miércoles, 19 de septiembre de 2012

Mi tío Gabo y los pájaros diamante*




Todos los retratos fueron tomados de la página web del Laboratorio de Sistemas Dinámicos de la UBA


Ya estuve acá. Fue hace cinco años, cuando vine a Ciudad Universitaria para aprender a conducir. Me trajo mi instructora y me largó a dar vueltas cuando los alumnos salían de estudiar. Creí que los pisaba a todos y entré en pánico. Ese día, para reducir el estrés y aprovechar que estaba en zona, llamé a mi tío Gabriel Mindlin, director del Laboratorio de Sistemas Dinámicos de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, y le pregunté si podía ir a visitarlo después de mi clase. Aceptó. Me dijo que lo buscara en un laboratorio del Pabellón I y que de ahí podíamos irnos a almorzar.

El laboratorio de mi tío supe cuando llegué era un lugar, como mínimo, raro. Había mesas, computadoras, gente, algún microscopio lo esperable pero también había, en una sala, una pared cubierta por muchas jaulas con pájaros. Frente a los bichos había, además, unos cuantos micrófonos. Miré la escena y no entendí. O no del todo. Sabía que Gabo tenía una historia con los pájaros (y que había cierta expectativa familiar con ese tema) pero no tenía en claro los alcances científicos de todo aquello.

Aquel día almorzamos con Gabo en uno de los comedores de Exactas. Hablamos poco de trabajo y mucho de familia: Gabo contó algunas anécdotas (es un gran contador de líos domésticos en clave irónica), yo conté mi drama del momento “casi piso a todos tus alumnos” y después cada cual volvió a su mundo. Luego pasaron las fiestas, los asados, los años. Y en algún momento, aunque ya había visto varias entrevistas que le habían hecho, hubo un evento mediático que me llamó la atención: en junio de este año, Tiempo Argentino y Clarín esto es, todo el abanico ideológico hablaban, con pocos días de diferencia, de mi tío. Decían que Gabriel Mindlin, investigador principal del Conicet, era una de las cabezas de un experimento revolucionario que estudiaba el canto de las aves para, en un futuro, devolver el habla a los seres humanos que por alguna razón la habían perdido.

Otra forma de decirlo: Gabo, explicaban los diarios, estaba dirigiendo una investigación que había logrado traducir a sonidos sintéticos los movimientos musculares del aparato fonador de ciertos pájaros. Qué significa esto: que si determinado pájaro temporalmente enmudecido hace un trabajo muscular para cantar, un chip permite interpretar esos movimientos y producir un sonido igual al que haría el pájaro (si pudiera). El experimento, que había sido publicado en junio por la revista PLoS Computational Biology, conformaba y conforma el primer paso hacia el desarrollo de prótesis vocales para humanos. ¿La consecuencia? Si el proyecto llegara a prosperar, una persona enmudecida por una traqueotomía o por un cáncer de lengua o de laringe podría mover la boca y, en tiempo real, producir voz sintetizada con las mismas características de la voz original. ¿De dónde saldría la voz? De un discreto chip que podría ubicarse en la solapa de la camisa.

En resumen, mi tío estaba trabajando en la producción de voz humana.

Me pregunté si Gabo era un genio. Me pregunté, también, por qué todos estos años yo había sido incapaz de conocer a fondo uno de los lados más fascinantes de mi tío. ¿Quién era Gabriel Mindlin, investigador principal del Conicet? Le escribí, para empezar, a Diego Golombek: doctor en Biología, profesor en la Universidad Nacional de Quilmes y director de Ciencia que Ladra: una colección de libros de divulgación científica que le había editado a Gabo, años atrás, Causas y azares, un título sobre historia del caos y sistemas complejos: 



“¿Podrías explicarme quién es mi tío? –le puse a Golombek–; me inquieta saber en qué medida los mundos domésticos (los asados, los quilombos familiares, la mancha de grasa en la camisa) pueden terminar opacando a las mentes brillantes”.

Golombek respondió pronto, y dijo: “Gabo es un hombre del Renacimiento, un tipo que se interesa por el mundo y sus circunstancias. También es un bicho raro, un físico que puede recorrer el camino desde el caos y la predicción del clima hasta el canto de los pájaros. Se dice que los físicos entienden de qué se trata, pero a contramano de sus colegas, Gabo hizo algo más: se puso el traje de biólogo para entender un cerebro minúsculo que controla las eternas canciones con que los pajaritos tratan de levantarse a las pajaritas. Es raro que los discípulos, jóvenes y no tanto, hablen bien del maestro unánimemente (es más: es raro que se den cuenta tan temprano de lo que significa "maestro"). Pero con Gabo pasa todo el tiempo: está ahí para el empujoncito, la palabra que inspira, la idea que te hace creer que es tuya. Charlar con él es un jardín de senderos que se bifurcan”.

Luego de leer el mail pensé en escribir algo sobre Gabo. Sentí pánico. En la escuela secundaria me llevé sólo dos materias: actividades prácticas y Biología; y tuve la certeza de que nunca sería capaz de entender y traducir el mundo de mi tío. En esas verdades estaba cuando entró un mail de Federico Bianchini, editor de Anfibia. Había visto un comentario mío en Facebook en el que subía una entrevista a Gabo y mencionaba a “mi tío genio”, y quería invitarme a escribir algo al respecto.

¿Era realmente una buena idea? ¿Y si explicaba todo mal? ¿Y si tenía que convivir con mis limitaciones mentales y sus consecuencias periodísticas en todos los asados familiares de entonces y para siempre? En el medio de este ataque me llegó otro mail. Federico, para convencerme, mandaba una foto del pájaro sobre el que Gabo hacía y hace buena parte de sus estudios. 



Se trataba del “diamante mandarín”: un bicho que, según Internet, se adapta bien a pajareras y jaulas, y es sociable y fiel: mantiene su pareja hasta que uno de los ejemplares muere. ¿Por qué el diamante mandarín y no otro bicho? Esto lo sabría después; me lo explicaría mi tío: porque este ejemplar necesita de un tutor para aprender a cantar al igual que los humanos, que aprendemos a hablar interactuando con otros individuos; y porque su mecanismo físico de producción de sonido es esencialmente el mismo que el de las personas.

En cualquier caso: terminé aceptando. Un rato después llamé a mi tío y acordamos vernos, y acá estoy.

El edificio de Ciencias Exactas es inmenso y está lleno de escaleras. Me recuerda al laberinto de David Bowie a la película pero con ley de gravedad y mucha gente inteligente. En un auditorio, alguien habla en inglés y señala una pantalla con la frase “Maxwell’s Equations–braxial médium” y cuarenta personas dicen que sí con la cabeza. Siento una radiación inadecuada: la inteligencia de los otros a veces hace daño; me voy urgente. Subo una escalinata y llego a un pasillo. Cada tanto, a los lados, van pasando puertas con carteles en los que se lee “Laboratorio de fotónica”, “Laboratorio de proyectos interactivos”, “Laboratorio de neurociencia interactiva”, etcétera.

Llego a una puerta con el único cartel que no tiene letras de molde: está fileteado. “Labortorio de sistemas dinámicos” dice en palabras azules, cursivas. Toco el timbre. Poco después abre la puerta Gabo. Tiene un mate en la mano y la sonrisa puesta, y me dice “hola, qué tal” ladeando la cabeza y con el gesto que se prodiga a las ancianas cuando se les da el asiento en el transporte público. No me reconoció.

—Tío.

Tarda, tal vez, un segundo en verme. Quién sabe desde qué remoto pensamiento está volviendo. Nos abrazamos. Ayer hice archivo sobre Gabo y encontré, entre otras cosas, esto:“Gabriel Mindlin nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 2 de septiembre de 1963. Cursó la licenciatura en Física en la Universidad de La Plata y su doctorado en Drexel University (Filadelfia, Estados Unidos). Fue investigador de la Universidad de California en San Diego (Estados Unidos), profesor de la Universidad de Navarra (España), y en la actualidad se desempeña como profesor en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA e investigador del Conicet. Recibió los premios De Robertis, Bunge y Born, y Arthur Winfree del ICTP (Trieste). Es autor de más de setenta publicaciones en revistas internacionales y de dos libros de su especialidad, entre ellos Causas y azares. La historia del caos y de los sistemas complejos (SXXI)”.

En el abrazo, sin embargo, logro olvidar todo esto.

Después vuelvo a acordarme.

El Laboratorio de Sistemas Dinámicos (LSD) consiste en cinco salones de un calor escandaloso. La caldera que alimenta el área es muy vieja y sólo tiene dos modos: encendido y apagado. En plena ola de frío hay que encenderla, pero el calor es infame. En el área central la “sala de recolección de datos” hay ocho becarios en remera frente a sus computadoras. Son chicos jóvenes y en distintas etapas de su aprendizaje: desde un estudiante de Biología (Rodrigo Alonso)



hasta Ezequiel Arneodo: doctor en Física y primer autor de la investigación que dio origen a la última noticia que salió en los diarios. 



Ezequiel barba tupida, tobillera, algún aro hizo su tesis de doctorado creando la ya célebre “siringe electrónica”: el chip que, luego de captar la presión de los sacos aéreos y el movimiento muscular y neuronal de las aves, emite ondas que se traducen en un canto sintético y realista. Tan realista que el ave lo confunde como propio.

—Ahora sólo falta entender el aparato fonador en humanos de la misma manera que entendemos el de las aves –dirá mañana Ezequiel. Pero ahora hay silencio. Miro las paredes. Están llenas de láminas sobre pájaros. Los afiches dicen cosas como “Reconstruction of Motor Gestures in Birdsong” (“Reconstrucción de los gestos motores en el canto de las aves”), “Compexity in the rythms of Hornero duets arising” (“Complejidad en los ritmos de los duetos en Horneros”) y “Realtime birdsong synthesizer driven by psychological instructions” (“Sintetizador en tiempo real del canto de las aves conducido por instrucciones psicológicas”). También hay una pizarra con curvas, gráficos y fórmulas escritas a mano.

Voy a lo seguro.

—¿Y los pájaros? —pregunto.

Gabo me conduce hasta otra sala y veo esto: pájaros en cajas acústicas (para grabar y medir el canto), pájaros con auriculares puestos (para hacerlos escuchar un canto sintetizado), pájaros en áreas de recuperación (porque fueron operados), pájaros con cánulas que les salen del cuerpo (puestas para medir la presión de los sacos aéreos), y pájaros con “mochilitas”: chips colocados en el lomo que traducen la presión de los sacos para luego transformarlos –con la suma de otras variables- en canto.

—No lo puedo creer.

—Ay… ¿Te asustan los equipitos que tienen en la espalda? Gabo sonríe.

—Yo... pensé que esto no se veía.

—¿Las mochilas? Este... se ven, sí. Ay, te causa gracia... me da no sé qué.

Los pájaros diamante recuerdan a las Barbie: está el pájaro científico, el pájaro astronauta, el pájaro rockstar; hay, en fin, un universo de bichos customizados bajo los criterios de la ciencia.

—Pero cuando yo vine no tenían estos enchufaditos…no puedo evitarlo: hablo en diminutivo.

—Claro… antes solamente los grabábamos. Bueno, es que todo lo que le conectás al bicho va a un conector que está en la mochila. Entonces el bicho va con su mochilita a cuestas…

—¿Y esas sonditas?

—Después te digo qué son... Esto es largo.

—¿Y éste por qué está tan quietito?

—No, bueno, éste está quietito porque lo operaron ayer. Se está recuperando. Es el post operatorio, Jose.

Mi tío habla con vergüenza. Como si dijera “esto soy yo: este es el fin del mito”. Para mí, sin embargo, es el comienzo. En este lugar un pájaro es un cuerpo que resume demasiada información: más de la que nunca lograré entender. Gabo se sienta, intenta explicarlo:

—Lo primero que quiero aclarar es que el tema del canto de pájaros parece una excentricidad, pero en un área de la Biología es un modelo animal muy estudiado dice. Luego precisa por qué.

Dice, en primer lugar, que el humano es uno de los pocos “animales” que aprenden a comunicarse, es decir: que no tienen la comunicación incorporada genéticamente sino que la reciben como “condición adquirida”. Dice, luego, que el humano comparte esta característica la de aprender a comunicarse con muy pocos ejemplares: los cetáceos, los murciélagos y algunas aves. De estos tres grupos, a su vez, el de las aves tiene una condición que las hace superiores al resto: no viven bajo el agua, no pesan una tonelada y producen canto, es decir: se comunican con variaciones.

Por todo esto, dice Gabo, aprender cómo se reconfigura el cerebro de ciertas aves en el proceso de aprendizaje es una forma de aproximarse a despejar otra incógnita mayor: cómo se reconfigura el cerebro humano cuando está aprendiendo el habla. Esto, aclara, no sucede con todas las aves: el 60 por ciento de los pájaros tiene sus herramientas de comunicación grabadas genéticamente (es decir que ya vienen “programados” de origen), pero hay un 40 por ciento que sí necesita un tutor para aprender. En este grupo entran los canarios, los jilgueros y los diamantes mandarines que en este momento saltan y canturrean en las jaulas.

¿Cómo aprende a cantar un pájaro como estos? Una vez que el bicho nace, hay un período que va de los 90 a los 120 días en el que el cerebro del animal va adquiriendo, con práctica, aquello que va a ser su canto. Adquirir significa, como siempre, mutar. Hay algo que va cambiando en el cerebro del pájaro: primero registra un sonido, intenta reproducirlo y falla. Luego se reconfigura para reproducirlo bien, y quizás falla. Y finalmente, luego de varios reacomodamientos, el cerebro termina adaptándose y logra hacer lo que deseaba: cantar como su pájaro tutor.

—Estudiar este proceso en pájaros es relativamente fácil, porque la cantidad de núcleos que están involucrados en el cerebro son menos que los de un humano.

—¿Y por qué no se trabaja con monos, que son más parecidos al humano? —pregunto.

—Porque los monos no comparten con el humano la necesidad de un aprendizaje para vocalizar. Se sospecha de algunas especies, pero en general no es algo que compartamos con los monos.

—¿Y por qué no con cetáceos?

—Porque pesan mucho y están bajo el agua.

—¿Por qué no con ratones?

—Porque no sirven para los trabajos de vocalizaciones aprendidas.

—¿Por qué no con humanos?

—Bueno, porque está prohibido experimentar con humanos, Jose. Además, el cerebro humano tiene una estructura de núcleos infinitamente más compleja que la de un pájaro.

—Perdón, no sé qué es un núcleo.

—Okay. Perfecto.

