Al gimnasio de mi barrio va un hombre viejo. Tiene canas con relumbrones azules, el torso cuadrado y los músculos del pecho cayendo en pliegues flojos bajo la remera. No dice la edad pero tendrá setenta y cuatro, setenta y cinco, setenta y seis: esa clase de etapas en las que ya es irrelevante ser exacto. Pero lo curioso no es esto, sino el detalle del hombro. En el hombro derecho tiene tatuada la cabeza de un tigre. El dibujo es grande y en colores: una aureola de pelos crispados y una fauce capaz de transformar el mundo en un jirón de tela.
La imagen de ese bicho colérico y potente en ese hombro manchado, anciano, tostado por el sol de todos los eneros, apareció de golpe como un sello tierno y a la vez triste. Todo es posible en este mundo –incluso que un septuagenario se haga un tatuaje- pero lo más probable es que ese tigre, en ese brazo, sea el único recuerdo vivo de una época salvaje. Y sea, para quienes lo vemos, la imagen que antecede a una pregunta: ¿En qué medida tener algo permanente (el tatuaje) en algo que se vence (la carne) puede transformarse, con el paso de los años, en un síntoma acabado y cruel del Tiempo, de su paso, de la forma irrespetuosa en la que el Tiempo rompe y pervierte todo aquello que somos?
En el año 2003, una propaganda de Sprite sobrevoló esta pregunta y ofreció, a cambio, una (previsible) respuesta optimista. La pieza se llamaba “Viejitos Cool” y mostraba un puñado de ancianos aspiracionales exhibiendo sus tatuajes, sus piercing y sus cabellos fluorescentes mientras de fondo Andrés Calamaro –quien había puesto la voz al spot- cantaba una bonita canción sobre la libertad. En el comienzo de la propaganda se leía una inscripción –“año 2057”- que dejaba en claro la propuesta de la marca de gaseosa: imaginar el futuro de los jóvenes Bond Street. Imaginar su cuerpo, sus deseos, sus formas de sobrellevar las viejas marcas de la juventud. En apenas medio minuto de comercial, Sprite había logrado armar el mapa tranquilizador de una vejez con veinte años en un rincón del corazón (y de la piel).
Pero por afuera de la publicidad estaba –está- la vida. Y en la vida están los problemas de próstata, la artrosis, los dolores de cadera, las horas muertas en las salas de espera, la dentadura en el vaso y, por sobre todas las cosas, la innombrable amargura de los tiempos de descuento. Ver el dibujo de un tigre en un cuerpo amansado por los años es ver, de algún modo, lo que nos espera a todos los que ahora tomamos Sprite. Es una imagen dura, triste y personal. Un reflejo cierto y villano que en el peor de los casos genera compasión. Y en el mejor, rechazo.
A principios de 2008, en España, una familia entró en shock cuando el anciano del grupo confesó haberse tatuado el nombre y la cara de su esposa recién muerta. El caso llegó a la prensa.
- Os tengo que decir algo que no os va a gustar nada –les adelantó Paco a su hija, su yerno y sus nietos. Luego se descubrió el brazo.
- ¡Estás loco! ¿Sabes lo que has hecho? –arremetió su hija-. Tienes 77 años y ahora vas de manga larga, pero cuando lleves el polito de manga corta vas a hacer el ridículo.
- Es que quiero mucho a mi mujer, nunca podré olvidarla. La llevo en el alma.
- ¡Pues llévala ahí, en el alma! ¡Pero no en el brazo! ¡Que a ver qué hacemos ahora en el verano con tu brazo!
En sus inicios, los ancianos de la comunidad eran quienes llevaban los mayores tatuajes. Las inscripciones en la piel eran usadas para revelar qué función tenía un individuo dentro de la sociedad (cuanto más linaje había, más importantes eran los gráficos) y también para convocar o tributar a los dioses. Luego los marinos copiaron el recurso y, hacia el siglo XVIII, empezaron a grabarse el nombre de los barcos abordados, de los países andados, de las mujeres amadas. El tatuaje, en síntesis, siempre fue un testimonio. La marca de lo que fuimos o lo que creímos ser.
