lunes, 16 de enero de 2012

Iberá*



Marisi López conduce su camioneta. Los brazos tensos, el torso erguido, la ruta gris –vacía- metida en los ojos.

—Deberías conocer a mi jefe –dice.

Marisi tiene huesos finos, piel bronceada. Gira la cabeza y sonríe.

—Doug es muy especial. Doug es yanqui.

A los costados, el paisaje es una sucesión de aguas y plantas muy verdes.

—Y a los de acá, que venga un tipo con plata, para colmo yanqui, y les diga cómo hacer las cosas no les gusta nada.

“Acá” es Corrientes: una provincia del noreste argentino, ubicada a casi 800 kilómetros de Buenos Aires y conocida en términos turísticos y ambientales porque en ella están los Esteros del Iberá: una superficie de 1.450.000 hectáreas que conforma una de las mayores reservas acuíferas del mundo, y el lugar donde montó parte de su imperio ecológico Douglas Tompkins: un magnate americano –el jefe de Marisi- que en los últimos años se ha transformado en el mayor benefactor y el mayor interrogante en la provincia.

Desde el año 1998, a través de la Land Conservation Trust –una ONG creada en Estados Unidos y presidida por Tompkins-, lleva compradas 150 mil hectáreas en los Esteros. Y lo cierto es que, si bien el objetivo –avalado por las Naciones Unidas- consiste adquirir tierras privadas, someterlas a un manejo de “conservación” y luego devolverlas saneadas al Estado, el recelo –cuando se trata de Tompkins- es, en Corrientes, una condición del aire.

—Corrientes tiene tiempos de pueblo. Y mi jefe tiene los tiempos de, bueno, de mi jefe. No importa que tenga razón. Si viene un extranjero con dinero y paga para que tu provincia esté mejor y quiere que todo se haga pronto, vos dudás –dice Marisi mientras sale de la ruta, entra a un camino de tierra y mete el morro de la camioneta en la Gran Reserva Nacional del Iberá. Ahora, debe detener el coche frente a un grupo de carpinchos. Son animales morrudos, pesados: ratones gigantes y de ojos moluscos que miran hacia algún punto indefinido del camino. Los carpinchos se retiran lentamente. Han aprendido a vivir con aplomo. Al no tener aquí predadores naturales –y al estar prohibida la caza furtiva- estas criaturas reinan en la zona. Estas, y tantas otras. En los últimos años, la intervención de Tompkins permitió recuperar animales en peligro de extinción –como el ciervo de las pampas y el oso hormiguero-, y transformar al Iberá en un vergel que hoy se explota turísticamente.

En Colonia Carlos Pellegrini, un pueblo mínimo que opera como el principal acceso a los Esteros, hay un camping para pasar la noche en carpa y hay 350 camas (de las cuales diez corresponden a Rincón del Socorro: una de las dos haciendas ubicadas en terrenos de la CLT). Y por afuera de la Colonia, hay –desde el pasado septiembre- un segundo ingreso público creado por la CLT y transformado, dada su inauguración reciente, en un secreto dentro de la provincia. San Nicolás –así se llama el acceso- tiene también un camping y es el punto de conexión acuática –ya que el otro es aéreo- con el grial de los Esteros: la isla de San Alonso, también –sí- de Tompkins.

Allí, en un terreno de 56 mil hectáreas donde no hay energía eléctrica ni señal de teléfono, una familia de ermitaños recibe y atiende –en un caserón rústico y perfecto- un turismo exclusivo y en mínima escala. En San Alonso hay sólo cinco habitaciones y tres baños. El resto es agua, aves, venados, carpinchos, caballos y un cielo cóncavo y espeso que lo encierra todo.

Ése es mi destino.

*

Los Esteros del Iberá son un entramado de islas, islotes, bañados y lagunas (“Iberá” significa “agua que brilla” en dialecto guaraní) que en 1989 fueron convertidos en Gran Reserva Nacional y que se distribuyen sobre una superficie que toma el 15 por ciento de la provincia de Corrientes. Allí, el 60 por ciento del terreno es privado y, dentro de los privados, la CLT de Tomkins es –por lejos- la que tiene la mayor parte. Lo que genera temores. Para algunos, Tompkins está llevando a cabo una maniobra monopolizadora de los Esteros y está a la altura de cualquier magnate con prontuario como Joe Lewis o Luciano Benetton.

Sin embargo, en la práctica Tompkins –catalogado de “ecologista radical”- no parece haberse dedicado a la compra especulativa de tierras, sino más bien lo contrario: a lo largo de dos décadas, la CLT se agenció superficies otrora destinadas a la actividad productiva industrial –ganadera, agrícola o forestal- y les fue restituyendo lentamente parte de su flora y fauna perdidas. Las consecuencias son políticas (Tompkins quiere donar todas sus tierras a Parques Nacionales, siempre y cuando el gobierno correntino haga lo mismo con sus terrenos fiscales: un pedido que hoy es centro de disputa entre Tompkins y el gobierno provicial) y también estéticas.

De camino al Arroyo Carambola, a siete kilómetros del camping de San Nicolás –y desde donde parte la lancha a San Alonso- el paisaje es un inmenso territorio signado por la humedad, los pastos altos, los venados y las cigüeñas que baten sus alas con una elegancia que recuerda a la melancolía. También hay carpinchos.

