Antes las palabras cambiaban mundos. La cosa se parecía bastante al cuento de Alí Babá. Decías "ábrete sésamo" y se movían las piedras. ¡Las piedras! Las palabras movían piedras.
Hoy todos decimos palabras todo el tiempo. Y nada se mueve, nunca.
Pruebo el silencio.
domingo, 26 de febrero de 2012
miércoles, 8 de febrero de 2012
Historia de una mujer bomba *

San Miguel de Tucumán, la capital de Tucumán, una provincia ubicada en el Norte de la Argentina, tiene sus calles repletas de naranjos. Están dispuestos en hilera en casi todas las aceras y eso hace que la ciudad entera destile una euforia boba, a veces insoportable. Frente a la casa de Susana Trimarco de Verón hay uno de esos árboles. Conserva todos sus frutos –nadie los ha llevado- y es fácil detenerse en ese mínimo paisaje y tener un acceso de tranquilidad: en Tucumán la gente es buena, parece, y no arranca nada que no le pertenezca.
—¿Qué decís? –interrumpe Trimarco y frunce la nariz con asco-. A estas naranjas no se las roban porque son amargas, son feas. No sirven para nada.
Trimarco tiene 53 años y un pasado optimista. Cinco años atrás tenía también un marido, una casa, dos trabajos, dos autos y dos hijos: Horacio, que se fue a vivir al Sur de la Argentina, y María de los Ángeles –Marita-, una chica de sonrisa panorámica que una mañana salió de su casa para ir al médico y nunca más volvió. La desaparición ocurrió el 3 de abril de 2002. Ese mismo día, Trimarco dejó de ser lo que era –un alma en orden- para transformarse en esto: una persona de labios duros que se para en la acera, mira un naranjo, hace una mueca de desprecio y dice que acá, en Tucumán, nada es lo que parece.
—Esta ciudad, linda como la ves, está llena de mafiosos –se queja. Y entra a su casa de un portazo.
Marita Verón, su hija, fue raptada por una red dedicada al tráfico sexual. Desde entonces, Trimarco es la principal responsable de que a Tucumán ya no se la conozca nacionalmente como “el Jardín de la República” –en virtud de sus divinas flores y sus naranjales- sino como el epicentro de una producción bastante más amarga: el secuestro y la trata de mujeres, una práctica que existió siempre pero que, con el caso Verón, parece haber nacido ante los ojos del Estado y la opinión pública. En los últimos años, el "caso Marita" instaló el tema de la trata de blancas en la agenda política nacional y transformó a Trimarco en un personaje casi de ficción: pateó literalmente las puertas de los despachos oficiales pidiendo respuestas, devino en un referente público más confiable que la policía local (la gente acude a ella cuando desaparece alguien), se disfrazó de prostituta para averiguar por el paradero de su hija, y con muy poco apoyo del Estado participó del rescate de ciento quince chicas que vivían esclavizadas en burdeles de todo el país. Este combo alucinado –tragedia, acción, heroísmo, metidos en el frasco chico de una mujer que no supera el metro y medio de estatura- hizo que el pasado mes de abril Trimarco recibiera, en Estados Unidos, un reconocimiento de los supuestamente “grandes”. La secretaria de Estado, Condoleeza Rice, le entregó el galardón a Mujer Coraje, uno de esos premios que suelen darse a las líderes de Zimbabwe, Letonia, o cualquier otro país al borde de la cultura occidental.
—A mí me reconocen mucho afuera. No digo solamente la Condoleeza Rice: yo voy a Buenos Aires y me siento en el restaurante y no me quieren cobrar la comida, voy a comprarme unos zapatos y el dueño me dice: “¿Usté es la madre de Marita Verón?”, y entonces me dice que está orgulloso de mí ¡y no me cobra los zapatos! Pero llego a Tucumán y es imposible. Hay mucha gente buena, m’hija, pero hay otra que no me quiere nada.
Trimarco cruza las piernas y se mira los pies. Lleva unas botas negras, lustrosas, sencillas.
—No me quieren porque soy una bomba atómica en la puerta del trasero de los políticos, esa es la cuestión.
La casa de Trimarco es grande, salvo el living: una superficie breve donde se amontonan un piano, tres sillones, algunos diplomas y una ventana amplia por la que entra una luz ambarina y tranquila. En todos los rincones hay fotos familiares, y en esas fotos siempre está esa cara con esa sonrisa: Marita con su madre, su padre, su hija, su hermano y con una rosa entre los dedos, bailando, el día que egresó del colegio secundario. Marita era, según Trimarco, esa clase de persona que cree que al futuro hay que llegar contento y capacitado. Había hecho cursos para todo -computación, repostería, decoración de interiores- y también, como era habilidosa con las manos, había empezado la licenciatura en Artes en la Universidad Nacional de Tucumán. Fue allí donde conoció a David Catalán: un chico morocho, delgado y retraído, que a Trimarco siempre le pareció poco para su hija.
David y Marita se pusieron de novios a los veinte años, tuvieron una niña (Micaela) doce meses después, y se mudaron juntos a un barrio de viviendas estatales llamado Las Talitas, siete kilómetros al Norte de San Miguel de Tucumán. El edificio era (es) una construcción maciza, desangelada y gris; el tipo de lugares al que acude la clase media empobrecida cuando logra asegurarse un techo. Pero David y Marita estaban felices. Para pagar la cuota del departamento –y mientras seguía estudiando Arte- Marita empezó a vender tortas a las estaciones de servicio de la zona. Con el dinero ganado, más una ayuda económica de su madre, se puso un almacén y hasta le prestó un capital a David para que comprara una moto y saliera a trabajar de mensajero. A los veintidós años, los días de Marita transcurrían entre un comercio, una niña y una carrera universitaria. El futuro parecía un lugar tranquilo. Pero Trimarco estaba inquieta. Iba seguido a visitar a su hija, y cada vez que iba se quejaba un poco.
—Este barrio no es para vos. Esta casa no es para vos. Esta gente no es para vos. Y este chico no es para vos.
Entre las tantas cosas que inquietaban a Trimarco estaba Patricia Soria: una enfermera cincuentona que vivía en el mismo edificio y que acudía a la casa de Marita cada vez que Micaela, la niña, tenía un ataque de asma. Con el paso de los meses, Soria y Marita se hicieron casi amigas, y esa relación preocupó a Trimarco: a Soria le sonaba permanentemente el teléfono móvil y a Trimarco esa insistencia le resultaba sospechosa. A cinco años de la desaparición de Marita, los vecinos siguen diciendo que Soria era y es un gran signo de pregunta: sigue viviendo en el mismo edificio, la visitan muchos hombres, no parece tener familia y su teléfono tiene vida propia. Pero ninguno de estos detalles alarmó, en un principio, a Marita. Debe ser por eso que, una tarde, decidió hacerle a Soria una confidencia: por el momento no quería tener más hijos y pensaba colocarse un Dispositivo Intra Uterino (DIU). En un consultorio privado, el procedimiento salía cien dólares. Pero Soria le hizo una oferta: su novio, Miguel Ardiles, era el jefe de personal en la Maternidad de Tucumán –una dependencia estatal- y le podía hacer poner el DIU por siete dólares.
—Ni se te ocurra –le dijo Trimarco cuando se enteró-. Vos tenés que ir a un lugar más limpio.
—Mamá, prefiero usar la plata del DIU para comprar mercadería en el negocio.
El 2 de abril de 2002, Marita fue a la Maternidad para ver a Miguel Ardiles. El hombre la contactó con un médico, Prudencio Rojas Tomas, que en el acto le hizo un tacto ginecológico y le encargó unos estudios para el día siguiente. Los nuevos análisis debían hacerse entre las 9 y las 9:30 de la mañana. Marita y Micaela se quedaron a pasar la noche en la casa de Trimarco, y así fue que el 3 de abril de 2002, luego de desayunar y mientras su hija dormía, Marita se puso un jean y una remera turquesa, y salió de la casa en puntas de pie.
***
El primer indicio de que algo andaba mal ocurrió a las 12:30 del mediodía, cuando Trimarco llegó a su hogar y vio que Marita aún no había regresado de hacerse los estudios. Inquieta, preparó el almuerzo y esperó a su marido, Daniel Verón, que llegó dos horas más tarde.
—No quiero comer –dijo el hombre-. Me voy a la Maternidad a ver qué pasa. Tengo un mal presentimiento.
Verón se levantó, tomó las llaves del auto y se fue. En la Maternidad, todos los consultorios estaban cerrados y los pasillos eran una ciudad vacía. Volvió a su casa y le contó lo que había visto a su mujer. Trimarco, por primera vez, empezó a llorar. De nuevo en la Maternidad, pero ahora juntos, preguntaron a un empleado de seguridad por el señor Miguel Ardiles, el jefe de personal.
—¿Quién le dijo que es jefe de personal? –fue la respuesta-. Ardiles hace la limpieza. Y además no está.
El rastreo siguió por las calles, los parques y el barrio de Marita. Golpearon la puerta de Patricia Soria, pero ella nunca estuvo o nunca abrió. Fueron a la Policía, pero no les tomaron la denuncia porque había que esperar un día. Llamaron a las amigas de Marita, pero nadie sabía nada. Durante la primera semana, la búsqueda de Marita fue una carrera anárquica y ciega: por no saber adónde ir, iban a todas partes. Fueron a los medios de comunicación. Empezaron a hacer afiches con la cara de su hija. Una noche, con una de esas fotos bajo el brazo y siguiendo una corazonada negra –la policía solía vincular las desapariciones con el trabajo sexual-, Trimarco y Verón fueron al Parque 9 de Julio, la zona roja de la ciudad de Tucumán, y empezaron a hablar con las prostitutas. Una de ellas -una mujer que había sido violada, vendida y llevada hasta La Rioja, una provincia limítrofe con Tucumán- reconoció los rasgos.
—A esta chica yo la vi –dijo-. La vi en La Rioja.
