a las mujeres que admitieran estar ahí secuestradas. Y por otro lado, Daniel Verón puso en práctica un método “no oficial”: el hombre entraba a los prostíbulos –a veces acompañado por Tobar, vestido de civil- y cuando lo creía apropiado, levantaba la voz:
—La que esté acá en contra de su voluntad, que lo diga ahora.
Trimarco siempre estaba afuera -si entraba despertaría sospechas, porque ahí sólo ingresan hombres- y recién aparecía cuando se hacía público el operativo. Su tarea consistía en recibir y contener a las mujeres que eran liberadas.
Con estos métodos –el de Tobar y el de Verón- fueron rescatadas 115 chicas, y se fueron reuniendo pistas sobre Marita que terminaban siempre en La Rioja: la provincia que –según Tobar, ahora transformado en el mayor experto en “trata de personas” en todo el país- puede considerarse el epicentro de la esclavitud sexual de la Argentina.
***
La Rioja queda a 388 kilómetros al Oeste de San Miguel de Tucumán. Allí, durante un allanamiento realizado en mayo de 2004 por Tobar, Verón y Trimarco, fue liberada Andrea Darrosa: una chica de 23 años que estuvo ocho años esclavizada, y que fue encontrada con seis costillas fracturadas, una pierna baleada, y el cráneo hundido por un culatazo de pistola.
Darrosa ahora vive en Misiones (Noroeste argentino) y es la principal testigo de la “causa Verón”. Ella dice que vio a Marita. Dice, en realidad, muchas cosas. Estos son algunos extractos de su declaración:
“Me llevaron a los quince años, cuando salí a comprar pan. Alguien me dio un sopapo [bofetada], después me taparon la boca, y viajé no sé cuántas horas tirada en el piso de un auto. Cuando desperté estaba en La Rioja. Me bañaron, me cambiaron, me pintaron, me tiñeron el pelo de rubio, me hicieron rulos, me pusieron el nombre artístico Yanina, y me hicieron salir a “trabajar”. Al principio no quise pero me molieron a golpes. Si no hacía seiscientos pesos [200 dólares] por día me molían a golpes. Uno de esos golpes me hizo un coágulo en la cabeza. Todavía me duele”.
“Una vez la vieja Liliana (N. de la R.: Liliana Medina es dueña de varias whiskerías en La Rioja, y actualmente está procesada y detenida por la causa de Marita) se puso loca porque una brasilera le pidió su plata. Era negra, con trencitas largas, trabajaba en bikini blanca. La vieja la agarró del cogote a la brasilera y la empezó a zamarrear y la ahorcó, y después la tiró de un segundo piso, pero la chica cayó muerta. Después la vieja me agarró a mí, me empujó sobre la escalera para que mirara y me dijo que me iba a hacer lo mismo si yo abría la boca”.
“Una vez Liliana me pegó un tiro en la pierna izquierda. Después, entre ella y el Chenga (N. de la R.: el hijo de Liliana Medina) me sacaron la bala con una aguja de tejer y sin anestesia, y cada vez que grité me dieron un trompazo”.
“A las chicas que llegaban a la whiskería embarazadas, Liliana las hacía abortar con una sonda con alambre”.
“A mediados de 2002 vi a Marita Verón en la casa de Liliana: Marita llegó en un auto blanco y yo la recibí. Le serví un café”.
—Esto es una empresa y por vos pagué dos mil cuatrocientos pesos (ochocientos dólares)–le dijo Medina a Marita-. Tenés que cubrir ese monto y recién después, si querés, te vas.
Ese mismo día, según el testimonio de Darrosa, tiñeron a Marita de rubio y le pusieron lentes de contacto celestes. A la noche tuvo que empezar a trabajar, pero como no sabía tratar a los clientes –se sentaba lejos, no les conversaba- alguien le enseñó a atender a golpes. Cuando Marita cubrió con su trabajo los dos mil cuatrocientos pesos de “deuda”, Medina le explicó algunas cosas más:
—Escuchame, nena, ¿pensás que acá comés y dormís gratis? Tenés que pagar tu comida y tu alojamiento. Son 1500 pesos más, y después te vas.
Medina era obesa, tenía pocos dientes y su cara estaba llena de lunares. Pero Marita la miraba como si todo diera igual. Pasados unos días cubrió ese monto.
