jueves, 2 de enero de 2014

2014

Vi una gotera en el living. Algo nuevo en mi casa. Subí la escalera que me lleva al escritorio y desde ahí pude ver que uno de los techos –el que coincide con la gotera- estaba hecho una pileta. Algo tapaba el desagüe y la gotera del living pasaba a centímetros de un cable: todo un peligro. Me puse la campera, le pedí a Emilia –compañera de aventuras- que me ayudara a desplegar una escalera de cinco metros y subí al techo con mi vestidito de colores, con pala, bolsa y escoba, y con terror a resbalarme con la lluvia. Entonces vi: el desagüe estaba tapado de mierda. Sorpresa. No eran plantas ni tierra ni huevitos de pájaro. Kilos de inmundicia de gato flotaban en mi techo y tapaban todo. Había que empezar. Junté ese mundo de caca reblandecida en aguas durante varios minutos, hasta que la miasma bajó y la terraza volvió a su estado natural. “Ahí va” le dije finalmente a Emilia, y tiré la escoba, la pala y la bolsa con mierda. Después bajé, otra vez, con terror a resbalarme. Me saqué la campera, me lavé las manos. Sonó el teléfono. Era mi abuela. “Qué tal nena cómo empezaste el año” dijo. No sé qué respondí; nadie sabe.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Charlas a la hora del almuerzo

-¿Si ves en la escuela a un amigo que está mal, te acercás a ver qué pasa?
-Si es de mi grado, sí.
-¿Y si es de otro grado?
-Prefiero no involucrarme.
-¿"Involucrarte"? ¿En qué?
-En esas situaciones.
-¿Por qué?
-Porque prefiero no involucrarme en esas situaciones.
-¿Pero si es de 2ºA tampoco?
-A veces... O sea, voy y hablo con el que molestó al chico.
-¿Y qué le decís?
-Le hago psicología.
-????
-Le pregunto por qué lo hiciste, esas cosas.

martes, 17 de diciembre de 2013

Lo dicho (sección Autobombo)

Hace un tiempo, el periodista Fabián Meza me hizo unas preguntas para una revista literaria llamada Literofilia. Transcribo acá las respuestas.

***

Si la realidad y la ficción se echaran un pulso para ver quién es más creativa, más sorprendente, más demencial, ¿quién crees que gane? Porque uno lee una crónica tuya como “El barrio de las mujeres solas” y pareciera que le están contando un cuento, que estás describiendo un universo imaginario e imposible…

No me parece que haya que plantear la realidad y la ficción como dos planos antagónicos sobre los que hay que definirse en términos de “cuál es mejor”. Lo sorprendente, lo demencial, lo tedioso, lo bello, lo revelador o lo angustiante son circunstancias del ánimo que pueden darse de un lado y del otro de la línea, no siempre nítida, que separa ficción y realidad. Richard Ford dice algo muy lindo en ese sentido: “Cosas que hiciste. Cosas que nunca hiciste. Cosas que soñaste. Al cabo de un largo tiempo se juntan todas”. O sea que ciertas divisiones en algún momento terminan siendo más cosméticas de lo que se piensa. La línea que separa ficción de no ficción no define calidades, sino que a lo sumo ayuda a legalizar un pacto de lectura y a ordenar los libros en los estantes de la biblioteca.


Qué futuro tiene la crónica, hablemos de América Latina, si, cada vez más, el espacio para los periodistas se reduce y no solo hablo de los medios de comunicación, sino del espacio en el que van las palabras. Los periódicos te reducen la cantidad de caracteres por nota; las notas, en los medios digitales, son como leads extendidos y la crónica debe ser grande (en forma y fondo)…