Cuando Trimarco escuchó, no pudo ni siquiera desmayarse: el carácter se le puso duro y cerrado, como si fuera un tejido al que le acaban de meter un cuerpo extraño. Desde el 10 de abril de 2002, y de acuerdo a los testimonios que se fueron sumando a la “causa Verón” a lo largo de los últimos cinco años, se sabe que Marita está atrapada –si es que está viva- en algún prostíbulo de la Argentina o del exterior.
***
La trata de personas es, a nivel mundial, el negocio clandestino más fértil después del tráfico de armas y de drogas ilegales. En la Argentina, a su vez, y según datos de la policía tucumana, una sola chica genera entre 800 y 1700 dólares por semana, una cifra “rentable” si se considera que cada prostíbulo tiene entre quince y veinte mujeres “trabajando”. Este tipo de negocios es usual en el país. O al menos eso se desprende de un informe realizado en el año 2005 por el Departamento de Estado norteamericano, donde se denuncia que la Argentina es una zona de riesgo por el “severo” problema de “tráfico de personas” que deriva en “explotación sexual y laboral”. La mayor parte de los acusados está libre. Esto se debe a que el tráfico de personas no está tipificado como delito en el Código Penal de la Nación y ni siquiera es considerado “tráfico”, porque en muchos casos no se cruza las fronteras nacionales. El primer y único proyecto de ley sobre trata de blancas tiene media sanción del Senado de la Nación, fue impulsado como respuesta a la insistencia de Trimarco y tomó la historia de Marita Verón como caso testigo.
Aunque no hay pruebas, el secuestro de Marita se habría urdido –como sucede en la mayoría de los casos- por etapas. En primer lugar, Patricia Soria y Miguel Ardiles la habrían “marcado”, es decir que habrían visto en Marita un valor de cambio. En una segunda etapa, el doctor Rojas Tomas la habría revisado para asegurar que el cuerpo de Marita estuviera sano. Y en tercer lugar, tres hombres la esperaron a la salida de su casa y se la llevaron. De estas tres etapas, sólo está documentada la tercera: según dos testigos –uno de ellos, actualmente desaparecido- a dos cuadras de la casa de Trimarco dos hombres agarraron a Marita de los pelos, la durmieron de un golpe y la metieron en un coche color rojo. Pero por fuera de esto, y aunque hay indicios, ninguna de las tres personas supuestamente involucradas en el secuestro (Soria, Ardiles y Rojas Tomas) pudieron ser procesadas. Las sospechas se basan en deducciones sin valor legal. Hay registros telefónicos que muestran que Soria hablaba mucho con una amiga, también enfermera, que a su vez tenía contactos telefónicos con José Medina, un remisero que fue seis meses preso por la “causa Verón”. Al ser una relación triangular (no hay registros de un diálogo directo entre Soria y Medina) es imposible pedir la detención de Soria y menos, entonces, la de Miguel Ardiles. Con el médico Prudencio Rojas Tomas pasa algo similar: en la planta baja del edificio donde Rojas Tomas tiene su consultorio particular hay un locutorio. Los registros telefónicos marcan que, desde ese locutorio, durante todo el mes previo a la desaparición de Marita hubo llamados a José Medina. Pero no hay pruebas de que esos llamados hayan sido realizados por Rojas Tomas, y por eso el médico también está libre.
Ni Soria ni Rojas Tomas quisieron hablar con Gatopardo.
***
Los prostíbulos de Tucumán, en general, no parecen prostíbulos sino pequeñas casas que se van perdiendo en el paisaje negro de la noche. La pintura suele estar rota, la puerta de entrada tiende a ser pequeña, y adentro están, siempre, las chicas: cuerpos desganados que se cruzan de piernas y de brazos, y se entregan a la herrumbre del salón con la certeza de que el destino es eso: un puñado de sillas de plástico, una fonola con el sonido ahogado, un par de hombres armados vigilando todo, y algunos borrachos con la mano inquieta.
Trimarco empezó a frecuentar estos lugares tres semanas después de la desaparición de Marita. Era domingo y en la policía le habían dicho que no podían salir a buscarla porque faltaba gasolina para los patrulleros. Trimarco insultó a media seccional, se fue a su casa, se sentó en el comedor, miró los clasificados que ofrecían mujeres, y comenzó a llamar por teléfono. Alguien atendió.
—Tengo tres chicas, quiero venderlas y quiero saber cuánto me pagás –dijo Trimarco.
—Estamos pagando 1500 pesos, pero eso si las chicas son lindas… ¿Vos tenés foto?
—Sí.
—Veníte el sábado. ¿Cómo te llamás?
—Me llamo Jennifer –dijo. Y después cortó.
El sábado siguiente Trimarco se puso una falda de cuero negro, se batió el pelo, se pintó la boca, se colgó un par de aros pesados, llamó un remise y se fue a un antro del que a esta altura ya recuerda poco, porque fueron tantos los antros en los que Trimarco estuvo.
—Sé que cuando entré no sentí miedo –cuenta Trimarco en su comedor, mientras enciende una computadora con un fondo de pantalla de la Virgen-. Sentí curiosidad. ¿Viste Alicia en el País de las Maravillas? Era eso: otro mundo.
La “compradora” no fue a la cita, pero ese encuentro fallido sirvió para que Trimarco tuviera una idea: si ella fuera varón, podría entrar a los prostíbulos como cliente y tratar de rescatar chicas. De inmediato habló con su marido, y ambos fueron a pedir ayuda a Jorge Tobar, un comisario tucumano que había sido compañero de Daniel Verón en el colegio primario y que al momento de la desaparición de Marita trabajaba en el departamento forense de la Policía. Una vez que Verón habló con Tobar, la forma de trabajo se dividió en dos: por un lado, Tobar empezó a usar su investidura de comisario para allanar whiskerías (el eufemismo que se usa para hablar de los prostíbulos) y rescatar a las mujeres que admitieran estar ahí secuestradas. Y por otro lado, Daniel Verón puso en práctica un método “no oficial”: el hombre entraba a los prostíbulos –a veces acompañado por Tobar, vestido de civil- y cuando lo creía apropiado, levantaba la voz:
—La que esté acá en contra de su voluntad, que lo diga ahora.
Trimarco siempre estaba afuera -si entraba despertaría sospechas, porque ahí sólo ingresan hombres- y recién aparecía cuando se hacía público el operativo. Su tarea consistía en recibir y contener a las mujeres que eran liberadas.
Con estos métodos –el de Tobar y el de Verón- fueron rescatadas 115 chicas, y se fueron reuniendo pistas sobre Marita que terminaban siempre en La Rioja: la provincia que –según Tobar, ahora transformado en el mayor experto en “trata de personas” en todo el país- puede considerarse el epicentro de la esclavitud sexual de la Argentina.
***
La Rioja queda a 388 kilómetros al Oeste de San Miguel de Tucumán. Allí, durante un allanamiento realizado en mayo de 2004 por Tobar, Verón y Trimarco, fue liberada Andrea Darrosa: una chica de 23 años que estuvo ocho años esclavizada, y que fue encontrada con seis costillas fracturadas, una pierna baleada, y el cráneo hundido por un culatazo de pistola.
Darrosa ahora vive en Misiones (Noroeste argentino) y es la principal testigo de la “causa Verón”. Ella dice que vio a Marita. Dice, en realidad, muchas cosas. Estos son algunos extractos de su declaración:
“Me llevaron a los quince años, cuando salí a comprar pan. Alguien me dio un sopapo [bofetada], después me taparon la boca, y viajé no sé cuántas horas tirada en el piso de un auto. Cuando desperté estaba en La Rioja. Me bañaron, me cambiaron, me pintaron, me tiñeron el pelo de rubio, me hicieron rulos, me pusieron el nombre artístico Yanina, y me hicieron salir a “trabajar”. Al principio no quise pero me molieron a golpes. Si no hacía seiscientos pesos [200 dólares] por día me molían a golpes. Uno de esos golpes me hizo un coágulo en la cabeza. Todavía me duele”.
“Una vez la vieja Liliana (N. de la R.: Liliana Medina es dueña de varias whiskerías en La Rioja, y actualmente está procesada y detenida por la causa de Marita) se puso loca porque una brasilera le pidió su plata. Era negra, con trencitas largas, trabajaba en bikini blanca. La vieja la agarró del cogote a la brasilera y la empezó a zamarrear y la ahorcó, y después la tiró de un segundo piso, pero la chica cayó muerta. Después la vieja me agarró a mí, me empujó sobre la escalera para que mirara y me dijo que me iba a hacer lo mismo si yo abría la boca”.
“Una vez Liliana me pegó un tiro en la pierna izquierda. Después, entre ella y el Chenga (N. de la R.: el hijo de Liliana Medina) me sacaron la bala con una aguja de tejer y sin anestesia, y cada vez que grité me dieron un trompazo”.
“A las chicas que llegaban a la whiskería embarazadas, Liliana las hacía abortar con una sonda con alambre”.
“A mediados de 2002 vi a Marita Verón en la casa de Liliana: Marita llegó en un auto blanco y yo la recibí. Le serví un café”.
—Esto es una empresa y por vos pagué dos mil cuatrocientos pesos (ochocientos dólares)–le dijo Medina a Marita-. Tenés que cubrir ese monto y recién después, si querés, te vas.
Ese mismo día, según el testimonio de Darrosa, tiñeron a Marita de rubio y le pusieron lentes de contacto celestes. A la noche tuvo que empezar a trabajar, pero como no sabía tratar a los clientes –se sentaba lejos, no les conversaba- alguien le enseñó a atender a golpes. Cuando Marita cubrió con su trabajo los dos mil cuatrocientos pesos de “deuda”, Medina le explicó algunas cosas más:
—Escuchame, nena, ¿pensás que acá comés y dormís gratis? Tenés que pagar tu comida y tu alojamiento. Son 1500 pesos más, y después te vas.
Medina era obesa, tenía pocos dientes y su cara estaba llena de lunares. Pero Marita la miraba como si todo diera igual. Pasados unos días cubrió ese monto.
—¿Vos no sabías que acá hay un reglamento? –le dijo Medina-. Si no pasás con diez clientes por día estás multada. Si conversás con otra chica o te dormís y llegás tarde al salón, estás multada. Si le faltás el respeto a un cliente estás multada. Ahora nos debés mil pesos en multas.
