Tengo conmigo un libro, que también es un tesoro. Se llama La Piedra Arde y es uno de los varios títulos de “literatura infantil” –rótulo discutible- que escribió Eduardo Galeano. Está hermosamente ilustrado por el dibujante español Luis de Horna y tuvo su primera edición en abril de 1980 en una imprenta de Salamanca.
En ese entonces, ciertos libros sólo podían imprimirse en lugares como Salamanca. Y cierta gente sólo podía vivir en ciertos lugares donde podían imprimirse ciertos libros. Galeano entre ellos. Mi padre entre ellos.
Mi padre me mandó La Piedra Arde desde Madrid, para mi cumpleaños número cuatro. El libro –que hoy sólo se consigue en Taringa- cuenta la historia de un viejo que a lo largo de su vida fue acumulando muchas marcas, visibles e invisibles, y que a pesar de todo se siente orgulloso de ellas y no quiere olvidarlas. Por eso, cuando se le presenta la posibilidad de romper una piedra mágica y candente y volver a ser joven, se niega con un único argumento: “Si parto la piedra, estas marcas se borrarán –dice-. Pero estas marcas son mis documentos de identidad (…). Yo no quiero olvidar. No parto la piedra porque sería una traición”.
La Piedra Arde es un complejo relato moral –aunque no moralista- y da cuenta de que es posible hablarle a un niño en un lenguaje preciso, lírico y revelador en el sentido más serio de la palabra: el que refiere a no encubrir, a no aliviar las cosas hasta desaparecerlas. No es el único libro que me fue comprado en esos años. Mi padre y mi madre (mi madre: menudo capítulo el de los que se quedaron) me acercaron también a los autores rusos y a los cuentos conmovedores, aunque no agradables, sobre los derechos del niño (entre ellos el inolvidable y reeditado Campos verdes, campos grises, de la alemana Úrsula Wölfel).
Ahora, La Piedra Arde y todos los otros cuentos están en la biblioteca de mi hijo. Él tiene cinco años y –como la mayoría de los chicos de cinco años- entiende más cosas que las que los adultos nos empeñamos en creer que entiende. Hace un tiempo le leí La Piedra Arde y supe que ese cuento era también –o era principalmente- una lección de historia. Supongo que en eso habrá pensado Galeano cuando lo escribió. En que las venas abiertas de América Latina también pueden mostrarse y contarse en un lenguaje para niños. Es cuestión de inteligencia. Y sobre todo de amor.
La Piedra Arde es un ejercicio de profundo cuidado por los hijos y los nietos –y los nietos de los nietos- de un continente condenado a las horas terribles. Y fue, cuando fue concebido y editado, un ejemplo de resistencia contra lo que se venía: una generación entera que, más que por los libros de Galeano, crecería acompañada por la revista Billiken. Que no era una publicación ingenua.
En su libro La infancia en dictadura. Modernidad y conservadurismo en el mundo de Billiken, la periodista Paula Guitelman cuenta cómo se formó la generación de los que hoy tienen treinta y pocos años, y cómo los valores y objetivos que se promovían durante la dictadura –diferenciación clara entre el bien y el mal, sometimiento a una única moral religiosa, construcción de universos sin pobres, analfabetos ni migrantes- eran reproducidos a la perfección por el semanario infantil de mayor venta en el país. ¿Por qué le iba bien a Billiken? Porque la Comisión Orientadora de los Medios Educativos (COME) veía en esa publicación la representación de una infancia depurada y tranquilizadora. ¿Por qué La piedra arde se editaba en Salamanca y llegaba en puntas de pie a la Argentina? Porque la COME –vaya sigla- consideraba que “el pesimismo es subversivo” y el libro de Galeano, según el canon COME, era absolutamente infeliz.
Esta censura –ampliamente consignada en Un golpe a los libros. Represión a la cultura durante la última dictadura militar, de Judith Gociol y Hernán Invernizzi- tuvo consecuencias severas. Parte de la generación de treinta y pico aún hoy repite el “algo habrán hecho”. Y las camadas de menor edad, si bien tienen discursos solidarios con la lucha social en los ‘70, en buena medida no logran respaldar lo que dicen con información concreta. Un relevo entre jóvenes de 17 a 25 años hecho por el ya difunto diario Crítica de la Argentina y publicado el 24 de marzo de 2008 bajo el título “La generación de la memoria light” reveló que la mayoría de los pibes sabe qué pasó durante la última dictadura pero, en un 90% de los casos, lo sabe en una versión liviana que desconoce nombres y detalles. En general les costó -o les fue imposible- dar la fecha exacta del golpe; algunos creían que el 24 de marzo era un feriado por Semana Santa; y buena parte de los entrevistados que vivía cerca de la ESMA era incapaz de responder qué significaba esa sigla.
Por todo esto, si bien es imposible saber qué hará cada una de las escuelas hoy cuando haya que explicar por qué mañana es feriado y “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia”, sí es posible –como mínimo en las casas- devolverles a los chicos ciertas lecturas negadas. Sobre todo porque, a treinta y cinco años del golpe militar, aún hay cuentos –y pesadillas- que no dejaron de arder.
miércoles, 23 de marzo de 2011
jueves, 17 de marzo de 2011
Liniers, para revista El Gourmet
Cuando era un niño. Cuando aún no había publicado ocho libros, ni había hecho las tapas de cinco discos, ni se había parado en escenarios a dibujar murales de 32 metros cuadrados. Cuando era un niño y no tenía su propia editorial, y su mundo era el mundo que cabía en los libros y las películas de Chaplin. Cuando el futuro era esto: un lugar donde se entierra el pasado (entonces él, cuando era un niño, se decía a sí mismo “no tengo que olvidar este verano, ni esta hamaca, ni este viento”). Cuando era un niño; cuando era –mejor dicho- un varón metido en el tarro de la infancia, la principal preocupación de Ricardo Liniers Siri consistía en demostrarle al mundo –o a la gente que recién lo conocía- que no era un tarado.—Siempre tenía la sensación de que si llegaba a un grupo de gente que no conocía, yo era un tarado hasta que demostrara lo contrario.
Así pasaron los años. Tímidamente: trabajosamente.
Ricardo Liniers Siri creció, se hizo dibujante, se transformó en Liniers.
Y Liniers transformó todo lo demás.
—Pero desde que hago historietas es más fácil. Cuando hacés historietas la gente dice “¡qué bueno!” y automáticamente salgo del lugar de tarado. El mundo es más amistoso desde que dibujo.
Ahora está sentado en un bar y sonríe.
—En algún momento salí del cascarón y mi conexión con el mundo fueron los dibujos. Los usé como un puente para vencer la barrera de la timidez.
Y sonríe.
—Creo que es algo psicológico, ¿no? Igual nunca lo investigué mucho. A ver si un psicoanalista descubre algo y se rompe la magia.
Y sonríe.
—Sería como cortarle el pelo a Sansón.
Y su sonrisa es la expresión de algo mucho menos eventual.
En Liniers, la sonrisa –una luz nacida en la boca- existe incluso cuando no se ve. Como los ojos. Como cualquier otro órgano del cuerpo. Como las varias decenas de personajes que Liniers muestra en sus viñetas y que luego guarda en otra parte.
Los pingüinos; los duendes; el conejo; los planetas locos; el oso Madariaga; el gato Fellini; la niña Enriqueta; el perro Evaristo; el señor del banjo; la gente común; la aceituna solitaria; el mosquito Manuel; el bicho extraño; Lorenzo y Teresita; Origami boy; el misterioso hombre de negro, Villegas, Rivarola, Benítez, Salcedo, Zambrano, Manzini, Aguirre, Gutiérrez y la otra gente que anda por ahí; Kaufman, el artista conceptual; Reyes, el hombre sin concentración; Olga, el amigo imaginario; el doctor Bonete, político honesto; el señor que traduce los nombres de las películas; José Luis el infeliz; Z-25, el robot sensible; todos.
Todos viven en su cabeza.
Y la cabeza de Liniers es de tamaños normales, así que habrá que explicarlo de otro modo.
Un hombre común
Hubo un principio. A los diez años Liniers –descendiente del celebérrimo virrey- ya leía y dibujaba en cantidades importantes. Tenía amigos, pero además tenía una población en la cabeza. Julio Verne, Herman Melville, Charles Chaplin, J.D. Salinger y todos los demás universos posibles le entraban por los ojos y le salían por la mano. En quinto grado ya hacía sus propias historietas. Pero fue recién pasada la adolescencia cuando, tras un intento frustrado en la carrera de abogacía –su padre es abogado- y otro intento en Publicidad, empezó a vivir del dibujo. Comenzó en 1999, en el suplemento No de Página 12, usando el segundo nombre como nombre artístico. La tira se llamaba Bonjour y duró tres años. Luego, de la mano de su amiga Maitena, recaló en La Nación.
Era el 2002. El país se caía de a pedazos y Liniers arrancó con una tira llamada Macanudo. Los lectores no la entendían. Los editores la miraban de costado. Lo inquietante de Macanudo –lo que la transformaba en una obra sinuosa- era que sus viñetas no siempre operaban –ni operan- a la manera de un chiste. A veces no hay remate; a veces sólo se trata de un paseo melancólico y tierno por lo más tierno y melancólico que pueden tener las personas: su alma. O cualquier cosa que se le parezca.
Un hombre que descubre el poder místico del tai chi chuan. Una nena que termina el mejor libro de su vida. Un empleado de la AFIP a punto de perder la paciencia. Un oficinista que, de regreso a su casa, se pregunta si su oportunidad ya pasó.
Esos son los personajes de Liniers: los que están a oscuras. Los que están en todas partes.
—Creo que en mi trabajo hay una reacción ante la fascinación que existe frente a las celebridades berretas. Nos hemos convencido de que son gente más importante. Y me entristece que haya gente que quiere ser eso. Entonces elijo mirar al tipo que da un paso en un millón.
—¿Mirás a Tinelli?
—Me intriga entender por qué la gente es así, pero a la vez hay algo que me repele. Si me pongo un poco pedante lo digo de este modo: no me gusta lo que le hace al país. Me parece que Tinelli es alguien que en los últimos veinte años estuvo usando el morbo para bajar el umbral de inteligencia de la gente. Y a mí me molesta porque los chistes que hago son para gente de este país, ¿entendés? Entonces cuando un pibe dice “uh, qué bueno, hoy voy a ver un culo” yo digo “puta, a ese pibe no le puedo escribir más”.
—Tinelli te quita lectores.
—Le quita gente decente a mi hija para que conozca cuando sea grande. Cuando Matilda sea grande y tenga que buscar novios va a haber un montón de estupidizados diciendo “uhhh, te quiero ver el culo”. Y eso también va a ser un problema.
Todo
Dice que estamos acá, en el bar, porque arriba –en su casa- todo es un lío. Dice que arriba están las nenas (Matilda, de dos años y medio, y Clementina, de cinco meses) y está Angie –su mujer- cocinando langostinos. Dice que Angie adora cocinar; pero que él adora más comer. Su vida gastronómica, dice, es una línea recta que empieza en la nada y va a terminar en todo.
—Desde el punto de vista gourmet empecé en el sótano.
Eso dice. Luego define sótano: cuando era un niño y vivía preocupado por no ser un tarado, sólo –sólo- comía postrecitos Sandy.
—Pero quiero que al final me guste todo. Arrancar con el Sandy y terminar con que no haya ningún gusto sin conocer. Ya he conquistado el 90 por ciento de los gustos.