Es cierto que los medios en papel están dando cada vez menos espacio a los textos y es cierto que los medios digitales masivos suelen organizarse en torno a textos pequeños. Pero la crónica jamás se planteó como un género masivo: siempre debió encontrar su subterfugio, su ventana, su canal de diálogo con el lector. Si el papel deja de ser un lugar válido, pues entonces habrá que buscar en otro lado. En vez de instalarnos en una indignación reaccionaria y decir “qué barbaridad”, quizás sea momento de explorar en la inmensidad de Internet. Hoy empiezan a surgir medios digitales (o en papel, pero con buenas plataformas digitales) como Jot Down, Orsai, El Puercoespín, Anfibia o incluso la brasileña Piauí, que arancela sus contenidos pero está plenamente disponible online y tiene contenidos exclusivos para la web. Es decir que hay espacios, lo que cambia es el soporte. Por otro lado, y volviendo a esta idea de que el espacio para los periodistas se reduce, en fin: no sé si eso tenga que ser terrible. No creo que hacer textos más cortos le haga tan mal a la crónica. Hay crónicas que son una hemorragia: no terminan nunca, son descosidamente largas; alguien confundió los conceptos “buena crónica” y “crónica larga” y esa confusión está produciendo textos de una extensión masturbatoria. Yo fantaseo con que aparezca la “crónica haiku” o algo parecido a eso. Aunque luego me pelearía con mi editor y le pediría más espacio.

Cuando amanezco con el traje de idealista puesto, pienso que quiero ser cronista y dedicarme a mi oficio y vivir de eso, pero rápido caigo en realidad y me doy cuenta que estamos viviendo un periodo de crisis mediática y no solo en términos económicos, sino de contenidos: las notas rosas y los periodistas rosas, tienen mayor destaque que cualquier otro. Se ha perdido mucho la seriedad. ¿Cómo lo ves?

Creo que tenemos la misma seriedad de siempre. En todas las épocas hubo medios con una calidad de contenidos alta, media y baja. Sobre todo baja. Después, sí, hay un abaratamiento de los costos de producción que no ayuda. Pero eso no es un problema sólo de los medios. Hoy se construyen edificios de paredes huecas, se inyectan hormonas a los pollos para que se inflen más rápido y las autopartes vienen de plástico. Por lo tanto, es absolutamente razonable que un medio abarate costos. Buena parte de los periodistas no está mucho mejor que los pollos de criadero: en vez de trabajar en un texto largo que les tome varios días deben trabajar en cinco textos pequeños en un mismo día y además deben abrirse una cuenta en Twitter para difundir los textos y si tienen la mala suerte de tener un Iphone ya les pedirán sus jefes que graben las entrevistas en HD, y todo por el mismo sueldo. El periodismo no está exento de los problemas del libremercado. En todo caso, creo que la trampa es pensar que sólo se puede escribir dentro de esos carriles. Uno puede trabajar como un perro, quién no ha trabajado como un perro alguna vez o todas las veces. Pero en paralelo hay que dejar una luz, un espacio por el que puedan circular trabajos más genuinos que conecten con planos más íntimos y también más incómodos. Siempre habrá medios para esos trabajos. No son los medios masivos, pero preguntarse por la masividad no sé si tenga demasiado sentido en estos casos.


Yo veo que el Master de crónica de Orsai, tiene muchos alumnos y muchos otros que soñamos con tomar el curso, pero cuántos de esos llegan a consolidarse como cronistas, es decir, ¿puede ser la crónica un modus vivendi? Yo se que para vos sí, quisiera que me contarás sobre ello…

Si un alumno de un taller de crónica, sea el de Orsai o sea cualquier otro, será en el futuro un “cronista” es algo que se sabrá con el tiempo. Quién sabe. Dentro del taller trato de desmontar esta idea de que el rótulo de “cronista” tiene que ser el objetivo a alcanzar. El objetivo es más bien que los alumnos conozcan y manejen con la mayor naturalidad posible las herramientas de la narrativa, y en el caso de algunos alumnos más avanzados o con una facilidad ya dada para la escritura, ayudarlos a explorar los límites y a bucear en la posibilidad de una voz propia. Pero no les hablo de “vivir de la crónica”. No planteo eso como objetivo porque no entiendo la crónica como una salida laboral sino como un cauce –rentado- por el que pueden circular ciertas escrituras. Luego, si las cosas salen bien ese espacio se irá profundizando. Pero toma tiempo. Desde hace diecinueve años que trabajo como periodista (tengo 38) y recién hace cinco años puedo decir que vivo exclusivamente de “la crónica” escribiendo, editando y dando talleres. Pero antes de esos cinco años pasé por una infinidad de trabajos buenos, malos y mediocres, esto es: fui un pollo. Yo también fui un pollo. Y ese paso fue fundamental en la construcción de un oficio, una mirada y un tono narrativo. Espero lo mismo de mis alumnos.