Me quiere matar. O no, pero parecido: no me mata porque me quiere.

—En el cerebro dice entonces— vos tenés como bolitas claramente diferenciadas y que tienen adentro decenas de miles de neuronas. Cada una de esas bolitas interviene en la generación del comportamiento. Hay una subpoblación una bolita que determina que se muevan los músculos, otra que se encarga de controlar la respiración, otra que es la que se encarga de poner los tiempos de lo que se va a hacer… En un pájaro, las bolitas son relativamente pocas y son fáciles de identificar. Entonces uno dice: “A ver, este pájaro quiere cantar más agudo. ¿Entonces cómo hace para modificar su canto? ¿Cómo les llega a estas neuronitas la información de que tienen que corregirse, de que hay que contraer más el músculo para cantar más agudo?”. Si queremos saber eso, estudiamos e intervenimos ese grupo de neuronas.

—El grupo es el núcleo.

—Exacto.

—Perdón por ser tan bruta.

—¡No! ¡Está buenísimo!

¿Buenísimo? Me quedo pensando en eso mientras Gabo se va a hacer un mate. Vuelve con una nota de Clarín que está muy clara. La firma Sibila Camps; me angustia saber que Sibila Camps entendió todo y yo no.

—Te voy a explicar dice Gabo. Y explica.

El Laboratorio de Sistemas Dinámicos (LSD) lleva adelante, dice, tres líneas de trabajo principales vinculadas con el canto de los pájaros. La primera busca esclarecer cómo es que el cerebro envía la orden para que produzcan un sonido determinado, teniendo en cuenta que no se trata de un sistema lineal (es decir: no es que, ante determinada orden, el pájaro produce un sonido proporcional). El equipo de Gabo (integrado, en este área, por Gabo, la investigadora Ana Amador 



y el becario del Conicet Yonatan Sanz Perl) 



parece haber encontrado la respuesta: un modelo matemático que permitiría predecir cómo se comportará el aparato fonador cuando recibe el mensaje del cerebro. El descubrimiento, que llegó a la cadena británica BBC y a revistas científicas y prestigiosas como New Scientist y Nature, condujo a un nuevo avance: ese modelo da pautas específicas que permiten, con pocas mediciones es decir: colocando electrodos en pocos lugares, captar información suficiente como para reproducir el canto de un ave de modo sintético y en tiempo real.

La segunda línea de experimentación del LSD se dedica a llevar este modelo no lineal a un sintetizador artificial. O sea: trabaja en un chip que, previamente programado con este modelo matemático, reciba el movimiento de los músculos del aparato fonador del pájaro y emita una secuencia de pulsos electrónicos que, traducida en sonidos, dé como resultado el canto de un pájaro en tiempo real. ¿Cómo se logró esto? Se enmudeció a un pájaro mediante una traqueotomía que luego se cerró en menos de quince días, se le colocaron auriculares y se logró que el pájaro, al hacer los movimientos del aparato fonador, escuchara en el acto la voz sintetizada. Este trabajo, con el que Ezequiel Arneodo hizo su tesis de doctorado, es fundacional: es la primera vez que se sintetiza el canto de un pájaro en tiempo real y con un dispositivo miniaturizado, es decir: una siringe electrónica. Ahora bien: ¿Cómo sabían que la voz artificial era idéntica a la del pájaro? Con eso colaboró la becaria Ana Amador desde Estados Unidos, adonde se había ido para hacer un post doctorado. Ana sabía que el reconocimiento de la propia voz produce una actividad neuronal específica en el ave, y descubrió que esa actividad se daba tanto con la voz real como con la sintética. El avance fue presentado en la conferencia anual de la Sociedad de Neurociencia de Estados Unidos.

Si esta línea progresara, tendría una consecuencia directa y favorable en humanos: permitiría que, en el caso de que se logre sintetizar con fidelidad una voz, la persona se comunique como lo hacía antes de perder el habla.

—La aspiración es tener un sintetizador que te permita recuperar no sólo el habla sino tu voz dice Gabo.

—¿Y eso les va a salir, decís?

—No lo veo imposible. Nosotros tenemos la línea ya exitosa. De todos modos es un tema delicado, porque uno en ciencia básica dice “ya estamos” y piensa en años, y un tipo que está enfermo lee una nota y se ilusiona porque lo mide en la escala de su enfermedad. Entonces: no lo puedo medir en la escala de la enfermedad de nadie, pero para mí es totalmente factible. La voz humana no es tanto más compleja que el canto de los pájaros.

La tercera línea de experimentación apunta a que este avance pueda aplicarse, efectivamente, a los seres humanos: una tarea más complicada si se tiene en cuenta que, a diferencia de las aves, el aparato fonador de las personas tiene una modulación sofisticada de labios y lengua. El desafío, en este caso, es poder medir de una manera no invasiva la cantidad mínima de parámetros fisiológicos, musculares y de presión que son necesarios para que el chip funcione. Traducción: esta rama del laboratorio se encarga de estudiar dónde en qué parte de la cara, en qué músculos habría que poner los dispositivos de medición para que la señal que llega al chip sea suficiente y correcta. Esta línea, llamada “bioprostética”, tiene componentes revolucionarios: hasta el momento existen prótesis vocales que producen sonidos aparatosos y a veces desagradables; pero la bioprostética si llega a buen puerto podría reproducir, en tiempo real, la voz exacta del individuo que la perdió. Si, por caso, abriéramos la boca para decir “hola” la palabra saldría no de nuestros labios sino de un mínimo parlante que responde a un chip.

De eso se trata. De la voz, pero por otros medios.

Florencia Assaneo, becaria del Conicet, está en un cuarto contiguo trabajando en esta tercera línea. Me entero de esto casi por error, cuando voy a buscar un termo y abro la puerta equivocada y veo a una chica con cables hasta en las encías.

—Ay, no dice. Y se tapa la cara.

—¿Qué estás haciendo?

Florencia no corre las manos.

—¿Te cuento? pregunta. La letra “T” suena de un modo raro: salival.

Florencia aparta las manos lentamente y  se quita de la boca una prótesis de las que se usan en los tratamientos de endodoncia. Igual eso es lo de menos: además tiene la cara llena de cintas, imanes y cables.

—Me siento ridícula dice; las mejillas se le estiran y aflojan con el despegue de las cintas. Esto que me estoy sacando son imanes. A veces tengo imanes hasta en la lengua. Y lo que tengo acá en el labio de abajo es un chip que mide la intensidad del campo magnético. La intensidad del campo está relacionada con la distancia que hay entre el detector y el imán.

O sea: si la boca está muy abierta la intensidad va a ser distinta que si está muy cerrada, y esto se debe a que la intensidad varía según el comportamiento muscular. Lo que Florencia busca, poniendo su propia cara como campo de estudio, es ver si es posible, a partir del cruce de ciertos parámetros, reconstruir lo que se está diciendo. Y analizar cuáles son los lugares estratégicos de la cara que permitirían enviar más información con menos imanes (ya que en un futuro esos imanes deberían ser implantados en el ser humano, y la idea es que el paciente sea invadido por la menor cantidad de elementos).

—En general es un trabajo un poco tedioso dice Florencia mientras vuelve a pegarse las cintas de cara a un espejo. Pero se la ve contenta.

El espejo tiene forma de flor.


***

Vamos a almorzar. Necesito hablar de la familia, de cualquier cosa fácil.

Bueno, no: de la familia no. Hay, de todas formas, muchas cosas sobre las que conversar con Gabo. Mi tío toca la trompeta, corre, compra tres libros por semana y fue el primero en mencionar, varios años atrás, dos autores que terminé amando: Antonio di Benedetto y Roberto Bolaño.

Salimos. Afuera es un hermoso día. Los edificios de Ciudad Universitaria —grises, hercúleos parecen hongos gigantes cabeceando contra el cielo azul. En el pabellón de enfrente, ahora, está dando una clase magistral Adela Rosenkranz: una experta mundial en el cuidado de animales de laboratorio que todos los años dicta un seminario en Exactas y que, también todos los años, debe enfrentar principalmente en la primera jornada las manifestaciones de las asociaciones que defienden radicalmente la vida animal.

Pero hoy todo se ve tranquilo: ya no hay pancartas ni micrófonos, aunque queda algún miedo.

Este tema el de los bichos y la defensa radical preocupa a Gabo.

—No hablo de mejorar un lápiz de labios: hablo de la vida dice. La esperanza de vida del hombre subió veintitrés años, entre otras cosas, porque hubo experimentos con animales. Pero bueno: hay que ser muy cuidadoso con estas cosas. Un pájaro no es un ratón: es una mascota. La gente se pone muy sensible… No sabés lo bien que los tratamos a los pajaritos.

Para evitar problemas con cualquier organización pro pájaro, el LSD tiene contratada una veterinaria. Ella se encarga de supervisar los bichos y de darles un tratamiento de cuidado intensivo. Cuando llega un ave —siempre nacida en cautiverio pasa por una cuarentena en la que es sometida a procesos de estandarización: come dietas balanceadas, es desparasitada, despiojada y despulgada, y recibe una serie de antibióticos que le impidan enfermarse y contagiar a otros pájaros. Además, está en jaulas donde el agua y la comida se renuevan a diario. ¿Por qué tantos recaudos? Porque se trata de pájaros que, en tanto son instrumentos de medida, deben estar uniformes pero también fuertes y contentos. ¿Por qué contentos? Porque una vez operados, tienen que tener fuerza y ganas de cantarle a la hembra y demostrar mediante la medición del canto si la operación tuvo o no tuvo sentido.

—El tipo tiene que estar operado y a las pocas horas ya tiene que querer cantarle a la hembra. Entonces el estado debe ser muy bueno, el tipo no puede estar triste: tiene que estar de buen humor dice Gabo mientras termina el almuerzo. Luego subimos.

Mañana, en el laboratorio, van a operar un pájaro.

***

Son las once de la mañana. En la sala de medición del LSD, en silencio, están Yonatan, Rodrigo Alonso y Florencia: tres de los ocho becarios. Todos están frente a sus computadoras, recibiendo el aire que mueve un ventilador.

—Hola, ¿hablo con la caldera? Florencia intenta hacer algo. Por favor apaguen esto porque nos morimos.

En la sala de al lado, con las ventanas entornadas, está Ezequiel Arneodo haciendo los preparativos de la operación: sobre la mesa de mármol hay un microscopio, pero también hay hisopos, hilos, agujas, pinzas, jeringas, cables, enchufes, guantes de látex y una almohadilla térmica encendida y cubierta con un papel de cocina. Allí arriba se hará la intervención: un procedimiento que Ezequiel aprendió de Gabo y que últimamente, dada la línea de investigación que está siguiendo, practica todas las semanas.

Lo que se hará, exactamente, es una operación que intentará colocar un dispositivo una serie de electrodos para medir la actividad del músculo siríngeo ventral (VS: un músculo que controla la tensión de los labios siríngeos, algo así como las cuerdas vocales del diamante mandarín). Hasta ahora la operación salió mal el 80 por ciento de las veces. ¿Qué significa “mal”? En algunos casos el pájaro fue operado pero luego no midió (es decir: los dispositivos colocados se corrieron de lugar y no mandaban señal). Y en otros casos el animal murió durante o después de la operación.

—Veinte por ciento de operaciones positivas no está tan mal pero tampoco está bueno. No está bueno. Es algo que tenemos que mejorar dice Ezequiel. A su lado los pájaros cantan, saltan, comen y se columpian con aparente alegría. Ezequiel toma un cuaderno de laboratorio. Anota la fecha: 1 de agosto de 2012. Anota el tipo de anestesia que va a usar. Anota la fecha de la preparación de la anestesia. Anota cómo fue preparada (de dónde salió la droga). Anota lo que hará: la medición del músculo siríngeo ventral de un pájaro. Y anota que el pájaro es el B12.

—El B12 es bastante viejito.

—¿Cuánto tiempo lleva en el laboratorio?

—Dos meses.

De acuerdo con los registros, B12 tiene dos brazaletes amarillos en la pata. Ezequiel se acerca a las jaulas, busca las anillas, cuenta historias.

—Este ya está jubilado y está libre señala. Este es muy viejo, entró el año pasado y sigue porque es el pajarito con el que me salió el experimento: el naranja bordó. Este que está guardadito es otra mascotita: ya habría que sacarle la mochila. Y éste que ves acá, éste es el que cobra ahora.

Toma a B12. Deja un espacio entre los dedos índice y mayor por el que asoma la cabeza del ave. Al comienzo, cuando empezó a operar pájaros, Ezequiel tenía miedo de asfixiarlos. Hasta que aprendió la técnica: hay que dejarles espacio para que asomen la cabeza. B12, en esa mano, parece una servilleta de copetín. Ezequiel lo apoya sobre la almohadilla térmica y enciende una luz potente. Toma un hisopo con alcohol, le limpia el pecho a B12, pone un gel anestésico para adormecer la zona y mira la hora: doce menos diez.

Inyecta la anestesia. Luego respira hondo. Segundos después tapa el pájaro con una caja de cartón que tiene la etiqueta “caja tapa pájaros”. Cada tanto, mientras la anestesia hace efecto, se siente un aleteo encerrado.

—Tarda un tiempito dice Ezequiel. Se sienta y prepara el pegamento con la punta de una aguja: no hay que desperdiciarlo; es importado. Después explica: la intención es hacer un agujero mínimo en el saco aéreo, llegar al músculo VS (siríngeo ventral) y colocar allí dos electrodos que tienen me muestra el espesor de un cabello. Acto seguido habrá que pasar los electrodos por debajo de la piel del pájaro, llegar hasta la espalda y conectarlos a una mochila un chip que a la vez irá soldada a un conector con el que posteriormente se harán las mediciones sobre el canto.

Todo esto se hará a pulso.

—Vamos a ver si está dormido dice Ezequiel. Levanta la caja. El pájaro se vuela.

—Bueno, no está dormido. Algo pasa.

Ezequiel atrapa al pájaro y pone una nueva y mínima porción de anestesia.

—En general tratamos de usar anestesia gaseosa. Con la inyectable es muy fácil pasarse. Pero el problema es que en esta operación, al estar abriendo el saco aéreo, la anestesia gaseosa se va a filtrar y vamos a chupar nosotros más que el bicho.

Hace silencio, mira la caja.

—Esta suele ser la parte más odiosa. Porque querés que el pájaro se duerma pero no querés que se duerma para siempre.

Levanta la caja con cautela.

—Ahora sí, está dormido.