También sobre esto hay una viñeta. En ella, puede verse al primer hombre en la prehistoria probando la coliflor: la mira, la muerde y hace “¡Eugh!”.
—Ahora incluso como coliflor. Lo que todavía me cuesta es la acelga y la espinaca cocidas. Pero por afuera de, digamos, los “acelgácidos”, me gusta todo: el picante, la comida rara, los animales de todo tipo.
—¿A qué animales te animaste, por ejemplo?
—Escargots. Un día estábamos en Barcelona y pidieron el escargots y dije “bueno, lo disimularán un poco para…”. Pero no: me trajeron un plato que era como si hubieran pasado por el jardín y hubieran agarrado unos bichitos. Y los sacás y lo comés y el gusto… es lo que te imaginás que es el gusto del caracol. No es como… “ah, tiene gusto a dulce de leche, qué rico”. No. Es gusto… a eso.
—Hay una viñeta donde mostrás a dos duendes haciendo la pantomima del experto en vinos: lo miran, lo huelen, lo prueban. Y después dicen “mozo, una pecsi”. ¿Te molestan los clichés gourmet?
—Digamos que siempre me hace gracia el pretencioso. Me da ridículo. Algunos entienden, pero los civiles deberíamos tomarnos el vino en silencio.
Shhh
Silencio. Eso es lo que tiene Liniers para decir. Y lo dice de modos como éste: en una viñeta, hay un duende rojo y otro celeste. El gorro del celeste se alarga y crece, y crece. Y crece. Y luego baja. Y en el quinto cuadrito, el duende celeste, finalmente, le dice al rojo: “¿Te parece que con eso me alcanza para ir a la televisión?”.
Por este tipo de expresiones, a veces los lectores de La Nación se enojan y le escriben a Liniers diciendo “esto es una estupidez”.
—Es que el chiste con remate no me sale. Si me interesó una idea y me parece lo suficientemente extraña y no le encuentro un remate buenísimo, poner uno malo para que cumpla la regla de “cómo es un chiste” no me interesa. A mí siempre me gustó el cine, la literatura, y… qué se yo… Yo no veo que al final de La Guerra de las Galaxias alguien haga “¡chimpum!”, un chistecito final para rematar la película.
—Lucrecia Martel te deja a los personajes de espaldas.
—Sí. En un punto me interesa más el camino que toma Lucrecia Martel. O Chaplin. Chaplin es algo… Es como Quino, como Bob Dylan, como John Lennon, como John Steinbeck: esa clase de gente de la que aprendí una moral y una manera de ver el mundo. En Chaplin, por ejemplo, no hay “chimpún”. Hay una confianza en el espectador. Él cierra la historia en su cabeza, lo que incluye el riesgo de que a alguien no le guste lo que hacés. O no lo entienda. Pero no me ofende.
—No estaría mal que te ofenda.
—Es que hay algo muy puntual con el arte y el entretenimiento: todo el mundo se siente, y me incluyo, con derecho a alabar y denostar según los gustos personales. Es algo dictatorial y superfacho que tenemos. Cuando vos te parás y decís “Axel canta como un perro” está bien, es tu opinión, pero hay un montón de gente a la que le cabe Axel. Todos tenemos el pequeño dictador adentro y por algún motivo eso está aceptado en cuestiones culturales. Entonces me parece bien cuando la ligo yo.
—¿Ninguna crítica te molesta?
- Lo que quizás molesta un poco es sentir que tenés que estar revalidando el título todo el tiempo.
A lo largo de esos ocho años, Liniers hizo no sólo historietas diarias. Publicó ocho libros que hoy se venden en España, Perú y Canadá; armó junto a Angie –abogada y escritora- la Editorial Común; hizo el arte de tapa de cinco discos (entre ellos Logo, de Kevin Johansen y La lengua popular, de Andrés Calamaro); acaba de inventar –o le inventaron a medida- el género de la “entrevista dibujada” (su primer entrevistado fue Ricardo Darín), y dio recitales junto a Kevin Johansen. Mientras Kevin cantaba, Liniers dibujaba un mural de 32 metros cuadrados y hasta se animaba a tocar la guitarra en algún tema. Esos shows fueron rescatados en un DVD que tiene, entre el material extra, la posibilidad de ver comprimido en un minuto –a alta velocidad- el trabajo que Liniers dibujó y pintó en dos horas.
—Cuando lo miraba por un lado me gustaba, pero a la vez tenía una angustia terrible, porque en cámara rápida yo parecía una impresora. Me veía y pensaba “pobre pibe, qué necesidad de probarle a la gente que es bueno”.
—¿Los artistas prolíficos son inseguros?
—Absolutamente. Mirá a Calamaro, haciendo un disco de ochocientas canciones… Cualquier psicólogo diría “este tipo está tratando de decir ‘miren todas las ideas que tengo”. O sea: es un bicho raro el artista.
Un bicho raro.
Un bicho que navega entre la inseguridad y el ego.
—Y entre esa inseguridad y ese ego uno trata de decir : “¡Miren, dibujo bien!”
Entonces uno mira.
Y es suficiente.
viernes, 11 de marzo de 2011
Federico Luppi, para revista El Gourmet
Carne, mucha carne. Los mediodías y las noches: carne. Sobre la mesa de madera: carne. Pescettos fuertes, chorizos frescos, churrascos de dos dedos de ancho. Montañas de papas fritas y huevos y puré embebiéndose en el caldo rojo de la carne. En el aire: carne; el ruido de los bifes crepitando contra el hierro. Carne era lo que se olía y se veía y se escuchaba y se comía en la casa de Federico Luppi, allá en la infancia, allá en Ramallo, allá en los tiempos en los que la carne era la metáfora perfecta de la exhuberancia.
—En mi casa todo siempre fue demasiado.
Su padre, Alberto, era matarife y tenía una carnicería grande y llegaba del trabajo como si viniera de la Guerra del Paraguay: bañado en sangre y bosta. Su madre, Clementina Victoria, era ama de casa y se pasaba el día fregando camisas, botas, bombachas y todos los otros restos de la guerra. Pero no cocinaba.
—Nunca cocinó bien porque siempre hacíamos carne. Ella era de una familia de gringos italianos, y si yo quería comer otra cosa me iba lo de mis tías: tía Rosa, tía María. Ellas hacían buenas pastas.
Con carne. Carne sobre la pasta y carne en las caderas anchas de sus tías: sus traseros eran una forma más de la abundancia.
—Y cuando crecí, la verdad, nunca pude zafar de ese concepto de la infancia: siempre deseé más la cantidad que la calidad. No lo puedo evitar. Si me servís un plato chico yo te mando a la puta que te parió.
Federico Luppi tiene 74 años. Pero dentro de un rato pasará el pan por el plato como si fuera un niño. Viene de hacer una gira con Por tu padre, una obra de teatro junto al actor Adrián Navarro –que probablemente se lleve a la costa en el verano-, y una de las consecuencias de esa tournée es la mala alimentación: las opciones de comida siempre son pasta o carne –una constante en la vida de Luppi- pero no son la pasta y la carne de cuando él era un niño.
—¡Hoy todo es lamentable, mami! Andá a cualquier restaurante y pedí parrillada para dos y es lamentable. Te traen requechos de asado de hace tres horas, una carne hecha de suela de zapato, renegrida, dura, el chorizo que parece un palo de escoba, cuando la carne debe comerse como la comen los vascos: apenas sellada, sangrante.
—Como la de tu padre.
—Como la de mi padre.
Pide un Pineral –una bebida que tomaban los obreros en la década de 1950- y luego elige un plato. Hoy quiere evitar problemas y ordena pescado: abadejo con espinacas a la crema. Luppi tiene fama de cabrón. Sus encargadas de prensa lo tratan con la delicadeza que se prodiga a una granada a la que le han quitado el prescinto. Sin embargo, las dos veces que lo entrevisté –ambas a lo largo de este año- el resultado fue un encuentro con un hombre encantador.
—Cómo estás, mami, tanto tiempo.
Así saluda Luppi. Hoy lleva pañuelo al cuello y traje gris. La mirada está intacta –derecha- y el cuerpo, izado sobre sí mismo, se mueve en ademanes reposados. Luppi es la clase de persona que lleva el pasado encarnado en el rostro: aún con canas, aún sin bigote, aún con la vejez encima, Luppi sigue siendo lo que alguna vez fue: un varón sólido.
Un varón con hambre interminable.
—Cuando crecí y me fui a vivir solo, me faltaba aquello que en mi casa había tanto. Me faltaban los bifes. Me faltaba el chancho que mi viejo mataba en el invierno. Mi viejo, y esto no es fantasía engrandecida por el recuerdo, mi viejo hacía unos chorizos que se te caían los ojos. Es difícil de aceptarlo pero es así: esos chorizos eran la expresión más cualitativa de la artesanía. Con eso no me faltaba más nada. Yo recién conocí la pizza a los dieciséis años. Recién conocí el yogurt a los dieciocho.
Y un día todo eso –la carne, el chorizo, la pizza, el yogurt y cualquier otra forma de abundancia- faltó. Fue pasada la adolescencia, cuando Luppi se fue a estudiar a La Plata. Al principio tenía un empleo en el frigorífico Swift, pero luego renunció en favor de la actuación: había conseguido unos bolos en Canal 7 y decidió apostar a ese trabajo. Seis meses después, ese trabajo se acabó.
—Ahí por primera vez viví la falta de empleo, el hambre. Pero el hambre real, no el literario. El hambre de pasar tres o cuatro días sin comer.
—¿No pensaste en trabajar de otra cosa?
— Ya había renunciado a mi trabajo en La Plata para mantener esta cosa del teatro. Preferí quedarme en una pensión rasposa de mierda y apostar a lo que me gustaba, ir de ronda por los canales todos los días, ir a bares, hacer cola. Así apareció esta dinámica interna tan profunda de la profesión, que es la inseguridad, con la que establecés un matrimonio bastante cordial.
—Pasaste de la abundancia al hambre. ¿Cómo sobrellevaste ese contraste?
—Aprendí a soportarlo como un elemento cotidiano. Ahí empezó el tema de las cantidades. Por decirlo de un modo esquemático y simplista, ante una tortilla pequeña y de hermosa calidad, yo prefería una grande y peor hecha. ¿Por qué? Porque no sabía si al día siguiente iba a comer.
—¿Tan grave?
—Sí, sí. No quiero hacer novela pobre, pero sí: había problemas. Me acuerdo que en una época yo compartía departamento en La Plata con un amigo. Y un día una tía suya, que hacía mucho que él no veía porque no la soportaba, lo invitó a comer unas empanadas. “¿Puedo llevar un amigo?” le preguntó él. Y nada: fuimos a comer y creo que nos masticamos hasta las patas de la mesa. Ese día me di cuenta de que hay dos cosas por las que el hombre es capaz de cosas tremendamente criticables: la comida y el sexo.
Tuvo esposa, novias, mujeres, hijos, nietos. Y, en estos últimos años, tuvo también proezas. Sus últimas parejas conocidas –Emilia Mazer, Cecilia Milone- eran varias décadas más jóvenes que él. Y su actual mujer, la española Susana Hornos, es 37 años menor.
—La verdad que siempre he sido muy dependiente de las mujeres. Medio falderón, sabés. Siempre he caído en amores que matan, con una muy machista predisposición al celo. Es curioso y puede parecer una tontería muchachística, pero nunca vi una mujer, en el sentido posesivo del término, si no me imaginaba casado con ella.
—Un romántico.