Y así fue como Marita, como tantas otras chicas, se fue quedando. La whiskería se llamaba El Desafío. En algún momento, en una de sus paredes externas, Marita escribió, en letras rojas e inmensas, “Micaela te amo”. Trimarco vio esta inscripción en junio de 2004, un mes después de que fuera rescatada Andrea Darrosa, dos años después de la desaparición de su hija.
Trimarco había viajado a La Rioja acompañada por su nieta Micaela, su marido, y el comisario Tobar. El objetivo de ese viaje era que Darrosa, ya a disposición de la Justicia, señalara los lugares donde habían sido enterrados los cuerpos de las mujeres “rebeldes”. Pero el juez a cargo –Daniel Moreno- jamás permitió que Darrosa hablara con Trimarco. Pasado un mes de espera, Tobar y Verón decidieron volverse a Tucumán. En La Rioja, por lo tanto, sólo quedaron Trimarco y su nieta, que entonces tenía cinco años de edad. Una mañana, la dueña del hotel le explicó a Trimarco que había que pagar la cuenta.
—Son 7500 pesos (2500 dólares)–dijo.
—Yo tengo 20 pesos –contestó Trimarco. Eso era lo último que le había quedado luego de vender, a lo largo de dos años, su casa, el departamento de Marita, dos autos y el almacén.
Trimarco tomó su cartera, salió del hotel, cruzó la plaza principal y se metió en la casa de gobierno.
—Quiero hablar con el gobernador –dijo en la entrada.
—El señor gobernador no está.
—Quiero hablar con el gobernador y de acá no me muevo y no me interesa lo que tengan para decirme y no me toquen ni un pelo de mi cuerpo porque les destrozo todo.
Trimarco empezó a gritar y a patear puertas. Cinco minutos después, bajó un hombre de traje.
—¿Cuánto es? –preguntó.
—Siete mil quinientos pesos, poca plata para los que me deben mi hija.
Trimarco aullaba y Micaela, su nieta, sólo podía abrazarla. Al día siguiente, una enviada del gobernador pagó todas las cuentas. Pero la mayor deuda quedó sin saldar: Darrosa sólo fue liberada cuando Trimarco se fue de La Rioja, es decir que el viaje no sirvió de mucho. Por este tipo de episodios, el juez Daniel Moreno actualmente está en juicio político: se lo acusa de haber puesto múltiples obstáculos en la causa de Marita Verón.
***
Micaela tenía tres años cuando desapareció su madre. Susana le explicó que se la habían llevado unos ladrones, y así fue que la niña, todas las noches, empezó a hundirse en horrores aún mayores que el horror de la infancia: quería ir a dar vueltas en auto para ver si la encontraban a Marita, y al momento de dormir, en sueños, le tocaba la cara a su abuela para ver si ella seguía ahí.
Desde el secuestro, Trimarco y Micaela viven juntas. David Catalán, el padre de Micaela, argumenta que él no siempre tiene trabajo y que es mejor que la criatura crezca bajo el ala de alguien que puede darle “todo”.
A veces Trimarco dice que Micaela es su tercera hija.
—Abu, ¿me podés peinar?
Micaela aparece en el comedor de la casa. Es una criatura de piel diáfana, boca pequeña y ojos muy grandes. Su pelo es negro, lacio y espeso; Trimarco lo peina con la mano pesada. Dos días atrás, cuando su abuela la arreglaba para ir a la escuela, Micaela le hizo una pregunta.
—Abu. ¿Mi mamá me va a reconocer cuando vuelva?
Trimarco cuenta que, en ese momento, la cara se le vació de gestos: no supo qué decir.
—Mi amor, ¿cómo no te va a reconocer? –contestó al fin.
—¿Y cuando la vea qué le digo?
—No le digas nada. Abrazala fuerte y dale muchos besos.
Micaela siempre reacciona como si entendiera. Todos estos años, en realidad, tuvo que entender cosas que son imposibles de entender por nadie. Trimarco la ha llevado consigo a casi todas partes. Por este tipo de cuestiones, David Catalán dice que su hija queda expuesta a diálogos e imágenes que le pueden hacer daño.
—Susana se pone ciega, irracional, y se larga a hablar: no registra que la nena está cerca -se quejará más adelante-. Por más que Micaela sepa el tema de su madre, tampoco uno le puede estar contando tanto.
Micaela se mueve por la calle con custodia policial. Desde que se abrió la causa, a Trimarco la amenazan varias veces por semana (principalmente, le dicen que se van a llevar a su nieta) y es así que el mundo, para Micaela, es un lugar que exige estar alerta.
Ahora son las seis de la tarde –el horario de salida del colegio- y la niña viaja en una camioneta oficial, reclinada sobre la luneta de adelante. Tiene el mentón sobre las manos, y mira el paisaje de naranjos como si esa imagen tuviese algo que ver con la paz. Entre los árboles va apareciendo su casa, y en la vereda está su padre. El hombre la saluda con un abrazo y la hace entrar al hogar de Trimarco.
Catalán trabaja como obrero en una construcción y, salvo los días francos, está todo el día fuera de su casa. Él dice que es por eso que ve poco a Micaela. También la ve poco porque sabe que Trimarco no lo aguanta.
—Desde que me conoció me trató de negrito de mierda. Toda la vida ella fue, hablando vulgarmente, la vieja cheta que quería para su hija un cheto. Pero aparecí yo.
Catalán recuerda que su vida con Marita fue feliz. Buscaron un hijo y lo tuvieron. Quisieron una familia y la armaron. Marita era sincera, humilde, luchadora y de gran corazón: “Una verdadera mujer” dice. Una mujer que tenía una madre.
Días después, Catalán sumará un detalle que Trimarco no contó. Cuando compraron el departamento en Las Talitas –con ayuda materna- Trimarco se compró una casa a cien metros.
—Ella siempre estuvo en el medio de nosotros. No teníamos vida independiente. Por ahí ella andaba embroncada con su marido porque toda la vida ellos han peleado, y se la agarraba conmigo. Decía que yo era un vago. Susana siempre tuvo carácter muy fuerte, pero bueno. También gracias a eso se avanzó tanto en la búsqueda de Marita… Yo a Marita la espero. Yo sigo esperando que podamos reconstruir la pareja.
La falta de constancia laboral no es el principal motivo por el que Trimarco, a esta altura, rechaza a su yerno. El verdadero problema es la forma en la que el hombre decidió salvarse: al año y medio de la desaparición de su mujer, abandonó la búsqueda y se alejó, también, de su hija. Catalán ve poco a Micaela, tampoco pasa dinero, y por ende Trimarco vive cada vez con menos plata. Antes de la desaparición de Marita, se ganaba la vida como asesora en temas sociales en la Municipalidad y como vendedora de cosméticos por catálogo. Pero ahora, la causa de su hija arrasó con todo, y Trimarco subsiste como puede: vendió todos sus bienes (ahora vive en la casa de su suegra); los pasajes y los hoteles se los paga el gobierno (Trimarco los exige a las patadas); y diez meses al año cobra 230 dólares del Estado para la manutención de Micaela. Además, está el sueldo de su marido, un hombre que solía ser fuerte hasta que un día se derrumbó por completo.
La cara de Daniel Verón está vencida por la ley de gravedad. Las ojeras, el mentón, la papada y la comisura de los labios se desarman en pliegues que parecen metáforas de algo todavía mayor. Algunos meses atrás, Verón tuvo un derrame cerebral y desde entonces su salud es compleja. No quiere hablar con la prensa, pero principalmente no quiere ver a su mujer. De hecho en abril de este año, como tantas otras veces en las últimas dos décadas, se fue de la casa. El detonante fue una cama.
Durante años, Trimarco dio contención, casa y comida a las decenas de chicas que rescataba de los prostíbulos. Entre esas mujeres estaba Blanca V.: una criatura que sobrevivió a los burdeles, pero no a la adicción a la cocaína. La paciencia de Daniel Verón llegó a su límite cuando Trimarco, al ver que no tenía donde dormir, le regaló a Blanca la cama de su hija, un mueble pintado a mano por la propia Marita. A las dos horas de haber recibido el mueble, Blanca lo vendió a cambio de un polvo. Cuando Verón se enteró de que la cama ya no estaba en casa, no pudo soportarlo y él también se fue.
Hoy, el principal compañero de Trimarco –el hombre con quien pelea y a quien recurre- no es su marido sino el comisario Jorge Tobar.
***
Actual integrante de la División de Inteligencia de la policía tucumana, y amigo de la infancia de Daniel Verón, al tercer día de la desaparición de Marita, Tobar fue buscado por la familia para que los ayudara en forma paralela. Dos meses después de la apertura de la causa, la fiscal vio que la investigación de Tobar iba más rápido que la oficial, y le ofreció hacerse cargo del caso. Desde entonces –y a pesar de las infinitas resistencias que encuentra dentro de la misma Policía- Tobar es la mano ejecutora de todos los allanamientos que exigió Trimarco.
Tobar tiene un gabán beige, anteojos, una cabeza calva, y el aspecto edulcorado de un bancario en horario de almuerzo. Con la voz sedada, metódica, perturbadoramente prolija, él cuenta, sentado en su despacho, cómo es que una chica que sale a comprar pan puede terminar vendida a un proxeneta. Tobar dice que algunas son metidas en un auto de los pelos, pero que otras –muchas otras- llegan engañadas por alguien que las enamoró. Hay hombres que esperan a las chicas a la salida del colegio. Las invitan a tomar café, se ponen de novios, les hablan de un presente perfecto: “Yo tengo –dicen-una empresa en Buenos Aires, y vine a Tucumán a hablar con algunos clientes”. Lentamente, empiezan a trabajar para que la chica llegue tarde a casa, discuta con sus padres, se sienta incomprendida.
—No te hagas problema por lo que te diga tu papá. Si te llega a decir algo te venís a vivir conmigo.