—Cuando ven el primero, todos los turistas se bajan del coche para hacer una foto –dice Marisi, quien trabaja como coordinadora del Proyecto Ruta Escénica del IBerá por la CLT-. No saben que después ven los carpinchos hasta en sueños. Son una plaga.

Afuera de la reserva, los carpinchos tienen un destino bastante menos romántico. Uno de estos bichos equivale a 30 kilos de carne y Corrientes es –sigue siendo- una provincia pobre, por lo que hay familias que los cazan de modo furtivo y se comen hasta la cabeza. Pero eso no sucede en el imperio Tompkins. Aquí hay carpinchos como en las ciudades hay palomas. Entre los pastos, bajo el agua, sobre los caminos: los carpinchos –sin predadores naturales ni humanos- viven en estado de silenciosa revancha.

Así, pues, escoltada desde lejos por esa colonia de criaturas, meto el pie en la lancha que me lleva a San Alonso. Lo que sigue es un viaje de una hora que puede resumirse así: hay un viento fresco en la cara, un motor de rugido cansino y un curso de agua lleno de camalotes, flores de tono escandaloso –amarillas, fucsias, violetas-, aves inclasificables, yacarés, carpinchos –siempre carpinchos- y unos pastos blandos, esponjosos, que se van desgranando sobre las aguas claras.

—Antes, cuando no estaban las lanchas a motor, todo este trayecto se hacía a caballo. Eran catorce horas.

—¿Y si el caballo no hacía pie?

—Nadabas con el caballo.

Eso dice Omar Rojas, el varón que conduce la lancha y que me albergará, junto a su familia, en la hostería de San Alonso. Omar y su clan son las únicas personas que viven en la isla. Una hora después, todos me darán la bienvenida y me servirán té con chipás –unos exquisitos bollos con sabor a queso, característicos del noreste argentino- y me conducirán hasta mi habitación.

San Alonso tiene cinco cuartos dobles, tres baños –dos de ellos, compartidos- y algunas luces que sólo funcionan de ocho a diez de la noche. Pero ahora –pasado el viaje en lancha- son las cinco de la tarde y el cuarto está en penumbras. La falta de corriente eléctrica me da –noto- una especie de shock nervioso. Aquí no hay señal de teléfono móvil (hay sólo un aparato de línea en la casa de los Rojas), no hay televisor, no hay radio, no hay películas, no hay Internet, y no hay –lo dicho- luz artificial que ilumine cosa alguna. Miro mi ventana. Unas gotas suaves –una lluvia breve- caen sobre las hortensias. El repiqueteo del agua es un mantra.

Me duermo.

Un rato después, salgo a la galería de la estancia y me siento a leer. Estoy sola. No hay más turistas –el lugar funciona dentro de un circuito exclusivo y poco difundido- y tampoco está Tompkins. Aunque podría estar. El hombre tiene su domicilio fijo en su otra estancia –Rincón del Socorro, que queda en Colonia Carlos Pellegrini- pero viene en avioneta cada vez que quiere. Si bien afuera del Estero se traslada con una sencillez insólita (de Buenos Aires a Corrientes viaja en ómnibus semicama, y de Corrientes a Chile va en auto), aquí adentro es conocido por el runrún de sus alas: cuando está, Tompkins sobrevuela los esteros, toma fotos –por caso, de un tejado roto o de una huella de auto que no debería existir- y luego las manda por mail para pedir explicaciones.

—A él le gusta que todo esté perfecto, incluso desde arriba –dijo Marisi horas atrás, antes de despedirnos-. Tampoco le gusta que haya huellas de autos fuera de los caminos trazados. “La estética informa las cosas” dice mi jefe. Deberías conocer a mi jefe.

Pero el jefe no está. El 12 de diciembre Tompkins se fue en auto hasta su casa en el parque Pumalín -donde tiene buena parte de sus tierras- y su idea es quedarse allí hasta que pasen los aires sofocantes del verano. En San Alonso, pues, sólo quedan los que quedan siempre: los Rojas. Seis personas que se mueven por la estancia con la suavidad de un arrullo, y que hicieron del silencio su mayor acervo cultural. Los Rojas han vivido aislados desde que tienen memoria.

—A nuestros hijos, a leer y escribir les enseñamos nosotros –dirá mañana Omar, mientras andemos a caballo-. Yo soy el director, el maestro: todo. Yo me ocupo de que aprendan lo importante. Ellos saben que lo importante es trabajar.

Y trabajan. Y sus cuerpos –carnes fuertes, decididas, enfundadas en ambos de algodón blanco- trabajan. Y eso, parece, es lo más que puede hacerse en San Alonso. Ahora –ocho de la noche- Mercedes, una de las hijas mayores, aprovecha las dos horas de luz eléctrica y sirve una cena. Disfruto mi plato –pastas caseras- acompañada por el bullicio de los pájaros nocturnos. Luego la familia Rojas se retira y me quedo en el caserón y lo único que permanece vivo, llegada la noche, es la noche.

*

Gritos. Miles de aves chillan, aletean y se sofocan como si fueran chicas antes del baile. Hay gorjeos agudos, graves, largos, secos; hay un batir de alas y de hojas; hay un trajín, un viento, un canto feroz: esta es la hora pico de las aves. Se cree que en la zona hay unas 350 especies distintas y amanezco con cada una de ellas en mi oído.