Aunque también fue, y sigue siendo, la ilustración de un deseo.
En el año 2003 –el mismo de la salida del spot de Sprite- una viuda inglesa de ochenta y cinco años se tatuó en el pecho un mensaje para la comunidad médica. Su intención era asegurarse que, en el caso de encontrarse en un paro cardíaco, ningún profesional tuviera la voluntariosa idea de sacarla del túnel.
La frase decía “No Continuar”.
No continuar.
Ahora sí: eso es salvaje.
miércoles, 11 de marzo de 2009
martes, 3 de marzo de 2009
lunes, 29 de diciembre de 2008
Aire
Después de dos meses puedo decir que esto ocurrió. Que el pasto verde y liso, el manto afelpado del que salían árboles derechos existió. Que vi ese cuatriciclo blanco circulando por senderos con olor a piedra y que enfrenté, también, a la mujer del cuatriciclo: una señora de cabello recto y anteojos oscuros que decía, con gélida amabilidad, «suba». Decía «suba» como si la muerte fuera ella. Como si ella fuera la condensación de ese espanto que nos empujaba a todos a caminar por el parque, bajo el sol ciego y apenas caliente, entre las flores de perfección sombría.
Es cierto que hubo una sala limpia y fría en la que todo era blanco. Los colores se habían desprendido de sí mismos y el lugar era la sala de los desvanecimientos. A un costado había café. Lo tomábamos para tener algo que hacer con nuestras manos, con esa sensación de caída libre en el estómago.
Es verdad que hubo un párroco y es cierto que lo echamos. Le dijimos «gracias», le explicamos qué pensábamos de dios.
Existió el cajón.
Al fondo, en el centro de la escena: eso.
Nunca vi nada tan triste y horroroso, nada tan indignante, nada tan sin remedio.
Mi tía se acercó al féretro y se quedó a un lado, y lentamente se fue hundiendo entre los tules de su propia alma. Empezó a hamacarse. Mi tía se hamacaba en un baile sincopado, íntimo y conmovedor. Veinte minutos estuvo meciéndose mi tía, hasta que mi padre se acercó, la envolvió con los brazos y le dijo «Ya está. Vamos». Ya no queda nada.
Me acerqué a eso y lloré con cansancio. Besé la madera porque fui incapaz de abrir la tapa y besar a un muerto. El dolor no estaba en mí: yo era el dolor. Así como otros son el río, o la noche.
Nos fuimos.
Desde entonces, cuando lo extraño mucho -y son tantas las veces que lo extraño-, cierro los ojos y pienso que toco su mejilla flácida y rasposa. Cierro los ojos y pienso en sus dientes inquietos. Cierro los ojos y pienso que su mano está en mi frente: su mano fresca y seca, la brisa de playa de su mano. Y ahora me digo que sí, que la muerte es esto: sentir que mi Nonno me acaricia desde el aire. Y que ese aire no sirve para respirar.
Es cierto que hubo una sala limpia y fría en la que todo era blanco. Los colores se habían desprendido de sí mismos y el lugar era la sala de los desvanecimientos. A un costado había café. Lo tomábamos para tener algo que hacer con nuestras manos, con esa sensación de caída libre en el estómago.
Es verdad que hubo un párroco y es cierto que lo echamos. Le dijimos «gracias», le explicamos qué pensábamos de dios.
Existió el cajón.
Al fondo, en el centro de la escena: eso.
Nunca vi nada tan triste y horroroso, nada tan indignante, nada tan sin remedio.