El hombre les inventa esta historia a varias mujeres a la vez. Cuando las convence, las chicas se van de su casa por propia voluntad: un argumento que, jurídicamente, equivale a una “fuga del hogar” e impide hablar de secuestro. Una vez que la víctima llega a destino, es vendida a una whiskería por un monto que oscila entre los 700 y los 1000 dólares. Si la chica insiste con querer irse o no querer trabajar, la desnudan, y la llevan a un “chanchito”: un receptáculo donde sólo se puede entrar de pie, y donde las chicas rebeldes son encerradas hasta que entiendan la importancia de ser mansas. A veces, ni siquiera hace falta encerrarlas.
—Si las mujeres tienen hijos, sus captores muchas veces les muestran fotos y videos de los niños –cuenta Tobar-. Les dicen: “Mirá cómo está saliendo del colegio. Mirá a qué hora entra, quién la lleva, quién la trae, cómo juega con la amiguita. Mirálo en la vereda, mirá qué fácil, mirá qué cerca le sacamos la foto”. Así de tremendo. Y yo creo que eso están haciendo con Marita. Por eso ella, si es que está viva, no debe querer ni escaparse.
Tobar cree que hay tres grandes destinos para Marita. Puede estar muerta. Puede estar viva. O puede estar irrecuperable: después de cinco años, especula Tobar, Marita quizás esté psíquicamente doblegada, adicta a las drogas y con la moral tan baja que no pueda enfrentarse a la prensa, a la sociedad y a la idea de que, si ella abre la boca, le puedan hacer algún daño a su hija.
—Hay un gran peso sobre esta chica, y tal vez ella no pueda soportarlo. Es una personita de mucho valor, Marita Verón. Es un símbolo de muchas cosas.
Tobar se queda respirando en silencio, y luego hace una mueca de disgusto. Cuenta, finalmente, que hubo un día en el que Marita casi fue liberada. Pero se le escapó. Tobar había viajado a La Rioja con una orden de allanamiento en la whiskería El Desafío, pero extrañamente, minutos antes de que él llegara, un auto huyó con tres hombres y una chica. Esta fuga es el principal motivo de discusión entre Tobar y Trimarco: ella no le perdona que, habiendo estado él tan cerca, el operativo haya fallado.
—Sacaron a Marita Verón delante de mi nariz. Alguien de la justicia riojana les ha avisado de la orden de allanamiento, y ellos decidieron llevársela- admite Tobar. Y agrega que la mayor complicación que tienen los captores con Marita es que no saben qué hacer con ella. Si la matan, las personas que ya están procesadas en la causa, que son veintisiete, deberían cumplir condena ya no por secuestro, sino por homicidio. Y si la liberan también es un problema.
—Susana ya es conocida en todo el país, la gente confía más en ella que en nosotros, y eso a Marita no sé si la favorece –explica Tobar-. Los captores deben saber que, si la liberan, Marita no se va a quedar callada y va a dar nombres.
***
Uno de los últimos logros de Trimarco fue Jessica Cativa, una chica de 20 años que estuvo retenida en un burdel y que fue liberada por sus propios secuestradores luego de que su familia, cansada de pedir ayuda a la policía, recurriera a Trimarco. Para llegar hasta Jessica hay que cruzar un basural, una vía, y una tierra atravesada por infinitas estrías de agua inmunda. Abajo, el vaho cloacal lo inunda todo. Arriba, la noche está empezando y se abre un cielo escandalosamente azul. La luna está limpia, se escucha un chamamé. Jessica ceba un mate bajo un tinglado de chapa, y cuenta, sin ganas de contar mucho, que estuvo cuatro días en un prostíbulo. Como se negó a trabajar, la encerraron en un cuarto, la durmieron con pastillas, y para cuando despertó estaba sin ropa. La misma noche del secuestro su madre empezó a buscar respuestas: fue a la Policía y fue a Tribunales. Como nadie la tomaba en serio –“se debe haber escapado de su casa”, le decían- consiguió el teléfono de Susana Trimarco, a quien ya conocía de la televisión. Luego de que Trimarco pateara algunas puertas, y las pateara en serio, Jessica fue liberada en las afueras de Tucumán. Días después, un peritaje revelaría que la violaron varias veces, y el testimonio de Jessica sería incorporado a la causa de Marita Verón.
Desde entonces Jessica vive, sin custodia policial, en la misma casa donde nació: dos dormitorios de chapa, un olor fétido, y un vecindario que la trata como a una mentirosa. Todos piensan que ella no fue secuestrada, sino que se escapó con un hombre. Y nadie quiere escuchar que a Jessica, desde hace unos meses, la están amenazando: le exigen que retire el testimonio de la causa.
—Hace tres días, tres tipos me esperaron a la salida del colegio, me metieron en un auto y me dijeron que si no me callaba me iban a cagar a golpes. Necesito hablar urgente con la señora Susana: ella va a creerme -dice Jessica.
Dice y llora.
Al día siguiente Jessica llega a la casa de Trimarco, pero la empleada doméstica dice que salió a hacer trámites. Jessica se sienta en el living a esperarla, hasta que media hora más tarde, desde la calle, se escucha una voz que grita y se acerca. Trimarco tiene el móvil en la mano y entra al living con fuerza de rompiente. Lleva el pelo arreglado, pestañas con rimel, piel humectada, y un perfume que lo cubre todo.
—¡Ustedes son unos vagos, sinvergüenzas, descarados y payasos! ¿Cómo me van a decir que se rompió el auto de la custodia? ¡Entonces me traen otro! ¡Mentirosos! ¡Caraduras! Apenas tenga yo mi Fundación no piso más esta maldita casa de gobierno y no le quiero ver la cara a ninguno de los mafiosos que trabajan con usté.
Del otro lado de la línea está el ministro de Justicia de la provincia. Mientras le grita, Susana mira a Jessica, guiña un ojo, y sonríe como si toda la escena fuera un gag. Luego corta, maldice un par de veces más, cuenta que le van a poner un auto nuevo, y cambia de humor con la velocidad con que alguien cambia de sombrero. Su cara ahora se relaja. Abraza a Jessica con una ternura que, de golpe, parece desintegrarlo todo.
Ahora ninguna de las dos habla, pero Jessica llora en su hombro.
—Chiquita –dice Trimarco-. Chiquita.
Son las doce del mediodía y la casa, al fin, queda hundida en un silencio de provincia: los potus cuelgan, el patio está vacío, el piano está cerrado y la felicidad de las fotos tiene la misma lejanía de una portada de revista. Segundos después, Micaela llega con el uniforme puesto y le pide a su abuela, una vez más, que le arregle el cabello.
Ella acepta y la peina con la boca apretada; quizás intenta contener el llanto. La nariz de Trimarco tiene orificios grandes y oscuros. Dos cuevas que se achican y se ensanchan de un modo casi rítmico, como si marcaran el paso de una danza dolorosa y extraña.
* Este texto salió inicialmente en la revista Gatopardo, y luego fue publicado en Historia de una mujer bomba y otros relatos, antología de crónica de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile.
lunes, 30 de enero de 2012
Flecha
"Tensa el arco al máximo mientras escribes y después suéltalo de un solo golpe y ve a beber vino con los amigos. La flecha ya anda por el aire, y se clavará o no se clavará en el blanco; sólo los imbéciles pueden pretender modificar su trayectoria o correr detrás de ella para darle empujones suplementarios con vistas a la eternidad y a las ediciones internacionales”.
Clarice Lispector, hermosa como siempre.
Clarice Lispector, hermosa como siempre.
viernes, 27 de enero de 2012
Alguien tiene que morir*

Luego de la discusión Julia tomó la bolsa de dormir y se fue al balcón. No fue un gesto teatral: fue una operación práctica. Juntó algunas cosas -llaves, cigarrillos, celular, el palo de la escoba-, sacó la bolsa del placard y cruzó el salón con los brazos cargados.
Al principio Diego no se movió. Estaba arrumbado en un sillón; tenía la mirada fija en una vela encendida. Pero una vez a la intemperie Julia cerró el ventanal y lo trabó con el palo. Fue una acción rápida y brusca que sacó a Diego del trance. Él se había quedado adentro.
—¿Qué hacés? –Se puso de pie. Golpeó el cristal-. ¡Julia!
Ella no respondió. Se dedicó a desenrollar la bolsa con detenimiento. Atrás del vidrio, la voz de Diego era una invocación ahogada y llena de palabras como “abrí”, “hablemos”, “calor” y “no es para tanto”, pero nada parecía llegar al otro lado. Julia hizo un pequeño gesto de desprecio con la mano –como si las palabras fueran moscas- y luego tomó el celular y le alumbró la cara con malicia: era su marido, sí. Y se estaba asfixiando.
Giró sobre sí misma. De cara a la ciudad prendió un cigarrillo. Era una noche negra. Medio Buenos Aires estaba sin luz y todos parecían presos en una cárcel sin bordes. Recordó un libro de la infancia. Todavía lo guardaba en la biblioteca del living. (“Para cuando tenga hijos”, decía. Pero ese es otro tema). El libro se llamaba Había una vez un pueblo y contaba la historia de una aldea devenida en gran metrópolis, en la que el sol –cansado de las opulencias del progreso- se iba para siempre y dejaba a los vecinos en una oscuridad mortuoria. La parte inolvidable de ese cuento era un dibujo: hacia el final, cientos de personas rompían los techos de los edificios en una enardecida búsqueda de oxígeno y luz.
Así, como en aquella historia, estaban todos esa noche: cuarenta grados y un aire duro como una pared.
—¡¿¿Te llevaste las llaves??!
A espaldas de Julia, Diego iba enterándose de cómo eran las cosas. Ella tragó el humo. Habló. Las palabras le salieron grises.
— Mi abuelo tenía unos binoculares –dijo-. Los llevaba a las carreras de caballos. Cuando iba de visita yo los usaba para mirar desde el balcón. Quería encontrar gente desnuda, novios besándose. Era chica. Sobrevaluaba la vida de pareja.
—¿Qué?
Él no escuchaba. Hacía esfuerzos pero el cristal era grueso y estaba empezando a empañarse. Diego tenía la piel brillante y salitre, las sienes mojadas. Pronto se quitó la remera y se limpió el sudor.