—¿Vos no sabías que acá hay un reglamento? –le dijo Medina-. Si no pasás con diez clientes por día estás multada. Si conversás con otra chica o te dormís y llegás tarde al salón, estás multada. Si le faltás el respeto a un cliente estás multada. Ahora nos debés mil pesos en multas.
Y así fue como Marita, como tantas otras chicas, se fue quedando. La whiskería se llamaba El Desafío. En algún momento, en una de sus paredes externas, Marita escribió, en letras rojas e inmensas, “Micaela te amo”. Trimarco vio esta inscripción en junio de 2004, un mes después de que fuera rescatada Andrea Darrosa, dos años después de la desaparición de su hija.
Trimarco había viajado a La Rioja acompañada por su nieta Micaela, su marido, y el comisario Tobar. El objetivo de ese viaje era que Darrosa, ya a disposición de la Justicia, señalara los lugares donde habían sido enterrados los cuerpos de las mujeres “rebeldes”. Pero el juez a cargo –Daniel Moreno- jamás permitió que Darrosa hablara con Trimarco. Pasado un mes de espera, Tobar y Verón decidieron volverse a Tucumán. En La Rioja, por lo tanto, sólo quedaron Trimarco y su nieta, que entonces tenía cinco años de edad. Una mañana, la dueña del hotel le explicó a Trimarco que había que pagar la cuenta.
—Son 7500 pesos (2500 dólares)–dijo.
—Yo tengo 20 pesos –contestó Trimarco. Eso era lo último que le había quedado luego de vender, a lo largo de dos años, su casa, el departamento de Marita, dos autos y el almacén.
Trimarco tomó su cartera, salió del hotel, cruzó la plaza principal y se metió en la casa de gobierno.
—Quiero hablar con el gobernador –dijo en la entrada.
—El señor gobernador no está.
—Quiero hablar con el gobernador y de acá no me muevo y no me interesa lo que tengan para decirme y no me toquen ni un pelo de mi cuerpo porque les destrozo todo.
Trimarco empezó a gritar y a patear puertas. Cinco minutos después, bajó un hombre de traje.
—¿Cuánto es? –preguntó.
—Siete mil quinientos pesos, poca plata para los que me deben mi hija.
Trimarco aullaba y Micaela, su nieta, sólo podía abrazarla. Al día siguiente, una enviada del gobernador pagó todas las cuentas. Pero la mayor deuda quedó sin saldar: Darrosa sólo fue liberada cuando Trimarco se fue de La Rioja, es decir que el viaje no sirvió de mucho. Por este tipo de episodios, el juez Daniel Moreno actualmente está en juicio político: se lo acusa de haber puesto múltiples obstáculos en la causa de Marita Verón.
***
Micaela tenía tres años cuando desapareció su madre. Susana le explicó que se la habían llevado unos ladrones, y así fue que la niña, todas las noches, empezó a hundirse en horrores aún mayores que el horror de la infancia: quería ir a dar vueltas en auto para ver si la encontraban a Marita, y al momento de dormir, en sueños, le tocaba la cara a su abuela para ver si ella seguía ahí.
Desde el secuestro, Trimarco y Micaela viven juntas. David Catalán, el padre de Micaela, argumenta que él no siempre tiene trabajo y que es mejor que la criatura crezca bajo el ala de alguien que puede darle “todo”.
A veces Trimarco dice que Micaela es su tercera hija.
—Abu, ¿me podés peinar?
Micaela aparece en el comedor de la casa. Es una criatura de piel diáfana, boca pequeña y ojos muy grandes. Su pelo es negro, lacio y espeso; Trimarco lo peina con la mano pesada. Dos días atrás, cuando su abuela la arreglaba para ir a la escuela, Micaela le hizo una pregunta.
—Abu. ¿Mi mamá me va a reconocer cuando vuelva?
Trimarco cuenta que, en ese momento, la cara se le vació de gestos: no supo qué decir.
—Mi amor, ¿cómo no te va a reconocer? –contestó al fin.
—¿Y cuando la vea qué le digo?
—No le digas nada. Abrazala fuerte y dale muchos besos.
Micaela siempre reacciona como si entendiera. Todos estos años, en realidad, tuvo que entender cosas que son imposibles de entender por nadie. Trimarco la ha llevado consigo a casi todas partes. Por este tipo de cuestiones, David Catalán dice que su hija queda expuesta a diálogos e imágenes que le pueden hacer daño.