Yo les digo a mis amigos, cuándo me preguntan qué carajos es la crónica, que es la reivindicación del periodismo ¿Para vos qué es la crónica?, ¿cómo la describirías?

Ya hay una infinidad de definiciones al respecto… Si sumo una más voy a contribuir a la polución ambiental. Lo siento, pero prefiero abstenerme.

Te sigo en Facebook y veo que tenés un hijo y no puedo evitar tener ese pensamiento ligado, tal vez, con mis, cada vez menos, patrones machistas y me pregunto ¿cómo puede hacerlo todo? Porque además de ser cronista, profesora, periodista, andar por ahí entrevistando y viviendo la noticia al nivel que vos la vivís, el oficio o profesión más duro debe ser el ser madre…

Ah, no, nada de duro. Tengo ayuda en casa y la responsabilidad sobre Joaquín no sólo recae sobre mí sino también sobre su papá. Joaco creció conmigo trabajando y viajando, y si bien muchas veces me ve alienada y mal dormida (duermo terriblemente poco), también hay muchas otras veces en las que me ve feliz, entregada a una historia y conectada con un deseo que trasciende la maternidad. Creo que es bueno que mi hijo sepa que, si bien él es lo más importante,  no es lo único que tengo en mi mundo. Es liberador para él y es también una enseñanza que quiero dejarle.


No quería dejar pasar esta oportunidad para hablar de “Y parirás con dolor”, me parece uno de los mejores trabajos que he leído. Una complejidad de forma y una realidad tan cruda que uno llega a pensar: esto de la crónica vale la pena. ¿Para eso es la crónica, para denunciar lo que no está en la agenda mediática del día a día?

No sé si revestiría la crónica de un barniz tan épico. O al menos no pienso así mi trabajo. Cuando escribo una historia tengo un interés mucho más sencillo y egoísta: quiero colmar una curiosidad insana y personal, quiero entender algo que aún no entiendo, y quiero hacerlo porque tengo la sospecha de que esa historia trae respuestas que iluminan algo del mundo propio y que permiten entender un poco más el universo que a uno le tocó en suerte. Cuando escribí Los Otros, mi último libro, una historia dura sobre un problema barrial en una zona marginal del Conurbano de la provincia de Buenos Aires, lo que yo más quería era entender por qué existen las peleas de pobres contra pobres, como se construye el odio al prójimo. Pero no era un interés periodístico sino personal: necesitaba despejar una equis que me atormentaba. En ese contexto, la denuncia fue un efecto colateral que ocurrió y que celebro, pero que no busco. No me interesa que mis textos vengan a salvar alguna deuda periodística. Ya es un milagro si me salvan a mí.


Hablame del momento en que ganaste el premio de la Fundación Nuevo Periodismo de García Márquez. Imagino que no hay mejor carta de presentación, pero ya han pasado 9 años y has confirmado con trabajo y esfuerzo que el jurado no se equivocó…

Efectivamente, pasaron ya muchos años desde que recibí el premio. Fue un reconocimiento que me hizo inmensamente feliz y que operó como una bisagra irreemplazable en mi desarrollo laboral, pero luego hay que salir a revalidar el título. Hay muchos trabajos de los que estoy tan orgullosa como lo estoy de aquel premio. Los dos libros que publiqué (Los Imprudentes y Los Otros); el que estoy escribiendo ahora; la edición en Orsai, la revista de narrativa en habla hispana a mi entender más bella que hubo en los últimos años; la edición ahora de una revista de narrativa para niños (Bonsái, dependiente también de Editorial Orsai) que saldrá en diciembre; las crónicas que publico en Piauí, una publicación mensual brasileña similar al New Yorker; mi trabajo en El Mercurio, en fin: me alivia a esta altura poder sostenerme con otros pilares más actuales.