Ezequiel toma a B12. La blandura del cuerpo es notable: parece un trapo. Lo coloca panza arriba sobre un montículo de plastilina blanca. El bicho arma con su cuerpo una especie de ángulo. El vértice está en el pecho: recuerda a Jennifer Beals en esa escena con agua de Flashdance.

A un lado están las herramientas: forceps, tijeras, un antiséptico, hisopos. Ezequiel toma una pinza y empieza a depilar el pecho: es rosado. Luego empieza a abrirlo con los forceps. La palabra “abrir” parece quedar grande: abrirle el pecho a un pájaro consiste en correr, delicadamente, las múltiples capas de una tela. El corazón de B12 bombea con fuerza: el pecho se hincha con cada latido. De fondo, todos los otros pájaros cantan. Cuando desgrabe esta escena, los únicos ruidos serán el chillido de los pájaros y la respiración de Ezequiel. Está tenso, inspira, sigue: ahora corre más piel, corre grasa, abre cuidadosamente el saco aéreo y llega a un nódulo pequeño que brilla allá en el fondo: el músculo VS; un corpúsculo brillante de fluidos en el que hay que meter, ahora, dos electrodos de una delgadez insoportable. Una vez que lo haga, tendrá que fijarlos con pegamento instantáneo, reconstruir los tejidos, cerrar el pájaro y, ya por afuera, soldar los cables a un chip sin que se suelten internamente.

—Fijate, a ver si podés verlo dice. Me acerco y miro por el microscopio. Es la primera vez que veo un cuerpo abierto. Se siente raro. El bicho destila un olor rancio.

—¿El olor es normal?

—Sí. En parte es el pegamento, pero también estos bichos son una bolita de bacterias.

Afuera hay una garúa fina. Se siente, sólo a veces, el ruido de un agua liviana. Ezequiel toma un electrodo. Lo mete en el músculo del ave y hay un mínimo aleteo. Después sella el electrodo con pegamento. Ezequiel está se lo ve tenso pero optimista:

—Fijate cómo están puestos los electrodos dice.

Vuelvo a mirar: otra vez ese olor. A un lado siento la respiración de Ezequiel: está cansado. La operación condensa siempre alguna expectativa. En la sala también están Yonatan y Gabo, que acaba de llegar.

—¿Qué estás haciendo, Zeke?

Gabo saluda rápido y se sienta frente a la pantalla de computadora donde ve, en vivo, el detalle de la operación.

—¡Quedó precioso! dice. Empezá a cerrar así no se seca el tejido.

—No sabés lo que fue pegar todo esto con grasa dice Ezequiel. Ahora me estoy muriendo de los nervios para ver si consigo terminar todo sin arrancar los electrodos ni nada. Voy a empezar a cerrar.

Entonces sucede otro aleteo. Es más fuerte. B12 está empezando a despertarse.

—Ahora estoy haciendo todo con una cautela extrema susurra Ezequiel. Primero por la complejidad de todo esto y segundo porque el bicho está prácticamente despierto. Voy a hacer dos o tres puntos de sutura y después lo voy a terminar de pegar con pegamento. Tengo que apurarme antes de que el pájaro despierte, porque si no puede llegar a ser todo muy traumático. Y doloroso.

Gabo tiene una reunión, se va. Ezequiel se queda con el pájaro. B12 aletea con más fuerza.

—La puta madre.

Ezequiel decide poner más anestesia y eso tiene sus riesgos: en animales tan chicos, un punto de más puede matar a un bicho. Pero no hay opción. Ahora hay que cruzar los cables por debajo de la piel y conectarlos a un chip en la espalda. Si el pájaro está despierto, entre otras cosas, se puede arrancar todo. Ezequiel pincha a B12; cinco minutos después vuelve a dormirse. Luego Ezequiel lleva los cables hasta el chip de la espalda. Los suelda. Sale un hilo de humo delgado. Acto seguido le pone al pájaro dexametasona: lo que toman los deportistas para que no les duelan los músculos. Apaga la luz del microscopio. El pájaro respira y lo toco: está tibio, late. Su pecho palpita y es muy suave. Ezequiel lo toma y lo deposita en una jaula de tratamientos especiales: tiene una luz calentadora y tiene una comida que a las aves les gusta más: pasta de huevo. Es importante que B12, al despertarse, coma lo que quiera y vuelva a ser un pájaro feliz.

Mañana, cuando le escriba para preguntar por B12, Ezequiel dirá que la intervención funcionó: que los electrodos están bien puestos. Que el pájaro canta. Que no mide “gran cosa” pero que se puede evaluar algo de la actividad del músculo VS.

Pero ahora se ve un bicho dormido. Mínimo. Cableado.

—¿Cuánto pesa?

—Entre 12 y 16 gramos.

Dieciséis gramos: el alma humana si es cierto lo que se dice pesa más que este animal.

***

Tengo pocas imágenes remotas de mi tío. La más antigua es la de un pibe flaco y alto, parecido al Mork de Mork y Mindy, subiendo una escalera de madera rechinante que lo llevaba a su cuarto allá en la casa de la calle 6, en la ciudad de La Plata. El dormitorio estaba arriba de un garage donde mi abuelo Tata su padre guardaba su Peugeot 504 de color arveja y asientos de cuero. Reviso a Gabo en el recuerdo él me lleva doce años, acaba de cumplir 49 y sospecho que en aquellos tiempos él ya estaría tomado por esto: por el camino medio entre la matemática y la naturaleza; por ese punto de contacto que se parece tanto a la pastilla roja de la Matrix.

Nunca voy a entender del todo el mundo de mi tío. Ayer se lo dije por mail, luego de varios intercambios puestos para despejar las dudas de este texto: “Qué inteligente que sos la puta madre... ¡No sabés como tengo la cabeza!!!” escribí.

“No es inteligencia –contestó–. Si te pasas la vida estudiando cosas especificas, parece que sabes un montón”.

No insistí.

Desde que tengo memoria mi tío estudia aunque en distintos grados— Física. Primero en La Plata y después en distintas ciudades del mundo. De eso tengo recuerdos vagos (siempre tengo recuerdos vagos): mi abuela Beba su madre— hablando de Drexel, de Philadelphia, de California, de Niza, de mis primos que “ya hablan inglés”. El regreso de mi tío. Mis primos chiquitos y diciendo, con maravillosa perfección, la palabra “surf”.

En alguno de esos años, una de las tantas veces en las que Gabo volvió al país, llegó un pedido al departamento de Física de la UBA. Se trataba de un juez que, en pleno menemismo, preguntaba si se podía validar o no la identidad de una persona en una grabación. La voz era una pequeña parte de una causa vinculada con la privatización de la telefonía: dos empresarios se hacían acusaciones cruzadas sobre quién había coimeado a quién, y en el medio de todo eso había una grabación que planteaba una incógnita. El juez quiso despejarla y, luego de rebotar en varias facultades, llegó al departamento de Física y despertó el interés de Gabo. Así Gabo empezó a ver, junto con un estudiante, cuáles eran los mecanismos de producción de voz humana. Y si bien el caso del juez no se aclaró, ese dilema fue el disparador de un estudio que terminó transformado en una patente realizada en forma conjunta por la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de Quilmes y la Universidad de California. La patente, finalmente, tuvo un destino comercial que Gabo no siguió pero que sabe que llegó hasta China.

—Es raro ver tu patente traducida al chino dijo Gabo ayer, mientras almorzábamos dos empanadas frías en el comedor de Exactas.

Pensé, cuando lo vi comiendo, que mi tío podría estar en cualquier otro lugar del mundo. De hecho, estuvo en varios otros lugares del mundo. Gabo se recibió en el auge democrático, se fue a hacer el doctorado a Philadelphia, luego se fue a enseñar a España y a Niza, y volvió a la Argentina en la década del ’90 porque quería que sus hijos Iván y Julia no crecieran lejos de la Argentina. Y porque todavía recordaba la llamada “fiesta de la universidad pública” que había conocido con Alfonsín.

Pero cuando llegó ya no había fiesta.

—En los ’90 el lugar era un páramo, un desastre. Fue tremendo. Fue remar en dulce de leche pastelero. Tremendo dijo ayer Gabo. Y dijo muchas más veces la palabra “tremendo”. Había motivos: cuando llegó los sueldos eran muy bajos, estaba cerrada la carrera de investigador es decir que los estudiantes se recibían y no tenían otra cosa que hacer más que irse, los científicos eran mandados “a lavar los platos” histórico pronunciamiento de Domingo Cavallo, entonces Ministro de Economía— y los subsidios a la investigación eran ínfimos, por lo que no había plan científico. En el 2001, con el estallido de la crisis, Gabo fue uno de los nueve profesores que se fueron en el departamento de Exactas. Esa cifra, multiplicada por todas las unidades académicas, dio como resultado un recrudecimiento de la tan mentada “fuga de cerebros”: los científicos se iban.

En el caso de mi tío, se fue a un sabático en Estados Unidos. Y, al año, se atrevió a volver.

—A mí me daba mucha pena dejar todo lo que había intentado acá dijo ayer. Había puesto mis mejores años, de los 30 a los 40, los años más productivos, en estar en la facultad. Irme me angustiaba. Había invertido mucho tiempo. Así que decidí volver, pero con la precaución de venir con guita de afuera.

El dinero que trajo viene del National Institute of Health de Estados Unidos. Con ese presupuesto, más el dinero local (que viene de la UBA, el Conicet y la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica), amplió un Laboratorio de Sistemas Biodinámicos que hoy se especializa en el estudio de la voz humana y en el que trabajan, además de mi tío, nueve becarios, un investigador asistente y una veterinaria.

Ahora, en el comedor de la Facultad, estoy comiendo un guiso con tres de los becarios: Yonatan, Rodrigo y Ezequiel. Son todos pibes jóvenes que están, por primera vez, frente al dilema que plantea la carrera científica: irse o quedarse. El año que viene Ezequiel tiene que viajar al exterior a hacer un post doctorado en Física. En un tiempo Yonatan va a terminar su doctorado en Física y también está pensando en irse para completar los estudios de posgrado. Rodrigo también hace planes: cuando termine la licenciatura en Biología debería vivir un tiempo afuera.

Lo curioso es que ninguno quiere irse para siempre. Hablan de la familia, del idioma, del amor: del problema de los lazos. Y tienen como consuelo que después de irse van a regresar. Eso es lo que hizo Ana Amador: la primera becaria del Laboratorio que fue a hacer su post doctorado al exterior a la Universidad de Chicago con el objetivo deliberado de aprender, volver al país y sumarle al LSD todo lo incorporado, en este caso vinculado con el área de la neurociencia. Ana llega mañana.

—La idea del posdoc es esa: aprender afuera para volver y aplicarlo en tu país dice Ezequiel.

—Además yo no me bancaría vivir afuera, qué sentido tiene, o sea: acá está Gabo. Tengo de quién aprender dice Rodrigo, y come guiso.

Después no sé qué más dicen los chicos. Sólo sé que afuera, en una de esas tardes espantosas de invierno, sucede como acá adentro— un día perfecto.



* Publicado por primera vez en www.revistaanfibia.com

Mi hermosa prima Julia

lunes, 30 de julio de 2012

La otra voz*


Es la intérprete oficial de Cristina Fernández, a quien traduce en vivo –durante los discursos- al lenguaje de señas. Y en marzo de este año, luego de una interminable disertación presidencial en el Congreso Nacional, llegó a los medios –azorados por su resistencia física- bajo el incorrecto apodo de “La Muda”. Detrás de esta polémica etiqueta está Mabel Remón: hija de sordos, traductora prematura, hábil analista del lenguaje político y dueña de una historia signada por los ruidos domésticos, los pájaros y las palabras no dichas.


(c) Tomás Linch




Recuerda que tenía tres años. Recuerda que estaba en la sala de espera del Hospital Naval de Buenos Aires acompañando a sus padres –sordos- a una consulta médica. Recuerda que los turnos –en ese lugar- no eran anunciados por parlante sino con señales luminosas y que entonces ella, la única oyente de la familia, no estaba obligada a avisar nada y podía jugar en paz: cuidada por los adultos a los que ella –a los tres años- ya cuidaba.


Recuerda que en algún momento titiló la luz del turno y que acudieron los tres –madre, padre, hija-, aunque sólo uno de ellos debía ser revisado. Cuando Fidel –su padre- entró al consultorio, ella y Aurora –su madre- se quedaron aguardando en una antesala pequeña. Alguien –recuerda- la alzó y la sentó en una mesada: ella –vestida de azul y con bordados blancos- se miraba y hamacaba los pies.


—Los zapatos –dice ahora-. Recuerdo que miraba mis zapatos.


Recuerda que tomó mate cocido y que después la bajaron al piso, la hicieron cruzar un pasillo y la llevaron con su padre. Ahí estaba también el doctor Capri (Capri: aún recuerda su apellido), y ese doctor –que era cardiólogo y muy alto- le habló a ella desde la cima del mundo.


—Tu papá tiene problemas de corazón y hay cosas que no puede hacer. Es muy importante que le expliques –le dijo. Ella entendió que estaba sucediendo algo serio. Y empezó a traducirle a su padre, en lenguaje de señas, las indicaciones médicas.


No podés ir de vacaciones, no podés ir al mar” le dijo con las manos.


“¿Y a las sierras? ¿Tampoco puede ir a las sierras?” preguntó su madre y tradujo la niña.


—Tampoco a las sierras –respondió el doctor-. Y no puede tomar helado. Sólo helado de limón.


Ella –recuerda- escuchó lo del helado y se sintió caer. La vida sin helados era atroz. “Sólo helado de limón”, le dijo a su padre y tuvo que hacer fuerzas para no llorar. “Quedate tranquila –respondió Fidel-. Podemos tomar juntos helado de limón”.

Recuerda que ese día de primavera salieron del hospital y tomaron, sí, helado de limón.


Recuerda que dos meses después murió su padre.

—Esa, la del médico, fue mi primera traducción –dice Mabel Aurora Remón en su oficina, luego de recordar.


Helado de limón –recuerda- no tomó nunca más.



Muda


Mabel Remón –intérprete oficial de Cristina Fernández al lenguaje de señas- bebe un mate cocido en su despacho. Quiere entrar en calor. Afuera hay sol pero hace un frío polar, y Remón –recién llegada de la calle- busca templar sus huesos. Unos minutos antes estuvo en Tribunales. Un hombre sordo había sido acusado de un delito y Remón fue convocada para facilitar el diálogo entre el procesado y la Justicia.

Sus dedos, tiesos, ahora rodean la taza.


—Me he pasado la vida traduciendo gente –dice, y bebe.