—Será, más bien, que vengo de familias muy numerosas, muy campesinas. Nunca se me ocurrió imaginar la figura del amante. Que me haya ocurrido y haya sido parte también de eso que uno llama eufemísticamente las “amistades higiénicas”, sí, claro. Pero siempre tuve la fantasía de que esa mujer que estaba conmigo tenía que ser mi esposa.
Luppi eligió mujeres con el mismo criterio con que eligió trabajos: se imaginaba casado; se imaginaba un escenario permanente. Y eso, al menos en el plano laboral, tuvo consecuencias favorables. Luppi integró los elencos de películas que hoy son clásicos dentro del cine argentino. La Patagonia rebelde, Tiempo de revancha, Plata dulce, El arreglo y Un lugar en el mundo son piezas fuertes dentro del mapa de la idiosincrasia nacional. A ellas se suma, en estos últimos meses, Sin retorno: la brutal y exacta opera prima de Miguel Cohan; un film que aborda de un modo novedoso el tópico de los “accidentes de tránsito” –una tarea difícil luego de Carancho-, que tuvo excelentes críticas, y que es, según Luppi, una muestra acabada de inteligencia y de tacto.
—Esa película va a hacer una muy buena carrera de festivales –dice Luppi.
Sabe de qué habla. Luppi estuvo en todos los festivales. Cinco años atrás, en uno de esos tantos eventos, el presidente del Festival de San Sebastián lo invitó a cenar junto a Robert Duvall. La cita fue en el celebérrimo restaurante Arzak: tres estrellas Michelin y cultor de la ingeniería gastronómica à la Ferrán Adriá. Pronto empezaron a caer los platos: miniaturas gourmet que se comían de un bocado y que obligaron a Luppi y a Duvall a estar dos horas y media esperando y tragando, tragando y esperando.
—¿Te gustó la comida? –preguntó Duvall a la salida.
—Muchísimo –contestó Luppi-. Lástima el trámite.
Ese día, Luppi reafirmó su gusto por la comida de cuchara. Él, dice, prefiere el guiso. El guiso bien hecho. El guiso carrero, el locro, la carbonada, el potaje de lentejas, las arvejas con huevo y choricito, la polenta con salchicha, la sopa de garbanzo con cebolla y tomate triturado: esa comida.
—Esos platos que si te caés adentro te ahogás. Eso me gusta. A mí Arzak y Ferrá, con todo respeto, no me crean ningún tipo de jugo. Si tuviera que pagarlo yo, no aparezco en mi puta vida. Prefiero ir al Cuartito.
—Tu elección parece una cuestión de ideología más que de gustos.
—En parte, sí. Pero sólo en parte. El Cuartito tiene la mejor pizza del mundo. Pero después, sí, hay algo que me molesta mucho y que hace al costado perverso del mundo de la comunicación: te quieren hacer creer que si algo es muy caro tiene que ser bueno. Y yo me niego a eso en cualquier ámbito. Aunque pueda, yo no compro sacos de 700 pesos. Hacerlo me parece de una absurda complicidad. Del mismo modo, ir a comer a lugares caros porque seguro son buenos también me parece una gilada.
—Estamos en Palermo.
—Bueno, yo desafío a todos los restaurantes del barrio: háganme ahora mismo un viejo puchero como en mi casa. Un puchero comme il faut. Un puchero que remita a la calidez de la cocina, al humo, al hollín en la pared, a la gente reunida, a las tías con sus culos: háganme ese puchero.
—¿Cocinás?
—Sí. Me gusta cocinar y me gusta que la gente se siente a comer. Yo quisiera tener una hilera interminable de hornallas, de las que salga una comida también interminable.
—Ésa sería la categoría: “comida interminable”.
—Hay un nombre para eso. Hace un tiempo, en España, un tipo sacó un libro llamado La comida de los mayores, donde explica que las comidas más fabulosas de la historia se hicieron con lo que había en casa. Si leés cómo se descubrió el revuelto gramajo, el tiramisú o la pizza, vas a ver que esa comida tiene la impronta de la exploración de la alacena. Todos eran platos que exigían volver a la condición inicial de un alimento virgen: si lo único que tenías era plátanos, pues entonces buscabas veinte formas distintas de cocinarlos. Si tenás carne lo mismo, y lo mismo si tenías verduras.
Luppi dice “verduras” y súbitamente recuerda a un señor. Se llamaba Joanin Mussi y tenía una quinta enorme allá en Ramallo, allá en la infancia. Cuando Luppi niño iba con la bolsa de la compra, don Joanin siempre le decía, antes de irse, vení pibe.
—Vení pibe, sentate. Tomate una sopa.
Y Federico tomaba. Y luego, cuando su madre se enteraba, le decía lo mismo que diría cualquier madre:
—Pero si yo también te hago una sopa rica, nene, ¿qué tiene la sopa de don Joanin?
Luppi recrea la escena mientras arrastra el pan sobre el último resto de salsa que queda en el plato.
—No sé qué tenía, pero todavía me acuerdo.
Un plato ya blanco, ya limpio, en el que Luppi empieza a reflejarse.
—En mi casa todo siempre fue demasiado.
Su padre, Alberto, era matarife y tenía una carnicería grande y llegaba del trabajo como si viniera de la Guerra del Paraguay: bañado en sangre y bosta. Su madre, Clementina Victoria, era ama de casa y se pasaba el día fregando camisas, botas, bombachas y todos los otros restos de la guerra. Pero no cocinaba.
—Nunca cocinó bien porque siempre hacíamos carne. Ella era de una familia de gringos italianos, y si yo quería comer otra cosa me iba lo de mis tías: tía Rosa, tía María. Ellas hacían buenas pastas.
Con carne. Carne sobre la pasta y carne en las caderas anchas de sus tías: sus traseros eran una forma más de la abundancia.
—Y cuando crecí, la verdad, nunca pude zafar de ese concepto de la infancia: siempre deseé más la cantidad que la calidad. No lo puedo evitar. Si me servís un plato chico yo te mando a la puta que te parió.
Federico Luppi tiene 74 años. Pero dentro de un rato pasará el pan por el plato como si fuera un niño. Viene de hacer una gira con Por tu padre, una obra de teatro junto al actor Adrián Navarro –que probablemente se lleve a la costa en el verano-, y una de las consecuencias de esa tournée es la mala alimentación: las opciones de comida siempre son pasta o carne –una constante en la vida de Luppi- pero no son la pasta y la carne de cuando él era un niño.
—¡Hoy todo es lamentable, mami! Andá a cualquier restaurante y pedí parrillada para dos y es lamentable. Te traen requechos de asado de hace tres horas, una carne hecha de suela de zapato, renegrida, dura, el chorizo que parece un palo de escoba, cuando la carne debe comerse como la comen los vascos: apenas sellada, sangrante.
—Como la de tu padre.
—Como la de mi padre.
Pide un Pineral –una bebida que tomaban los obreros en la década de 1950- y luego elige un plato. Hoy quiere evitar problemas y ordena pescado: abadejo con espinacas a la crema. Luppi tiene fama de cabrón. Sus encargadas de prensa lo tratan con la delicadeza que se prodiga a una granada a la que le han quitado el prescinto. Sin embargo, las dos veces que lo entrevisté –ambas a lo largo de este año- el resultado fue un encuentro con un hombre encantador.
—Cómo estás, mami, tanto tiempo.
Así saluda Luppi. Hoy lleva pañuelo al cuello y traje gris. La mirada está intacta –derecha- y el cuerpo, izado sobre sí mismo, se mueve en ademanes reposados. Luppi es la clase de persona que lleva el pasado encarnado en el rostro: aún con canas, aún sin bigote, aún con la vejez encima, Luppi sigue siendo lo que alguna vez fue: un varón sólido.
Un varón con hambre interminable.
—Cuando crecí y me fui a vivir solo, me faltaba aquello que en mi casa había tanto. Me faltaban los bifes. Me faltaba el chancho que mi viejo mataba en el invierno. Mi viejo, y esto no es fantasía engrandecida por el recuerdo, mi viejo hacía unos chorizos que se te caían los ojos. Es difícil de aceptarlo pero es así: esos chorizos eran la expresión más cualitativa de la artesanía. Con eso no me faltaba más nada. Yo recién conocí la pizza a los dieciséis años. Recién conocí el yogurt a los dieciocho.
Y un día todo eso –la carne, el chorizo, la pizza, el yogurt y cualquier otra forma de abundancia- faltó. Fue pasada la adolescencia, cuando Luppi se fue a estudiar a La Plata. Al principio tenía un empleo en el frigorífico Swift, pero luego renunció en favor de la actuación: había conseguido unos bolos en Canal 7 y decidió apostar a ese trabajo. Seis meses después, ese trabajo se acabó.
—Ahí por primera vez viví la falta de empleo, el hambre. Pero el hambre real, no el literario. El hambre de pasar tres o cuatro días sin comer.
—¿No pensaste en trabajar de otra cosa?
— Ya había renunciado a mi trabajo en La Plata para mantener esta cosa del teatro. Preferí quedarme en una pensión rasposa de mierda y apostar a lo que me gustaba, ir de ronda por los canales todos los días, ir a bares, hacer cola. Así apareció esta dinámica interna tan profunda de la profesión, que es la inseguridad, con la que establecés un matrimonio bastante cordial.
—Pasaste de la abundancia al hambre. ¿Cómo sobrellevaste ese contraste?
—Aprendí a soportarlo como un elemento cotidiano. Ahí empezó el tema de las cantidades. Por decirlo de un modo esquemático y simplista, ante una tortilla pequeña y de hermosa calidad, yo prefería una grande y peor hecha. ¿Por qué? Porque no sabía si al día siguiente iba a comer.
—¿Tan grave?
—Sí, sí. No quiero hacer novela pobre, pero sí: había problemas. Me acuerdo que en una época yo compartía departamento en La Plata con un amigo. Y un día una tía suya, que hacía mucho que él no veía porque no la soportaba, lo invitó a comer unas empanadas. “¿Puedo llevar un amigo?” le preguntó él. Y nada: fuimos a comer y creo que nos masticamos hasta las patas de la mesa. Ese día me di cuenta de que hay dos cosas por las que el hombre es capaz de cosas tremendamente criticables: la comida y el sexo.
Tuvo esposa, novias, mujeres, hijos, nietos. Y, en estos últimos años, tuvo también proezas. Sus últimas parejas conocidas –Emilia Mazer, Cecilia Milone- eran varias décadas más jóvenes que él. Y su actual mujer, la española Susana Hornos, es 37 años menor.
—La verdad que siempre he sido muy dependiente de las mujeres. Medio falderón, sabés. Siempre he caído en amores que matan, con una muy machista predisposición al celo. Es curioso y puede parecer una tontería muchachística, pero nunca vi una mujer, en el sentido posesivo del término, si no me imaginaba casado con ella.
—Un romántico.
—Será, más bien, que vengo de familias muy numerosas, muy campesinas. Nunca se me ocurrió imaginar la figura del amante. Que me haya ocurrido y haya sido parte también de eso que uno llama eufemísticamente las “amistades higiénicas”, sí, claro. Pero siempre tuve la fantasía de que esa mujer que estaba conmigo tenía que ser mi esposa.