El cronista tiene un riesgo muy grande: sus personajes existen, te los podés topar, a la vuelta de la esquina, se pueden resentir con lo que publicaste de ellos. Te ha llegado a pasar algo así, alguna reacción adversa o positiva de alguno de esos personajes…

Infinidad de veces. Si no reproducís como un escriba la voluntad del otro, si sos fiel a tu mirada y si tributás al único objetivo de una crónica, que es entender un pedazo de mundo sin hacerle favores a nadie, es probable –aunque no seguro- que alguien se moleste. Pero no porque uno escriba para hacer daño (no es bueno escribir para hacer daño) sino porque la mirada del otro puede ser dura. La diferencia entre la mirada propia y la del otro es como la que hay entre mirarse a un espejo y mirar una foto que te han tomado. Cuando te mirás al espejo es inevitable que ignores los que no te gusta y te detengas en la imagen más tranquilizadora de vos mismo. Eso no ocurre en una foto: ahí está la mirada del otro y no hay tranquilidad posible. Solo puede haber, en el mejor de los casos, aceptación.

¿Cómo hacés para seleccionar tus temas? Qué te mueve a ir tras Silvina y buscarla en la cárcel e investigar y sentarte a escribir de ella o ir tras la historia de Romina, para poner dos ejemplos, porque tu temática es variada. Hasta he leído una crónica tuya de una vaca (por cierto, dicen que te pateó)…

Tienen que conmoverme. No hay mucho más que eso. Escribir crónicas es un trabajo arduo: hacerlo bien supone mucho tiempo y, por mejor que te paguen, el dinero nunca compensa la malasangre que te hacés en los trabajos de campo y en los momentos de escritura. Lo único que sostiene ese desgaste no es la cuestión económica (que debe estar resuelta, desde ya) ni el afán de prestigio: es la conexión con el tema. Tiene que calentarme. No encuentro una explicación más apropiada que esa.

Aquí, en Costa Rica, a 7 horas en avión de tu Argentina, los estudiantes de crónica estamos analizando tus textos. ¿Te das cuenta hasta donde has llegado?

No. ¿Estoy dominando el mundo?

Los que hemos hecho cobertura de noticias judiciales, crímenes, asaltos, etcétera (aquí le llamamos sucesos) llegamos al punto de desensibilizarnos, de cierta manera, conforme pasan los años, con los hechos. ¿Con el tiempo has perdido tu capacidad de asombro hacia la realidad cruel y deshumanizada que te toca ver?

No la perdí. Probablemente porque las historias que hago me llevan tiempo, me van desarmando de a poco. Nunca dejo de conmoverme con las historias, aunque sí he aprendido a trabajar con material sensible. Supongo que con el tiempo uno aprende a desactivar bombas. A tomar un tema doloroso y trabajarlo con la frialdad suficiente como para transmitir ese dolor en términos eficaces, es decir: con potencia narrativa y en el menor espacio posible. Mi asombro es algo que sucede –que siempre espero que suceda- en una primera fase, luego tengo que trabajar para provocarle el mismo asombro al lector.

La crónica besa la literatura, es el género periodístico que está más cerca de la literatura. ¿Qué lee Josefina Licitra? ¿A quién admirás, cronistas y escritores?