El despacho de Remón, ubicado a 400 metros de Casa de Gobierno, transcurre en ese limbo plano –sin temperatura y sin tiempo- de las oficinas del centro. Hay un escritorio, alguna flor, algún adorno, pero lo único que llama la atención son los retratos. Hay uno de Remón con Cristina Fernández y hay otro que la muestra junto a Néstor Kirchner. Ellos son, entre otras cosas, sus jefes: Remón empezó a trabajar para los Kirchner en el año 2002 -cuando Néstor Kirchner la convocó a su campaña presidencial- y desde entonces ha venido sumando funciones hasta transformarse en un emblema y un actor de la palabra no dicha.


Remón es, en Argentina, la única perito interprete de sordos de la Corte Suprema de Justicia (asiste a los sordos que tienen problemas con la ley), es directora del Programa Nacional de Asistencia para las Personas con Discapacidad en sus Relaciones con la Administración de Justicia (ADAJUS) y es la traductora oficial de los discursos presidenciales al lenguaje de señas: una función que viene cumpliendo largamente, pero que la hizo conocida en términos masivos recién en marzo del año 2012, cuando Cristina Fernández abrió las sesiones legislativas con un discurso de más de tres horas que fue transmitido y traducido en simultáneo, y que despertó las ironías y el desconcierto –pues Remón no se cansaba- de toda la teleaudiencia.


Pasada la primera hora de discurso, muchos empezaron a hacer bromas sobre la resistencia física de la intérprete de señas, hasta que Twitter capitalizó una parte de ese humor social y estalló con #lamuda: un hashtag que llegó a ser la palabra más nombrada en todo el mundo (estuvo primera en el llamado “Trend Topic”), que luego desvelaría al periodismo gráfico, radial y televisivo, y que se alimentó de comentarios como éstos:

            “#LaMuda, #LaMuda, #LaMuda corazón, acá el pueblo tuitero pide tu liberación!”
“#LaMuda suspendió sus clases de Gym. Con lo de hoy ya tira para 4 meses”.
“Anti doping para #LaMuda”
Uno puede estar cansado’ dijo CFK y #LaMuda se señaló a sí misma".
          
—Todos se reían, pero nadie se fijaba que esto es una prestación para personas con discapacidad. Por eso preferí casi no dar entrevistas. Y en cuanto al cansancio, la verdad que tres horas no son nada: he estado mi vida entera señando y nunca tuve tendinitis por eso.


En los registros audiovisuales de ese acto –que hoy están subidos a Youtube- no puede verse a Remón. En la pantalla, en un cuadro pequeño dispuesto en el ángulo inferior derecho, sólo se ve una mujer –contratada por el canal de televisión del Estado- que desde un estudio traduce para la audiencia, y que luego –pasada la primera hora de discurso- es reemplazada por otra. Remón es, pues –y como siempre-, esa delgada marca de presencia: la mujer que sin reemplazos –y sin detenerse un segundo- está fuera de cuadro, al lado de Cristina Fernández, “señando” las palabras para los asistentes sordos que hay en el recinto y diciendo –casi como en su primera infancia- qué cosas debían hacerse en Argentina, y qué cosas no.


La primera vez que hizo algo parecido fue en el año 2002, junto a Néstor Kirchner y en Parque Norte: un reducto usado por los candidatos para cerrar sus campañas.


—Me acuerdo de que Kirchner dio su discurso y yo hice la traducción, y cuando todo terminó se me acercó y me dijo: “Che, piba… ¿vos dijiste lo que yo dije, o dijiste que eran todos unos…?”. “No, no –le contesté-. ¡Si lo aplaudieron es porque dije lo que usted dijo!”. Su duda era lógica: no había forma de chequear que yo estuviera diciendo lo correcto.


—¿Era difícil traducir a Kirchner?


—No. Él tenía la cualidad de las personas que ven todo al mismo tiempo: expresar ese “todo” en el transcurso de una hora a veces no es fácil. Pero como esa es una limitación bastante usual en el terreno de los sordos, a los que les cuesta reducir la inmensidad visual a un código discursivo, yo no tenía problemas. Kirchner era encantador. Me acuerdo que era un poco impuntual, porque siempre lo estaban deteniendo en algún lugar. Y cuando llegaba tarde al acto me decía “che, piba… ¿se te fueron los tuyos?”.


Por este tipo de cosas, el día que Néstor Kirchner murió Mabel Remón estuvo 24 horas apostada en el velorio. Desde allí vio –dice- a Cristina Fernández juntar cosas del piso, ser una cálida anfitriona del dolor y retar a los granaderos por estar parados cada vez más cerca del cajón.


—Ella también es muy humana –dice-. No es como cualquiera de nosotros, pero tiene gestos que otros funcionarios de menor jerarquía jamás tendrían.


—¿Sus discursos son fáciles como los de Kirchner?


—No, son más complicados. No por los términos que usa, sino por la modalidad del discurso. En los viajes oficiales muchas veces tengo que interpretar a otros funcionarios, y veo que todos tienen la misma fórmula: lo más importante es el principio y el final, el centro es información, y todo se adapta al tipo de audiencia que tengan. O sea que en general sé lo que van a decir todos, y si no me adelanto a la palabra de ellos es para mantener las formas. Pero con la presidenta es distinto: ella maneja una dualidad que me apasiona: la de lo formal y lo informal. Quizás está con el discurso y de repente dice “¿te acordás?” y lo interpela a un funcionario de segunda fila y después continúa por la misma línea por la que había dejado. Eso me exige estar alerta para transmitir no sólo lo que la presidenta dice sino también sus intenciones. A veces me dicen que hago sus mismos gestos, y quizás sea cierto. El desafío está en la interpretación, pero ya no en las señas: las señas las hago desde que nací.


Nacida y criada




Recuerda que fue criada en un hogar de sordos –sus padres, sus cuatro tíos- en el que el silencio era imposible: los cacharros de cocina se golpeaban, las sillas se arrastraban, y todo –sin el aviso del ruido- se rompía con facilidad.


Recuerda que ella –sin radio, sin timbres, con ruidos: sin concebir otra forma de vida- leía todo el tiempo como si buscara calmar una sed. Y que su madre –quien también leía- un día se enteró a través de un libro de las cualidades de los pájaros: supo, su madre, que los pájaros cantan. Y llenó la casa de cardenales para que su niña –Mabel- conociera los sonidos bellos.


Recuerda que esa madre, un día, le explicó también lo de su nombre: se llamaba “Aurora” porque había nacido en el alba y “Mabel” porque era un fonema que su padre –Fidel- podía pronunciar: Mabel tiene be labial, ele suave, vocales y consonantes separadas entre sí.


—Mabel –pronuncia ahora Remón. Y lo que suena es un aire de hilos livianos: un soplo en la mañana.


Mabel.

Recuerda entonces que murió su padre, que pasó el tiempo y que a los nueve años tuvo que ser ella la que tradujera el juicio sucesorio, por lo que temprano conoció el lenguaje jurídico, las discusiones y las diferencias de criterio (y entonces a los nueve años aprendió a mediar). Y recuerda finalmente que -a pesar de todo ese trajín- tuvo que pasar más de una década para que ella entendiera que su casa era distinta de las otras: que ella vivía en un hogar de sordos.

—Cuando iba a lo de mis amigos no notaba que se hablaba más. Lo único que me llamaba la atención es que en sus casas los retaban por no hacer caso. Había un grado de violencia verbal del que yo no tenía registro. A mí eso no me pasaba. Nadie me ponía los límites de la palabra. Y me trajo problemas. Quizás en la escuela me ponían en penitencia porque en el aula yo no pedía permiso para ir al baño. Y es que yo en mi casa no decía “voy al baño”: para qué. Iba directamente. Y en la escuela yo hacía como en mi casa.


Ese silencio profundo –el cultural- hizo que Remón, en la adultez, terminara diplomándose como la única perito intérprete de sordos de Argentina. Desde entonces –hace dieciocho años-, su objetivo es asistir a las personas sordas para que puedan defenderse y, en muchos casos, incluso para que sepan de qué se las está acusando.


—A veces ni siquiera entienden el delito que cometieron. Las personas ciegas pueden expresarse en el mismo idioma que habla el resto, pero las sordas siempre son traducidas: no existe para ellas la primera persona. La falta de audición les impide contarse a sí mismas y las priva del conocimiento de la norma social. Si una persona sorda, por ejemplo, está en un bar y lee los labios de todo el mundo, no sabe que eso está mal: no sabe que esa información a la que accede es privada. No tiene forma de saber que esas palabras no están siendo escuchadas por el resto. Y este factor, que parece un detalle, a veces desencadena historias desgarradoras.


Remón busca un papel, lo extiende: pide reserva. Es parte de un expediente que llegó al ADAJUS (el Programa que Remón preside, y que fue creado el año pasado por Cristina Fernández) y en el que hay, sí, el relato de un desgarro. El papel cuenta la situación de un joven sordo que -incapaz de saber qué es el verbo “ser”, de conocer otro grafismo que el de su propio nombre, de identificar las fechas importantes de su vida y de dar las razones por las que una cicatriz le surca el pómulo- ahora debe explicarle a un Tribunal por qué robó.


“Su conocimiento sobre el bien y el mal es limitado” escribe Remón en el oficio, y mientras miro los papeles Remón hace un silencio que parece involuntario: para que Remón hable –cuestión de costumbre- hay que mirarla a la cara. Así hace en los actos públicos –donde canta el Himno mirando a los ojos de “los suyos”- y así parece hacer, también, en todas las otras partes.

—Esta gente –dice finalmente- después llega a la cárcel y es todavía peor: no tienen con quién hablar, y cuando me ven llegar y ven que hablo por señas lo primero que hacen es llorar. Y yo lloro con ellos.

Remón ahora no llora, pero sus ojos cargan un pesar tranquilo: apaciguado. Dentro de unos minutos, cuando salga a la calle para hacer las fotos, Remón mirará al cielo y dirá que los sordos –tal es la indefensión- ni siquiera saben lo que sabemos todos: que el sol brilla en silencio.

—Fijate qué soledad más grande: intuyen que la lluvia hace ruido, pero no saben nada sobre el sol -dirá Remón cuando camine rumbo a Casa de Gobierno. Y mientras hable el sol, calladamente, le calentará las manos.




* Publicado en la revista YA del diario chileno El Mercurio

miércoles, 27 de junio de 2012

Una noche a ciegas*


El Centro Argentino de Teatro Ciego –ubicado en Buenos Aires- es la única institución en el mundo donde todos los espectáculos que hay en cartelera se hacen en la más completa oscuridad. Entre ellos hay uno –A ciegas con Luz- que sube la apuesta y ofrece un show musical acompañado de una cena. Crónica de una noche inquietante.



Estoy nerviosa. Hice en mi vida cosas más arriesgadas pero de todos modos estoy nerviosa. Alguna vez crucé el Riachuelo a medianoche, en un puente sin barandas, con un miedo real de caerme y hundirme en las aguas negras. Otra vez viajé en un tren de madrugada, sola, en un mismo camarote con un marroquí con una herida reciente en el estómago. Pasé –lo dicho- por momentos y lugares más graves, y es por eso que esto –una cena, una obra de teatro en Buenos Aires: mi ciudad- debería ser un paseo por el lado lindo de la vida.

Pero estoy nerviosa.

Todo ahí adentro –la cena, el teatro- viene acompañado de un detalle inquietante: se hace a ciegas. Esa es la propuesta de “A ciegas con Luz”, una obra gourmet en la que todo –la comida, los sonidos- transcurre sumido en una oscuridad que hasta el momento se me antoja dramática: mortuoria. Aunque muchos –los que ya fueron- digan que “te cambia la vida”, que “es una experiencia inigualable”, y que es “increíble”, “impresionante” –etcétera- lo único que sé es que durante una hora y media voy a tener que moverme y no voy a ver nada.

Nada.

Esa experiencia extrema hace que “A ciegas con Luz” sea la propuesta más ambiciosa del Centro Argentino de Teatro Ciego: la única institución en el mundo donde todos los espectáculos que se realizan –en este momento hay seis en cartel- se desarrollan en la más completa noche de las noches.

—La idea es incluir, por lo tanto en esta institución no sólo trabajan actores ciegos -explicó días atrás Martín Bondone, director general y fundador, junto con Ricardo Bentatti, del Centro Argentino de Teatro Ciego-. Acá, lo importante es que sean artistas que canten y actúen muy bien bajo las condiciones que imponemos, que son las de estar a oscuras.

Martín es joven, amable. Y ve. Aquella vez que hablamos, ambos estábamos de pie sobre el mismo empedrado donde estoy ahora: el de la calle Zelaya, pleno barrio de Abasto, una zona turística que muestra la versión que buena parte de los visitantes quiere tener de Buenos Aires: arrabalera, gardelista y con un shopping a cien metros.

—Damas, caballeros, síganme por favor.

Un hombre de traje negro sale a la vereda y nos hace una seña. Vamos a entrar y yo estoy –lo dije- nerviosa. Como no podré tomar notas, llevo un grabador que tiene una luz roja, tenue, de dos milímetros de diámetro. Lo guardo en mi bolsillo y junto con mi marido –Juan- nos integramos al grupo que se acerca a la puerta de ingreso. Subimos una escalera de mármol secundada por velas y quedamos apiñados en un pequeño salón de distribución. A mi lado una mujer se quita los anteojos. Lo demás es murmullos, penumbras, sombras desvaídas sobre las paredes.

—Les voy a pedir que apaguen los celulares y que no los dejen ni siquiera en modo vibrador o en silencio, porque la luz arruina el show –dice Martín Bondone, quien está de pie y organizando al grupo en una esquina.

—Los que se sientan un poco ansiosos sepan que los primeros cinco minutos son los peores –sigue-. Después se van a relajar y la van a pasar bien. Ahora: si ya pasaron cuarenta minutos y todavía se sienten mal, tóquense las manos y si las tienen sudadas, griten desesperadamente.

Reímos. De nervios. Somos unas sesenta personas –esa es la capacidad aproximada del local- y todas estamos hacinadas e inquietas.

—Y en relación al espectáculo, pedimos que cuando empiece el show hagan silencio –dice Bondone-. Es curioso: cuando la gente no ve nada tiende a elevar el nivel de la voz. Tendemos a pensar que tiene que ver con algo existencial, no sabemos bien qué tipo de cuestión filosófica entra en juego… Creemos que tiene que ver con que la gente siente que hay algo que ha desaparecido del mundo y para cubrir esa ausencia empieza a elevar la voz y a decir por ejemplo “QUÉ RICO QUE ESTÁ TODO”.