—Julia, mirame –golpeó el vidrio-: ¡Soy yo! Todo va a estar bien.
Julia soltó una carcajada.
—“No te suicides, soy yo”, sos patético, parecés un gato rascando la puerta de entrada –dio la vuelta y miró-. Ay, Diego... ¿Tenés calor? ¿Viste que teníamos que comprar todo externo? ¿Querés que te abra? ¿Y si no te abro? –aplastó la colilla con el pie descalzo-. Alguien tiene que morir, Diego. Hoy te mataría. Por eso me encierro. O te encierro, no sé… –volvió a darle la espalda-. Puntos de vista.
—¡Julia!!!!
Después de gritar “Julia”, Diego escupió una lista de palabras lacerantes que ya no parecían hacer daño. Era un francotirador a ciegas. Cuando lo entendió, calló. Se deslizó hasta el piso y todo quedó en silencio.
La ciudad era un pozo. Sólo se oía el ruido de los autos y los perros, pero el resto de las cosas parecía aplastado por el espesor infame de los aires de enero. Julia recorrió el paisaje con la vista. No había familias frente al televisor, no había bebés, no había cenas románticas: no había nada. Todas las casillas del mundo doméstico se habían fundido a negro y sólo quedaban las horas largas, la vida irrespirable.
—Che, Diego –golpeó el cristal con el pie-. ¿Tenés idea de cuántas familias sobreviven a un corte de luz?
Diego no contestó. Julia tampoco esperó respuesta. Sólo se reclinó sobre la baranda y se dispuso a seguir mirando. En el balcón de enfrente, oscura sobre un fondo oscuro, distinguió –en algún momento- la silueta de una niña. A la altura de los ojos, el brillo de un binocular hizo la única luz de la noche.
* Publicado en Clarín, enero de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
Iberá*

Marisi López conduce su camioneta. Los brazos tensos, el torso erguido, la ruta gris –vacía- metida en los ojos.
—Deberías conocer a mi jefe –dice.
Marisi tiene huesos finos, piel bronceada. Gira la cabeza y sonríe.
—Doug es muy especial. Doug es yanqui.
A los costados, el paisaje es una sucesión de aguas y plantas muy verdes.
—Y a los de acá, que venga un tipo con plata, para colmo yanqui, y les diga cómo hacer las cosas no les gusta nada.
“Acá” es Corrientes: una provincia del noreste argentino, ubicada a casi 800 kilómetros de Buenos Aires y conocida en términos turísticos y ambientales porque en ella están los Esteros del Iberá: una superficie de 1.450.000 hectáreas que conforma una de las mayores reservas acuíferas del mundo, y el lugar donde montó parte de su imperio ecológico Douglas Tompkins: un magnate americano –el jefe de Marisi- que en los últimos años se ha transformado en el mayor benefactor y el mayor interrogante en la provincia.
Desde el año 1998, a través de la Land Conservation Trust –una ONG creada en Estados Unidos y presidida por Tompkins-, lleva compradas 150 mil hectáreas en los Esteros. Y lo cierto es que, si bien el objetivo –avalado por las Naciones Unidas- consiste adquirir tierras privadas, someterlas a un manejo de “conservación” y luego devolverlas saneadas al Estado, el recelo –cuando se trata de Tompkins- es, en Corrientes, una condición del aire.
—Corrientes tiene tiempos de pueblo. Y mi jefe tiene los tiempos de, bueno, de mi jefe. No importa que tenga razón. Si viene un extranjero con dinero y paga para que tu provincia esté mejor y quiere que todo se haga pronto, vos dudás –dice Marisi mientras sale de la ruta, entra a un camino de tierra y mete el morro de la camioneta en la Gran Reserva Nacional del Iberá. Ahora, debe detener el coche frente a un grupo de carpinchos. Son animales morrudos, pesados: ratones gigantes y de ojos moluscos que miran hacia algún punto indefinido del camino. Los carpinchos se retiran lentamente. Han aprendido a vivir con aplomo. Al no tener aquí predadores naturales –y al estar prohibida la caza furtiva- estas criaturas reinan en la zona. Estas, y tantas otras. En los últimos años, la intervención de Tompkins permitió recuperar animales en peligro de extinción –como el ciervo de las pampas y el oso hormiguero-, y transformar al Iberá en un vergel que hoy se explota turísticamente.
En Colonia Carlos Pellegrini, un pueblo mínimo que opera como el principal acceso a los Esteros, hay un camping para pasar la noche en carpa y hay 350 camas (de las cuales diez corresponden a Rincón del Socorro: una de las dos haciendas ubicadas en terrenos de la CLT). Y por afuera de la Colonia, hay –desde el pasado septiembre- un segundo ingreso público creado por la CLT y transformado, dada su inauguración reciente, en un secreto dentro de la provincia. San Nicolás –así se llama el acceso- tiene también un camping y es el punto de conexión acuática –ya que el otro es aéreo- con el grial de los Esteros: la isla de San Alonso, también –sí- de Tompkins.
Allí, en un terreno de 56 mil hectáreas donde no hay energía eléctrica ni señal de teléfono, una familia de ermitaños recibe y atiende –en un caserón rústico y perfecto- un turismo exclusivo y en mínima escala. En San Alonso hay sólo cinco habitaciones y tres baños. El resto es agua, aves, venados, carpinchos, caballos y un cielo cóncavo y espeso que lo encierra todo.
Ése es mi destino.
*
Los Esteros del Iberá son un entramado de islas, islotes, bañados y lagunas (“Iberá” significa “agua que brilla” en dialecto guaraní) que en 1989 fueron convertidos en Gran Reserva Nacional y que se distribuyen sobre una superficie que toma el 15 por ciento de la provincia de Corrientes. Allí, el 60 por ciento del terreno es privado y, dentro de los privados, la CLT de Tomkins es –por lejos- la que tiene la mayor parte. Lo que genera temores. Para algunos, Tompkins está llevando a cabo una maniobra monopolizadora de los Esteros y está a la altura de cualquier magnate con prontuario como Joe Lewis o Luciano Benetton.
Sin embargo, en la práctica Tompkins –catalogado de “ecologista radical”- no parece haberse dedicado a la compra especulativa de tierras, sino más bien lo contrario: a lo largo de dos décadas, la CLT se agenció superficies otrora destinadas a la actividad productiva industrial –ganadera, agrícola o forestal- y les fue restituyendo lentamente parte de su flora y fauna perdidas. Las consecuencias son políticas (Tompkins quiere donar todas sus tierras a Parques Nacionales, siempre y cuando el gobierno correntino haga lo mismo con sus terrenos fiscales: un pedido que hoy es centro de disputa entre Tompkins y el gobierno provicial) y también estéticas.
De camino al Arroyo Carambola, a siete kilómetros del camping de San Nicolás –y desde donde parte la lancha a San Alonso- el paisaje es un inmenso territorio signado por la humedad, los pastos altos, los venados y las cigüeñas que baten sus alas con una elegancia que recuerda a la melancolía. También hay carpinchos.
—Cuando ven el primero, todos los turistas se bajan del coche para hacer una foto –dice Marisi, quien trabaja como coordinadora del Proyecto Ruta Escénica del IBerá por la CLT-. No saben que después ven los carpinchos hasta en sueños. Son una plaga.
Afuera de la reserva, los carpinchos tienen un destino bastante menos romántico. Uno de estos bichos equivale a 30 kilos de carne y Corrientes es –sigue siendo- una provincia pobre, por lo que hay familias que los cazan de modo furtivo y se comen hasta la cabeza. Pero eso no sucede en el imperio Tompkins. Aquí hay carpinchos como en las ciudades hay palomas. Entre los pastos, bajo el agua, sobre los caminos: los carpinchos –sin predadores naturales ni humanos- viven en estado de silenciosa revancha.
Así, pues, escoltada desde lejos por esa colonia de criaturas, meto el pie en la lancha que me lleva a San Alonso. Lo que sigue es un viaje de una hora que puede resumirse así: hay un viento fresco en la cara, un motor de rugido cansino y un curso de agua lleno de camalotes, flores de tono escandaloso –amarillas, fucsias, violetas-, aves inclasificables, yacarés, carpinchos –siempre carpinchos- y unos pastos blandos, esponjosos, que se van desgranando sobre las aguas claras.
—Antes, cuando no estaban las lanchas a motor, todo este trayecto se hacía a caballo. Eran catorce horas.
—¿Y si el caballo no hacía pie?
—Nadabas con el caballo.
Eso dice Omar Rojas, el varón que conduce la lancha y que me albergará, junto a su familia, en la hostería de San Alonso. Omar y su clan son las únicas personas que viven en la isla. Una hora después, todos me darán la bienvenida y me servirán té con chipás –unos exquisitos bollos con sabor a queso, característicos del noreste argentino- y me conducirán hasta mi habitación.
San Alonso tiene cinco cuartos dobles, tres baños –dos de ellos, compartidos- y algunas luces que sólo funcionan de ocho a diez de la noche. Pero ahora –pasado el viaje en lancha- son las cinco de la tarde y el cuarto está en penumbras. La falta de corriente eléctrica me da –noto- una especie de shock nervioso. Aquí no hay señal de teléfono móvil (hay sólo un aparato de línea en la casa de los Rojas), no hay televisor, no hay radio, no hay películas, no hay Internet, y no hay –lo dicho- luz artificial que ilumine cosa alguna. Miro mi ventana. Unas gotas suaves –una lluvia breve- caen sobre las hortensias. El repiqueteo del agua es un mantra.
Me duermo.
Un rato después, salgo a la galería de la estancia y me siento a leer. Estoy sola. No hay más turistas –el lugar funciona dentro de un circuito exclusivo y poco difundido- y tampoco está Tompkins. Aunque podría estar. El hombre tiene su domicilio fijo en su otra estancia –Rincón del Socorro, que queda en Colonia Carlos Pellegrini- pero viene en avioneta cada vez que quiere. Si bien afuera del Estero se traslada con una sencillez insólita (de Buenos Aires a Corrientes viaja en ómnibus semicama, y de Corrientes a Chile va en auto), aquí adentro es conocido por el runrún de sus alas: cuando está, Tompkins sobrevuela los esteros, toma fotos –por caso, de un tejado roto o de una huella de auto que no debería existir- y luego las manda por mail para pedir explicaciones.