Son las nueve de la mañana. Me levanto de excelente humor –milagros de la isla- y tomo un desayuno –artesanal, abundante- de cara al parque que rodea la estancia. Me distraigo viendo cómo va, de un lado a otro, sin destino preciso, una de las niñas de Omar y Antonia. Se llama Graciela, lleva ropas fucsias y, vista desde la distancia, parece un pétalo suelto y empujado por algún viento errático. Graciela se aburre entre las hortensias. O entre cualquier otra flor.

Es un lindo día para caminar. El sol es suave para ser verano. Omar –bombacha azul, sombrero de ala negro, pies descalzos- saluda, me da las indicaciones para recorrer el sendero de un bosque –uno pequeño, de árboles autóctonos, que queda a quinientos metros del casco de estancia- y luego me ofrece un handy.

—Por si usted se pierde –dice.

Soy orgullosa y rechazo todo artefacto.

—Si en dos horas no vuelvo, me buscan –digo y parto. Ahora me siento Indiana Jones, o la novia de Indiana Jones, o cualquier cosa distinta de lo que soy: una chica de ciudad con imaginación frondosa y zapatillas All Stars. Camino lentamente hacia el bosque. Cruzo, para ello, toda la pista de aterrizaje de Douglas Tompkins: una inmensa explanada de pasto sano y perfecto, y el principal motivo por el que los caseros viven en la isla. Mantener cortado el césped de la pista y del parque que rodea la estancia –y mantener el casco en condiciones de integridad y limpieza- es el principal trabajo de la familia Rojas. Y se lo toman en serio.

Por afuera del perímetro cortado a mano, el resto del campo es un inmenso mar de flecos ambarinos. Esos son los famosos pastizales de Tompkins y ahí adentro se almacena todo lo que este hombre añora: infinidad de carpinchos (que se alimentan de esos pastos), aves, ciervos, y una larga lista de insectos que es mejor no conocer a fondo. Hacia el final del camino está el bosque: un camafeo de árboles oscuros que encierra el secreto de un mundo paralelo. Adentro vuelan aves de alas grandes y hay sombras, monos, chicharras, en fin: falta el humo negro para que esto se transforme en Lost. Avanzo por un sendero angosto y el pelo se me enreda en las plantas. El bosque es un cuerpo en movimiento. Hago esfuerzos por no pisar nada que esté claramente vivo. A partir de ahora, soy ecologista ya no por convicción sino por superstición: cada pisada puede desencadenar la furia y la venganza del pequeño mundo que me aloja y que ahora me escupe: he salido. Es un mundo bravo, pero bastante breve.

Dos horas después estoy en la estancia. Allí espera Antonia con el almuerzo listo (carne y verduras asadas), y allí están las niñas merodeando sin rumbo. Luego de comer, los Rojas se van a su siesta y me quedo en la galería, sola, leyendo un libro mientras sobre mi cabeza van y vienen dos picaflores. Las criaturas flotan como adornos. Las miro. Supongo que me duermo mirando los pájaros, pues en algún momento siento un susurro: es Antonia.

—Despierte –dice.

Habíamos acordado con Omar en ir cabalgar cuando bajara el sol, así que me levanto y voy a cambiarme. Al regresar encuentro a la pareja agazapada, en silencio, mirando la portada de mi libro: Biografía del Hambre, de Amélie Nothomb.

—Qué es eso –dice uno.

Les explico la idea de biografía. Les cuento que Nothomb sufrió anorexia por dos años. Les explico la idea de anorexia. Ellos responden un “ah” largo.

—Ahhh.

Y sé, sin gran esfuerzo, que en este mundo son otras las palabras que importan.

*

Omar y Antonia se conocieron hace veintiocho años en un paraje llamado Ñu Pij, que ahora puede verse desde la distancia pues ahí se yergue un bosque de eucaliptos. Se casaron un 17 de diciembre y el 1 de marzo ya estaban trabajando en San Alonso. En un comienzo, el dueño del lugar era empresario ganadero y el trabajo era duro porque la vida, en general, era dura. Omar lidiaba con las vacas, y una vez cada tres meses iba junto a su familia a buscar alimento a la ciudad de Concepción, cercana a la isla. Eran travesías de catorce horas que la pareja hacía con sus hijos en andas -cuando eran muy pequeños- o en caballos propios, cuando ya tenían seis años.

Para ellos, el curso de agua con florecillas blancas, los carpinchos remojando sus carnes gordas en los barrales, los camalotes, las gaviotas, los ciervos, los biguaes, los chajás, las monjitas franciscanas: para ellos nada de esto se asociaba a la palabra “paisaje”. Para los Rojas, el agua era y es lo que siempre fue en términos geopolíticos: frontera. El agua era el cuerpo que marcaba el límite entre los Rojas y el mundo.

—¿Hacen algo? ¿Ven películas?

—Pocas. Algunas que sean muy aptas para todos. Vemos Cantinflas por ejemplo, ése es gracioso.

Omar habla de Cantinflas mientras vamos a caballo entre los pastizales. Hoy, el mayor entretenimiento de la familia Rojas es, probablemente, el turismo: una ocupación que desempeñan con dedicación plena, y que nació hace trece años, con la llegada de Tomkins a la isla.