Todos vuelven a reír. Yo especulo. Cuando los grupos son chicos –y nosotros somos dos- las mesas son compartidas. ¿Con quién nos sentarán? Sólo pido que nuestros vecinos hablen español -hay varios extranjeros- y que no sean esas dos mujeres brutas que me dieron un carterazo en la entrada.

—Y por último: no hace falta que llamen a la persona que les va a servir –dice Bondone-. Tampoco hagan señas con la mano porque no tiene sentido. Mucha gente piensa que trabajamos con cámaras infrarrojas o algún tipo de tecnología estilo “Guerra del Golfo”. Pero no. Acá somos todos ciegos.

Eso es lo último que dice: “Acá somos todos ciegos”.

Y luego entramos.

Avanzamos en fila india, tomándonos de los hombros. Delante de mí hay un extraño –al que toco- y atrás está mi marido –que me toca. La escena recuerda a la parte decadente de las fiestas –en las que los invitados hacen un trencito-, de no ser por todo lo demás: no vemos nada.

No vemos nada.

Y decir “no vemos nada” ni siquiera alcanza porque estar a ciegas es bastante más que no ver nada: es –noto- el abismo. Es una caída libre hacia un planeta lleno de sonidos y protuberancias: el hombro de la persona que va adelante; un murmullo; el roce de una silla. Todo, de repente, se mete en la nariz y en las orejas y entre las costillas.

No vemos nada.

En algún momento la fila india se detiene. Alguien le habla al hombre que tengo adelante –para acomodarlo- y pierdo lo único que me conecta con el mundo: esos hombros. Quedo infinitamente sola por uno, dos, tres eternos segundos hasta que alguien toma mi mano.

—Vení, seguime. Ahora vamos a pasar entre dos mesas.

Es un varón. Lo agarro con urgencia y siento los nervios de Juan sobre mis hombros. Doblamos una, dos veces: no sé dónde estoy. La presión sobre los pies me recuerda que estoy de pie, pero las referencias básicas –“arriba”, “abajo”, “izquierda”, “derecha”- parecen haberse ido para siempre. No tengo brújula.

—Esta es tu silla –oigo. El hombre pone mi mano sobre una superficie dura: el respaldo de la silla. No sé qué es lo que sigue. ¿La silla está contra la mesa? ¿Debo correrla? El hombre ya se fue, pero siento su voz: ahora está acomodando a Juan. Ya no tengo ayuda. Quedo de cara al vacío y hago el intento de sentarme: aparto la silla, llego a tientas a la base y me repantigo encima sin ninguna clase de elegancia: estoy peleando por no caerme del mundo.

—Hola a todos, mi nombre es Gabriela y voy a ser la moza por esta noche.

Una voz. Una mujer. Qué queremos, pregunta: vino blanco, tinto, agua o gaseosa. Unos minutos antes, en el mundo de la luz, Martín Bondone advirtió que en la oscuridad el efecto del alcohol es peor. “Van a perder el registro de lo que toman –dijo-. Les recomiendo hacer un nudito a la servilleta después de cada vaso que les sirven. Cuando la servilleta esté llena de nudos les pedimos un taxi”.

Anudo, pues, mi servilleta. Y pido vino. El lugar ofrece Graffigna Centenario -el Malbec argentino más premiado en los años 2007 y 2008- y lo sirve en un recipiente que no es una copa, sino un vaso con la base maciza –pesada- y pensado para que ningún roce lo tumbe sobre la mesa.

—¿Y? ¿Qué tal? –le pregunto a Juan. Pero no responde. Recién luego de unos segundos dice:

—Desesperante.

—Sí, sí… rarísimo todo –dice otra voz. ¿Quién está ahí? Estamos con otra gente. Nos hablan. Estiro la mano para tocar mi plato y hundo los dedos en una textura blanda. Es –lo sabré en unos segundos, cuando asimile las dimensiones de la mesa- la comida de la mujer que está sentada a mi derecha. Metí la mano en su plato, pero ella no va a enterarse. Quizás alguien hizo ya lo mismo con el mío.

Nos presentamos y empezamos a comer.

La cena consiste en una opción de finger food (comida para comer con la mano) distribuida por pasos que se comen de izquierda a derecha. Lo que hoy hay es –de izquierda a derecha- una porción de pizza, una empanada de berenjena, una brochette de carne con verduras asadas, una carne con salsa teriyaki, otra brochette con quesos y una brochette de frutas bañadas en chocolate. Hay, además, en el centro, una canasta de pan –la canasta es comestible- y cargada con pan.

—¿Esta mano de quién es? –dice una mujer.

—Mía –dice mi marido.

—Me estás agarrando la mano, soy la camarera.

—Ah, perdón.

Escucho este diálogo y sé que no quiero olvidarlo. Me sirve para esta nota, y también para futuras peleas. Tomo mi grabador, lo cubro con mi mano, busco a tientas el botón que dice “rec” –practiqué antes, para poder encontrarlo a ciegas- y aprieto. Se enciende una luz roja del tamaño de una cabeza de alfiler, y además procuro taparla con la mano.

—Veo una luz roja, ¿¿ves???? Le veo la mano a ella que la está moviendo, ¡es una luz roja!!!!

Bueno, mi compañera de mesa es bastante insoportable. Así no se puede. Apago todo y, de ahora en más, decido irme debajo de la mesa para grabar lo que se me antoje. Total quién me ve. Soy absolutamente impune. En el instante en que lo entiendo, la oscuridad empieza a resultar interesante. Acá puedo comer sin elegancia, puedo robarle la comida a esta loca, puedo ser indecente.

—¿Ustedes tienen los ojos abiertos?

Juan habla con nuestros vecinos. Ellos responden que sí: que tienen los ojos abiertos. Estar a ciegas con los ojos abiertos –sin antifaces, sin vendas: con los ojos abiertos- es una experiencia límite. Y reveladora. La mirada del ciego, noto, carece de foco y de recorte: no está lo que entra y lo que no. Los ciegos ven todo. Creo que acabo de entender algo sobre Borges y sus laberintos.

—Estoy comiendo un pan –dice Juan. Parece una criatura. Todos, en realidad, parecemos criaturas. Comemos pan como si fuera el primer pan. Tocamos todo con vértigo. Ahora –mientras mastico- me dedico a recorrer los bordes. Del plato, del vaso, de la mesa.

—Perdón.

Le toqué la mano a mi vecina. La mesa es chica. ¿Cuánto medirá todo esto? ¿Somos muchos? ¿Estamos cerca? ¿De qué tamaño es mi plato? ¿Es cuadrado? ¿Y este pan? ¿Es mío? Lo muerdo.

—No seas caprichosa.

Momento: él –mi vecino- le está diciendo a ella que no sea caprichosa. La razón: ella pidió menú vegetariano pero ahora hay algo que no le gusta:

—La empanada es de berenjena –dice en voz baja- y a mí la berenjena no-me-gus-ta.

—No podés ser vegetariana y no comer berenjena –dice él. Yo estoy de acuerdo. Acerco la cabeza y sigo escuchando con atención. Este lugar es magnífico.

—¿Y si le pido la empanada? –me susurra mi marido.

—¿Qué? Ni se te ocurra.

—Yo puedo darle la empanada –dice la chica.

Nos escuchó. Qué peligro. Quiero más vino.

Entonces suena un piano.

Solo: un piano.

El que toca, sabré después, es Carlos Cabrera: un hombre de sesenta y tantos años, ciego de nacimiento, que durante una entrevista dirá lo siguiente: “Cuando la gente va a ver a una cantante, las mujeres miran qué tiene puesto, cómo está peinada, cómo agarra el micrófono, cómo se para, y después la escuchan. Pero acá no. Acá no tienen más remedio que escuchar. Y el hecho artístico es definitivo”.

—Bienvenidos a “A ciegas con Luz”.

De repente: una voz dulce. Junto con el piano: la voz. Y luego de la voz, un sonido ambiental de cascos de caballos, afiladores de cuchillos, cafetines porteños, autos antiguos –y un suave olor a pólvora- y el mar. Empezó la obra de teatro. Y lo que tengo, ante mis ojos, es el mundo: veo las vetas de la mesa de madera del café, veo los granos plomizos de los empedrados, veo la escoba barriendo y levantando una nostálgica nube de polvo. Mis ojos están en paz. No necesito, por este rato, ver. El vino empieza a hacer efecto. ¿Tomé mucho? No hice los nudos en la servilleta. Ahora, en la obra, hay una madre bañando a su hijo y siento las gotas finas –y el olor a talco- sobre mí.

—Trabajar en la oscuridad es absolutamente distinto –dirá días después Luz Yacianci, la cantante lírica y directora artística de la obra-. Hay una intimidad con el público muy especial, y tenés más libertad para expresarte porque no está el juicio del que te está mirando. A ciegas, podés definir a la cantante como quieras, poner los colores que quieras, y quedarte en un espacio de tu conocimiento o volar: armarte un escenario surrealista.

La voz de Luz es elegante y alada: una coreografía de cisnes. Mientras la escucho me toco las cuencas de los ojos, los huesos de la cara; me recorro y pienso: yo también era esto. Luego le toco la cara a Juan en una escena un poco cliché –parezco Hellen Keller en El milagro de Ana Sullivan- pero cargada de una curiosidad verdadera. Juan me toma la mano. ¿Estará emocionado, o lo estoy molestando? No quiero preguntar: no voy a hablar. Las palabras, los sabores, el tacto: cualquiera de estas cosas, en este mundo sin bordes, lo ocupa todo.

Y entonces una luz.

En algún momento –una hora y media más tarde- la cantante enciende una vela mínima pero con una fuerza de expansión apabullante. Detrás de esa gota quieta se va revelando lentamente una mujer: un cuerpo frágil –pálido y de huesos finos-, rodeado de varios otros cuerpos que al principio son sombras y que luego son personas.

Esto ha terminado. Allí está Carlos Cabrera –el músico- y aquí estamos nosotros. En estado de estupor. Asistiendo a un despertar que nos muestra pegados los unos a los otros, en el medio de una habitación de muros y cortinas negros, con los ojos limpios, en silencio, más ciegos que nunca: mirándonos.




* Publicado en la revista Domingo, del diario El Mercurio.

martes, 26 de junio de 2012

El ojo en la tormenta


Pepe Mateos es, además de un gran fotógrafo, el autor de una secuencia que -presentada ante la justicia- expuso la responsabilidad del ex comisario Alfredo Fanchiotti y del cabo Alejandro Acosta en los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. A diez años de la masacre de Avellaneda, subo esta entrevista hecha en el año 2009 para la (hermosa) revista Nuestra Mirada.




Avellaneda. La vida profesional de Pepe Mateos tiene un punto de inflexión. La del fotoperiodismo argentino, también. Pero lo curioso no es esto sino que ese quiebre –ese comienzo- sucede en ambos casos en el mismo lugar y en el mismo día negro. El 26 de junio de 2002, en un marco de crisis generalizada y durante una de las tantas protestas sociales que se venían dando, el gobierno del entonces presidente Eduardo Duhalde decidió impedir -a cualquier precio- que un grupo piquetero cortara un puente en el partido de Avellaneda, zona sur del conurbano bonaerense. Esa intervención supuso una represión feroz que terminó con dos piqueteros asesinados a mansalva por la Policía Federal. Se llamaban Maximiliano Kosteki y Darío Santillán y contaron con un horroroso privilegio: la muerte de uno de ellos –Santillán- fue registrada por la cámara de Pepe Mateos.

Esas imágenes lívidas, caóticas –crispantes- funcionarían posteriormente como un elemento clave para establecer las responsabilidades sobre lo que terminó llamándose “la masacre de Avellaneda”. Gracias a ese documento -240 fotos incorporadas a la causa- un comisario terminó preso; el gobierno del entonces presidente Eduardo Duhalde anticipó sus elecciones y –efecto colateral- el fotoperiodismo amaneció en su terrible esplendor. Y estableció –como nunca antes- una suerte de manifiesto sobre el carácter “real” de la imagen fotográfica.

En un bar del barrio de San Telmo, a metros de su casa, Pepe Mateos -50 años, 22 en el oficio, 18 de ellos como reportero gráfico del diario Clarín- recuerda el episodio con ademanes austeros: no hay gestos, no hay alteraciones en la voz; la economía –se verá a lo largo de la charla- opera en Pepe como una forma perfecta del pudor.

-Ese día para mí tuvo una carga tremenda. Y lo que sucedió después superó definitivamente todo lo que yo podía pensar del fotoperiodismo.

-¿Creés que la fotografía en Argentina tuvo alguna vez, antes del episodio de Avellaneda, semejante carga documental?

-Dicho así parece un poco presuntuoso… Pero bueno, es cierto que estas fotos dieron vuelta una versión y tuvieron un valor de prueba increíble. Pero ojo, no tuvo que ver conmigo. Clarín me mandó y yo estuve ahí, en ese momento. A veces se trata de estar en el momento.

-¿Cómo te afectó eso: estar en el momento?

-De una forma muy rara. Es un poco inevitable sentir una cosa de vanidad, de orgullo, incluso hasta de delirio trascendental, de pensar “por qué me tocó estar ahí”… Yo conozco muy bien la zona, estudiaba cine por ahí y en una época iba todos los días. Y sin embargo, después de ese día toda la zona parecía distinta. Me parecía grande, inmensa, como expandida. La verdad que no tengo mucha explicación interna a lo que me pasó.

-¿Te has llevado imágenes a la almohada?

-Claro. Pensé mucho en fotos que no saqué.

-¿Reprochándotelo?

-Un poco, sí. Hubo un primer plano de Kosteki que no tomé y que me persiguió bastante tiempo. No pude tomarlo. Yo sentía que lo que estaba sucediendo superaba lo fotográfico. Fotografiaba, sí. Pero a la vez estaba muy impactado por la situación.

-La cámara no era distancia suficiente.

-No, ninguna distancia. Yo estaba ahí.



Luján. La primera vez que Pepe trabajó como fotógrafo fue a sus 28 años y en la provincia de Neuquén, oeste de Argentina (adonde se había mudado temporalmente por motivos personales). Estuvo unos años en un diario local hasta que en 1992 regresó a Buenos Aires y terminó en Clarín, donde ha cubierto –desde entonces- moda, actualidad, espectáculos, en fin: todo.

Pero antes de esos 28 años hubo otra vida. Distinta.