Luppi eligió mujeres con el mismo criterio con que eligió trabajos: se imaginaba casado; se imaginaba un escenario permanente. Y eso, al menos en el plano laboral, tuvo consecuencias favorables. Luppi integró los elencos de películas que hoy son clásicos dentro del cine argentino. La Patagonia rebelde, Tiempo de revancha, Plata dulce, El arreglo y Un lugar en el mundo son piezas fuertes dentro del mapa de la idiosincrasia nacional. A ellas se suma, en estos últimos meses, Sin retorno: la brutal y exacta opera prima de Miguel Cohan; un film que aborda de un modo novedoso el tópico de los “accidentes de tránsito” –una tarea difícil luego de Carancho-, que tuvo excelentes críticas, y que es, según Luppi, una muestra acabada de inteligencia y de tacto.
—Esa película va a hacer una muy buena carrera de festivales –dice Luppi.
Sabe de qué habla. Luppi estuvo en todos los festivales. Cinco años atrás, en uno de esos tantos eventos, el presidente del Festival de San Sebastián lo invitó a cenar junto a Robert Duvall. La cita fue en el celebérrimo restaurante Arzak: tres estrellas Michelin y cultor de la ingeniería gastronómica à la Ferrán Adriá. Pronto empezaron a caer los platos: miniaturas gourmet que se comían de un bocado y que obligaron a Luppi y a Duvall a estar dos horas y media esperando y tragando, tragando y esperando.
—¿Te gustó la comida? –preguntó Duvall a la salida.
—Muchísimo –contestó Luppi-. Lástima el trámite.
Ese día, Luppi reafirmó su gusto por la comida de cuchara. Él, dice, prefiere el guiso. El guiso bien hecho. El guiso carrero, el locro, la carbonada, el potaje de lentejas, las arvejas con huevo y choricito, la polenta con salchicha, la sopa de garbanzo con cebolla y tomate triturado: esa comida.
—Esos platos que si te caés adentro te ahogás. Eso me gusta. A mí Arzak y Ferrá, con todo respeto, no me crean ningún tipo de jugo. Si tuviera que pagarlo yo, no aparezco en mi puta vida. Prefiero ir al Cuartito.
—Tu elección parece una cuestión de ideología más que de gustos.
—En parte, sí. Pero sólo en parte. El Cuartito tiene la mejor pizza del mundo. Pero después, sí, hay algo que me molesta mucho y que hace al costado perverso del mundo de la comunicación: te quieren hacer creer que si algo es muy caro tiene que ser bueno. Y yo me niego a eso en cualquier ámbito. Aunque pueda, yo no compro sacos de 700 pesos. Hacerlo me parece de una absurda complicidad. Del mismo modo, ir a comer a lugares caros porque seguro son buenos también me parece una gilada.
—Estamos en Palermo.
—Bueno, yo desafío a todos los restaurantes del barrio: háganme ahora mismo un viejo puchero como en mi casa. Un puchero comme il faut. Un puchero que remita a la calidez de la cocina, al humo, al hollín en la pared, a la gente reunida, a las tías con sus culos: háganme ese puchero.
—¿Cocinás?
—Sí. Me gusta cocinar y me gusta que la gente se siente a comer. Yo quisiera tener una hilera interminable de hornallas, de las que salga una comida también interminable.
—Ésa sería la categoría: “comida interminable”.
—Hay un nombre para eso. Hace un tiempo, en España, un tipo sacó un libro llamado La comida de los mayores, donde explica que las comidas más fabulosas de la historia se hicieron con lo que había en casa. Si leés cómo se descubrió el revuelto gramajo, el tiramisú o la pizza, vas a ver que esa comida tiene la impronta de la exploración de la alacena. Todos eran platos que exigían volver a la condición inicial de un alimento virgen: si lo único que tenías era plátanos, pues entonces buscabas veinte formas distintas de cocinarlos. Si tenás carne lo mismo, y lo mismo si tenías verduras.
Luppi dice “verduras” y súbitamente recuerda a un señor. Se llamaba Joanin Mussi y tenía una quinta enorme allá en Ramallo, allá en la infancia. Cuando Luppi niño iba con la bolsa de la compra, don Joanin siempre le decía, antes de irse, vení pibe.
—Vení pibe, sentate. Tomate una sopa.
Y Federico tomaba. Y luego, cuando su madre se enteraba, le decía lo mismo que diría cualquier madre:
—Pero si yo también te hago una sopa rica, nene, ¿qué tiene la sopa de don Joanin?
Luppi recrea la escena mientras arrastra el pan sobre el último resto de salsa que queda en el plato.
—No sé qué tenía, pero todavía me acuerdo.
Un plato ya blanco, ya limpio, en el que Luppi empieza a reflejarse.
jueves, 10 de marzo de 2011
Queríamos tanto a Sylvia
El 11 de febrero de 1963 –hace 50 años- la escritora Sylvia Plath se suicidó metiendo la cabeza en el horno. Y con ese singular final concluyó una vida que puede leerse como una pieza narrativa en sí misma –Sylvia estuvo internada en un psiquiátrico, recibió electroshocks, quiso matarse demasiadas veces, se casó con un hombre bello y talentoso-, aunque también como una representación descompuesta de lo que era –y en cierto modo sigue siendo- el mito de la realización femenina.Sylvia fue una gran escritora. Su vida reunió todos los atributos para volverse película de Hollywood –de hecho, se filmó una y el papel lo interpretó Gwyneth Paltrow- pero lo cierto es que su obra fue muy superior a cualquier mito decorado por el marketing. Ni siquiera es que lo suyo fuera un don: era el resultado de una virtud y una filosa mirada poética, pero principalmente de la búsqueda extenuante y dolorosa de la perfección. Sylvia estudiaba las palabras como un entomólogo estudia las partes de un insecto. Las desarmaba, las miraba, las hacía dialogar con el resto del cuerpo y las ponía a trabajar en pos de un objetivo: la trascendencia literaria. Porque Sylvia, lo dicho, era una gran escritora. Una mujer de letras exquisitas que un día se enamoró del poeta Ted Hughes; que otro día parió dos hijos; y que un tercer día supo lo difícil que puede ser buscar el prestigio vocacional, estar casada con un escritor igualmente ambicioso y llevar adelante una casa y una crianza bajo una premisa incuestionable: como Hughes necesitaba cultivar su perfil artístico, ella –por épocas- debía enseñar en universidades para llevar un ingreso fijo al hogar.
Ella aceptaba este reparto de tareas. Porque Sylvia -lejos de ser “la loca” que tantos biógrafos retratan- era una mujer empeñada en “ser plena” y seguir los preceptos morales que la “plenitud” deparaba a una mujer de clase media americana: quería casarse con el marido perfecto, ser una esposa perfecta, ser una madre perfecta y ser perfectamente feliz. El problema –la fisura- es que también quería escribir. Y que vivía oscilando en la eterna contradicción que sintetiza en una línea de su poema “Los maniquíes de München”: “La perfección es terrible –dice-, no puede tener hijos”.
Pasó desde entonces medio siglo, y lo curioso es que la historia de Sylvia es de una rotunda actualidad: las mujeres, salvo excepciones, siguen pagando por su vida emancipada. En su libro ¿Quién paga? El dinero en la pareja del siglo XXI, la periodista Leni González habla de las diversas formas en que esposas y concubinas absorben los costos domésticos de “ser independientes”. Las mujeres, se deduce de los casos presentados en el libro, pagan porque mantienen a un preclaro que se cree Baudelaire y no quiere “transar con el mercado”; pagan porque el marido se quedó sin trabajo y si bien se apaña como amo de casa –lleva a los nenes a la escuela, hace la comida- el baño no lo limpia ni amenazado de muerte; y pagan porque ante dos personas que desean crecer profesionalmente –por caso, un varón y una mujer quieren hacer sendos posgrados-, la prioridad suele ser para el hombre.
Las mujeres de hoy, en síntesis, se parecen bastante a las mujeres “libres” de hace medio siglo. En ese entonces –ciudad de Boston, fines de la década de 1950- Sylvia Plath dedicaba media jornada a la escritura, mientras que Ted Hughes le destinaba al arte una jornada completa. Linda Wagner-Martin, autora de –a mi entender- su mejor biografía, cuenta algunas escenas muy tristes: Sylvia pasando la aspiradora entre los pies de Hughes mientras él escribía y tiraba papeles al suelo; Hughes riñiendo a Sylvia en público, por no haberle cosido algún botón de su ropa; y Hughes haciendo listas de temas sobre los que él creía que ella podía escribir.
El gran logro profesional –y personal- de Sylvia fue zafar de esas listas. Y animarse a escribir –como lo hizo en un poema- “Yo/ Soy la flecha”. El detalle es que Hughes no soportó ese cambio –o al menos eso se deduce de lo que vino después- y se buscó una amante y luego promovió un divorcio, y la dejó a Sylvia –de por sí un insecto frágil: una palabra- lírica, filosa y sola; peligrosamente a la intemperie. En ese estado, entonces, Sylvia metió la cabeza en el lugar que oficiaba como destino de toda mujer de su época: el horno. En mis ratos más morbosos hasta puedo imaginarla: un 11 de febrero de hace 50 años, durmiéndose y muriéndose con las ondinas del gas, y escribiendo, de esa manera iracunda y femenina, su último poema.
jueves, 24 de febrero de 2011
Previvientes
El pelo rubio, el pantalón blanco, las uñas rojas en los pies descalzos. Acomodada en su living, Deborah Lindner parece la chica de una propaganda de tampones. Está cruzada de piernas, no usa maquillaje y escribe en una Mac portátil que se abre (se hunde) en el cuero inmaculado del sillón. ¿Es una publicidad? No. Es la foto que pusieron en el New York Times para acompañar una historia: Deborah Linder, 33 años, médica, linda, temperamental, imitación bastante real de Carrie Bradshaw, se hizo conocida porque sabe tomar decisiones fuertes. Seis meses atrás, y en perfecto estado de salud, se vació los pechos. Fuera glándulas mamarias, fuera pezones: sólo quedó la piel. La piel y las siliconas de reemplazo, y la certeza de que Deborah Lindner nunca en su vida tendrá cáncer de mama.Los oncólogos la llaman mastectomía preventiva. Consiste, para decirlo brutalmente, en sacarte las tetas por si acaso. No se la puede hacer cualquiera. Sólo las mujeres con antecedentes familiares o aquellas que, en virtud de los avances genéticos, se someten a un estudio cromosómico para develar qué tipo de destino les está cocinando el propio cuerpo. Pero saber siempre tiene un precio. Y no se trata sólo de dinero. A algunas (pocas) les puede salir que tienen BRCA1 y BRCA2, dos genes bastante inusuales que elevan entre un 60 y un 90 por ciento las posibilidades de que una mujer tenga cáncer de mama (cuando normalmente son de un 12 por ciento). Para estas mujeres sanas, pero en riesgo, siempre hubo dos alternativas: tomar medicamentos preventivos y –la principal- chequearse a menudo para atajar cualquier manifestación de un modo temprano. Pero el avance de las siliconas abrió esta tercera posibilidad: ahora es posible vaciarse y llenarse, y reducir en un 90 por ciento las chances de contraer la enfermedad.
Es una opción dura. Las mujeres que se quitan los pechos nunca podrán amamantar y perderán buena parte de la sensibilidad al tacto. Así y todo, en el último año en Estados Unidos se duplicó la cantidad de pacientes que se la realizan. En Argentina esta intervención no es usual, pero hay mujeres que ya han sido operadas. La cirugía cuesta un básico de 15 mil pesos y a cambio ofrece la posibilidad dorada que ya viene anticipando la genética: controlar los supuestos azares del cuerpo y –en esta ocasión- gozar del bonus track de unas tetas a nuevo.