—A él le gusta que todo esté perfecto, incluso desde arriba –dijo Marisi horas atrás, antes de despedirnos-. Tampoco le gusta que haya huellas de autos fuera de los caminos trazados. “La estética informa las cosas” dice mi jefe. Deberías conocer a mi jefe.
Pero el jefe no está. El 12 de diciembre Tompkins se fue en auto hasta su casa en el parque Pumalín -donde tiene buena parte de sus tierras- y su idea es quedarse allí hasta que pasen los aires sofocantes del verano. En San Alonso, pues, sólo quedan los que quedan siempre: los Rojas. Seis personas que se mueven por la estancia con la suavidad de un arrullo, y que hicieron del silencio su mayor acervo cultural. Los Rojas han vivido aislados desde que tienen memoria.
—A nuestros hijos, a leer y escribir les enseñamos nosotros –dirá mañana Omar, mientras andemos a caballo-. Yo soy el director, el maestro: todo. Yo me ocupo de que aprendan lo importante. Ellos saben que lo importante es trabajar.
Y trabajan. Y sus cuerpos –carnes fuertes, decididas, enfundadas en ambos de algodón blanco- trabajan. Y eso, parece, es lo más que puede hacerse en San Alonso. Ahora –ocho de la noche- Mercedes, una de las hijas mayores, aprovecha las dos horas de luz eléctrica y sirve una cena. Disfruto mi plato –pastas caseras- acompañada por el bullicio de los pájaros nocturnos. Luego la familia Rojas se retira y me quedo en el caserón y lo único que permanece vivo, llegada la noche, es la noche.
*
Gritos. Miles de aves chillan, aletean y se sofocan como si fueran chicas antes del baile. Hay gorjeos agudos, graves, largos, secos; hay un batir de alas y de hojas; hay un trajín, un viento, un canto feroz: esta es la hora pico de las aves. Se cree que en la zona hay unas 350 especies distintas y amanezco con cada una de ellas en mi oído.
Son las nueve de la mañana. Me levanto de excelente humor –milagros de la isla- y tomo un desayuno –artesanal, abundante- de cara al parque que rodea la estancia. Me distraigo viendo cómo va, de un lado a otro, sin destino preciso, una de las niñas de Omar y Antonia. Se llama Graciela, lleva ropas fucsias y, vista desde la distancia, parece un pétalo suelto y empujado por algún viento errático. Graciela se aburre entre las hortensias. O entre cualquier otra flor.
Es un lindo día para caminar. El sol es suave para ser verano. Omar –bombacha azul, sombrero de ala negro, pies descalzos- saluda, me da las indicaciones para recorrer el sendero de un bosque –uno pequeño, de árboles autóctonos, que queda a quinientos metros del casco de estancia- y luego me ofrece un handy.
—Por si usted se pierde –dice.
Soy orgullosa y rechazo todo artefacto.
—Si en dos horas no vuelvo, me buscan –digo y parto. Ahora me siento Indiana Jones, o la novia de Indiana Jones, o cualquier cosa distinta de lo que soy: una chica de ciudad con imaginación frondosa y zapatillas All Stars. Camino lentamente hacia el bosque. Cruzo, para ello, toda la pista de aterrizaje de Douglas Tompkins: una inmensa explanada de pasto sano y perfecto, y el principal motivo por el que los caseros viven en la isla. Mantener cortado el césped de la pista y del parque que rodea la estancia –y mantener el casco en condiciones de integridad y limpieza- es el principal trabajo de la familia Rojas. Y se lo toman en serio.
Por afuera del perímetro cortado a mano, el resto del campo es un inmenso mar de flecos ambarinos. Esos son los famosos pastizales de Tompkins y ahí adentro se almacena todo lo que este hombre añora: infinidad de carpinchos (que se alimentan de esos pastos), aves, ciervos, y una larga lista de insectos que es mejor no conocer a fondo. Hacia el final del camino está el bosque: un camafeo de árboles oscuros que encierra el secreto de un mundo paralelo. Adentro vuelan aves de alas grandes y hay sombras, monos, chicharras, en fin: falta el humo negro para que esto se transforme en Lost. Avanzo por un sendero angosto y el pelo se me enreda en las plantas. El bosque es un cuerpo en movimiento. Hago esfuerzos por no pisar nada que esté claramente vivo. A partir de ahora, soy ecologista ya no por convicción sino por superstición: cada pisada puede desencadenar la furia y la venganza del pequeño mundo que me aloja y que ahora me escupe: he salido. Es un mundo bravo, pero bastante breve.
Dos horas después estoy en la estancia. Allí espera Antonia con el almuerzo listo (carne y verduras asadas), y allí están las niñas merodeando sin rumbo. Luego de comer, los Rojas se van a su siesta y me quedo en la galería, sola, leyendo un libro mientras sobre mi cabeza van y vienen dos picaflores. Las criaturas flotan como adornos. Las miro. Supongo que me duermo mirando los pájaros, pues en algún momento siento un susurro: es Antonia.
—Despierte –dice.
Habíamos acordado con Omar en ir cabalgar cuando bajara el sol, así que me levanto y voy a cambiarme. Al regresar encuentro a la pareja agazapada, en silencio, mirando la portada de mi libro: Biografía del Hambre, de Amélie Nothomb.
—Qué es eso –dice uno.
Les explico la idea de biografía. Les cuento que Nothomb sufrió anorexia por dos años. Les explico la idea de anorexia. Ellos responden un “ah” largo.
—Ahhh.
Y sé, sin gran esfuerzo, que en este mundo son otras las palabras que importan.
*
Omar y Antonia se conocieron hace veintiocho años en un paraje llamado Ñu Pij, que ahora puede verse desde la distancia pues ahí se yergue un bosque de eucaliptos. Se casaron un 17 de diciembre y el 1 de marzo ya estaban trabajando en San Alonso. En un comienzo, el dueño del lugar era empresario ganadero y el trabajo era duro porque la vida, en general, era dura. Omar lidiaba con las vacas, y una vez cada tres meses iba junto a su familia a buscar alimento a la ciudad de Concepción, cercana a la isla. Eran travesías de catorce horas que la pareja hacía con sus hijos en andas -cuando eran muy pequeños- o en caballos propios, cuando ya tenían seis años.
Para ellos, el curso de agua con florecillas blancas, los carpinchos remojando sus carnes gordas en los barrales, los camalotes, las gaviotas, los ciervos, los biguaes, los chajás, las monjitas franciscanas: para ellos nada de esto se asociaba a la palabra “paisaje”. Para los Rojas, el agua era y es lo que siempre fue en términos geopolíticos: frontera. El agua era el cuerpo que marcaba el límite entre los Rojas y el mundo.
—¿Hacen algo? ¿Ven películas?
—Pocas. Algunas que sean muy aptas para todos. Vemos Cantinflas por ejemplo, ése es gracioso.
Omar habla de Cantinflas mientras vamos a caballo entre los pastizales. Hoy, el mayor entretenimiento de la familia Rojas es, probablemente, el turismo: una ocupación que desempeñan con dedicación plena, y que nació hace trece años, con la llegada de Tomkins a la isla.
—Desde que lo conocimos, enseguida entendimos el mensaje de Tompkins. Es muy inteligente. Muuuy prolijo. Hay que hacer dos veces las cosas bien para que él las vea bien –dice Omar mientras los cascos de Carcoma y Huérfano (así se llaman nuestros caballos: para lirismo, el del paisaje) chapotean en el agua. La experiencia de los caballos y el agua es una de las opciones de excursión más impactantes de la reserva. Consiste en hacer, entre Rincón del Socorro –la exclusiva hostería de Carlos Pellegrini- y San Alonso el mismo cruce que hacían los baquianos cuando no existían las lanchas a motor. La travesía dura ocho horas y suele ser vendida con su mejor perfil: en los videos de promoción siempre se muestra el momento culminante, que es el del nado con caballos.
El problema es que, luego de nadar, hay que seguir en andas cinco horas más.
—La gente llega arruinada y al día siguiente no puede moverse –dice Omar-. Yo propuse ir a buscarlos en tractor a la salida del agua pero Tomkins no quiere.
—¿Por qué?
—Porque el tractor hace huella.
*
Es la última mañana en la isla. Amanece igual que los días anteriores –un escándalo de aves-, desayuno igual que los días anteriores –delicias caseras- y me despido de la familia. Antes, cuando el cruce no se hacía con caballos se hacía con botadores, esto es: con botes impulsados por tacuaras, unas cañas largas que se clavaban en el fondo del humedal y con las que se impulsaba la embarcación a lo largo del estero. Hoy, los botadores se usan para paseos turísticos –son muy lentos- así que volveré de la misma forma en la que vine: en lancha hasta San Nicolás, luego en camioneta hasta Corrientes, y luego en avión hasta Buenos Aires.
Por ahora estamos en el primer tramo: hay que ir de la hostería a la costa, y eso se hace sobre un tractor, con la nuca húmeda de Omar operando como centro de un paisaje llano que desborda el horizonte.
Todo lo que aquí se ve, alguna vez fue visto por primera vez por Tompkins desde el cielo. Cuando le sugirieron desembarcar en Corrientes, hizo un primer vuelo en avioneta y pronunció esta frase: “Es la Sudáfrica de Sudamérica”. Luego empezó a comprar tierras y conoció, en pleno raid inmobiliario, a la familia Rojas: seis personas detenidas en los tiempos de Cantinflas, y habituadas a hacer lo que hace Omar en este instante: disolverse en gotas de sudor, e ir y volver por la eternidad de los Esteros.
—Este es Puerto Argentino –dice finalmente Omar, mirando la costa donde se amarra la lancha.