—Susana se pone ciega, irracional, y se larga a hablar: no registra que la nena está cerca -se quejará más adelante-. Por más que Micaela sepa el tema de su madre, tampoco uno le puede estar contando tanto.
Micaela se mueve por la calle con custodia policial. Desde que se abrió la causa, a Trimarco la amenazan varias veces por semana (principalmente, le dicen que se van a llevar a su nieta) y es así que el mundo, para Micaela, es un lugar que exige estar alerta.
Ahora son las seis de la tarde –el horario de salida del colegio- y la niña viaja en una camioneta oficial, reclinada sobre la luneta de adelante. Tiene el mentón sobre las manos, y mira el paisaje de naranjos como si esa imagen tuviese algo que ver con la paz. Entre los árboles va apareciendo su casa, y en la vereda está su padre. El hombre la saluda con un abrazo y la hace entrar al hogar de Trimarco.
Catalán trabaja como obrero en una construcción y, salvo los días francos, está todo el día fuera de su casa. Él dice que es por eso que ve poco a Micaela. También la ve poco porque sabe que Trimarco no lo aguanta.
—Desde que me conoció me trató de negrito de mierda. Toda la vida ella fue, hablando vulgarmente, la vieja cheta que quería para su hija un cheto. Pero aparecí yo.
Catalán recuerda que su vida con Marita fue feliz. Buscaron un hijo y lo tuvieron. Quisieron una familia y la armaron. Marita era sincera, humilde, luchadora y de gran corazón: “Una verdadera mujer” dice. Una mujer que tenía una madre.
Días después, Catalán sumará un detalle que Trimarco no contó. Cuando compraron el departamento en Las Talitas –con ayuda materna- Trimarco se compró una casa a cien metros.
—Ella siempre estuvo en el medio de nosotros. No teníamos vida independiente. Por ahí ella andaba embroncada con su marido porque toda la vida ellos han peleado, y se la agarraba conmigo. Decía que yo era un vago. Susana siempre tuvo carácter muy fuerte, pero bueno. También gracias a eso se avanzó tanto en la búsqueda de Marita… Yo a Marita la espero. Yo sigo esperando que podamos reconstruir la pareja.
La falta de constancia laboral no es el principal motivo por el que Trimarco, a esta altura, rechaza a su yerno. El verdadero problema es la forma en la que el hombre decidió salvarse: al año y medio de la desaparición de su mujer, abandonó la búsqueda y se alejó, también, de su hija. Catalán ve poco a Micaela, tampoco pasa dinero, y por ende Trimarco vive cada vez con menos plata. Antes de la desaparición de Marita, se ganaba la vida como asesora en temas sociales en la Municipalidad y como vendedora de cosméticos por catálogo. Pero ahora, la causa de su hija arrasó con todo, y Trimarco subsiste como puede: vendió todos sus bienes (ahora vive en la casa de su suegra); los pasajes y los hoteles se los paga el gobierno (Trimarco los exige a las patadas); y diez meses al año cobra 230 dólares del Estado para la manutención de Micaela. Además, está el sueldo de su marido, un hombre que solía ser fuerte hasta que un día se derrumbó por completo.
La cara de Daniel Verón está vencida por la ley de gravedad. Las ojeras, el mentón, la papada y la comisura de los labios se desarman en pliegues que parecen metáforas de algo todavía mayor. Algunos meses atrás, Verón tuvo un derrame cerebral y desde entonces su salud es compleja. No quiere hablar con la prensa, pero principalmente no quiere ver a su mujer. De hecho en abril de este año, como tantas otras veces en las últimas dos décadas, se fue de la casa. El detonante fue una cama.
Durante años, Trimarco dio contención, casa y comida a las decenas de chicas que rescataba de los prostíbulos. Entre esas mujeres estaba Blanca V.: una criatura que sobrevivió a los burdeles, pero no a la adicción a la cocaína. La paciencia de Daniel Verón llegó a su límite cuando Trimarco, al ver que no tenía donde dormir, le regaló a Blanca la cama de su hija, un mueble pintado a mano por la propia Marita. A las dos horas de haber recibido el mueble, Blanca lo vendió a cambio de un polvo. Cuando Verón se enteró de que la cama ya no estaba en casa, no pudo soportarlo y él también se fue.