Cualquier lista es arbitraria y encima mi memoria es pésima Sólo puedo decir que tengo épocas. Desde hace un año estoy más detenida en la narrativa argentina de ficción, puntualmente en la que llevan adelante mis contemporáneos. Hay toda una generación entre los treinta y los cincuenta años que está escribiendo de un modo extraordinario. Leonardo Oyola, Hernán Casciari, Selva Almada, Luis Mey, Samantha Schweblin, Iosi Havilio, Julián López R., Fabián Casas, Washington Cucurto, Fernanda García Lao, Pedro Mairal: siento que estos autores dialogan con su tiempo y con su espacio de un modo fresco, libre de artificios y alejado de cualquier intento de pertenecer a un canon. En ellos me meto y de ellos salgo últimamente. Lo que no quita que haya otras lecturas a las que llego de un modo más o menos orgánico.

¿Te sentís influida por alguien en específico?
Hay escritores que me gustan mucho, pero creo que la influencia es bastante menos identificable que eso. Creo que la influencia pasa por los autores leídos pero también –o sobre todo- por las decisiones tomadas, por los caminos descartados, por las películas vistas y la música escuchada, por el deporte que hiciste o dejaste de hacer, por los muertos sorpresivos, por los viajes, por la posibilidad de la danza, por la locura y la bondad de tus padres, por los hijos, por el sexo y por el amor y por los postres que te has comido. Esas son las influencias, al menos para mí.

Para terminar. En estos días, he visto mucho una frase que le atribuyen a Kapuscinski que dice así: para ser buen periodista hay que ser buena persona.¿ Para vos, cómo tiene que ser el periodista de estos tiempos tan digitales e inmediatos?


Tiene que ser paciente. Y si es buena persona, mucho mejor.

jueves, 5 de diciembre de 2013

UNO

La casa se expande
es la noche
los cuartos son cuevas
que esconden un aire
azul.
La habitación está oscura y azul
y se expande
y los cajones vacíos se expanden
hasta tener el tamaño
de los ataúdes.
La gata los recorre, los huele
piensa
alguien estuvo aquí
y sus pupilas se expanden: veo
mi reflejo en ellas
y ninguna otra cosa.