En todos los casos (en la Argentina y en el exterior) el emblema fue (y es) Deborah Lindner. Su madre había padecido cáncer de pecho y ella se hizo un estudio para conocer las probabilidades que tenía de repetir la historia. Luego de realizarse el análisis, Lindner supo que estaba en riesgo, pero sana. También estaba sana cuando se hizo una mamografía, y siguió estando sana cuando fue a buscar los resultados y vio que daban perfecto. El mayor problema de Lindner, a esa altura, no era la salud sino la incertidumbre. Lindner se palpaba las mamas a diario. Todo el tiempo buscaba el carozo de una enfermedad que nunca terminaba de llegar.
- Esto me está volviendo loca –le dijo Lindner a Erin King, una compañera de trabajo. King tenía 33 años y se había implantado siliconas por motivos cosméticos.
- Sacátelas y ponéte otras –le contestó King: los americanos son prácticos-. Te van a quedar divinas.
Cuando llegue a los 40, o apenas logre tener un hijo, Lindner también se quitará los ovarios para evitar el riesgo de un cáncer que el estudio genético también le anticipó. Por tomar este tipo de decisiones, Lindner se autodenomina “previviente” (previvor): un neologismo que, al modo de la película Memento, altera la línea de tiempo de un modo casi cinematográfico. Los previvientes son los que matan algo que todavía no existe; los que se mutilan para no dañarse y hacen de la previsión un interrogante delicado. ¿Hasta dónde debería llegar el estado de alerta? Las tetas se vacían por si acaso, del mismo modo que los países se invaden por si acaso. Una lógica de la prudencia que se adorna con buenas intenciones, pero que en el fondo corre el riesgo de cumplir con un único fin: impedir que un cuerpo (que es lo mismo que un país) hable un lenguaje propio. Y se corte o se repare con el filo de su propia lengua.
martes, 22 de febrero de 2011
Oro y barro en Punta del Este
No sé qué ponerme. Dentro de cuatro días es la Fiesta de Blanco del agente de modelos Pancho Dotto y no sé qué ponerme. Tiene que ser una prenda blanca, eso sí. Pero el vestuario no puede ser totalmente blanco porque la Fiesta de Blanco es, para ser exactos, la Fiesta de Blanco “con naranja” lo que significa que hay que buscar también un detalle naranja que debe ser eso: un detalle. No hay que ir, por ejemplo, con un vestido naranja y una flor blanca sino al revés: el vestido debe ser blanco y la flor naranja y si no es una flor puede ser un broche, una pulsera, unos zapatos. Tengo un vestido blanco; una amiga puede prestarme unos zapatos blancos. Pero naranja no: naranja nada. El año pasado tiré mis zapatos naranjas, qué estúpida. ¿Alguien tiene algo naranja? Dentro de cuatro días es la fiesta de blanco con naranja.En Punta del Este podés pasar tardes enteras pensando en esto. Voy a pasar tardes enteras pensando en esto. Punta del Este es, al fin y al cabo, esa clase de lugares donde una prenda de vestir define demasiadas cosas. Un atuendo correcto puede lanzarte a la vidriera de la revista Gente –la publicación que marca el pulso de la temporada- y en esa vidriera un empresario de medios puede verte y recordar que existís y ofrecerte algún trabajo. Pero un vestuario equivocado se paga con la extradición virtual. Podés seguir en Punta del Este, pero el mundo de la beautiful people –así se llaman a sí mismos- nunca más se acordará de vos.
—Ya vas a ver –me dijo Adriana Lorusso, editora de Tendencias de Noticias, la revista de interés general más influyente de Argentina-: apenas subas al avión o al Buquebús vas a ver que todas tienen las Louis Vouitton o las Birkin de Hermès y vos te vas a abrazar a tu cartera de dos pesos y te vas a sentir una infeliz.
Adriana tenía razón. Son las once de la mañana de un sábado, acabo de llegar a Punta del Este –al sudeste de Uruguay, en el departamento de Maldonado- y ya me sentí fuera de foco por lo menos tres veces. En primer lugar, tengo una cartera que remite a un solo concepto: “cartera”. En segundo lugar, no tengo Blackberry y ése es un problema en un territorio donde la mitad de la gente te pregunta el PIN antes que el nombre. Y en tercer lugar, soy la única persona pálida en todo el aeropuerto: los turistas llegan a Punta del Este ya bronceados; nadie se atreve al suicidio social que significa aparecer en bikini y con la carne blanca en estas tierras.
—Las mujeres están al menos dos horas arreglándose antes de ir a la playa, se peinan y se maquillan como si fueran a una fiesta –dice Donato Diéguez, el fotógrafo de este artículo. Donato está en la zona desde fines de diciembre y en todo este tiempo se dedicó a dos cosas: buscar celebridades en la arena y buscar celebridades en el aeropuerto de Laguna del Sauce. Ya lo viene haciendo desde temporadas anteriores y siempre tuvo con qué entretenerse. La lista de estrellas que vinieron a Punta del Este en la última década es larga, pero podría resumirse así: los premios Oscar, el festival de Cannes, los MTV Latinos, el Fashion Week de Milán y todos los países que aún tienen un rey sentado en algún lado pasaron por este balneario.
—Pero este año fue un exceso –dice Donato-. Debería haberme traído un colchón al aeropuerto.
Entre el 24 de diciembre de 2010 y el 12 de enero de 2011 pasaron por Punta del Este Ron Woods, Gisele Bündchen, Julio Bocca, Diego Maradona, Susana Giménez, Pampita Ardohain, Benjamín Vicuña, Diego Torres, Pierre Casiraghi (el hijo de Carolina de Mónaco), la familia Cipriani, Adolfo Cambiaso, Marcelo Tinelli, los dueños de la Argentina (Amalia Lacroze de Fortabat, Gregorio Pérez Companc, etcétera), los dueños de Brasil (todo el clan Safra), Charly García, Valeria Mazza, Juana Viale, Gonzalo Valenzuela y el doble de Luis Miguel, que es igualito y últimamente trabaja más que Luis Miguel.
Yo
—Esta semana estuve almorzando en La Caracola con Pierre Casiraghi –dice Alfredo Etchegaray, el relacionista público más conocido de Punta del Este-. Ahí estaban Laith Pharaon y Marcelo Tinelli y Valeria Mazza y estaban los fotógrafos a un kilómetro de distancia, ¡qué gracioso! ¿Sacaron algo? Era una fiesta hippie, temática, y yo fui con el signo de la paz en la frente.
Etchegaray tiene 55 años, dice haber hecho seis mil fiestas en las últimas tres décadas y es uno de los responsables de que Punta del Este haya estallado como polo glamoroso en 1980. En realidad, la historia del balneario empezó mucho antes, en 1950, cuando el empresario argentino Mauricio Lidman vio en Punta del Este una oportunidad inmobiliaria, compró tierras, levantó edificios y luego llevó contingentes de periodistas brasileños y argentinos para promover sus negocios. En ese entonces ya había eventos y festivales internacionales, pero todo se multiplicó hasta el infinito cuando en 1980 la Argentina se metió de lleno en un absurdo período de bonanza económica: la llegada al país de capitales especulativos –alentados por Alfredo Martínez de Hoz, el Ministro de Economía de la dictadura militar- hizo que el país entrara en una burbuja financiera que estallaría brutalmente años después, pero que en ese momento creó una certeza de abundancia.
Los argentinos se movían por el mundo con la frase “deme dos” y con ese espíritu llegaron a Punta del Este y empezaron a comprar todo.
Los recibía Alfredo Etchegaray.
—A los periodistas argentinos les conseguía hotel, comidas y autos a canje. Yo hacía prensa de empresas y, como eran tantos los favores que les hacía a los medios, luego los medios me publicaban lo que yo necesitaba sobre la empresa que yo quería.
La historia de Etchegaray marca el pulso de una ciudad que hoy es entendida como la Saint Tropez de América Latina. Aquí viven en forma permanente 7.300 personas que tienen poco que ver con el bullicio, la ostentación y el jet set, pero llegan anualmente 500 mil turistas de todo el mundo que en apenas dos meses –pero sobre todo en la primera quincena de enero- echan por tierra toda discreción. Son ellos –y no los residentes uruguayos- los que instalan el código social en Punta del Este: aquí no hay amistades sino contactos, y las fiestas y reuniones son mercados donde se trocan favores y se construye el status.
Etchegaray sabe moverse en ese fango y eso, en esta zona, tiene la categoría de arte. La entrevista se pautó en el Puerto de Punta del Este –mar traslúcido, yates blancos, veinteañeros jugueteando con sus motos de agua- y allí Etchegaray dio su primer golpe de impacto: llegó en ojotas, sombrero panamá y malla naranja incandescente, y nos invitó a hacer la entrevista en su lancha.
Desde entonces no paró de hablar.
—Soy el símbolo de todas las fiestas desde 1980 a esta parte. Yo les vendí el concepto de fiesta grecorromana a los Scarpa y al príncipe Rodrigo D’Arenberg, y recibí a Pelé durante cuatro temporadas y jugué con él al paddle y él siempre tenía debilidad por las chicas guapas, y estuve con Julio Iglesias padre y abuelo y ahora conozco a sus nietos y a su hermano, Carlos, que invierte tanto en Punta del Este, y fui el creador de la fiesta de la revista Gente porque hablé con el director, Jorge Luján Gutiérrez, y le dije “te hago una fiesta por canje y no te sale nada” y entonces pedí Casapueblo prestada y conseguí el Fond de Cave, el vino, el whisky y un tiburón gigante que trajimos de Rocha para hacer las fotos. ¿Quién consiguió los primeros vestidos de canje y las joyas de canje de Mirtha Legrand?
Él.
-Yo. A Vinila von Bismark le conseguí el vestido con que vino a casa y a Valeria Mazza le llenamos toda su heladera como se la llenamos varias veces a Pancho Dotto, y a Antonio Banderas le conseguí una campera de cuero de Chiche Farrace y a Guy La Liberté, el propietario de Circ du Soleil, que vino en avión propio, conseguí que le cerraran una discoteca porque traía su propio cocinero y su propio DJ y llenaba la disco de don Perignon y venía acompañado de modelos y matrimonios amigos y se sabía cuándo empezaba la noche pero no se sabía qué día terminaba. También me ocupé de atender a Sting, que fue sumamente educado y culto y me tocó el timbre a las nueve de la noche y yo tenía más de cuarenta bebidas diferentes: vinos, ron, vodka, cerveza, whisky, champagne, vermú, y Sting pidió Campari con agua, ¡Campari con agua! Salimos rápido a conseguir Campari con agua y mi madre le enseñó a bailar el tango y Sting se quedó tocando el piano hasta las tres de la mañana, qué placer.
Etchegaray se detiene, respira. Toma conciencia de las coordenadas de tiempo y espacio.
—¿Quieren agua, gaseosa, cerveza, papas fritas? Pidan lo que quieran y lo subimos a la lancha, ya van a ver la lancha, también me ocupé de atender a Antonio Banderas y Melanie Griffith, que los sacamos a navegar como a vos, los llevamos a la Isla de Lobos y jugamos al fútbol en la playa y le conseguí a Banderas un terreno gratis en Punta del Diablo pero Melanie no quiso. “No, Antonio, not another house” le dijo, Melanie siempre se quejaba de todo, ¿les gusta la lancha?
—Sí.