Hijo de una familia de carpinteros (padre, abuelo, tíos dedicados siempre al mismo oficio), Pepe creció en Luján –provincia de Buenos Aires- bajo el signo de las cosas concretas. Sólo existía lo que podía crearse, abarcarse y romperse con las manos, y la cultura del esfuerzo (físico) era también una moral. Pepe trabaja desde chico. A los diez años, luego de emplearse durante un verano usó el dinero ganado para comprar su primera cámara de fotos. Era de plástico. Con ella empezó a tomar fotos esporádicas: de un puente, de su hermano.

Luego pasaron los años y Pepe trabajó en bibliotecas, casas de alfombras, tornerías. Pintó paredes. Fue obrero en una fábrica. Hasta que un día de sus veintitantos años, le pidió a su madre aquel sobre con fotos.

-Le pregunté dónde estaba ese sobre. Y me contestó: “Ah, lo tiré porque eran fotos de nada”. Fue una frase fabulosa. No la olvido. ¿Cómo convencer a mis padres de que yo sacaba fotos de “algo”? Mis comienzos con la fotografía fueron una lucha. A ciegas. Me acuerdo cuando empecé a revelar. Un sufrimiento. La primera vez que compré químicos me los vendieron vencidos, entonces yo revelaba y no aparecía nada y yo pensaba “¿qué mierda pasa?”. Tendría 18 años. Seguía en Luján. No había nadie a quien preguntarle, porque el único que sabía en el pueblo era un fotógrafo chanta que me había vendido todo vencido. Como en mi casa existía esa cosa de hacer rendir las cosas hasta el final, una vez que terminé esos químicos me compré unos nuevos y ahí sí: fue maravilloso. Salían las fotos. Yo revelaba todo el tiempo y revelando hice todo tipo de desastres. Una vez se me volcaron los químicos arriba de la cama y mi vieja casi me mata. Mucho tiempo después, cuando yo trabajaba en el diario de Neuquén, ella dijo: “Quién hubiera pensado que, con todos los desastres que hizo, iba a terminar trabajando”.

-¿Cómo hiciste para llegar a fotógrafo con ese concepto tan desmoralizante?

-Fue complejo, porque efectivamente mi origen familiar es muy concreto y acá tendríamos que hablar de la relación con el padre, ¿no? Siete años en el psicoanalista y los siete años hablando de eso –ríe-. Cuando trabajo, me resulta inevitable preguntarme por el “para qué” de las cosas. ¿Qué sentido último tiene lo que hacés, más allá de la satisfacción inmediata y personal? Sé que hay una gran negatividad en todo ese pensamiento, algo casi nihilista, de pensar “de nada sirve todo lo que haga”. Pero bueno, en ese sentido trabajar en un diario me da una justificación existencial total, que a la vez es económica y social. Saco fotos para que salgan en el diario.

-Esa justificación te tranquiliza. ¿Pero te conforma?

-Sí, porque para mí no hay grandes divisiones entre el trabajo que se hace movido por un factor económico y el que se hace movido por otra cosa. Cuando trabajo no me doy cuenta de que estoy trabajando por dinero. Para mí, el trabajo puede gustarme o no gustarme. Y lo que marca la diferencia entre lo uno y lo otro es que exista un intercambio entre las dos partes que componen el hecho fotográfico. El acto de fotografiar debe modificar algo: debe haber un roce, una fricción entre quien fotografía y el que es fotografiado, que derive en algún tipo de pérdida. Y no me refiero solamente a personas. Podés estar fotografiando un objeto aparentemente inanimado y, ahí, algo puede estar sucediendo.

Pepe Mateos en el Bar Británico, San Telmo, (c) Pablo Corral Vega / Revista Nuestra Mirada.

Buenos Aires. Las fotos que se presentan en Nuestra Mirada son, justamente, el resultado de un intercambio sensual –táctil- entre Pepe Mateos y la ciudad de Buenos Aires. La obra –compuesta por una serie de capturas hechas a lo largo de la última década- funciona a la manera de un relato cinematográfico: cada imagen parece un fotograma rescatado al azar –no hay principio ni final evidentes- e integra el rompecabezas de una ciudad volcánica. Dos ancianas esperando lo peor, un rebaño de soldados y el ominoso poder del Estado –entre tantas otras-forman parte de una historia coral signada por la fisura: en cada foto hay algo que se rompe, una máscara partida.

Pepe Mateos supo ver, en el caos de la ciudad, una verdad. Y un orden.

-Pero con estas fotos no hay ni hubo ninguna pretensión superior. Me dejo llevar por lo que veo, que no necesariamente tiene que estar diciendo “algo”. Por ejemplo, en una época trabajaba bastante de noche y me tocaba circular por lugares donde veía gente y situaciones interesantes. Entonces empecé a trabajar sobre eso. Pero cuando empecé a ser conciente de que me estaba marcando una línea de trabajo, bueno: ahí la recontra cagué.

-Casi como con los sueños: desaparecen cuando uno se da cuenta de que está soñando.

-Igual. Cada vez que pienso “quiero esto” lo arruino. Por eso admiro a gente como Marcos López, que se configura en una dirección y va hacia ahí. Con el detalle de que, además, si a Marcos lo sacás a la calle con una cámara también es muy bueno. No es un artista que corta figuritas. Marcos es un maestro de la luz, un tipo con una visión, uno de los fotógrafos más inteligentes del país.

-Alguien que va en una dirección.

-Claro. En cambio yo siento que voy y me encuentro con las cosas. Pero tampoco me quiero subestimar. Siempre hay una intención, lo difícil es hacerla conciente. Siento que ahí fracaso. Las fotos que seleccioné para Nuestra Mirada… Siento que están bien para regalársela a la gente, pero acá no hay una obra, un cuerpo de algo… Eso siento. Igual, creo que hay un mecanismo muy autodestructivo en lo que digo sobre mi trabajo. Y a la vez a mí me sirve para seguir intentando, ¿no? En lugar de dejar de hacer fotos, sigo haciéndolas y encontrándome con mi límite.

-¿Pensaste en dejar de hacer fotos alguna vez?

-Sí, cerca del 2002. Venía de un par de años de no saber qué hacer. Hacía fotos de moda y, digamos, no era malo pero no era un fotógrafo estrella. Tampoco era maravilloso haciendo actualidad. Haciendo entrevistas, menos… Es como que hago un poco bien todo, pero no tengo una cosa que digas “uy, qué bueno lo que hago”. Y en esa época todo ese pensamiento tan particular que tengo sobre mí llegó a su punto máximo. No sentía entusiasmo por nada. Entonces en el 2002 dije “voy a salir a la calle a ver qué pasa”. Porque el deseo de fotografiar no lo perdí nunca.

Y Pepe, entonces, salió a la calle. Y “lo que pasó” fue esto: la masacre de Avellaneda, Maximiliano Kostecki, Darío Santillán, las fotos -el peso furioso de las fotos en la historia política de un país- y una verdad: que algunos trabajos -como la madera- tienen límites, volumen, cuerpo. Y permanencia.

domingo, 24 de junio de 2012

Y parirás con dolor *



 Era el 16 de abril de 2003 en el hospital Guillermo Patterson de San Pedro, Jujuy, y la vida transcurría sin que nadie fuera capaz de imaginarse nada. Los enfermos dormían, el suelo apestaba a lavandina, y diez embarazadas hacían fila para que la doctora Mónica Torres de Pilili las atendiera de una vez. Ventanas afuera, San Pedro amanecía como de costumbre: con una luz diáfana y ciega que les da a las montañas una nitidez que luego se pierde en el transcurso del día. A las ocho de la mañana, entonces, a la hora en la que todo parece más claro que lo habitual, una enfermera se acercó a Torres de Pilili casi sin aire.

-Llegó una bebé toda con sangre, doctora. Toda, ¡toda! Recién le salió a la chica y está muy pequeñita, como que le salió antes de tiempo.

Estaba envuelta en una toalla y la traían dos mujeres con la cara deformada por el susto. Decían que acababa de nacer. Que la madre había parido en el inodoro de la casa y que aún seguía en el baño, enajenada, como si alguien la hubiese abierto y embalsamado allí mismo.

-No sabíamos que tenía a la bebé adentro. ¡Si no se le notaba! Nunca dijo nada, mi dios, no sabíamos nada y ahora la Romina sigue allá y está como idiota, como ida, llena de sangre -dijo la madre de Romina, que se llama –las cosas de la vida- Elvira Baño.

Elvira jamás supo que su hija estaba encinta. Tampoco lo supo Florentino Tejerina, el padre, ni Mirta, la hermana veinte años mayor. En realidad, casi nadie en San Pedro sabía de este tema. La única que estaba al tanto era Érica, la hermana más cercana en edad -Erica tenía 22, Romina 18- pero había callado todo con una fidelidad de acero.

-Si decís algo a los papás, me mato -le había dicho Romina. Y Érica no habló.

Durante siete meses, Romina se envolvió con una faja y logró disimular su panza. No había mucho que esconder, de todos modos. Pesaba 46 kilos y las tabletas de laxantes que tomaba a diario la ayudaban a perder en líquido lo que ganaba en carnes. El 15 de abril a la noche, acompañada por Érica, tomó una tableta entera y se dejó llevar. A las siete de la mañana se sentó en la taza sin saber que iba a parir.

Más adelante, Romina contará que no recuerda ese momento. Que no sabe cómo se cortó el cordón umbilical, ni cómo es que la beba pasó del inodoro a un toallón blanco. Romina mirará hacia atrás y esa mañana será nada. O casi nada.

-Sólo me acuerdo del llanto del bebé -dirá-. Eso nomás.

La primera imagen que aparecerá, casi en sueños, será la del hospital: Romina -dirá- veía todo rojo.

-Qué te hacés la nerviosa, la mosquita muerta -le dijo, según Romina, la doctora Torres de Pilili-. Mirá lo que hiciste, loca.

La sangre no era sólo del parto: después de una breve inspección, Torres de Pilili supo que la beba había sido acuchillada. René Reyes, un policía del hospital amigo también de la familia Tejerina, se agarró la cabeza y empezó a llorar y a invocar a dios.

-Virgen santa qué hiciste Romi, dios mío, dios mío, pónganle un nombre al menos, pónganle Milagros del Socorro -dijo.

Todos le hicieron caso.

Milagros del Socorro murió dos días más tarde.

*

La noticia recorrió San Pedro no tanto porque fuera grave –suelen pasar cosas así en la zona- sino porque San Pedro es chico. La ciudad, en rigor, tiene 70 mil habitantes, pero no queda claro dónde está toda esa gente. Aun en la zona céntrica –cinco cuadras llenas de autos y comercios- los sonidos llegan con la lejanía incorporada, como si no tuvieran suficiente masa donde rebotar. Y no es sólo una cuestión sonora: en San Pedro la vida entera parece aminorar el paso. Aquí hay tiempos lerdos, animales dormidos, una iglesia, un hospital, una intendencia, algunas radios y una plaza principal. Hay también dos boliches, Pacha y Metrópoli, que le dieron al lugar una fama en todo Jujuy: se dice que en San Pedro, a sesenta y tres kilómetros de la capital, la noche se mueve más que cualquier otra en la provincia.

Es extraño, porque los boliches no son gran cosa. Vistos desde afuera, Metrópoli parece un cine porno y Pacha –con acento en la primera “a”- podría pasar por un galpón clausurado. Justamente en Pacha, detrás de un portón sucio de óxido y afiches rotos, solía bailar Romina. Y dicen que bailaba bien.

 -Cuando iban las bandas tropicales, hasta la subían al escenario para que ella bailara –dirá después Mirta Tejerina, docente, militante gremial y hermana mayor de Romina-. Y yo admito que le daba permiso para bailar. Mamá me dijo después: "¿Por qué le dabas, Mirta, por qué?", como si eso hubiera sido la culpa de todo.

 “Todo” es que el 1 de agosto de 2002 Mirta autorizó a Romina y Érica para ir a Pacha. Érica salió primera y, horas más tarde, Romina fue a buscarla al portón, pero no la encontró. En ese instante, y en circunstancias que aún no quedan claras, Romina habría sido arrastrada por un hombre hasta un Renault 9 color rojo, habría sido amenazada y habría sido violada poco después. El hombre habría sido Eduardo Pocho Vargas, un tipo veinte años mayor que vivía medianera de por medio con Romina. Ante la justicia, Vargas diría, catorce meses después, que Romina entró al auto y se dejó avanzar con gusto. Pero Romina no recuerda el gusto: dice que Vargas le tapó la boca, que la violó y que amenazó con matar a toda su familia si ella se animaba a gritar. Romina no gritó. Volvió a su casa en silencio. La familia supo todo siete meses más tarde, cuando Romina parió en forma prematura y protagonizó una escena digna de Alfred Hitchock. En pleno brote psicótico, vio en el bebé la cara del violador, tomó un cuchillo tramontina –estaba allí para raspar el verdín de los azulejos- y le dio, según dice la instrucción, diecisiete puñaladas.

Desde entonces, Romina está presa en la Unidad 3 de San Salvador de Jujuy a la espera de un juicio oral en el que probablemente le den 25 años de prisión bajo el cargo de homicidio agravado por el vínculo. Su supuesto violador, en cambio, estuvo veintitrés días demorado y le acaban de confirmar el sobreseimiento. Por este tipo de paradojas el caso Tejerina cuenta con un respaldo inédito en la Argentina. Más de 50 organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales pidieron su liberación y hasta la Corriente Clasista y Combativa de Carlos “El Perro” Santillán hizo causa común con Tejerina, a tal punto que son ellos quienes le pusieron la abogada.

Y es que detrás de Romina hay una polémica aún mayor, que gira en torno a la legalización del aborto y el infanticidio: una figura jurídica que estaba contemplada hasta 1994 y que disminuía la condena para las mujeres que mataran a su hijo durante o inmediatamente después del parto si lo hacían "para ocultar su deshonra". En caso de infanticidio, la pena era de 1 a 6 años de prisión. Pero en 1994, el Congreso derogó esta figura con el argumento de que “ni la honra ni el honor se comprometen hoy en el parto”. Desde entonces, el mismo hecho pasó a ser un homicidio agravado por el vínculo, al que le cabe la máxima sanción que prevé el Código Penal. La defensa –encabezada por la abogada Mariana Vargas- pide la liberación de Romina justificando que la violación le ocasionó una negación del embarazo y que esa crisis le generó un episodio psicótico que desembocó en homicidio. El juez Argentino Juárez, en cambio, procesó a Romina al sostener que no es inimputable porque “tuvo intención homicida para con su hija antes del hecho, cuando quiso abortar en reiteradas oportunidades y también al momento del parto”.