Hoy, el principal compañero de Trimarco –el hombre con quien pelea y a quien recurre- no es su marido sino el comisario Jorge Tobar.
***
Actual integrante de la División de Inteligencia de la policía tucumana, y amigo de la infancia de Daniel Verón, al tercer día de la desaparición de Marita, Tobar fue buscado por la familia para que los ayudara en forma paralela. Dos meses después de la apertura de la causa, la fiscal vio que la investigación de Tobar iba más rápido que la oficial, y le ofreció hacerse cargo del caso. Desde entonces –y a pesar de las infinitas resistencias que encuentra dentro de la misma Policía- Tobar es la mano ejecutora de todos los allanamientos que exigió Trimarco.
Tobar tiene un gabán beige, anteojos, una cabeza calva, y el aspecto edulcorado de un bancario en horario de almuerzo. Con la voz sedada, metódica, perturbadoramente prolija, él cuenta, sentado en su despacho, cómo es que una chica que sale a comprar pan puede terminar vendida a un proxeneta. Tobar dice que algunas son metidas en un auto de los pelos, pero que otras –muchas otras- llegan engañadas por alguien que las enamoró. Hay hombres que esperan a las chicas a la salida del colegio. Las invitan a tomar café, se ponen de novios, les hablan de un presente perfecto: “Yo tengo –dicen-una empresa en Buenos Aires, y vine a Tucumán a hablar con algunos clientes”. Lentamente, empiezan a trabajar para que la chica llegue tarde a casa, discuta con sus padres, se sienta incomprendida.
—No te hagas problema por lo que te diga tu papá. Si te llega a decir algo te venís a vivir conmigo.
El hombre les inventa esta historia a varias mujeres a la vez. Cuando las convence, las chicas se van de su casa por propia voluntad: un argumento que, jurídicamente, equivale a una “fuga del hogar” e impide hablar de secuestro. Una vez que la víctima llega a destino, es vendida a una whiskería por un monto que oscila entre los 700 y los 1000 dólares. Si la chica insiste con querer irse o no querer trabajar, la desnudan, y la llevan a un “chanchito”: un receptáculo donde sólo se puede entrar de pie, y donde las chicas rebeldes son encerradas hasta que entiendan la importancia de ser mansas. A veces, ni siquiera hace falta encerrarlas.
—Si las mujeres tienen hijos, sus captores muchas veces les muestran fotos y videos de los niños –cuenta Tobar-. Les dicen: “Mirá cómo está saliendo del colegio. Mirá a qué hora entra, quién la lleva, quién la trae, cómo juega con la amiguita. Mirálo en la vereda, mirá qué fácil, mirá qué cerca le sacamos la foto”. Así de tremendo. Y yo creo que eso están haciendo con Marita. Por eso ella, si es que está viva, no debe querer ni escaparse.
Tobar cree que hay tres grandes destinos para Marita. Puede estar muerta. Puede estar viva. O puede estar irrecuperable: después de cinco años, especula Tobar, Marita quizás esté psíquicamente doblegada, adicta a las drogas y con la moral tan baja que no pueda enfrentarse a la prensa, a la sociedad y a la idea de que, si ella abre la boca, le puedan hacer algún daño a su hija.
—Hay un gran peso sobre esta chica, y tal vez ella no pueda soportarlo. Es una personita de mucho valor, Marita Verón. Es un símbolo de muchas cosas.
Tobar se queda respirando en silencio, y luego hace una mueca de disgusto. Cuenta, finalmente, que hubo un día en el que Marita casi fue liberada. Pero se le escapó. Tobar había viajado a La Rioja con una orden de allanamiento en la whiskería El Desafío, pero extrañamente, minutos antes de que él llegara, un auto huyó con tres hombres y una chica. Esta fuga es el principal motivo de discusión entre Tobar y Trimarco: ella no le perdona que, habiendo estado él tan cerca, el operativo haya fallado.
—Sacaron a Marita Verón delante de mi nariz. Alguien de la justicia riojana les ha avisado de la orden de allanamiento, y ellos decidieron llevársela- admite Tobar. Y agrega que la mayor complicación que tienen los captores con Marita es que no saben qué hacer con ella. Si la matan, las personas que ya están procesadas en la causa, que son veintisiete, deberían cumplir condena ya no por secuestro, sino por homicidio. Y si la liberan también es un problema.