—Es la misma que usaba Scioli cuando tuvo el accidente, yo no sabía lo que compraba hasta que la compré y mis amigos me dijeron: te compraste la lancha más rápida del puerto…
Y a partir de entonces nada más importa. Scioli es Daniel Scioli: actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, habitual visitante de Punta del Este, ex campeón mundial de motonáutica y hombre que pagó caro los excesos de velocidad: en 1989, un accidente con su lancha le arrancó un brazo. La lancha de Scioli es igualita a la de Alfredo Etchegaray y tiene la cualidad de ser ultraliviana: su poco peso le permite ir a 130 kilómetros por hora –mientras que el resto va a 60- y la vuelve extremadamente sensible a cualquier golpe.
Un tropezón y esta criatura se va al infierno.
—Agárrense, ¡qué divertido! –dice Etchegaray en algún momento y lo que sigue es el motor rugiente, el cachetazo del viento, el agua que se parte al medio y la lancha corcoveando como un tiburón salido del encierro. Me tomo la cabeza para no desnucarme. Etchegaray sonríe –el viento le flamea los labios- y toca dos botones con el nervio de un niño que juega a la Playstation. Donato gira, me mira, cruza los dedos, lleva la mirada al suelo.
—Estaba contando cuántos salvavidas teníamos –dirá luego.
En cinco minutos, Etchegaray hace el circuito que un catamarán turístico hace en media hora. Estamos, ya, en Isla Gorriti.
—El mundo tiene 5 mil años de los que vivimos 80, con suerte –dice Etchegaray-. La mitad la pasamos durmiendo. Lo que queda lo quiero aprovechar.
Te veo
Desde el agua calma, traslúcida, verde, puede verse parte de Punta del Este: un territorio inflado de edificios que balconean sobre la Ruta 10 y que arman la topografía del boom inmobiliario. La euforia inversionista ha hecho que hoy no existan en la zona pisos por menos de 3 mil dólares el metro cuadrado, un fenómeno que Etchegaray -quien además fue candidato a alcalde de Punta del Este por el Frente Amplio- explica así:
—Los extranjeros vienen, ven que tienen coincidencias culturales con la población, que la gente es amable, que hay diversidad de naturaleza, espacio, porque vos vas a Marbella y es bonito pero es un hormiguero; ven que hay estética, lindas casas, linda gente, se hacen amigos y en algún momento dicen pero qué bonito, qué rica carne, qué rico se come y este vino me encanta y qué simpático ese matrimonio, ¿y cuánto cuesta la finca de al láo? ¿Nada más? Averíguame que la quiero comprar.
Y todo se va poblando.
El último informe de la Dirección de Turismo de Maldonado dice que sólo entre marzo de 2009 y febrero de 2010 hubo operaciones por 937 millones de dólares. El resultado de esas transacciones puede verse, en buena medida, sobre la Ruta 10: una larga pasarela de edificios soberbios, vidriados y en muchos casos vacíos.
—Punta del Este es como una caja de ahorros: la gente viene acá a poner su dinero, pero la mayoría de los apartamentos está desocupada –dice Facundo, el chofer del taxi que me lleva del puerto a La Boyita, cerca de José Ignacio, la zona más exclusiva de Maldonado. A un lado de la ruta está el mar y al otro lado están las construcciones. Cuando están habitadas es fácil saberlo. Las paredes blancas, los sillones blancos, la gente conversando: todo asoma por los ventanales.
O casi todo. No se ve la mansión que tiene Marcelo Tinelli en José Ignacio. Tampoco se ve la de Martin Amis ni la de Shakira -con laguna y estudio de grabación incluidos- ni la de Mirta Legrand, ni la de Pancho Dotto (faltan dos días y aún no sé qué ponerme). Lo único que llega al ojo público son las imágenes que los paparazzis logran robar: Juana Viale besándose y abrazándose con Gonzalo Valenzuela, Marcelo Tinelli andando en moto con sus hijas, Zulemita Menem asomada a un balcón y respirando el salitre de la playa.
—Todas fotos arregladas –dice Donato Diéguez-. Vos vas, le decís al famoso que querés unas fotos, y él dice que no va a darte fotos oficiales pero que te permite que les saques unas mientras él hace como que no se entera.
Con Tinelli –un hombre que resume todo el poder de la televisión en Argentina- incluso hay un ritual que se lleva a cabo desde hace años: Tinelli llega, los medios le hacen las fotos en el aeropuerto, y después se quedan esperando que trascienda la fecha del partido de fútbol que todos los eneros el empresario hace con sus amigos famosos en su chacra de José Ignacio. A la hora señalada los fotógrafos inician su diáspora de kilómetro y medio por la playa (las distancias no pueden ser más cortas, pues en José Ignacio las mansiones son linderas unas con otras y no hay calles que las separen entre sí) y una vez que llegan a la playa de Tinelli encuentran un seto que bordea la chacra. En ese seto hay, siempre, un orificio intencional. Por ese agujero, como si fueran ratas, van entrando y saliendo diez, quince reporteros gráficos.
—Llegamos hasta el borde de la cancha, sacamos diez minutos de fotos y luego nos volvemos a ir.
—¿Pero alguien los saluda, le ofrece agua, algo?
—Nada. Es como si no existiéramos. La única vez en la que los periodistas podemos entrar a la casa de Tinelli por la puerta de adelante es cuando hace el clásico partido con periodistas. Ahí te ofrecen algo de tomar y hacen como que existís.
—¿Y cómo se sabe cuando una foto no es arreglada?
—Porque causa escándalo. La de Tinelli este verano, besándose con una empleada de su productora, no fue arreglada. Y así estamos.
Luego de esa foto, Tinelli suspendió el partido con periodistas y se fue a Buenos Aires. Pero hay respuestas más elocuentes que esa. En enero de 2007 Charly García le rompió la nariz a un fotógrafo que tomó imágenes suyas en el Buddah Bar, y un año antes la modelo argentina Nicole Neumann inició acciones legales contra la revista Gente por haber publicado una foto suya semidesnuda, en la arena y activamente acompañada.
—Si venís a Punta del Este sabés que te van a buscar y a encontrar –se defiende Fabian Uset, el fotógrafo que en ese entonces tomó la foto de Neumann para la revista Gente-. Nicole estaba en una playa desierta, pero dejó el coche al lado de la ruta. Los paparazzis no entramos en el juego histérico del famoso que dice “quiero salir pero no”: si me dejás el coche a la vista, me voy a un médano, me paso el día enterrado como una basura y no me voy hasta que te saco.
Para algunas celebridades, esa persistencia es exasperante.
—Estoy harta –le dijo Valeria Mazza, años atrás, a una periodista de Espectáculos-. Si estoy en la playa y quiero rascarme el culo o meterme el dedo en la nariz tengo que caminar hasta mi casa y hacerlo ahí, porque los tipos están esperando para escracharme. No entienden que por una mala foto yo puedo perder trabajo.
Pureza
A esta altura Valeria Mazza podría perder trabajo y seguiría siendo una mujer de buena fortuna. Su mayor apuesta hoy está lejos de las pasarelas: la modelo es inversionista y es el rostro visible de Selenza, un multimillonario emprendimiento hotelero que tiene preocupados a los vecinos de la zona. Selenza promete instalaciones cinco estrellas, pero no ha cumplido con los requisitos básicos de la convivencia ciudadana. No se hizo un estudio de impacto ambiental de la obra, los edificios superan la altura históricamente permitida en el área –siete metros- y todo está cubierto por el manto de una legalidad hecha a medida: meses antes del inicio de la construcción, el municipio modificó una ordenanza para fueran lícitos los edificios de nueve metros de altura “en el caso de que éstos se encuentren sobre la Ruta 10 a la altura de Manantiales”.
El proyecto Selenza está sobre la Ruta 10 a la altura de Manantiales. Quien pase por allí verá lo único que puede verse hasta el momento: una inmensa gigantografía con fondo de colores verdes, con un croquis del proyecto y con la cara rubia de Valeria Mazza diciendo, sin necesidad de decirlo, que esto es un proyecto para muy, pero muy poca gente.
El lujo esteño es una inmensa industria que purifica aguas sucias. Aquí viene a hacer sus edificios y sus fiestas el multimillonario saudí Laith Pharaon, hijo de Gaith Pharaon, denunciado por tráfico de armas y lavado de dinero. Aquí hizo el “desfile del año” –como todos los eneros- el estilista Roberto Giordano, quien este 2011 llegó a Punta del Este con su empresa quebrada, con un embargo por varios millones de dólares y con muy poco crédito entre los uruguayos: ni siquiera los taxistas han querido hacerle viajes porque saben que nunca paga.
Aquí –en el verano de 2007- Marcelo Tinelli se paseó con su camioneta Hummer de más de 100 mil dólares, días antes de que fuera confiscada por haber sido comprada con franquicia diplomática –Tinelli dice que no estaba al tanto. Y aquí fue preso en enero de 2008 Gaby Álvarez, el mayor relacionista público argentino, esa clase de personas que sólo visten de blanco (escribo “blanco” y recuerdo la Fiesta de Blanco: falta un día y todavía no resuelvo el naranja) vinculado con estrellas como Gustavo Cerati y Charly García. Álvarez fue a la cárcel tras haber chocado y matado a dos turistas en la ruta. Y aunque su abogado pidió que lo llevaran a “una cárcel VIP” terminó en la prisión de Las Rosas: un penal superpoblado donde Álvarez pagó fortunas para que los presos no lo transformaran en una mascota humana.
Pero en Las Rosas, a diferencia de Punta del Este, el dinero no lo soluciona todo. No queda claro cómo la pasó Gaby Álvarez en su encierro. Lo que sí se sabe es que el espacio que Álvarez perdió en Las Rosas lo ganó el relacionista Wally Diamante en Punta del Este. Wally Diamante es un hombre de 36 años que, salvo por su nombre, hizo de la sobriedad un elemento de marketing: Wally está siempre en sus cabales, Wally no está rapado –usa unos gráciles rulos sobre la frente-, Wally no viste todo el tiempo de blanco, Wally no atropelló a nadie y Wally no habla con el cuerpo sino, simplemente, con la boca.
—Frente a Gaby que era la droga y el reviente viene Wally que habla de paz interior. Un buen negocio –sintetiza Daniel Beever, periodista experto en Punta del Este y cubridor de temporadas desde hace años.
Vamos con Beever en auto en dirección a la playa de La Barra, por una calle que se llama Los Suspiros. En La Barra –el balneario de moda en Punta del Este- todas las calles tienen nombres como “los suspiros”, “las brisas” o “las sirenas”, pero por afuera de los nombres todo lo demás es nervio. Son las nueve de la noche y los Canaro, los Minicoopers, los Smart, las camionetas Hummer, los BMW, los Mercedes y los Audi circulan a paso de hombre y cubren las calles con un relumbre distante: la solemnidad del dinero.
En todas las cuadras hay algún restaurante con decoración rústica, algún buda, alguna mujer de piernas muy largas y algún atelier con obras de arte. Pero Beever, que lleva acá demasiado tiempo, ya no ve la diferencia y dice que todo es una misma cosa y que esa cosa se llama “negocio de último momento”.
Dentro del negocio cada tanto se abren grietas, ramalazos de humanidad que le devuelven a Punta del Este la condición de ciudad real. El año pasado esa intervención humana estuvo a cargo de la modelo Pampita, quien se agarró a trompadas con la actriz argentina Isabel Macedo en Tequila, un boliche VIP de La Barra. Pampita tenía motivos: en el nombre de la ficción, Macedo había pasado el año entero besuqueando a Benjamín Vicuña –ambos eran pareja en la telenovela Don Juan y su bella dama, aunque también había rumores múltiples- y Pampita decidió zanjar las discusiones filosóficas sobre ficción y realidad a golpes.