Mi tía se acercó al féretro y se quedó a un lado, y lentamente se fue hundiendo entre los tules de su propia alma. Empezó a hamacarse. Mi tía se hamacaba en un baile sincopado, íntimo y conmovedor. Veinte minutos estuvo meciéndose mi tía, hasta que mi padre se acercó, la envolvió con los brazos y le dijo «Ya está. Vamos». Ya no queda nada.
Me acerqué a eso y lloré con cansancio. Besé la madera porque fui incapaz de abrir la tapa y besar a un muerto. El dolor no estaba en mí: yo era el dolor. Así como otros son el río, o la noche.
Nos fuimos.
Desde entonces, cuando lo extraño mucho -y son tantas las veces que lo extraño-, cierro los ojos y pienso que toco su mejilla flácida y rasposa. Cierro los ojos y pienso en sus dientes inquietos. Cierro los ojos y pienso que su mano está en mi frente: su mano fresca y seca, la brisa de playa de su mano. Y ahora me digo que sí, que la muerte es esto: sentir que mi Nonno me acaricia desde el aire. Y que ese aire no sirve para respirar.
lunes, 20 de octubre de 2008
sábado, 11 de octubre de 2008
Cambiar
Ayelén está sentada en un sillón de peluquería, ubicado en el centro de un estudio de televisión. Es morocha. Tiene el cabello largo. Frente a ella, también sentada, hay una chica rubia y entre ambas está de pie Guido Kaczka, el conductor de El Último Pasajero, el programa de más rating de la televisión dominical. La prenda se llama “Duelo de pelos” y tiene un argumento simple: la que no se anima a cortarse el cabello, pierde. Pierde ella y pierde su curso, que ve drásticamente reducidas sus posibilidades de ganar un viaje a Bariloche.Ayelén lleva traje azul. Su contrincante viste de rojo. Los detalles son muchos, pero el concepto general es que Ayelén –si llega hasta el final- tendría que aceptar cortarse casi al ras para poder llevar lejos a sus compañeros. Una socióloga, Susana Saulquin, dice que en la cabeza -el cabello, los accesorios- se refleja la ideología de una persona. Cortarte el pelo sería entonces, y simplificando un poco, el equivalente a dejar de ser quien sos.
Ayelén está seria. En el estudio se oye el tema “Entrégate” y Kaczka se ríe de la misma forma en la que habla: a toda velocidad. Desde la tribuna los compañeros de Ayelén gritan como se le grita a un suicida en la cornisa. Ellos quieren que Ayelén salte.
- ¡Ayeee! ¡Te pagamos las extensiones, Aye!
- ¡Aye! ¡Vos podés! ¡Sos hermosaaa!
Los rasgos se le están cerrando; el rostro teje lentamente su propia muralla. Ayelén está haciendo esfuerzos por no llorar: es eso. No quiere llorar.
- A ver Aye: ¿Ya lo pensaste? –dice el conductor- Si acepás, ya sabés: ¡Podés llevar a toda tu división a Bariloche!!!!
La palabra Bariloche es un botón que lo enciende todo. La tribuna estalla y un hombre entrecano toma el micrófono. Se llama Eduardo. Es el padre de Ayelén. En mapuche, Ayelén significa “la alegría”.
La palabra Bariloche es un botón que lo enciende todo. La tribuna estalla y un hombre entrecano toma el micrófono. Se llama Eduardo. Es el padre de Ayelén. En mapuche, Ayelén significa “la alegría”.
- Hija –dice con la voz tranquila.
Ella lo mira. Debe tener diecisiete años, pero de golpe parece una niña.
Ella lo mira. Debe tener diecisiete años, pero de golpe parece una niña.
- Hija, vamos, dale para adelante.
El resultado es que Ayelén no se animó. Y cuando dijo “no” (¿cuánta gente se anima a decir “no” ya no a su padre, sino a la televisión?) sus compañeros se abrazaron como si alguien hubiera muerto. Ayelén volvió sola a su tribuna. Se puso, sola, unas antenitas.