lunes, 28 de octubre de 2013

Pájaros *


Beverly va a la cárcel por matar a su vecina. La mandan a un penal del conurbano bonaerense, pero unos años después deciden sacarla porque no hay quien cuide de sus hijos. Tiene diez, dos de ellos nacidos en cautiverio. Los padres son muchos, pero ninguno protege a la cría. Así que un día Beverly sale en libertad condicional y vuelve a casa, bajo la promesa de controlar su violencia y de cumplir con las visitas al psicólogo en un hospital público de la provincia de Buenos Aires.
Cuando llega al hospital todos quedan prendados del nombre. Tiene un fulgor opaco que nace en un balbuceo del aire (“Beverly”) y que muere en el cuerpo, en el pelo desmañado de Beverly, en su boca sin dientes.
Beverly tiene treinta y ocho años, hijos, nietos.
—¿Está cumpliendo con el tratamiento? –le pregunta un funcionario del Poder Judicial a la doctora B, la profesional a cargo de la mujer. Todos saben cómo es eso: Beverly va por obligación y en el hospital la atienden por obligación.
—Viene todas las semanas –dice la doctora B.
Todas las semanas Beverly va a verla. Cada vez que va, lleva a uno de sus hijos. El primero patea puertas, grita, arrastra una silla chirriante por el mínimo espacio del box de trabajo. La doctora B ofrece: vamos a hablar a la plaza. En el hospital hay una pequeña plaza para que el niño juegue.
—Yo no tengo nada de qué hablar –dice Beverly.
—¿Tiene con quién hablar de tus problemas? –pregunta la doctora B.
—No –dice Beverly-. No tengo nada de que hablar.
Ahora la madre hamaca a su niño y dice algunas cosas. Arriba hay un cielo de invierno. La doctora B la escucha, se restriega las manos, recuerda. Ella –la doctora B- también fue una madre sola. Tuvo a su hijo en los ’70, con un marido desaparecido y poco apoyo familiar. En los peores tiempos –cuando no había una casa segura- la doctora B cambió los pañales de su niño en plazas como ésta. En los mejores, dejó de tener miedo de morir. Encontró un trabajo estable, crió a su hijo, terminó una carrera universitaria sin otra ayuda que la de sus propios huesos y concursó para entrar a este hospital público en el que trabaja desde hace más de dos décadas. El hospital queda a trescientos metros de una villa de emergencia y la población que llega tiene en sus biografías el golpe de la violencia social.
La doctora B ya está acostumbrada a historias como la de Beverly. Ahora, una semana después, nuevamente en el box de tratamiento, Beverly le cuenta que le incendiaron la casa y que tuvo que huir rápidamente de la villa. Mudarse: la doctora B lo hizo infinitas veces. Una de ellas, hace mucho tiempo, tuvo la velocidad de los incendios. En los 70 hubo que irse de un departamento en diez minutos; la casa quedó llena de cosas y vacía. Durante meses la comida se pudrió en la heladera.
—¿Y ahora dónde vive, Beverly?
—En otra villa.
Beverly tiene al niño a su lado. Está sentado y sorprendentemente quieto. La doctora B le habla.
—Hoy te portás muy bien –dice.
—Este es otro hijo –aclara Beverly.
La doctora B pide disculpas, habla con el niño, le hace preguntas: cómo te llamás, cuántos años tenés. Mientras habla piensa en el incendio y todas las palabras –cómo te llamás, cuántos años tenés- se van quemando en el acto. El niño no responde a nada. Frunce el ceño en un profundo y sólido enojo. A su lado Beverly habla. Dice que no recuerda cómo ocurrió eso. Que eso se hizo con un cuchillo. Que la casa se la incendiaron por eso. Que necesita un trabajo. Que pensó en ponerse un puesto de choripanes en la puerta de su nueva casa. Que su nueva casa por el momento consiste en cinco chapas: cuatro paredes y un techo. Que no tiene horno ni parrilla, pero que ya encontrará dónde cocinar la carne. La doctora le dice: Beverly. ¿Le parece que eso pueda dar dinero?
Beverly resopla y niega con la cabeza. A su lado el niño habla por primera vez.
—No se llama Beverly –dice-: se llama mamá.
La doctora B sonríe. “Lindo” piensa –también piensa “triste”-, y abre su cartera y saca un papel y un lápiz que le entrega al niño. Luego lo invita a dibujar. Mientras Beverly sigue hablando y la doctora escucha, el niño entonces dibuja círculos –un cuerpo, una cabeza-, dibuja rayas –piernas, manos, cabellos- y dibuja varias decenas de líneas onduladas: pájaros.
Pájaros de alas curvas como una letra empeñada, como el signo final de una pregunta.
  

 * Publicado en la revista Ya, del diario chileno El Mercurio.