—Desde que lo conocimos, enseguida entendimos el mensaje de Tompkins. Es muy inteligente. Muuuy prolijo. Hay que hacer dos veces las cosas bien para que él las vea bien –dice Omar mientras los cascos de Carcoma y Huérfano (así se llaman nuestros caballos: para lirismo, el del paisaje) chapotean en el agua. La experiencia de los caballos y el agua es una de las opciones de excursión más impactantes de la reserva. Consiste en hacer, entre Rincón del Socorro –la exclusiva hostería de Carlos Pellegrini- y San Alonso el mismo cruce que hacían los baquianos cuando no existían las lanchas a motor. La travesía dura ocho horas y suele ser vendida con su mejor perfil: en los videos de promoción siempre se muestra el momento culminante, que es el del nado con caballos.

El problema es que, luego de nadar, hay que seguir en andas cinco horas más.

—La gente llega arruinada y al día siguiente no puede moverse –dice Omar-. Yo propuse ir a buscarlos en tractor a la salida del agua pero Tomkins no quiere.

—¿Por qué?

—Porque el tractor hace huella.

*

Es la última mañana en la isla. Amanece igual que los días anteriores –un escándalo de aves-, desayuno igual que los días anteriores –delicias caseras- y me despido de la familia. Antes, cuando el cruce no se hacía con caballos se hacía con botadores, esto es: con botes impulsados por tacuaras, unas cañas largas que se clavaban en el fondo del humedal y con las que se impulsaba la embarcación a lo largo del estero. Hoy, los botadores se usan para paseos turísticos –son muy lentos- así que volveré de la misma forma en la que vine: en lancha hasta San Nicolás, luego en camioneta hasta Corrientes, y luego en avión hasta Buenos Aires.

Por ahora estamos en el primer tramo: hay que ir de la hostería a la costa, y eso se hace sobre un tractor, con la nuca húmeda de Omar operando como centro de un paisaje llano que desborda el horizonte.

Todo lo que aquí se ve, alguna vez fue visto por primera vez por Tompkins desde el cielo. Cuando le sugirieron desembarcar en Corrientes, hizo un primer vuelo en avioneta y pronunció esta frase: “Es la Sudáfrica de Sudamérica”. Luego empezó a comprar tierras y conoció, en pleno raid inmobiliario, a la familia Rojas: seis personas detenidas en los tiempos de Cantinflas, y habituadas a hacer lo que hace Omar en este instante: disolverse en gotas de sudor, e ir y volver por la eternidad de los Esteros.

—Este es Puerto Argentino –dice finalmente Omar, mirando la costa donde se amarra la lancha.

Le pregunto por qué habla de Puerto Argentino (la población más grande de las Islas Malvinas) y responde que -cuando recibía las noticias de la guerra- él notaba que Puerto Argentino era un lugar húmedo y desolado, es decir: un lugar como éste, rodeado de aguas mansas pero lo suficientemente espesas como para operar como frontera entre la isla y el mundo.

Puerto Argentino es, para Omar, la única noción de extranjería. La confirmación de que, en San Alonso, el mundo queda más lejos que en cualquier otra parte.

—Acá no llegan las noticias –dice mientras quita los amarres-. De repente hay un lío bárbaro y nosotros nos enteramos tarde. Cuando se murió Kirchner, por ejemplo, eso lo supimos una semana después.

—¿Y les afectó?

—Para nada –se encoje de hombros-. Una sorpresa nomás.

Omar sube a la lancha y arranca. A los costados, las plantas de los Esteros se mecen rítmicamente sobre las ondas del agua como si quisieran despedirse de algo, o mejor dicho: como si no quisieran hacer nada en especial.



* Publicado en Domingo, la revista de viajes del diario El Mercurio.

jueves, 5 de enero de 2012

Moras



Voy por un sendero lleno de plantas. Es un mediodía fresco y soleado de noviembre. Me invitaron a pasar una jornada en este campo en Buenos Aires, a más de cien kilómetros de la Capital, por motivos laborales. Tengo que escribir sobre estancias de lujo para una revista extranjera. Esta es una de esas estancias. Tiene caballos, casuarinas, estatuas, fuentes y senderos bisbiseantes, húmedos, oscurecidos por un cielo de ramas sinuosas.

El edificio no es gran cosa (acá se llama lujo a cualquier espacio decorado con terciopelos) pero tiene la maravilla de sus árboles y sus caminos. Avanzo, miro mis pies. Pienso: “El lugar está bien, pero no voy a aguantar mucho tiempo más con esta gente”. En el campo sólo están el dueño con tres amigos y entre todos suman –hago el cálculo- 285 años. Viven en el mismo edificio en Recoleta y se la pasan hablando de temas de consorcio.

“No voy a aguantar”, vuelvo a pensar mientras miro mis pies. Y recién entonces, como una respuesta piadosa ante mi hartazgo, aparecen las manchas: alrededor de mis pies hay muchas manchas del color del vino. Me distraigo; dejo de sufrir por mis compañeros de estancia. Abro la vista y sobre el pasto hay moras. Cientos -¿miles?- de moras apisonadas entre las hojas. Miro hacia arriba. Los frutos cuelgan como adornos de un árbol de Navidad voluptuoso. Estiro un brazo, tomo uno. Lo como. Qué placer. Una gota roja, espesa, se queda detenida en mi dedo. La miro. La chupo. Luego tomo otro fruto, y otro, y otro más.