Le pregunto por qué habla de Puerto Argentino (la población más grande de las Islas Malvinas) y responde que -cuando recibía las noticias de la guerra- él notaba que Puerto Argentino era un lugar húmedo y desolado, es decir: un lugar como éste, rodeado de aguas mansas pero lo suficientemente espesas como para operar como frontera entre la isla y el mundo.
Puerto Argentino es, para Omar, la única noción de extranjería. La confirmación de que, en San Alonso, el mundo queda más lejos que en cualquier otra parte.
—Acá no llegan las noticias –dice mientras quita los amarres-. De repente hay un lío bárbaro y nosotros nos enteramos tarde. Cuando se murió Kirchner, por ejemplo, eso lo supimos una semana después.
—¿Y les afectó?
—Para nada –se encoje de hombros-. Una sorpresa nomás.
Omar sube a la lancha y arranca. A los costados, las plantas de los Esteros se mecen rítmicamente sobre las ondas del agua como si quisieran despedirse de algo, o mejor dicho: como si no quisieran hacer nada en especial.
* Publicado en Domingo, la revista de viajes del diario El Mercurio.
jueves, 5 de enero de 2012
Moras

Voy por un sendero lleno de plantas. Es un mediodía fresco y soleado de noviembre. Me invitaron a pasar una jornada en este campo en Buenos Aires, a más de cien kilómetros de la Capital, por motivos laborales. Tengo que escribir sobre estancias de lujo para una revista extranjera. Esta es una de esas estancias. Tiene caballos, casuarinas, estatuas, fuentes y senderos bisbiseantes, húmedos, oscurecidos por un cielo de ramas sinuosas.
El edificio no es gran cosa (acá se llama lujo a cualquier espacio decorado con terciopelos) pero tiene la maravilla de sus árboles y sus caminos. Avanzo, miro mis pies. Pienso: “El lugar está bien, pero no voy a aguantar mucho tiempo más con esta gente”. En el campo sólo están el dueño con tres amigos y entre todos suman –hago el cálculo- 285 años. Viven en el mismo edificio en Recoleta y se la pasan hablando de temas de consorcio.
“No voy a aguantar”, vuelvo a pensar mientras miro mis pies. Y recién entonces, como una respuesta piadosa ante mi hartazgo, aparecen las manchas: alrededor de mis pies hay muchas manchas del color del vino. Me distraigo; dejo de sufrir por mis compañeros de estancia. Abro la vista y sobre el pasto hay moras. Cientos -¿miles?- de moras apisonadas entre las hojas. Miro hacia arriba. Los frutos cuelgan como adornos de un árbol de Navidad voluptuoso. Estiro un brazo, tomo uno. Lo como. Qué placer. Una gota roja, espesa, se queda detenida en mi dedo. La miro. La chupo. Luego tomo otro fruto, y otro, y otro más.
Mi primer empacho –dice mi madre- fue bajo un árbol de moras. Yo era chica. Alguien me dejó sola y me dediqué a comer frutos que todavía estaban verdes. Hay algo en el gesto –estirar el brazo, recoger el ganglio de la tierra, engullirlo- que me devuelve a la infancia y me saca de este vergel al que no pertenezco.
Este día me dedicaré a comer: eso me digo. Este día me dedicaré a comer moras.
Ahora no las tomo de a una, sino de a puñados. Son frágiles. Las destrozo sin fuerzas contra el paladar. Soy poderosa. Mis manos están violetas y me gustan así. No sé cómo estará mi cara. ¡Mi cara! Alguien puede verme. Miro alrededor. Aquí sólo se ven plantas y palomas, pero igual decido irme. En unos minutos debo almorzar con mis amigos. Tengo que parecer normal. Entro al cuarto, me miro en el espejo. Luzco como un animal de caza. Manchas terribles alrededor de mi boca. Me lavo el rostro, las manos; el agua se va morada por las cañerías. Vuelvo a mirarme, sonrío. Ensayo: “¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando?”. Luego bajo.
La mesa del almuerzo está tendida en el parque. Hay un mantel blanco, cinco copas y cuatro ancianos bien conservados hablando –ahora- de los viajes que hicieron con el sistema de millas de la tarjeta de crédito.
—¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando? –digo y me siento. Pero antes de cualquier respuesta sopla un viento suave y una mora revienta contra mi plato limpio. Arriba hay uno de esos árboles.
—Qué divertido, moras –dice una de mis amigas. Todos la llaman Queeny. Es bastante simpática. No puedo evitar imaginar el resto: un viento que se desata y cientos de frutos que rompen violentamente sobre nosotros. Algo parecido a Los Pájaros de Hitchcock pero en colores. En colores fuertes. Eso imagino. Luego tomo el fruto de mi plato y lo sostengo con delicadeza. No limpié mis uñas; bajo las uñas todo está rojo pero ya no importa. La mora tiene una belleza cruda. Pequeños nódulos se agolpan hasta formar un cuerpo perfecto, casi humano.
—Deberías probarla, Queeny –le digo. Luego me la meto en la boca. La deshago en menos de un segundo.
Publicado en Revista El Gourmet, enero de 2012.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
La máquina de mirar

Carolina Aguirre y sus dos hermanos ya son grandes. Promedian los veinte años. Trabajan. No necesitan pedir plata. Viven juntos. Viven con su madre. Conciente de todo esto –de que ya son grandes, de que están juntos, de que trabajan- su madre los reúne en el living de la casa y les hace este anuncio:
—Me voy a vivir sola.
Luego dice otras cosas: que ya los crió, que ya tienen un sueldo, que la casa es barata (no tiene expensas: sólo hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el almacén); que su padre –el de ellos- armó una nueva familia y que ahora es Su Momento: el momento de ella.
—Es MI momento. Me alquilé un departamento.
Los hijos escuchan y asienten. Tampoco tienen opción. A lo largo de los días, ven cómo su madre va armando golosamente su ajuar de mujer nueva. Compra doce copas de champagne, doce de vino, doce de brandy.
—¿Pero cuándo tomaste brandy mamá? ¿A quién vas a invitar a tomar brandy? ¿A tu amiga Susana? ¿Qué te estás imaginando mamá? -pregunta alguno de ellos. La madre responde con grandilocuencia:
—Voy a hacer fiestas.
Luego se va. La vida pasa.
Trece años después, sentada en un living pequeño, Carolina Aguirre recuerda aquella escena mientras sirve delicadamente un té de jazmín.
—Ahora están todas las vitrinas con las copas polvorientas –dice-. Nunca invitó a nadie. Y esa vitrina resume algo de lo que ahora quiero contar.
Lo que quiere contar está en El efecto Noemí: el primer libro que Aguirre –quien, junto a Hernán Casciari, es probablemente la bloguera más popular de América Latina- escribe por afuera del soporte 2.0; y una historia que desarma, una tras otra, con un alterne inquietante de piedad y malicia, todas las fantasías que rondan la idea de la “nueva soltería”.
El efecto Noemí narra la historia de un hombre (Boris) que decide abandonar a su mujer (Noemí) y sale corriendo tras la tentación de volver a las pistas sin tener en cuenta que “las pistas” suelen estar más lejos –o más sucias- de lo que parecen. Pronto, sumido en los vaivenes de un Paraíso falso, Boris empieza a entender que Noemí –lo más parecido a una mujer Utilísima- es insoportable, sí, pero sabe de él –de Boris- mucho más de lo que él mismo supo nunca. Así es que Boris, urgido por recuperar ciertos sabores domésticos irreemplazables, empieza a colarse secretamente en su casa anterior –cuando Noemí no está- para saquear la heladera y buscar entre la comida alguna huella de la nueva vida de su ahora ex mujer.
Este trajín es el relato central de El Efecto Noemí, una novela que –con luminosos trazos de cinismo- logra nombrar el tránsito extraño y muchas veces gris en el que se define y se construye el amor de las parejas. Los rituales alimentarios, laborales y amistosos son, en este caso, un terreno aplastante que refleja el costado más bochornoso de las sociedades de consumo. Y son, a la vez, la parte visible de una estructura narrativa que Carolina Aguirre conoce largamente –sus blogs siempre trascendieron por la buena construcción de escenas, personajes y diálogos- pero que esta vez se armó por afuera del soporte digital.
El Efecto Noemí es el primer trabajo que Aguirre escribe a ciegas.
—Fue la primera vez que escribí sin interactuar con lectores por Internet, y fue un proceso largo, muy solitario, en el que dudé mucho. Para cualquier otro escritor será normal, pero a mí me resultó tremendo avanzar sin saber si esa escritura tenía un sentido, o si no le importaba a nadie.
Aguirre es –entre tantas cosas- autora de los blogs Bestiaria (visitado por más de un millón y medio de lectores; premiado en varios certámenes de Estados Unidos, Alemania y América Latina, y transformado en libro en 2008), La Peleadora (que llegó a tener 16 mil visitas diarias y le valió un contrato para escribir una película para Patagonik), Ciega a Citas (publicado bajo el seudónimo de Lucía González, llevado a la televisión por la productora –quebrada- Rosstoc y recientemente vendido a la cadena estadounidense CBS) y Wasabi (un completísimo blog gastronómico que tiene varios miles de seguidores). Y es uno de los autores latinoamericanos que mejor entendió la narrativa en sporte 2.0. Pero todo ese antecedente pareció perder peso ante El Efecto Noemí: el primer libro concebido en papel. El primer –para muchos- rastro literario.
—Siento que este libro es lo primero que es mío –dice Aguirre.
—Para el canon, un escritor de blogs no es escritor “de verdad”. ¿Tu sensación tiene que ver con eso?
—Supongo que sí. Con este libro tengo mucho más nervio que con los anteriores. En el mundo literario se percibe que un libro es más serio que un blog, y tengo que aceptar que son las reglas del juego. Pero eso no significa que esté de acuerdo. Ese debate sobre qué es literatura y qué no, y qué da prestigio y qué no me parece una imbecilidad intelectual. Yo no lo pienso en esos términos. Para mí todo lo que escribo es importante y lo único que me da paz es escribir mejor que antes. Además, todos sabemos que publicar en papel no es garantía de nada, y que hacer un texto deliberadamente “intelectual” tampoco es garantía de nada. Me cansan esos autores que quieren decir algo y fuerzan a los personajes para “comunicar su símbolo” o su “tema”. No quiero escribir para mí, para lucirme, para decir “mirá qué virtuosa soy, mirá qué frase te armo”, ¡no! Me interesa que me lean por placer, no porque “me tienen que leer”. No me interesa el lector del canon y no me interesa el lector sufrido que se da con el látigo.