—La Barra es una gran familia –dice Beever-. Cojen todos con todos y después se cruzan por la calle y se saludan o se pegan, depende de cómo hayan quedado las cosas.
—La Barra es magnífica –dijo Etchegaray días atrás-. Para la prensa internacional, además de las guerras, ¿qué otra cosa produce enormes cantidades de comunicación sin costo? El romance. Fijate el caso extremo de Lewinsky y Clinton: trillones de dólares en comunicación. Si eso hubiera sucedido en La Barra, Punta del Este explotaba.
En La Barra tienen sus chacras los ricos y famosos que aún no se fueron a vivir José Ignacio; y se hacen también las grandes fiestas: las de marcas de alta gama como Chandon o Lacoste, y la de personajes como Laith Pharaon, quien transformó sus romerías –inicialmente privadas pero gratuitas- en un monstruoso negocio. Hoy el ingreso a su chacra de 180 hectáreas parte de los mil dólares. Pero hay quienes han pagado hasta diez mil por una pulsera de plástico –tal es la entrada a la fiesta- que los transforme mágicamente en eso que el jet set ha llamado beautiful people.
—¿Y la Fiesta de Blanco “con naranja”? –pregunto: nadie menciona en su lista de grandes eventos la Fiesta de Blanco “con naranja”.
—Con todo cariño, mi amor, la Fiesta de Blanco YA FUE –subraya Beever con impostada piedad-. La gente va de blanco por… bueno, es un último gesto de solidaridad con Dotto.
“Solidaridad” dice Beever. Que, en este contexto, es lo mismo que decir “malicia”.
Mientras conduce lentamente, coronado de Canaros y camionetas bestiales, Beever explica en tono pedagógico que en Punta del Este las cosas y la gente linda pasan de moda cada vez más rápido.
—¿Entendiste corazón?
Lo que produce –en quien no está entrenado- un profundo cansancio.
El fabricante de bellezas
Sonríe: siempre sonríe. Está de pie sobre una pasarela blanca en una playa de José Ignacio –la zona más exclusiva de Punta del Este- y sonríe mientras repite una y mil veces el mismo chiste.—Miren a Julita Rohden, no es linda pero es simpática.
— Ivana Saccani, recién llegada del exterior, muy fea, muy fea, pero muy simpática.
—Con ustedes Liz Solari, es fea pero les aseguro que es simpática.
Julia, Ivana y Liz también sonríen y caminan, y entre ellas van circulando las otras chicas: nínfulas de pelo largo, dientes níveos, traseros de fruta; criaturas con piernas como largas calles hacia el cielo. Pancho Dotto las mira satisfecho y sigue con sus chistes, que la mitad de las veces encierran un aviso comercial.
—Gracias Honda por tanta ayuda, viva Honda, gracias Honda por tu onda sin hache, ¡un aplauso para Honda!
Y el público aplaude.
Dotto parece en la gloria. El sol está menguando y todo lo demás es agua, arena y un kilómetro de autos aparcados a la vera del camino. Entre la gente hay amigos –dueños de empresas, directores de revistas- pero también hay turistas que han venido a ver de cerca una máquina que para muchos es perfecta. Desde hace veintiséis años, Pancho Dotto es el director de la mayor agencia de modelos de América del Sur. Es él quien lanzó al mercado internacional a figuras como Carolina Pampita Ardohain y Valeria Mazza. Y es él quien generó, por sobre todas las cosas, su propio mito: Dotto, a ojos de su público, vive rodeado de mujeres de inaudita belleza y encima hace dinero con eso y encima, cuando quiere, se pone de novio con alguna de ellas con la naturalidad con que un almacenero mete la mano en el frasco de dulces.
—Todos ven que tengo chicas, tuve novias, tengo autos. Pero eso una fantasía: vivo enajenado. Vivo a través de la vida de ellas. Y no sé si eso es bueno –dirá luego.
Pero ahora sonríe: otra vez sonríe. Han pasado dos horas, el desfile está acabando y Dotto dice una de sus frases recurrentes:
—Las adoro, las adoro a todas.
Luego se despide, baja de la pasarela y se mete en una carpa blanca. El sol ya bajó y el encuentro termina con fuegos artificiales: el cielo se llena de estrellas falsas y todo el mundo aplaude, grita, agradece.
Pero Pancho Dotto no. Pancho Dotto no ve nada. Pancho Dotto sólo se dedica a hablar por teléfono.
A preguntar, a través de la línea:
—¿Mamá?
*
Pancho estaba en la playa. Tenía cinco años y estaba con sus dos hermanos, Mario y Mónica, algo más grandes que él. La playa era un páramo seco y helado al que habían llegado tras haber pasado por tantos otros lados. Mario Ramón Dotto, el padre, trabajaba en prefectura y la familia siempre había tenido que vivir al lado del río y del mar. Primero se habían establecido en Paraná, provincia de Entre Ríos, mesopotamia argentina. Luego en Bahía Blanca, ciudad costera al sur de Buenos Aires. Y finalmente en Rawson, capital de Chubut: la Patagonia.
A Pancho, Mario y Mónica les gustaba jugar a armar casas. Habían hecho una de cartón en Paraná, otra sobre un árbol en Bahía Blanca, y en Rawson estaban haciendo una en la playa. Los padres dormían la siesta, el viento del Sur soplaba fuerte y los hermanos armaron un tinglado atrás de un médano. Adentro, de pie, cabían los tres: eso era suficiente para estar contentos, aunque hacía mucho frío.
Afuera de la casa llenaron un tacho con maderas secas y encendieron un fuego.
—Pancho –ordenó Mario, el mayor de todos, hoy general de brigada- andá al cuartito de herramientas a buscar kerosene.
Pancho siempre quería agradar a todo el mundo así que fue, sin quejarse, en el medio de los zamarreos del viento, y regresó con una lata, sí, llena de kerosene.
—Pero tropezó –recuerda Mónica Dotto, cincuenta años después-. Tropezó con tanta mala suerte que se cayó sobre el tacho con maderas y se prendió fuego.
Mónica empezó a tirarle agua pero el fuego no se iba. El niño se estaba incendiando. Mario lo empujó, lo tiró al suelo, lo llenó de arena y Pancho, que se iba apagando, quedó tendido de costado, con los zapatos derretidos, temblando de frío y llorando.
Sus padres seguían durmiendo y así pasarían el rato siguiente: durmiendo. Hasta que Pancho fue a la casa y abrió la puerta con sigilo.
—Mamá, mamita –susurró-. Mamita, sabés qué: no te quiero despertar pero yo aguantaba y aguantaba hasta que no aguanté más.
Pancho se largó a llorar. La madre, Teresa Melinger, estiró el brazo, tocó a su hijo en la penumbra y sintió el cabello mojado.
—¿Qué pasó?
—No te preocupes mamita –seguía llorando- hice un fueguito muy pero muy chiquitito, y me quemé.
Ese día, 25 de mayo de 1960, aniversario de la independencia argentina, Pancho Dotto lo pasó en el hospital de Rawson diciendo una sola palabra: mamita.
—Él siempre quiso mucho a mamá –dice Mónica Dotto-. Siempre quiso agradar a todo el mundo, pero primero a mamá.
Y nada de eso ha cambiado.
Cuarenta años después, tras una vida entera junto a su marido, Teresa se enfermó y sobrevivió –no siempre se sobrevive- y tomó una decisión: elegir cómo vivir el resto de su vida. Teresa eligió vivir lejos de su esposo.
—Te vamos a apoyar –dijeron sus hijos. Y le ofrecieron casa. Primero Teresa vivió con Mónica. Hasta que Dotto, que vivía en un departamento de 55 metros cuadrados, se compró una casa de 550 metros y le hizo una oferta:
—Mamá, hay lugar –le dijo-, venite a vivir conmigo.
Y así fue como Dotto –quien a lo largo de su vida fue pareja de algunas de las mujeres más hermosas de Argentina- pasó ocho años viviendo con su mamá en una gigantesca casa en Punta Chica, San Fernando, zona norte del conurbano bonaerense.
—Como bien decís, yo vivía con mi mamá –dice ahora Dotto-, porque cuando uno vive con la madre, vive con la madre aunque la casa sea de uno.
A lo largo de todo ese tiempo en San Fernando, Teresa fue perdiendo la vista. Ahora –y desde hace dos años- pasa sus días en un departamento del barrio de Belgrano junto a una enfermera y a Julia Rohden: una modelo de dieciséis años que llegó a los quince de la selva misionera, y que hoy es una de las caras de Falabella Chile.
—Si a esta nena la traía y la alojaba con las otras chicas, no sobrevivía. No tenía los anticuerpos. Así que la dejé con mi mamá. Y de paso a mi mamá le di una nieta postiza.
Total, dice Dotto, los nietos –los de sangre- nunca visitan a Teresa.
*
—Julia va a ser la próxima Valeria Mazza, la próxima Pampita.
Dotto está sentado en un gazebo de madera y quincha uruguaya, sobre un mullido sillón blanco, en un área apartada dentro de su chacra Paraíso del Mar de José Ignacio. Lleva chanclas, camisa celeste, bermudas blancos y dos teléfonos móviles que suenan todo el tiempo.
Dotto revisa sus mails, su agenda, sus próximas horas. Son las cuatro de la tarde y a las cinco debe hacer un desfile en Playa Montoya, a las ocho debe ir con sus modelos al local de Personal -una empresa telefónica que financia parte de la estadía en Punta del Este- y a las diez de la noche debe estar en un cóctel de Para Ti, una revista femenina argentina que le debe a Dotto –y a sus chicas- buena parte de sus portadas. En el aire suena el tema Walking on sunshine y Dotto hace una seña, pide que bajen el volumen, o mejor: pide que apaguen todo.
—Por dios –se toma la cabeza-, necesito silencio.
Cuando no se ve obligado a sonreír sesenta veces por minuto, Dotto es un hombre muy guapo. Su rostro es una confección de arrugas fuertes que le dan a su cara un carácter: una belleza justa.
Él, alguna vez, también fue modelo. Hasta que hubo un problema gremial -una empresa dejó impago el trabajo de mucha gente- él defendió a sus compañeros y ahí tomó conciencia de su habilidad para gestionar los intereses de otros. Así empezó, hace veintisiete años, su agencia: una empresa que pronto devino una usina de estrellas publicitarias, y con la que veinte años atrás llegó por primera vez a José Ignacio.
Al principio Dotto alquilaba una casa, hasta que tiempo atrás logró comprar esta chacra: 13.500 metros cuadrados que empiezan en un bosque y terminan frente al mar, y donde se encuentran –entre otras construcciones- tres cabañas donde se hospedan las modelos de la agencia durante la temporada.
Una de esas chicas es Julia Rohden:
—Este es el primer verano en el que Julia toma sol. Hasta ahora siempre le había dado de espaldas, durante la cosecha de tabaco. Pero ahora, las vueltas de la vida, tiene contratos con Falabella y está haciendo su primera tapa de Para Ti. Julia –insiste- va a ser una grande como Valeria Mazza o Pampita.
Valeria Mazza y Pampita son quienes más trascendencia internacional tuvieron, pero ya se han ido de la agencia. Y eso a Dotto le duele. Cuando habla de las dos modelos, las palabras recurrentes son “belleza”, “enamoramiento” y “traición”.
—Es parte de la naturaleza humana -dice. No aclara a cuál de las tres palabras alude, pero da igual.