Jujuy lidera el ránking nacional de mujeres con –diría Juárez- “intención homicida”. La forma que tiene el Estado para medir esta práctica es el índice de mortalidad materna, que en la provincia trepa al 2 por mil, una cifra que duplica y triplica los números del Centro y Sur del país (tanto es así que, en la Puna, los registros se equiparan a los de los países más pobres de África). Y esto no es porque las mujeres mueran al parir: mueren complicadas en intentos de aborto. El derecho de pernada de los padres, padrastros y patrones hizo que en el Norte los hijos no sean, necesariamente, fruto del amor y las buenas costumbres que defienden los jueces.

En muchas zonas de Jujuy, las madres y los hijos nacen y mueren del mismo modo que nacen y mueren las llamas y los perros: sin mucho espamento. Los diarios de San Pedro siempre cuentan historias: está la del padre que vivía en el ingenio La Esperanza, que dejó embarazada a su hija y que zafó de la cárcel porque su mujer –mamá de la criatura- fue llorando a la comisaría pidiendo que lo suelten, porque el hombre era sostén del hogar. O está la del barrio Albornoz: hace poco una chica se abrazó a un poste, parió a su hijo como quien escupe y después se fue andando, como si nada, mientras que al cuerpito se lo comían los perros. Por este tipo de casos, en San Pedro ya es famosa la pregunta que Elsa Colque, maestra y militante de la Corriente Clasista y Combativa, hizo durante un discurso en defensa de Romina: “¿Ustedes saben –dijo- cuántos fetos hay enterrados en los fondos de las casas?”


La casa donde vivía Romina queda en el barrio Santa Rosa de Lima y es una construcción blanca, de tres ambientes y paredes despintadas, ubicada en el cruce de dos calles en las que abundan el polvo y los perros. Hoy vive allí una mujer ajena a la familia: su mayor preocupación consiste en juntar dinero para cambiar el inodoro.

-Nos mudamos con lo justo y… no puedo ni mirar ahí. Me da asco. Yo acabo de tener una bebé y ya le dije a mi marido: el inodoro se va de esta casa -explica. Y no explica más nada.

Desde marzo de 2001 y hasta el 16 de abril de 2003, vivieron allí las tres hermanas Tejerina. Esa casa era la síntesis de una emancipación familiar: a los 39 años, Mirta Tejerina había decidido abandonar el nido paterno. Llegó a la casa nueva en calidad de cuidadora y pocos días después sus dos hermanas –Érica y Romina- se fueron con ella.

-Yo las llevé conmigo porque quería otra vida para las chicas. No hablo de libertinaje, pero yo tuve una juventud tan... Mi papi está por cumplir los 70 el mes que viene, mi mami tiene 64. La diferencia generacional es grande… Yo no quería lo mismo para ellas.

-¿Qué es "lo mismo"?

-Hoy, a mis 42 años, estoy sola. En la casa de mis papis el sexo era eso sucio, eso peligroso, eso horrible, eso pecaminoso. Ellos decían que si un día nosotras nos aparecíamos embarazadas a mi papi le iba a dar un derrame cerebral. Eso decían. Por eso la Romi nunca contó nada, porque... ¿y si el papi se nos moría? Y además estaba el miedo a los golpes de la mami. Mi mami me pegaba a mí de chica, lo pegaba a mi hermano Julio César, que ahora tiene 35, lo pegaba con la sartén. Y también las pegaba a mis hermanas. Y yo pensé que si ellas venían conmigo iban a tener una juventud mejor.

Mirta no parece de 42 años. Luce, más bien, como una muñeca joven y herida: tiene flequillo castaño, uñas pintadas de rosa y unos ojos que se abren y se cierran como si tuvieran párpados de pez: nunca parecen cerrarse de verdad. Mirta pestañea y hace esfuerzos por no llorar, mientras ceba mate en la cocina de su nueva casa. El 14 de noviembre de 2003 se mudó con Érica a San Salvador de Jujuy, a un lugar pequeño y de aires tranquilos al que Mirta llama “nuestro refugio”. Mirta quiso irse cuando la vida en San Pedro se le volvió insoportable.

-A mi hermana la juzgan en San Pedro porque no era una ignorante absoluta, y a mí me da tanta bronca. Yo siento que mucha gente disculparía a Romina si tuviera puesta la pollera de siete colores. Y cuando ven que no, que es una adolescente común que sufrió una tragedia, entonces se ponen con la moral y el dedito. Me acuerdo de una charla con un diputado de San Pedro: “Es que estas chicas salen de noche”, me decía. “Y esas polleras cortas, y esa música que bailan, y estos jóvenes que consumen alcohol”. Sí, mami. ¡Decía eso! Decía lo mismo que el intendente de San Pedro. ¿Sabés lo que nos dijo el Julio Moisés en una charla, a la abogada y a mí? Que las mujeres violadas no existen. Que todas quieren. Si yo me pongo a hablar de los funcionarios de acá... El día del hospital, cuando a mi hermana la detienen estuvimos todo el día buscando al juez de turno, el Argentino Juárez, para que nos permitiera ver a Romina. HORAS estuvimos dando vueltas por San Pedro. ¿Sabés dónde lo encontramos? En el Casino. Porque la única forma de encontrarlo es ahí.

El caso de Romina está dividido en dos causas, que son tratadas por dos jueces distintos de San Pedro. El homicidio cayó en el juzgado de Argentino Juárez y la violación en el de Jorge Samman: un juez que, antes de absolver a Eduardo Vargas, preguntó a los testigos cuáles eran los hábitos de Romina: si tomaba alcohol, si vestía polleras cortas y si actuaba con los hombres de un modo provocativo. A los Tejerina, este modus operandi no los sorprendió. Samman ya es famoso en San Pedro por el “caso la Verón”: la historia de una chica, Olga Verón, que era violada y golpeada por su padre policía desde la más tierna infancia. Verón lo denunció varias veces, pero nadie le llevó el apunte. Una tarde, luego de una golpiza que las dejó violetas a ella y a su madre, Verón hizo una denuncia por intento de homicidio. El juez Samman la citó.

 -Ya no quiero vivir con él -dijo Verón.

 -Vuelva a su casa –contestó el juez-. Y respete a su papá, que la cuida y la quiere.

Un par de meses más tarde, luego de un manoseo seguido de golpes y amenazas, Verón decidió solucionarlo todo. Esperó a que su padre durmiera, agarró la pistola, le habló para ver si el sueño era profundo y le dio un balazo en la cabeza. Ahora Verón tiene 16 años y prisión perpetua. Es, además, la mejor amiga de Romina.

Romina y “la Verón” –como la llaman en San Pedro- están presas en la Unidad 3 del Servicio Penitenciario de Jujuy, conocido como “La Granja”: un predio de dos hectáreas cubierto por un pasto desganado y cruzado al medio por una calle de tierra. Al final de la calle están las construcciones del penal: una serie de edificios distribuidos en una sola planta y separados entre sí por callejuelas de polvo reseco por el sol. Cuando llueve, el espectáculo es francamente triste: las paredes chorrean mugre, el suelo se hunde y las celadoras corren por callejones vacíos como si fueran una curiosa versión de los chasquis: en La Granja hay un solo teléfono y la comunicación entre sectores se hace a los trotes.  Los días de sol, en cambio, este es el lugar menos peor para estar preso. Los perros se rascan bajo las copas de los árboles, las trenzas de las celadoras brillan casi con alegría y la luz cruza las ventanas como si fuera la mismísima libertad que entra al penal.

En el cuarto de visitas -al que Romina llegará en unos minutos- hay una cortina sucia y estampada con dibujos de gatitos cariñosos, una cruz torcida, un espejo, un sillón semicircular y un televisor que ya no debe servir para nada. A través de la ventana se ve estacionar un móvil penitenciario. Bajan de allí cinco mujeres morrudas, pelicortas y cuadradas. Y detrás de las chicas desciende Romina, distinta. Tiene tacos, un jean ceñido al cuerpo y una forma de andar que recuerda a ese hartazgo existencial que muestran las modelos cada vez que caminan. Acaba de llegar de una visita a su psicóloga y ahora se está acercando al cuartito. Bordada sobre la remera, a la altura del pecho, tiene una mariposa de lentejuelas plateadas: Romina titila cuando avanza. Se sienta. Mira con ojos vacíos, como si hubiese despertado de una siesta.

Antes de pisar este lugar, ella pensaba que La Granja era un camping.

-Sí… eso pensaba yo. De chica mi papá me amenazaba, a mí y a mis hermanas. Cualquier cosa que nosotras hacíamos, nos decía: “Van a terminar en La Granja”... Así decía. Ni idea tenía yo de este lugar inmundo.

Romina llegó a La Granja el 9 de mayo, después de pasar veintitrés días en un calabozo de San Pedro. La trajeron a la cárcel sus propios padres en el auto familiar, porque el servicio penitenciario no tenía coches disponibles.

-Por fin nos traen carne fresca -dijo la Verón apenas la vio entrar. A Romina le bajó la presión del susto. Tuvieron que llevarla a enfermería. Mientras la curaban, otra interna le dijo, casi al oído: “No vayas al comedor porque te van a pegar como a un sapo”.

-Eso me dijo la Claudia. A la Claudia la pegaron así, en el comedor, y ninguna celadora movió un dedo. La Claudia está adentro porque mató a su nena después de que el marido se la violara. Cinco años tenía la nenita. Y acá le gritaban todo lo que me gritaron a mí: “asesina”, “ahí va la guasa”. Porque acá les dicen guasa a las que matan a sus hijos.

-¿Y a vos te pegaron?

-Casi pero no. Tenían pensado pegarme en el comedor, que ahí las celadoras ni se meten. Me iban a pegar a la mañana, cuando fuera a hacerme el té. Pero esa mañana no fui. No les voy a dar el gusto, pensé. Y después, más tarde, cuando se calmaron un poquito, les conté por qué yo estaba ahí. Que me habían violado. Y entendieron. Y nunca me pegaron y me respetan. Porque acá me hostigan todo el tiempo. Todo. Pero yo no les doy bolilla y se quedan tranquilas. Una chica que ya se fue me dijo: “Vos a todas las has matado con la indiferencia, Romi. Las has dejado como hablándoles a las paredes”.

Romina tiene esa forma tan jujeña de decir las cosas: habla como en lamentos, como si cada palabra subiera trabajosamente una montaña antes de sonar. Cada tanto se olvida de que está hablando, o quizás se aburre, o quizás no entiende, y entonces mira por la ventana. La luz del sol le hace brillar las lentejuelas.

-Es linda tu remera.

-Esta me la trajo la Érica. Cuando me llevan a la psicóloga o al médico voy mirando ropa desde el móvil, por esa ventanita con barrotes, ¿viste? Me miro todo. Recién vi una camisita de media manga, blanca, de Yenny, ¿viste Yenny? Es talle dos, porque el de antes ya no me va, estoy más gorda de comer tanta porquería acá. Si podés contale a la Érica: esa me va bien porque me hace juego con un pantalón negro que tengo, negro con rayitas blancas.

-Sos una loca por la ropa.

-¡Sí! Cuando me van a sacar, desde la noche anterior pienso: “¿Y qué me pongo? ¿Hará frío?”. Igual estoy tratando de no ser tan pavota.

-¿Tan pavota en cuanto a no ser tan frívola?

-No, pavota porque yo prestaba toda la ropa a las chicas. Lo mismo que hacía con mis amigas cuando yo estaba afuera. Y resulta que acá yo prestaba a las chicas y me quemaban todo.

-¿Te lo prendían fuego?

-¡No! ¡Me lo quemaban! Después, cuando me la ponía yo, ya estaba como muy vista... Después me dicen que soy la nariz parada de acá. Por la ropa y lo de la planchita también.

-¿Qué planchita?

-La del pelo. De todo me hice en el pelo. Porque este no es mi pelo natural.Yo tengo ondulado, pasa que me hago la planchita. Al principio venía la Érica con la plancha, yo me alisaba el pelo y ella después se llevaba la plancha. Hasta que le insistí tanto al director, “déjeme traer una plancha, déjeme, déjeme”, que al final se cansó de mí y me la dejó traer. Al principio tuvieron la plancha secuestrada no sé cuántos días en un cuartito, porque en este lugar son así de tontos, pero ya me la dieron.

-¿Y no te da miedo de que te peguen por caprichosa?

-Pegarme no me pegan. Malcriada, de todo me dicen. Pero no me tocan. Es que yo siempre fui así. Por ejemplo, yo nunca lavé ni una olla y mañana tengo que hacer la fajina y me toca la cocina. Y yo ya le dije a la sargento que la cocina no la hago porque yo no como la comida del penal. Me da asco. Es fea. Las cocineras no se lavan las manos, encontrás pelos en la comida. Yo eso no como, y me dicen malcriada. Pero y qué. Prefiero comer papafritas del kiosco y la comida que me trae mi familia, que me la guardo abajo del colchón. Acá dan porotos, arroz con salsa, comida tumbera. Si hasta para agredirte te dicen “vos sos mondonguera”, porque la comida es como una mala palabra acá. Al juez le llegan todos los informes míos que dicen "no come - no come - no come". Y como ni toco la comida de acá, hoy le dije a la sargento que la cocina no la lavo sola, que me pongan una ayudante. Y ya me dijeron que me la van a poner.

-¿Y qué te dicen tus amigas de acá adentro sobre estos planteos?

-No tengo amigas.

-¿Y la Verón?

-No, ya no… Es que ella… es como que se confundió. Ella es lesbiana, ¿viste? Acá son todas así. Y yo ya le dije mil veces que a mí me gustan los hombres. Porque acá adentro, si hay algo que me quedó claro es eso: que me gustan los hombres. Y yo le dije a la Verón, pero es como que ella no entendió, o no sé… Yo ya no quiero saber más nada.

-¿Y te quedan amigas de las de antes?

-No. Esas ni volvieron a aparecer. Viste como es eso de que en las buenas están todas... Pero yo sé que cuando salga van a estar toditas pasando por casa.

Lo dice con el resentimiento leve, casi aburrido, que tienen las chicas a los veinte años en San Pedro. Romina entorna los párpados, se mira las uñas con desdén, y de no ser por este cuarto inmundo podría pensarse que está en su cama, un sábado a la tarde, contándole a su hermana la últimas peleas del pueblo. Antes de entrar a La Granja, Romina tenía esas reuniones. Se juntaba con amigas, se peleaba, se amigaba, tomaba sol, preparaba la ropa una y diez veces, y hablaba de su novio, el policía, uno que animaba los bailes en Pacha y que ahora dice que Romina era una puta.

Además de Érica, sólo una amiga sabía del embarazo.