Mi primer empacho –dice mi madre- fue bajo un árbol de moras. Yo era chica. Alguien me dejó sola y me dediqué a comer frutos que todavía estaban verdes. Hay algo en el gesto –estirar el brazo, recoger el ganglio de la tierra, engullirlo- que me devuelve a la infancia y me saca de este vergel al que no pertenezco.

Este día me dedicaré a comer: eso me digo. Este día me dedicaré a comer moras.

Ahora no las tomo de a una, sino de a puñados. Son frágiles. Las destrozo sin fuerzas contra el paladar. Soy poderosa. Mis manos están violetas y me gustan así. No sé cómo estará mi cara. ¡Mi cara! Alguien puede verme. Miro alrededor. Aquí sólo se ven plantas y palomas, pero igual decido irme. En unos minutos debo almorzar con mis amigos. Tengo que parecer normal. Entro al cuarto, me miro en el espejo. Luzco como un animal de caza. Manchas terribles alrededor de mi boca. Me lavo el rostro, las manos; el agua se va morada por las cañerías. Vuelvo a mirarme, sonrío. Ensayo: “¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando?”. Luego bajo.

La mesa del almuerzo está tendida en el parque. Hay un mantel blanco, cinco copas y cuatro ancianos bien conservados hablando –ahora- de los viajes que hicieron con el sistema de millas de la tarjeta de crédito.

—¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando? –digo y me siento. Pero antes de cualquier respuesta sopla un viento suave y una mora revienta contra mi plato limpio. Arriba hay uno de esos árboles.

—Qué divertido, moras –dice una de mis amigas. Todos la llaman Queeny. Es bastante simpática. No puedo evitar imaginar el resto: un viento que se desata y cientos de frutos que rompen violentamente sobre nosotros. Algo parecido a Los Pájaros de Hitchcock pero en colores. En colores fuertes. Eso imagino. Luego tomo el fruto de mi plato y lo sostengo con delicadeza. No limpié mis uñas; bajo las uñas todo está rojo pero ya no importa. La mora tiene una belleza cruda. Pequeños nódulos se agolpan hasta formar un cuerpo perfecto, casi humano.

—Deberías probarla, Queeny –le digo. Luego me la meto en la boca. La deshago en menos de un segundo.



Publicado en Revista El Gourmet, enero de 2012.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La máquina de mirar


Carolina Aguirre y sus dos hermanos ya son grandes. Promedian los veinte años. Trabajan. No necesitan pedir plata. Viven juntos. Viven con su madre. Conciente de todo esto –de que ya son grandes, de que están juntos, de que trabajan- su madre los reúne en el living de la casa y les hace este anuncio:

—Me voy a vivir sola.

Luego dice otras cosas: que ya los crió, que ya tienen un sueldo, que la casa es barata (no tiene expensas: sólo hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el almacén); que su padre –el de ellos- armó una nueva familia y que ahora es Su Momento: el momento de ella.

—Es MI momento. Me alquilé un departamento.

Los hijos escuchan y asienten. Tampoco tienen opción. A lo largo de los días, ven cómo su madre va armando golosamente su ajuar de mujer nueva. Compra doce copas de champagne, doce de vino, doce de brandy.

—¿Pero cuándo tomaste brandy mamá? ¿A quién vas a invitar a tomar brandy? ¿A tu amiga Susana? ¿Qué te estás imaginando mamá? -pregunta alguno de ellos. La madre responde con grandilocuencia:

—Voy a hacer fiestas.

Luego se va. La vida pasa.

Trece años después, sentada en un living pequeño, Carolina Aguirre recuerda aquella escena mientras sirve delicadamente un té de jazmín.

—Ahora están todas las vitrinas con las copas polvorientas –dice-. Nunca invitó a nadie. Y esa vitrina resume algo de lo que ahora quiero contar.

Lo que quiere contar está en El efecto Noemí: el primer libro que Aguirre –quien, junto a Hernán Casciari, es probablemente la bloguera más popular de América Latina- escribe por afuera del soporte 2.0; y una historia que desarma, una tras otra, con un alterne inquietante de piedad y malicia, todas las fantasías que rondan la idea de la “nueva soltería”.

El efecto Noemí narra la historia de un hombre (Boris) que decide abandonar a su mujer (Noemí) y sale corriendo tras la tentación de volver a las pistas sin tener en cuenta que “las pistas” suelen estar más lejos –o más sucias- de lo que parecen. Pronto, sumido en los vaivenes de un Paraíso falso, Boris empieza a entender que Noemí –lo más parecido a una mujer Utilísima- es insoportable, sí, pero sabe de él –de Boris- mucho más de lo que él mismo supo nunca. Así es que Boris, urgido por recuperar ciertos sabores domésticos irreemplazables, empieza a colarse secretamente en su casa anterior –cuando Noemí no está- para saquear la heladera y buscar entre la comida alguna huella de la nueva vida de su ahora ex mujer.