Esto es ficción
El primer trabajo de Carolina Aguirre fue en una carpintería familiar. Su tarea consistía, entre otras, en ir al aserradero, elegir la madera y ver cómo un tablón de cedro rasposo devenía, días después, en una mesa de brillo impenetrable. Durante esos años –años que le supusieron una lenta asfixia- Aguirre conoció la parte buena –y también la ominosa- de los oficios terrestres. Todo se construye, supo. Las mesas, las historias, las vidas de los otros: sólo hay que saber poner las partes en el lugar correcto.
Aguirre renunció al trabajo. Se anotó de noche en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica, y se empleó de mañana en un call center. Eran seis horas de trabajo –frente a las catorce de la carpintería- y le permitían dedicarse durante media jornada a la escritura. Así fue que Aguirre empezó a escribir el blog Bestiaria: un glosario de mujeres que eran clasificadas según su forma de divorciarse, el arco de su nariz, la pose del dedo meñique al tomar una taza de té, su rol en la escuela secundaria, el contenido de su cartera, el grado de impaciencia para disolver un caramelo en la boca o la relación con su padre; y una suerte de manifiesto que –sin buscarlo- ponía en jaque todos los clichés de la literatura para mujeres.
Bestiaria no era chick lit. Era, a decir de Aguirre, un bisturí; un rayo de luz que descubre las imperfecciones en el pliegue de una tela.
—Al principio se me metió en esa bolsa porque Bestiaria salió durante el supuesto boom de la chick lit. Pero la chick lit es un invento de los editores. Y cuando es un invento de los editores y no nace de la propia escritura de alguien, no existe. Yo no escribiría chick lit ni con seudónimo, aunque me lo han ofrecido. Si quiero hacer plata escribo un comercial de Raid. Pero un libro es lo último que haría por plata.
—La idea del “trabajo mecánico”, de lo que sólo se hace por dinero, es recurrente en tus libros. En Ciega a Citas la oficina periodística ocupa un lugar importante. En El Efecto Noemí, la oficina de Boris es uno de los escenarios más decadentes del libro. En el blog La Peleadora eran usuales las discusiones con empleados que hacían su trabajo en “modo automático”. ¿Por qué esa recurrencia?
—Porque odio las oficinas. Yo misma trabajé en una empresa catorce horas por día y lloraba todo el tiempo. Son un ámbito aplastante y asfixiante, y a la vez son un tema que a la gente le molesta mucho que le mencionen. Cuando hablo de eso la gente reacciona mal; parece que uno tiene que mostrarse satisfecho y feliz con lo que tiene. La vocación es un tema tabú. No se puede hablar de la vocación, de los sueños perdidos, de que querías ser bailarín y terminaste archivando cosas. Y en general, como de eso no puedo hablar, me gusta ponerlo en mis libros.
—La gente parece usar un criterio publicitario para hablar de la propia vida: no hay lugar para la desilusión o la grieta.
—Tal cual. De hecho yo escribo comerciales, y cuando empecé me llevé un tremendo chasco. Yo era de las que creían que la publicidad estupidizaba a los espectadores, o al menos los nivelaba para abajo. Y después, cuando empecé a ver lo que decían los focus group, cuando supe lo que pedía realmente “la gente”, entendí que el problema es más grave de lo que parece. La gente no quiere verse a sí misma en las publicidades. Hubo un caso muy famoso de un jabón en el que todas las mujeres pedían “mujeres reales”. Cuando las pusieron en pantalla la respuesta en los focus group fue: “No queremos ver estas gordas”. “Pero miren que son iguales que ustedes…”. “No importa, sáquenlas de ahí”.
—En esos casos la literatura es un caballo de Troya. “Lo impresentable” llega al lector en calidad de ficción.
—Claro. Cuando la vida gris o la apariencia horrenda le pasan a un personaje, la gente las tolera un poco más. Ahí me desquito.
El Efecto Noemí tiene un agudo trabajo sobre la construcción de personajes imperfectos, pero sobre todo verosímiles: un métier que Aguirre ejercitó en la Escuela de Cine –donde estudió guión- y también en la carpintería, donde aprendió que es importante que las cosas –además de ser lindas- funcionen.
Los personajes de Aguirre funcionan. Y para que eso suceda, ella trabaja la escritura no sólo desde el propio oficio, sino también desde el propio cuerpo. Durante la hechura de El Efecto Noemí, Aguirre se duchaba en las mañanas pensando qué iba a hacer durante el día ella (“primero voy al correo, después al supermercado, después me siento a escribir…”) y qué iba a hacer durante el día Boris (“¿Hoy qué hace? ¿Juega al papi fútbol? ¿Va a lo de Noemí?”). Y durante Ciega a Citas, Aguirre directamente le cedió la firma a su personaje: la autora era, supuestamente, Lucía González: una periodista treintañera y con cierto sobrepeso que tenía 258 días para encontrar un novio al que llevar al casamiento de su hermana.
Con Ciega a Citas –que acaba de ser vendido a la cadena estadounidense CBS-, Carolina Aguirre devino la primera hispanoamericana en llevar un blog a una serie de televisión; y a la vez terminó metida en una trampa. Como el blog y el libro estaban firmados por Lucía González, la promoción del libro tuvo que ser hecha, sí, por Lucía González.
—Sólo podía dar entrevistas por mail y por radio. Además tenía dos celulares, uno mío y otro “de Lucía”, porque en un mes había sacado Bestiaria y dos meses después salió Ciega a Citas y tenía que hacer la prensa de las dos.
—¿Con la radio cómo hacías?
—Cambiaba la voz. El problema es que no podía imitar la voz y a la vez ser graciosa.
—Toda la energía se iba a la imitación.
—Y sí. Además había gente que me preguntaba cosas que yo no sabía del personaje, cosas como “¿Cómo fue cuando tenías doce años y tu madre…?” Tenía que inventar en vivo y era desesperante. Incluso cuando se supo que Lucía González era yo, a mucha gente igual le costaba entender. Por ejemplo, una vez a Víctor Hugo tuve que pararle una entrevista al aire porque me había presentado como Carolina Aguirre pero me hacía preguntas como si yo fuera Lucía. Capaz que me decía: “¿Pero qué sentiste cuando viste a tu mamá hacer una apuesta con tu hermana y…?”. “Estee… No sentí nada porque… no pasó”. “Ah, eso no pasó. Pero tu relación con tu madre…”. El tipo seguía y seguía, y tuve que parar y decir: “Víctor Hugo, esto ES FICCIÓN. Es todo ficción. Me inventé todo. No existe nada”. Ahí hubo un silencio y dijo: “Bueno, vamos a saludar a Carolina…” y ahí terminó la entrevista. Fue horrible.
La paz
Es otro día; es otro lugar. En este bar de Palermo hay anaqueles con libros, bossa nova en el aire, y una luz floja que atraviesa el techo –vidriado- y se desploma sobre las mesas vacías. En el bar hay sólo una mujer y está sentada, de espaldas, hablando por teléfono.
—¿Ves? –dice Carolina Aguirre cuando llega-. Si estuviera sola me sentaría allá.
Señala con la nariz la mesa contigua a la mesa ocupada. Ese es, para Aguirre, el balcón con vistas al único escenario interesante de este mediodía: una mujer hablando. De nada. A Aguirre le gusta revolver entre los restos del lenguaje de los otros. En bares, oficinas, colas de supermercados, programas de la tarde: es ahí –y no en el camposanto del ingenio intelectual- donde Aguirre busca sus palabras.
—Observo todo el tiempo. No es algo que yo pueda decidir. Si voy a una reunión que no me importa igual escucho todo y me la paso preguntando estupideces. “¿Cuántas horas trabajás? ¿Te gusta? ¿Qué hacés en tu oficina? ¿Te llevás la comida en un tupper?” Los vuelvo locos. TODO me interesa. Me la paso almacenando información, clasificando gente…
—¿Y nunca desconectás? ¿En algún momento tenés paz?
—Me gusta escuchar cómo hablan porque todo el tiempo tengo algo en mente. Con un amigo estamos todo el día escuchando qué puede funcionar para un personaje que estamos escribiendo juntos, y capaz que nos juntamos a tomar el té en un bar y nos sentamos al lado de una persona y nos quedamos callados, a veces una hora, mirando nuestros celulares…
—¿Pero tenés paz?
—Y de repente escuchamos algo maravilloso y nos decimos por lo bajo “escucháescucháescuchá no lo puedo creer, dijo la palabra ‘tocaya”… Y después pensamos bueno, ¿a quién habrá votado esta persona que dice “tocaya”? ¿A Rodríguez Saa, que hace las casas de 90 pesos y hace rendir la plata? ¿A Cristina porque perdió un nietito? ¿Vota a Mauricio Macri porque es rubio? Podés pasarte horas pensando en la psicología de un personaje y eso incluye hasta el timbre de voz…
—Decía si…
—Me acuerdo que la primera vez que tuve que dar una entrevista por radio como Lucía González yo no tenía la voz, y tenía que salir al aire en diez minutos y estaba desesperada y me había sentado en un bar al lado de una mujer, y la mujer se puso hablar y dije: “Bueno, no puedo inventarme una voz de la nada pero sí puedo imitar una voz”. Entonces me fijé en esa mujer, que estaba hablando con un cliente y era arquitecta y tenía la voz así –hace una voz aguda y pastosa-, y la escuché un rato y después la imité todo el tiempo, entonces no: la verdad que nunca tengo paz.
Y lo dice sin ningún subrayado en especial. Como si dijera: esta también es información sobre mí.
Publicado en el suplemento ADN del diario La Nación, diciembre de 2011
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