Esta escena ocurrió hace algunas semanas. Desde entonces, hago zapping los domingos y cada tanto encuentro una chica padeciendo ese dilema infame de joderse la cabeza o joder a su curso. En general, los defensores del “Duelo de pelos” –los hay en Internet- argumentan lo mismo que, sin dudas, sostendrán Endemol y Telefé cuando deciden lanzar este desafío al aire: que nadie obliga a estos pibes a ir, del mismo modo que nadie me obliga a mí a ver.
No es la primera vez que el falso liberalismo –“todos tenemos la posibilidad de elegir”- termina funcionando como argumento perfecto para generar momentos humillantes en televisión. Todos podemos cambiar de canal, del mismo modo que podemos hacernos los dormidos cuando sube una embarazada al subte. Siempre está la posibilidad de no mirar. Y de pensar, en este caso, que Ayelén firmó un contrato para participar de un concurso, y que cualquier presión es una parte más del show en el que ella eligió estar.
Pero la de elegir, se sabe, es una posibilidad compleja.
Elegimos en un mundo en el que seis mil millones de personas con distintos grados de poder también eligen, y eso hace que la opción de decir “sí” o “no” esté atravesada por un mar de variables que nos calientan la cabeza. Sólo por dar un ejemplo, sobran las mujeres que se dejan lastimar por sus maridos a cambio de un supuesto “amparo económico”. ¿Es esta permuta de maltrato por dinero un intercambio lícito? Todos respondemos que no, con la misma naturalidad con la que decimos “sí” cuando una adolescente –porque siempre son adolescentes mujeres- es sometida a un corte de pelo en una escena de violencia insoportable.
Tengo ochenta y dos canales pero ese domingo, cuando vi a Ayelén en la pantalla, no quise cambiar. Sería más justo que cambien ellos.
Esta escena ocurrió hace algunas semanas. Desde entonces, hago zapping los domingos y cada tanto encuentro una chica padeciendo ese dilema infame de joderse la cabeza o joder a su curso. En general, los defensores del “Duelo de pelos” –los hay en Internet- argumentan lo mismo que, sin dudas, sostendrán Endemol y Telefé cuando deciden lanzar este desafío al aire: que nadie obliga a estos pibes a ir, del mismo modo que nadie me obliga a mí a ver.
No es la primera vez que el falso liberalismo –“todos tenemos la posibilidad de elegir”- termina funcionando como argumento perfecto para generar momentos humillantes en televisión. Todos podemos cambiar de canal, del mismo modo que podemos hacernos los dormidos cuando sube una embarazada al subte. Siempre está la posibilidad de no mirar. Y de pensar, en este caso, que Ayelén firmó un contrato para participar de un concurso, y que cualquier presión es una parte más del show en el que ella eligió estar.
Pero la de elegir, se sabe, es una posibilidad compleja.
Elegimos en un mundo en el que seis mil millones de personas con distintos grados de poder también eligen, y eso hace que la opción de decir “sí” o “no” esté atravesada por un mar de variables que nos calientan la cabeza. Sólo por dar un ejemplo, sobran las mujeres que se dejan lastimar por sus maridos a cambio de un supuesto “amparo económico”. ¿Es esta permuta de maltrato por dinero un intercambio lícito? Todos respondemos que no, con la misma naturalidad con la que decimos “sí” cuando una adolescente –porque siempre son adolescentes mujeres- es sometida a un corte de pelo en una escena de violencia insoportable.
Tengo ochenta y dos canales pero ese domingo, cuando vi a Ayelén en la pantalla, no quise cambiar. Sería más justo que cambien ellos.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Lean, chicos, lean
Salió el nuevo número de La Mujer de mi Vida, composición tema “La secta de los naturales”. En el online se puede ver cuatro notas: la de Hernán Casciari, la de Quena Strauss, la de Fernando Martín Peña y la mía.
martes, 23 de septiembre de 2008
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