jueves, 17 de octubre de 2013

La década honesta*



Es la noche del domingo. Finalmente puedo escribir algo. A lo largo de esta última semana logré tomar unas notas pero no encontré el momento de sentarme a responder una única pregunta: ¿Qué nos pasa a las mujeres a los treinta años? Fue difícil encontrar una respuesta simple, pero sobre todo fue difícil empezar. Entrar en la “década del treinta” implica, entre tantas cosas, vivir siempre con la sensación –o más bien la certeza- de que nos falta tiempo. Hago una lista. En  estos siete días que pasaron hice –tal vez todas hagamos hecho- más cosas de las que entran en una sola paciencia. Uno: terminé un texto muy largo para un medio que no sólo pone en juego mi bolsillo sino también ese capital intangible que uno empieza a defender estas edades y que es el prestigio. Dos: jugué dos partidos de tenis con solo cinco horas de sueño, y a sabiendas de que ese cansancio físico podría salvarme del único lastre que me atormenta: el cansancio mental. Tres: di clases, respondí correos, lloré una vez y pensé dos veces que quiero cambiar de vida y volver a tener una huerta. Cuatro: busqué en la web un lugar sin Internet para unas vacaciones y no pensé en el dinero –esto es nuevo- sino en la necesidad de tomar un descanso. Cinco: llevé a mi hijo al dentista y me hice un control médico fuera de agenda: dos amigas fueron diagnosticadas con cáncer de mama y la noticia, además de ponerme triste, me asusta. Seis: organizamos y sobrevivimos –mi pareja y yo- a una piyamada de cinco varones de ocho años, mi hijo entre ellos.
Siete: estoy acá, en la cama, a la medianoche, tratando de escribir algo y entendiendo de inmediato –como si un rayo hubiera tocado una parte muerta y la hubiera encendido- que si no pude escribir sobre los treinta años fue porque estuve sobreviviendo a lo que significa tener treinta o más años, esto es: estuve sembrando como una lunática. Estuve cumpliendo con ese mandato que dice –tal vez con razón- que es ahora o nunca. Que es ahora cuando se construye el futuro económico, que es ahora cuando se tiene y se cría a los hijos, y que es ahora cuando hay que ocuparse del cuerpo porque el cuerpo, de lo contrario, puede rebelarse con una maldad incógnita y terrible.
La década del treinta es inolvidable –por alguna razón, jamás me sentí tan poderosa como ahora- pero es también dura. Si a los veinte somos médiums –y encarnamos el mandato familiar que pide básicamente dos cosas: que estudiemos y que no nos emborrachemos tanto- a los treinta empezamos a enfrentarnos a las demandas propias y –esto es lo duro- a la obligación de dejar de ser una “promesa” para empezar a transformarnos en aquello que alguna vez quisimos ser.
A los treinta comenzamos a mostrar nuestras cartas. En mi caso, inauguré la década hace ya ocho años -pues tengo treinta y ocho- con la llegada al mundo de mi hijo, con la escritura de mi primer libro y con una mirada quizás menos romántica sobre el poder de cambio social y personal de mi trabajo. Desde hace ya unos años que escribo, como decía Isak Dinesen, sin esperanza y sin desesperación; aunque con un amor sólido por las palabras.
“Sólido”, sí. A partir de los treinta la palabra “sólido” empieza a tener sentido. Queremos que las cosas no sólo sean bellas sino que también duren, y nos preguntamos –acaso por primera vez- por la estabilidad y la decadencia de todo aquello que vive. La muerte es algo lejano pero igual nos sentimos en riesgo, y si eso no sucede el mundo entero se ocupa de recordarnos que ya no somos tan jóvenes. Alguien nos dice, en la década del treinta, por primera vez “señora”. Y la medicina prepaga nos saca de su “plan joven” y nos aumenta la cuota porque intuye que daremos un uso abundante a sus instalaciones: vamos a parir, vamos a enfermarnos, vamos a quemarnos la primera várice y vamos a tomar turnos de un modo casi deportivo y sin saber exactamente qué de todo –piel, grasa, huesos, corazón- debería preocuparnos en serio.
A los treinta es probable que estemos seguras en los terrenos del trabajo y el amor –en, digamos, la parte Cosmo de la vida- pero es también de esperar que nos hundamos en el flan de dudas que significa estar –y sentirnos- vivas. Para reducir la angustia de la duda el mercado editorial ha sacado una infinidad de opciones que hablan de los treinta años (sólo en Amazon y en español, hay unos cincuenta con títulos como Lo quiero todo y lo quiero ya: Los treinta, los años que nos cambian la vida) y el mercado gastronómico sacó, gracias al cielo, los helados: esa purificación de azúcares en la que entramos en momentos como éste, cuando ya todos duermen y estamos en paz y logramos decir –por primera vez en varios días- “Es la noche del domingo. Finalmente puedo escribir algo”.


* Columna publicada en la revista Ya, del diario chileno El Mercurio.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Señal

Cati llegó a mis veintiún años. Yo vivía sola y quería que alguien me recibiera al abrir la puerta de casa. 
Me recibió durante diecisiete años. Vivió conmigo todas las vidas que yo también tuve.
Este viernes 13 de septiembre, mientras caminaba por la casa, la vi escondida y tomé esta foto. No imaginé que estaba preparándose para morir.
También en esto los gatos son discretos.
Nos vemos, Cati. Te abrazo.