—Susana ya es conocida en todo el país, la gente confía más en ella que en nosotros, y eso a Marita no sé si la favorece –explica Tobar-. Los captores deben saber que, si la liberan, Marita no se va a quedar callada y va a dar nombres.
***
Uno de los últimos logros de Trimarco fue Jessica Cativa, una chica de 20 años que estuvo retenida en un burdel y que fue liberada por sus propios secuestradores luego de que su familia, cansada de pedir ayuda a la policía, recurriera a Trimarco. Para llegar hasta Jessica hay que cruzar un basural, una vía, y una tierra atravesada por infinitas estrías de agua inmunda. Abajo, el vaho cloacal lo inunda todo. Arriba, la noche está empezando y se abre un cielo escandalosamente azul. La luna está limpia, se escucha un chamamé. Jessica ceba un mate bajo un tinglado de chapa, y cuenta, sin ganas de contar mucho, que estuvo cuatro días en un prostíbulo. Como se negó a trabajar, la encerraron en un cuarto, la durmieron con pastillas, y para cuando despertó estaba sin ropa. La misma noche del secuestro su madre empezó a buscar respuestas: fue a la Policía y fue a Tribunales. Como nadie la tomaba en serio –“se debe haber escapado de su casa”, le decían- consiguió el teléfono de Susana Trimarco, a quien ya conocía de la televisión. Luego de que Trimarco pateara algunas puertas, y las pateara en serio, Jessica fue liberada en las afueras de Tucumán. Días después, un peritaje revelaría que la violaron varias veces, y el testimonio de Jessica sería incorporado a la causa de Marita Verón.
Desde entonces Jessica vive, sin custodia policial, en la misma casa donde nació: dos dormitorios de chapa, un olor fétido, y un vecindario que la trata como a una mentirosa. Todos piensan que ella no fue secuestrada, sino que se escapó con un hombre. Y nadie quiere escuchar que a Jessica, desde hace unos meses, la están amenazando: le exigen que retire el testimonio de la causa.
—Hace tres días, tres tipos me esperaron a la salida del colegio, me metieron en un auto y me dijeron que si no me callaba me iban a cagar a golpes. Necesito hablar urgente con la señora Susana: ella va a creerme -dice Jessica.
Dice y llora.
Al día siguiente Jessica llega a la casa de Trimarco, pero la empleada doméstica dice que salió a hacer trámites. Jessica se sienta en el living a esperarla, hasta que media hora más tarde, desde la calle, se escucha una voz que grita y se acerca. Trimarco tiene el móvil en la mano y entra al living con fuerza de rompiente. Lleva el pelo arreglado, pestañas con rimel, piel humectada, y un perfume que lo cubre todo.
—¡Ustedes son unos vagos, sinvergüenzas, descarados y payasos! ¿Cómo me van a decir que se rompió el auto de la custodia? ¡Entonces me traen otro! ¡Mentirosos! ¡Caraduras! Apenas tenga yo mi Fundación no piso más esta maldita casa de gobierno y no le quiero ver la cara a ninguno de los mafiosos que trabajan con usté.
Del otro lado de la línea está el ministro de Justicia de la provincia. Mientras le grita, Susana mira a Jessica, guiña un ojo, y sonríe como si toda la escena fuera un gag. Luego corta, maldice un par de veces más, cuenta que le van a poner un auto nuevo, y cambia de humor con la velocidad con que alguien cambia de sombrero. Su cara ahora se relaja. Abraza a Jessica con una ternura que, de golpe, parece desintegrarlo todo.
Ahora ninguna de las dos habla, pero Jessica llora en su hombro.
—Chiquita –dice Trimarco-. Chiquita.
Son las doce del mediodía y la casa, al fin, queda hundida en un silencio de provincia: los potus cuelgan, el patio está vacío, el piano está cerrado y la felicidad de las fotos tiene la misma lejanía de una portada de revista. Segundos después, Micaela llega con el uniforme puesto y le pide a su abuela, una vez más, que le arregle el cabello.
Ella acepta y la peina con la boca apretada; quizás intenta contener el llanto. La nariz de Trimarco tiene orificios grandes y oscuros. Dos cuevas que se achican y se ensanchan de un modo casi rítmico, como si marcaran el paso de una danza dolorosa y extraña.
* Este texto salió inicialmente en la revista Gatopardo, y luego fue publicado en Historia de una mujer bomba y otros relatos, antología de crónica de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile.
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