Este trajín es el relato central de El Efecto Noemí, una novela que –con luminosos trazos de cinismo- logra nombrar el tránsito extraño y muchas veces gris en el que se define y se construye el amor de las parejas. Los rituales alimentarios, laborales y amistosos son, en este caso, un terreno aplastante que refleja el costado más bochornoso de las sociedades de consumo. Y son, a la vez, la parte visible de una estructura narrativa que Carolina Aguirre conoce largamente –sus blogs siempre trascendieron por la buena construcción de escenas, personajes y diálogos- pero que esta vez se armó por afuera del soporte digital.

El Efecto Noemí es el primer trabajo que Aguirre escribe a ciegas.

—Fue la primera vez que escribí sin interactuar con lectores por Internet, y fue un proceso largo, muy solitario, en el que dudé mucho. Para cualquier otro escritor será normal, pero a mí me resultó tremendo avanzar sin saber si esa escritura tenía un sentido, o si no le importaba a nadie.

Aguirre es –entre tantas cosas- autora de los blogs Bestiaria (visitado por más de un millón y medio de lectores; premiado en varios certámenes de Estados Unidos, Alemania y América Latina, y transformado en libro en 2008), La Peleadora (que llegó a tener 16 mil visitas diarias y le valió un contrato para escribir una película para Patagonik), Ciega a Citas (publicado bajo el seudónimo de Lucía González, llevado a la televisión por la productora –quebrada- Rosstoc y recientemente vendido a la cadena estadounidense CBS) y Wasabi (un completísimo blog gastronómico que tiene varios miles de seguidores). Y es uno de los autores latinoamericanos que mejor entendió la narrativa en sporte 2.0. Pero todo ese antecedente pareció perder peso ante El Efecto Noemí: el primer libro concebido en papel. El primer –para muchos- rastro literario.

—Siento que este libro es lo primero que es mío –dice Aguirre.

—Para el canon, un escritor de blogs no es escritor “de verdad”. ¿Tu sensación tiene que ver con eso?

—Supongo que sí. Con este libro tengo mucho más nervio que con los anteriores. En el mundo literario se percibe que un libro es más serio que un blog, y tengo que aceptar que son las reglas del juego. Pero eso no significa que esté de acuerdo. Ese debate sobre qué es literatura y qué no, y qué da prestigio y qué no me parece una imbecilidad intelectual. Yo no lo pienso en esos términos. Para mí todo lo que escribo es importante y lo único que me da paz es escribir mejor que antes. Además, todos sabemos que publicar en papel no es garantía de nada, y que hacer un texto deliberadamente “intelectual” tampoco es garantía de nada. Me cansan esos autores que quieren decir algo y fuerzan a los personajes para “comunicar su símbolo” o su “tema”. No quiero escribir para mí, para lucirme, para decir “mirá qué virtuosa soy, mirá qué frase te armo”, ¡no! Me interesa que me lean por placer, no porque “me tienen que leer”. No me interesa el lector del canon y no me interesa el lector sufrido que se da con el látigo.

Esto es ficción

El primer trabajo de Carolina Aguirre fue en una carpintería familiar. Su tarea consistía, entre otras, en ir al aserradero, elegir la madera y ver cómo un tablón de cedro rasposo devenía, días después, en una mesa de brillo impenetrable. Durante esos años –años que le supusieron una lenta asfixia- Aguirre conoció la parte buena –y también la ominosa- de los oficios terrestres. Todo se construye, supo. Las mesas, las historias, las vidas de los otros: sólo hay que saber poner las partes en el lugar correcto.

Aguirre renunció al trabajo. Se anotó de noche en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica, y se empleó de mañana en un call center. Eran seis horas de trabajo –frente a las catorce de la carpintería- y le permitían dedicarse durante media jornada a la escritura. Así fue que Aguirre empezó a escribir el blog Bestiaria: un glosario de mujeres que eran clasificadas según su forma de divorciarse, el arco de su nariz, la pose del dedo meñique al tomar una taza de té, su rol en la escuela secundaria, el contenido de su cartera, el grado de impaciencia para disolver un caramelo en la boca o la relación con su padre; y una suerte de manifiesto que –sin buscarlo- ponía en jaque todos los clichés de la literatura para mujeres.

Bestiaria no era chick lit. Era, a decir de Aguirre, un bisturí; un rayo de luz que descubre las imperfecciones en el pliegue de una tela.

—Al principio se me metió en esa bolsa porque Bestiaria salió durante el supuesto boom de la chick lit. Pero la chick lit es un invento de los editores. Y cuando es un invento de los editores y no nace de la propia escritura de alguien, no existe. Yo no escribiría chick lit ni con seudónimo, aunque me lo han ofrecido. Si quiero hacer plata escribo un comercial de Raid. Pero un libro es lo último que haría por plata.

—La idea del “trabajo mecánico”, de lo que sólo se hace por dinero, es recurrente en tus libros. En Ciega a Citas la oficina periodística ocupa un lugar importante. En El Efecto Noemí, la oficina de Boris es uno de los escenarios más decadentes del libro. En el blog La Peleadora eran usuales las discusiones con empleados que hacían su trabajo en “modo automático”. ¿Por qué esa recurrencia?

—Porque odio las oficinas. Yo misma trabajé en una empresa catorce horas por día y lloraba todo el tiempo. Son un ámbito aplastante y asfixiante, y a la vez son un tema que a la gente le molesta mucho que le mencionen. Cuando hablo de eso la gente reacciona mal; parece que uno tiene que mostrarse satisfecho y feliz con lo que tiene. La vocación es un tema tabú. No se puede hablar de la vocación, de los sueños perdidos, de que querías ser bailarín y terminaste archivando cosas. Y en general, como de eso no puedo hablar, me gusta ponerlo en mis libros.