Esto es lo que cuenta Dotto de Valeria Mazza: que estuvo dos años para empezar a trabajar. Que las marcas no la querían porque tenía algún sobrepeso y porque al ser nadadora tenía una actitud masculina. Que todo cambió cuando a Dotto le ofrecieron representar a Claudia Schiffer en Argentina, le enviaron un book, y él vio los parecidos físicos entre los rostros de ambas modelos. Que llamó a varias revistas para vender “la nota de los parecidos” y se rieron de él. Que finalmente el semanario Gente le compró la idea y le hicieron la primera nota a Valeria Mazza, con el título “La Claudia Schiffer argentina”. Y que ahí, después de dos años, Valeria empezó a encontrar un rumbo.
-No era sexy y nunca lo será. No era ni es armoniosa. Pero es Valeria: tiene una cara impresionante. Y yo me enamoré de esa belleza antes que nadie. Recién cuando su marido vio que Valeria era un buen negocio, lo agarró y se lo llevó sin pagarme ni una comisión. Así son las cosas: yo la fabrico y otro se la lleva.
Esto es lo que cuenta Dotto de Pampita: que la descubrió cuando trabajaba en un local de ropa. Que al principio su novio, el Pampa, dueño del negocio, no la dejaba modelar. Pero que después, cuando la marca entró en crisis y no podían pagar modelos, la hicieron posar con ropa de la empresa. Que ahí el Pampa le advirtió:
—Si Carolina no encuentra trabajo se tiene que volver a La Pampa porque no tiene cómo seguir en Buenos Aires.
Que Dotto la citó en su escritorio. Que Pampita le dijo:
—Por veinte pesos (5 dólares) trabajo.
Que Dotto le ofreció un contrato por veinte mil dólares en un comercial en México. Que así fue como empezó todo: rápidamente.
—Cuando la vi –dice- intuí esa cosa sexy que transpira, esa armonía y esa belleza me partieron la cabeza y me di cuenta de que ella podía llevarse el mundo por delante, era un volcán en erupción. Le metí muchas fichas a Pampita a pesar de que algunos la veían bajita y decían quién es, esta chica no llega a ningún lado. Pero yo sabía. Para mí no era difícil verlo y te digo:
Silencio.
—Si yo no hubiese descubierto a Pampita, no la habría descubierto nadie. Ese va a ser el título de esta nota.
*
Pancho casi siempre tuvo buen ojo: casi siempre supo qué cosas podían funcionar y qué cosas no. A los 14 años vivía en Ramallo -provincia de Buenos Aires, uno de los últimos destinos de su padre- y vio que sobre el río Paraná había yucas silvestres: unas plantas rústicas que crecían sin ayuda de nadie y que se usaban para separar los campos. En un viaje a Buenos Aires, Pancho vio que los lugares más elegantes de la ciudad decoraban sus rincones con yuca.
—No sé cómo hizo –recuerda Mónica Dotto-, pero llenó varias camionetas y llevó las yucas a la ciudad y empezó a venderlas a la gente que hacía parques y saturó el mercado de yucas. Siempre tenía buenas ideas, Pancho. Él siempre tuvo la mirada del emprendedor. Yo soy abogada: veo si se puede y después hago. Pero él primero hace y después ve si se puede.
A los diecisiete años, Dotto terminó los estudios en una escuela nocturna y empezó a trabajar en una empresa de maquinas de coser industriales. Allí se vinculó con los fabricantes de indumentaria y finalmente se asoció con uno de ellos y se lanzó a vender ropa. Luego se puso un restaurante. Luego perdió todo su dinero en una financiera y finalmente, a los 29 años, inició su emprendimiento definitivo: Dotto Management. Con esta agencia galgueó todas las otras crisis. Que, en Argentina, siempre son muchas.
El cimbronazo más fuerte llegó a comienzos de la década de 1990. Dotto previó que habría problemas y se puso un departamento de casting, es decir: de búsqueda de modelos para campañas publicitarias. Adelantándose a la crisis argentina, a fines de los 80 empezó a hacer negocios con Chile. Y empezó a verse en la urgencia de mandar cassettes con filmaciones de chicas a Santiago. En Chile estaba Pinochet y estaban los departamentos de censura. La mitad de las veces, Dotto lograba -a fuerza de carisma- que alguna azafata le cruzara los cassettes. Pero la otra mitad, tuvo que sacarse un pasaje en el momento y viajar.
—De todas las veces que viajé –cuenta- la mitad tuve problemas con el departamento de censura. Me detenían la mercadería, miraban las filmaciones, era una lucha.
La escena de la censura se repitió tantas veces que los últimos encuentros, dice Dotto, eran así:
—Ay, Marrrta –Dotto, dramático, se agarraba la cabeza-, ¿qué está pasando Marrrta???
—Escúcheme, Dotto, usted ya me tiene cansada. Elija tres cassettes y yo me quedo con uno. Saque el que menos le sirva y no venga más por acá.
Así fue como Dotto empezó a viajar siempre con cuatro cassettes, de los cuales uno no servía para nada. Y así fue como Dotto fue entrando, lentamente, en el mercado chileno. Con ese mercado superaría buena parte de sus crisis futuras.
—La gente piensa que esto es una pavada pero yo manejo un estrés crónico importante. Buenos Aires es la capital del mundo que más agencias de modelos tiene per capita: hoy funcionan más de 160 agencias y en realidad no hay espacio para 160 modelos. ¿Cómo hay que hacer? Tenés que trabajar como una bestia. Porque es fácil descubrir a Dolores Barreiro, que cualquiera la descubre, pero no es tan fácil descubrir a Valeria o a Pampita y después promoverlas y en el medio cruzarte la cordillera y tratar de caerle bien a la Marta de migraciones. No es sólo tener “ojo”: es vivir para estas chicas. Yo vivo enajenado. Vivo a través de la vida de ellas. Y no sé si eso es bueno.
Hoy Dotto tiene la mayor firma del continente y es invitado a dar charlas en las universidades –ante alumnos- y en los hoteles cinco estrellas –ante empresarios. Incluso la Universidad de Harvard, puesta a analizar las agencias de modelos como negocio, tomó los ejemplos de Elite y Ford en el Primer Mundo, y de Dotto en el tercero.
—No sé cómo hizo –recuerda Mónica Dotto-, pero llenó varias camionetas y llevó las yucas a la ciudad y empezó a venderlas a la gente que hacía parques y saturó el mercado de yucas. Siempre tenía buenas ideas, Pancho. Él siempre tuvo la mirada del emprendedor. Yo soy abogada: veo si se puede y después hago. Pero él primero hace y después ve si se puede.
A los diecisiete años, Dotto terminó los estudios en una escuela nocturna y empezó a trabajar en una empresa de maquinas de coser industriales. Allí se vinculó con los fabricantes de indumentaria y finalmente se asoció con uno de ellos y se lanzó a vender ropa. Luego se puso un restaurante. Luego perdió todo su dinero en una financiera y finalmente, a los 29 años, inició su emprendimiento definitivo: Dotto Management. Con esta agencia galgueó todas las otras crisis. Que, en Argentina, siempre son muchas.
El cimbronazo más fuerte llegó a comienzos de la década de 1990. Dotto previó que habría problemas y se puso un departamento de casting, es decir: de búsqueda de modelos para campañas publicitarias. Adelantándose a la crisis argentina, a fines de los 80 empezó a hacer negocios con Chile. Y empezó a verse en la urgencia de mandar cassettes con filmaciones de chicas a Santiago. En Chile estaba Pinochet y estaban los departamentos de censura. La mitad de las veces, Dotto lograba -a fuerza de carisma- que alguna azafata le cruzara los cassettes. Pero la otra mitad, tuvo que sacarse un pasaje en el momento y viajar.
—De todas las veces que viajé –cuenta- la mitad tuve problemas con el departamento de censura. Me detenían la mercadería, miraban las filmaciones, era una lucha.
La escena de la censura se repitió tantas veces que los últimos encuentros, dice Dotto, eran así:
—Ay, Marrrta –Dotto, dramático, se agarraba la cabeza-, ¿qué está pasando Marrrta???
—Escúcheme, Dotto, usted ya me tiene cansada. Elija tres cassettes y yo me quedo con uno. Saque el que menos le sirva y no venga más por acá.
Así fue como Dotto empezó a viajar siempre con cuatro cassettes, de los cuales uno no servía para nada. Y así fue como Dotto fue entrando, lentamente, en el mercado chileno. Con ese mercado superaría buena parte de sus crisis futuras.
—La gente piensa que esto es una pavada pero yo manejo un estrés crónico importante. Buenos Aires es la capital del mundo que más agencias de modelos tiene per capita: hoy funcionan más de 160 agencias y en realidad no hay espacio para 160 modelos. ¿Cómo hay que hacer? Tenés que trabajar como una bestia. Porque es fácil descubrir a Dolores Barreiro, que cualquiera la descubre, pero no es tan fácil descubrir a Valeria o a Pampita y después promoverlas y en el medio cruzarte la cordillera y tratar de caerle bien a la Marta de migraciones. No es sólo tener “ojo”: es vivir para estas chicas. Yo vivo enajenado. Vivo a través de la vida de ellas. Y no sé si eso es bueno.
Hoy Dotto tiene la mayor firma del continente y es invitado a dar charlas en las universidades –ante alumnos- y en los hoteles cinco estrellas –ante empresarios. Incluso la Universidad de Harvard, puesta a analizar las agencias de modelos como negocio, tomó los ejemplos de Elite y Ford en el Primer Mundo, y de Dotto en el tercero.
*
En José Ignacio, Maldonado, República Oriental del Uruguay, está terminando el mes de enero y eso significa que Dotto está eufórico, eléctrico, sin espacio para respirar entre una palabra y otra. Sólo por dar un ejemplo, alguien acaba de estacionar un auto en el lugar equivocado y eso es suficiente para que Dotto detenga la entrevista, se levante del sillón, camine por los senderos de un pequeño jardín de árboles flacos, y llame por teléfono a Ornella, la secretaria joven y de tez traslúcida que le organiza los días.
—Los autos no pueden entrar ahí: vos los sabés, yo lo sé, todo el mundo lo sabe pero bueno, qué le vamos a hacer, no hay nadie de mi gente que… o sea: ni yo pongo mi auto ahí, no puedo entender que esto esté pasando…
Ornella escucha, en silencio, como si oyera estas diatribas todos los días de su vida.
—… fijate si me podés mandar a José, a Estanislao o al chico que está en la puerta o mejor mandame a todo el mundo porque los autos NO TIENEN QUE DAR LA VUELTA ACÁ, tienen que estacionar en el estacionamiento, sea quien sea este señor, pobre, es un amigo que me hice en Entre Ríos pero yo no puedo… o sea: a este señor lo conozco pero tiene que esperar en la puerta hasta que alguien lo vaya a recibir, ¿ok?
Ornella responde: okay. Y Dotto vuelve a sentarse.
Días atrás, por teléfono, después de años asistiendo a escenas como ésta, su madre habló de su hijo de este modo:
—Estoy muy orgullosa de Pancho –dijo-. Pero ahora lo único que quiero es que se case y tenga hijos y se olvide de todo.
Cuando se le recuerda esta frase, Dotto baja los párpados –un gesto de compasión o de ternura-, respira hondo y pide el almuerzo con un breve movimiento de manos. Minutos después, alguien llega con un plato de carne, pan y mayonesa.
—Y después traeme un heladito de banana, por favor.
Ni sushi ni ensalada: carne, pan, mayonesa y helado de banana.
-Parecés una criatura.
-Soy –contesta Dotto.
Pero no sonríe. Sólo se dispone a comer.
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