-Una noche en el baile, esta chica me dice: "Pero Romina, vos estás más gorda". Porque a mí no se me notaba la panza, pero la espalda sí la tenía como más ancha. Y ahí le conté. Ella me dijo metéte una sonda, metéte perejil, tomá agua con laurel, pegáte la panza, y yo le decía ni loca, me da miedo. Y fui a varios médicos para que me sacaran la bebé. Yo les contaba que me habían violado, pero todos me querían cobrar trescientos pesos. Así que yo me ponía la faja y hacía la vida así, como normal, ¿no? Y no se me notaba, porque yo pesaba como 46 kilos.

-¿Qué es lo que más te aterraba? ¿Ser mamá tan joven, o que fuera un hijo no querido?

-Todo me aterraba. Tenía momentos de llorar sola y me ponía como loca. La pegaba a mi hermana, lo pegaba al novio de mi hermana, la pegaba a mi amiga, pero también me iba al baile y me iba al gimnasio. ¡Todo junto! ¡Si levantaba más peso que la Mirta en el gimnasio!

-¿Y recordás algo del parto?

-No. Me acuerdo del llanto de la bebé y después lo seguido que me acuerdo es el hospital y una mancha roja. Y ahora también otra cosa. Cuando escucho los gatos en celo se me viene a la cabeza la bebé, ese llanto. Me hace daño eso.

-¿Y antes qué pensabas de las chicas que se quedaban embarazadas?

-“Eso para mí, nunca”. Eso pensaba. Yo tenía compañeras en el colegio o conocía chicas del baile que se habían quedado y... y lo primero que yo les preguntaba era: "¿Y no te dijo nada tu mamá?".

*

Elvira Baño y Florentino Tejerina se conocieron hace medio siglo en el lote Barro Negro del ingenio Río Grande. Ambas familias trabajaban los cañaverales, y Elvira y Florentino terminaron juntos porque en esos casos siempre se termina así. Años después, el ingenio pasó a manos privadas y el hombre se quedó sin trabajo. La pareja se mudó al centro de San Pedro y en el hotel Vélez Sarsfield Florentino consiguió un puesto de conserje. Décadas después se jubiló, y ahora –a los setenta años, sin estudios primarios- está haciendo reemplazos otra vez en el hotel. Con ese dinero le paga a Romina la ropa y las tarjetas telefónicas.

-En el hotel lo quieren mucho a mi marido, y la gente misma aquí nos conoce qué clase de gente somos nosotros. Somos buenos vecinos y… y yo soy una persona servicial para todos, para mis tres hijas, soy una persona que cuando los vecinos me necesitan, hágame esto, hágame lo otro, cuídeme la casa, cuídeme al enfermo, yo estoy ahí. Entonces, ¿cómo me puede tocar esto?

Elvira llora y Florentino escucha con el gesto inmóvil. Están sentados en el living de su casa: un inmueble austero y fresco ubicado en el Roberto Sancho, un barrio obrero delimitado por un largo bulevar lleno de pasto reseco. Puertas adentro, la casa tiene dos dormitorios y un living con un sillón bordó en el que descansan dos muñecas de ojos siempre abiertos. Son las muñecas de Mirta, que ya no juega con ellas. Entre ambas, sentado, está Florentino: no queda claro quién está más vivo en el sillón.

-Y encima justo a la Romi le viene a pasar. Ella era la rezadora del barrio, ¿usté sabe? ¡Justo a la rezadora le viene a pasar! Por eso yo le pido a Dios… yo a veces tengo ganas de empeñar algo y conseguir un revólver y buscarlo al tipo. Se lo juro que es así. Pero a veces uno se contiene.

-Uno a veces tiene malos pensamientos –Florentino se mira las palmas de las manos-. Y yo, como le digo a Romina: “Yo quisiera estar vivo todavía para cuando vos estés afuera”. Yo le digo siempre: “Vos portate bien, hacé buena conducta”, porque ella tiene buena conducta. Pero ahí dentro están…una cosa bravísima.

-¿Bravísima en qué sentido?

-Ahí, ahí… parece que existieran.. cómo se dice estas mujeres… las lesbianas.

-¡Ah, sí! –Elvira se ríe, muestra una perfecta hilera de dientes postizos- ¡Sí! Si hasta a mí me tocaban en las requisas, jijiji. Si son así, muy brutas, muy torpes son. Y nosotros le decimos: “Romi, que no te pase a vos también”. Porque ella tiene tan buena conducta, ¿no? Y yo siempre espero que no se junte mucho con las chicas. Además porque son bravas las chicas. ¡Se cortan todas! Después les dan pastillas para que se calmen y andan como borrrrachas por los pasillos. Menos mal, le digo a Romina, que vos vas a la psicóloga y no te dan pastillas. Porque las otras… usté sabe que cuando se cortan, las celadoras las atan y las llevan a un lugar que le dicen “el chancho”, y las tiran ahí, las tienen atada en el piso. “El chancho” le dicen, será porque tienen que estar como chanchos tiradas, digo yo. Pero no las curan cuando se cortan. Las tiran, las pegan. Les tiran un tarro de esos descartables para que tomen agua así, del piso, atada. ¿Y atada cómo va a tomar? Eso le hicieron a la más amiga de Romina, la Verón. Ella vive cortándose y cortándose, tiene todas las manos hechas pomada, no sé para qué. Y yo le digo a la Romina vos nunca te cortes, hija. No vayas a quedar libre y salir de ahí toda cortada.

Romina es la hija menor de cuatro hermanos. A los cuatro años de matrimonio, los Tejerina tuvieron su primera hija, Mirta, y seis años después nació Julio César, que no vive en Jujuy. Pasaron doce años hasta el nuevo embarazo.

-Serán los nervios -dijo Elvira una tarde, viendo que la menstruación se retrasaba. Meses después nació Érica, que recibió el apodo “Nervios” a modo de extraña ironía familiar.

Cuando llegó el cuarto embarazo, el de Romina, Elvira descartó los nervios.

-Será la menopausia -dijo. Y a Romina la apodaron Menopausia.

Elvira cuenta la anécdota entre risotadas tristes. Habla de Romina como “mi chinita” o “mi negra”, mientras Florentino mira hacia algún punto fuera de este mundo.

-¿Cómo era Romina de chica?

-Cuando iba a la escuela le costaba integrarse a los compañeritos porque muy tímida era. Por ejemplo nosotros la llevábamos al gabinete, ¿cómo se llama? Lo de la psicóloga, porque con decir que a veces no quería ni pedir permiso para ir al baño y se hacía la pis ahí mismo, sobre el banquito. Ella era tímida y a veces, claro, por vergüenza se orinaba ella, y a veces yo la pegaba a ella, vos tenés que avisar, le decía. Siempre me acuerdo yo de estar volviendo de la escuela, ella con sus zapatitos con pis y yo pegándola... ¡Y se quedaba de grado siempre! Creo que en primer grado se ha quedado, después creo que ya ha ido a la secundaria y también. Y después yo no niego: a ella le gustaba salir, bailar, y bueno. Y la gente decía Romina baila lindo, qué bien que baila Romina. Y yo a veces las pegaba para que no se vayan al baile, porque siempre he sido una madre que… yo las pegaba, las pegaba, las pegaba porque yo vivo aquí y pasan por la ventana de la casa las chicas pero borrachas, usté viera. ¡Y yo era enemiga de todo eso! Y quizás el temor le hizo a Romina no contarme lo que le pasaba. Porque bueno. El mal de ella es que ha callado. Aunque la familia del violador diga que ella estaba de acuerdo, es todo mentira. El gran problema de Romina son esos silencios que ella tiene.

*

Vistas de lejos, la madre de Romina y la de Eduardo Vargas se parecen. Son mujeres retaconas, de andar lento y cuerpo desmedido, que en vez de usar las palabras se hacen entender a golpes. Por lo demás, parecen buenas señoras: ambas hicieron de su vida vecinal un mundo y ese mundo las trata con respeto. Irma de Vargas cuenta que los días en los que su hijo estuvo preso, se sintió morir.

-No me pasó nada porque no era mi hora -recuerda. Y la boca le tiembla de horror.

Irma está parada en el frente de su casa: una construcción idéntica a la de las hermanas Tejerina, donde viven también su marido y sus dos hijos, uno de ellos Eduardo, alias Pocho: un tipo de hombros macizos y lentes oscuros que ahora llega en bicicleta de un paseo por San Pedro. Antes tenía un auto –un Renault 9 rojo- pero tuvo que venderlo para pagarle el honorario a su abogado. Hace veintidós años que Vargas vive acá. Dice que tenía novia y todo, y que el caso Tejerina lo dejó absolutamente solo.

-El año pasado tuve una hija, pero estoy distanciado por todo esto. Esa Romina Tejerina me arruinó la vida a mí. Perdí mi prometida, perdí mi trabajo en Salta. Ella es una mentirosa, farsante. Ella y su hermana mayor, esa Mirta. Y su mamá también. Si ahora mi abogado las está denunciando porque pensamos que entre todas la mataron a ese pobre angelito.

-¿Pero vos nunca tuviste relaciones con Romina?

-Yo no niego que tuve relación casual con ella. Pero era muy de ocasión, porque aparte ellas vivían al lado. Igual, no son de primera vez esas chicas. Han querido tapar lo que han hecho, una estrategia mal planteada. Pero ella no era virgen, que no se haga la mosquita muerta.

Vargas habla con la voz tranquila y sinuosa, y su madre lo mira como a un tesorito. Ella cuenta, con la voz quebrada, que la libertad de Pocho se festejó con familia, vecinos, música y comida. No era para menos: el primer abogado de Pocho Vargas había dicho que su cliente admitía haber tenido relaciones con Romina cerca del 1 de agosto, pero que había sido con consentimiento. Cuando a Vargas lo detuvieron por veintitrés días –producto de esta afirmación- la familia cambió de abogado. El nuevo defensor, Miguel Ángel Míguez Agras, pronto modificó la estrategia y dijo que el tiempo de gestación que llevaba el feto no coincidía con el 1 de agosto. Como prueba, Míguez Agras presentó una tabla gestacional. La abogada de Romina pidió entonces un examen de ADN. Al principio, Vargas se negó. Pero días después, cuando finalmente aceptó hacérselo, el juez Samman consideró que la tabla gestacional era prueba suficiente y sobreseyó a Vargas sin hacerle el análisis.

En el penal, Romina recordó ese día y dijo que lloró durante horas, pero que –principalmente- se llenó de odio. La forma en que lo contó era rara y lejana, como si el odio y el llanto le hubieran ocurrido a otra persona.

-Yo me desesperé cuando me dijeron que lo habían dejado en libertad, porque encima él se burlaba de mí y de mis hermanas -dijo-. Si después de violarme yo me lo cruzaba y él me miraba y se reía. Así son en ese barrio y en ese pueblo. Y hasta inventaron que mi mamá me ayudaba a saltar la tapia para verlo a él, cualquier cosa... Ese gordo horrible. A mí el violador me arruinó mi cena blanca. Yo soñaba con la cena blanca.

-¿Qué es eso?

-Es la cena que hacés cuando terminás la secundaria. Te hacés todo un vestido de fiesta… Yo ya tenía pensado todo. Había pensado un vestido distinto a todos los demás. De dos piezas, con plumas. ¡Si las vecinas de mi mamá se reían! “Vamos a empezar a juntar desde ahora las plumas de pavo y de gallina para la Romina”, decían. Pero el violador me dejó todo en nada.

-¿Y por qué no lo denunciaste?

-Porque el gordo ese me decía que iba a matar a mi papá si yo decía algo. Y tenía miedo de que me echen de mi casa, que me peguen, que me digan cosas. Acá adentro también es así. Yo tengo que aguantar lo que me dicen las guardias. El otro día, por ejemplo, me estaban trasladando a la psicóloga y en la camioneta estaban escuchando cumbia, y una de las guardias dice: “Ah, escuchan esto, se visten así, y después dicen que las violan”. Es todo el tiempo así.

-Las debés odiar.

-A todas no… Si igual yo quería ser policía de chica. No sé... yo creo que me gusta mandar. Soy mandona yo. A la Érica siempre la tuve de acá para allá, ella caminaba detrás mío, y eso que yo era la menor. Pero ella siempre me seguía y yo la llamaba “mi sirvienta”, je. Era mala yo. Ella siempre fue pegada a mí, siempre hizo lo que yo le decía que hiciera. Cuando quedé embarazada le hice jurar que no iba a decir nada, y no dijo. Y ahora está remal. Yo le digo: “Tenés que despegarte de mí, tenés que tener tu personalidad”, porque no puede copiarme en todo. Y de a poco ella está haciendo sus cosas. De a poco la Érica está siendo como era yo cuando estaba afuera, una chica independiente.


Érica tiene una belleza de ojos grandes y rasgados, y sabe moverse con demoledora dulzura. Ahora está sentada en la cocina de su casa en San Salvador –“nuestro refugio”- y recuerda la noche en que su hermana dio a luz.

-Teníamos una cama cucheta. Ella estaba arriba, sentada por los dolores. Y yo abajo. Yo le decía: “Vayamos a bailar, así te relajás un poco”. Pero ella no tenía ganas. Así que nos pedimos una pizza. Ella casi no comió.

Durante horas, Romina siguió una y otra vez el mismo itinerario: bajaba de la cama, iba a la cocina, se sentaba un rato, miraba televisión, abría la heladera, volvía a su colchón.

-Como que ella no sabía qué hacer. Tenía la panza dura. Después me explicaron que eran las contracciones, y que además tenía más duro de lo normal por tanta faja que se había puesto. Pero nosotras creíamos que era otra cosa, ¿no? La Mirta dormía. Llamamos un taxi y nos fumos a la farmacia a comprar laxantes.

Eran las seis de la mañana. Una hora después, mientras Érica intentaba relajarse en su cuarto, Romina fue al baño y dio a luz. Mirta se despertó al escuchar el llanto, vio a la bebé, llamó a su madre. Cuando Elvira llegó a la casa, ambas -Mirta y Elvira- levantaron el cuerpo y lo llevaron envuelto al hospital. Minutos después volvió Mirta para llevar a Romina.

Mientras Érica limpiaba el baño, Romina empezaba a ver todo rojo.

-Mirá lo que hiciste, loca -escuchó que le decían.

La recibió Torres de Pilili. Y después sigue todo lo demás.




*Publicado en revista Rolling Stone, en abril del año 2008. Ahora, junio de 2012, Romina Tejerina acaba de salir en libertad luego de cumplir dos tercios de su condena.