—La gente parece usar un criterio publicitario para hablar de la propia vida: no hay lugar para la desilusión o la grieta.

—Tal cual. De hecho yo escribo comerciales, y cuando empecé me llevé un tremendo chasco. Yo era de las que creían que la publicidad estupidizaba a los espectadores, o al menos los nivelaba para abajo. Y después, cuando empecé a ver lo que decían los focus group, cuando supe lo que pedía realmente “la gente”, entendí que el problema es más grave de lo que parece. La gente no quiere verse a sí misma en las publicidades. Hubo un caso muy famoso de un jabón en el que todas las mujeres pedían “mujeres reales”. Cuando las pusieron en pantalla la respuesta en los focus group fue: “No queremos ver estas gordas”. “Pero miren que son iguales que ustedes…”. “No importa, sáquenlas de ahí”.

—En esos casos la literatura es un caballo de Troya. “Lo impresentable” llega al lector en calidad de ficción.

—Claro. Cuando la vida gris o la apariencia horrenda le pasan a un personaje, la gente las tolera un poco más. Ahí me desquito.

El Efecto Noemí tiene un agudo trabajo sobre la construcción de personajes imperfectos, pero sobre todo verosímiles: un métier que Aguirre ejercitó en la Escuela de Cine –donde estudió guión- y también en la carpintería, donde aprendió que es importante que las cosas –además de ser lindas- funcionen.

Los personajes de Aguirre funcionan. Y para que eso suceda, ella trabaja la escritura no sólo desde el propio oficio, sino también desde el propio cuerpo. Durante la hechura de El Efecto Noemí, Aguirre se duchaba en las mañanas pensando qué iba a hacer durante el día ella (“primero voy al correo, después al supermercado, después me siento a escribir…”) y qué iba a hacer durante el día Boris (“¿Hoy qué hace? ¿Juega al papi fútbol? ¿Va a lo de Noemí?”). Y durante Ciega a Citas, Aguirre directamente le cedió la firma a su personaje: la autora era, supuestamente, Lucía González: una periodista treintañera y con cierto sobrepeso que tenía 258 días para encontrar un novio al que llevar al casamiento de su hermana.

Con Ciega a Citas –que acaba de ser vendido a la cadena estadounidense CBS-, Carolina Aguirre devino la primera hispanoamericana en llevar un blog a una serie de televisión; y a la vez terminó metida en una trampa. Como el blog y el libro estaban firmados por Lucía González, la promoción del libro tuvo que ser hecha, sí, por Lucía González.

—Sólo podía dar entrevistas por mail y por radio. Además tenía dos celulares, uno mío y otro “de Lucía”, porque en un mes había sacado Bestiaria y dos meses después salió Ciega a Citas y tenía que hacer la prensa de las dos.

—¿Con la radio cómo hacías?

—Cambiaba la voz. El problema es que no podía imitar la voz y a la vez ser graciosa.

—Toda la energía se iba a la imitación.

—Y sí. Además había gente que me preguntaba cosas que yo no sabía del personaje, cosas como “¿Cómo fue cuando tenías doce años y tu madre…?” Tenía que inventar en vivo y era desesperante. Incluso cuando se supo que Lucía González era yo, a mucha gente igual le costaba entender. Por ejemplo, una vez a Víctor Hugo tuve que pararle una entrevista al aire porque me había presentado como Carolina Aguirre pero me hacía preguntas como si yo fuera Lucía. Capaz que me decía: “¿Pero qué sentiste cuando viste a tu mamá hacer una apuesta con tu hermana y…?”. “Estee… No sentí nada porque… no pasó”. “Ah, eso no pasó. Pero tu relación con tu madre…”. El tipo seguía y seguía, y tuve que parar y decir: “Víctor Hugo, esto ES FICCIÓN. Es todo ficción. Me inventé todo. No existe nada”. Ahí hubo un silencio y dijo: “Bueno, vamos a saludar a Carolina…” y ahí terminó la entrevista. Fue horrible.

La paz

Es otro día; es otro lugar. En este bar de Palermo hay anaqueles con libros, bossa nova en el aire, y una luz floja que atraviesa el techo –vidriado- y se desploma sobre las mesas vacías. En el bar hay sólo una mujer y está sentada, de espaldas, hablando por teléfono.

—¿Ves? –dice Carolina Aguirre cuando llega-. Si estuviera sola me sentaría allá.

Señala con la nariz la mesa contigua a la mesa ocupada. Ese es, para Aguirre, el balcón con vistas al único escenario interesante de este mediodía: una mujer hablando. De nada. A Aguirre le gusta revolver entre los restos del lenguaje de los otros. En bares, oficinas, colas de supermercados, programas de la tarde: es ahí –y no en el camposanto del ingenio intelectual- donde Aguirre busca sus palabras.

—Observo todo el tiempo. No es algo que yo pueda decidir. Si voy a una reunión que no me importa igual escucho todo y me la paso preguntando estupideces. “¿Cuántas horas trabajás? ¿Te gusta? ¿Qué hacés en tu oficina? ¿Te llevás la comida en un tupper?” Los vuelvo locos. TODO me interesa. Me la paso almacenando información, clasificando gente…

—¿Y nunca desconectás? ¿En algún momento tenés paz?

—Me gusta escuchar cómo hablan porque todo el tiempo tengo algo en mente. Con un amigo estamos todo el día escuchando qué puede funcionar para un personaje que estamos escribiendo juntos, y capaz que nos juntamos a tomar el té en un bar y nos sentamos al lado de una persona y nos quedamos callados, a veces una hora, mirando nuestros celulares…

—¿Pero tenés paz?

—Y de repente escuchamos algo maravilloso y nos decimos por lo bajo “escucháescucháescuchá no lo puedo creer, dijo la palabra ‘tocaya”… Y después pensamos bueno, ¿a quién habrá votado esta persona que dice “tocaya”? ¿A Rodríguez Saa, que hace las casas de 90 pesos y hace rendir la plata? ¿A Cristina porque perdió un nietito? ¿Vota a Mauricio Macri porque es rubio? Podés pasarte horas pensando en la psicología de un personaje y eso incluye hasta el timbre de voz…

—Decía si…

—Me acuerdo que la primera vez que tuve que dar una entrevista por radio como Lucía González yo no tenía la voz, y tenía que salir al aire en diez minutos y estaba desesperada y me había sentado en un bar al lado de una mujer, y la mujer se puso hablar y dije: “Bueno, no puedo inventarme una voz de la nada pero sí puedo imitar una voz”. Entonces me fijé en esa mujer, que estaba hablando con un cliente y era arquitecta y tenía la voz así –hace una voz aguda y pastosa-, y la escuché un rato y después la imité todo el tiempo, entonces no: la verdad que nunca tengo paz.
Y lo dice sin ningún subrayado en especial. Como si dijera: esta también es información sobre mí.




Publicado en el suplemento ADN del diario La Nación, diciembre de 2011

martes, 20 de diciembre de 2011

Diez trucos infalibles para no escribir



Uno. Hacer algo con tierra. Plantar habas, pimientos y flores. Hundir caracoles en sal. Matar insectos. Seguir hormigas como se sigue la huella de un crimen.

Dos. Nadar. Inhalar de costado, retener el aire, soltarlo en cuatro brazadas, ver las burbujas saliendo de la nariz. No pensar en palabras: solo en burbujas.

Tres. Apoyar el oído sobre el pecho de alguien. Sentir el latido. Sentir la fragilidad del cuerpo y hundirse en un sopor de comodidad y angustia. Amar.

Cuatro. Poner música en el living. Bailar de modos indebidos. Tomar la guitarra y soñar con ser la nueva Janis Joplin. Procurar que nadie, en tu casa, se entere de cosa semejante.

Cinco. Fascinarse con la televisión basura. Ver Cops, Bailando por un sueño y las experiencias paranormales del canal Infinito. Ver programas del corazón. Escuchar los problemas de cama y celos de gente ordinaria. En algún momento, pronunciar la frase: “Ella tiene razón”.

Seis. Viajar a Montevideo y caminar por la Rambla. Sentir el ruido del viento y del agua y no saber qué ruido pertenece a qué cosa. Mirar el mar. Llorar por nada en especial: por solidaridad con el mar.

Siete. Ir a una tienda grande y probarse vestidos de fiesta. Mirar los precintos de seguridad. Fantasear con robar todo. Luego recapacitar. Entender que ya no vas a fiestas. Comprar dos remeras y pensar en la palabra “oportunidad”.

Ocho. Criticar a alguien por teléfono mientras se lava un plato, se hace una cama o se lleva a cabo cualquier otra acción vinculada al tedio. Compadecerse de las vidas de los otros.

Nueve. Hablar con tu abuela. Empezar con temas de salud y terminar hablando de delincuencia juvenil. Decirle que sí a todo. No pensar en su muerte. No pensar en la muerte de nadie querido, nunca.

Diez. Hacer un asado e invitar –entre tantos– a una persona sociable y otra sobreinformada. Pasar la noche tomando vino; dejar que los dos invitados entretengan al resto. Luego hacer el amor con tu pareja y dormir. No dejar que las palabras interrumpan el sueño, ni ninguna otra cosa.



Publicado en El Malpensante, diciembre 2011.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Palabra

Me mudé a un cuarto en las alturas.
Escribo y veo la hiedra sobre el muro.
Llueve, al fin.
El jardín vibra.
La bestia en mi cerebro dice:
quieta.

viernes, 21 de octubre de 2011

XY

Volviendo con Joaquín del jardín, le pregunto por qué le gusta A y no B, teniendo en cuenta que B es tan ingeniosa y simpática.
-Ah, ya sé -le digo-. A es más coqueta, más mimosa...
-Y no habla mucho. No me gustan las que hablan mucho.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Puntos de vista

Abro una carta del SMG Group en la que leo que “en estos tiempos de incertidumbre económica” nunca está de más tener un Seguro por Muerte Accidental. Si pago 88 pesos por mes, y en el medio me pisa un auto, me ahogo, o sufro cualquier otro accidente fatal, el SMG Group le da a mi hijo 800 mil pesos. Un poco impresionada se lo digo a mi marido, y su única respuesta es:
—¿Tanto???